En la casa abandonada
Cidón, el servidor de los góidel, se escabulló entre la muchedumbre evitando que alguien lo identificara.
Abrumado por la desgracia que se cernía sobre el clan al que había amado, dejó atrás el alboroto del puerto: gritos y exclamaciones, el sonido de los cuernos de la guardia ordenando que se dispersase la multitud, el murmullo de las gentes que no se explicaban lo ocurrido.
Sin embargo, el gentío no se iba, seguía allí, en los muelles circulares, viendo alejarse las naves hacia el horizonte.
Mientras subía la cuesta, Cidón volvía la cabeza una y otra vez mirando hacia el mar, aún abrumado por la desgracia.
Su corazón se había parado en el muelle para latir después con dolor, cuando las naves de Tarsis soltaron amarras lenta y suavemente, cuando Eteria se precipitó hacia el mar.
Le dolía más que si todo el clan góidel hubiese muerto.
Se sentía solo, abandonado. ¿Qué sería de él ahora?
Pesadamente, respirando con angustia, subió hacia lo alto de la acrópolis por callejas blancas, vacías y estrechas, escasamente sombreadas porque la luz del sol estaba en su cénit.
No había nadie por las calles porque todos seguían aún en el puerto, comentando lo sucedido, mientras él se enfrentaba al vacío de la soledad.
Al llegar al palacio góidel, encontró la puerta principal clausurada con los sellos reales y una gran barra de bronce cruzada de un lado a otro que le impedía la entrada.
Sin embargo, la casa aún no había sido ocupada por los que serían sus nuevos moradores.
Seguramente un noble afín a Krysaor se haría cargo del palacio de los antiguos príncipes de Tarsis.
«Un nuevo rico», pensó con desprecio Cidón, uno de aquellos que adoraban a la diosa serpiente y habían traicionado a Atón.
En la ciudad, donde todo se sabía, se rumoreaba que el nuevo propietario no era un mal hombre, pero, fuera como fuese, no era merecedor de vivir en la casa, un trozo del edén, en la que habían morado Eteria y su señor Nórax; el lugar donde Cidón había nacido en los lejanos tiempos del padre de Argón.
El criado rodeó las blancas paredes, casi murallas, que rodeaban la mansión hasta llegar a unos peldaños y una puerta lateral que daba acceso al almacén.
Allí reinaba el desorden: las ánforas antes enhiestas y ahora volcadas y vacías, las losas manchadas por rastros de aceite derramado, el grano desparramado por el suelo y un olor a vino agrio revelaban que los proscritos habían partido con prisa.
Pocas horas atrás, el trajín de los preparativos de la marcha le había impedido pensar.
Ahora la melancolía impregnaba el ambiente.
Se palpaba aún el dolor del desterrado, de quien deja todas sus pertenencias atrás para abandonar la patria que un día lo vio nacer.
Ese dolor perduraba en las estancias y era parte del sufrimiento que ahora a Cidón le oprimía el pecho.
A los ojos del antiguo administrador regresaron las lágrimas, las mismas que había derramado en el puerto al ver partir las naves de Tarsis rumbo al destierro.
Pero el peor destierro era el suyo, el del propio Cidón.
Desde que nació, había querido a aquella familia, que era en parte suya, parte de sus carnes, de su corazón y de su pensamiento.
Si él hubiera sido desterrado, habría perdido la patria que lo vio nacer, pero no al clan de los góidel, del que se sentía parte, aunque no lo fuese por estirpe.
Cidón había nacido en la casa de Nórax, había crecido allí, y allí murieron sus padres.
Pero él no era uno de los góidel y por eso no había sido proscrito.
Podía haberse marchado con ellos eligiendo un destierro voluntario, pero se sentía viejo y sin fuerzas para navegar hacia un país lejano donde tendría que empezar de nuevo.
Además, tenía una misión: Eteria. Tras la detención de Nórax, los soldados del rey la habían conducido al palacio de Krysaor, donde el designio de la reina la atrapaba, aunque podía regresar, como había ocurrido otras veces.
Se quedaba para ser su servidor cuando ella volviese.
El destino de Cidón habría sido el de la hespéride. Pero ella… todo lo había cambiado.
Cuando la divisó avanzando hacia la punta del rompeolas, gritando desesperadamente el nombre de Nórax, su señor; cuando el sol brilló sobre ella, rodeada por las aves, y cuando al fin se tiró contra las rocas del malecón y el mar se llenó de sangre, Cidón sintió el impulso de hacer lo mismo, pero no fue capaz porque era cobarde.
Algunos dijeron que se convertía en espuma de mar, pero él no lo vio así. Él solo vio sangre.
Ahora, en la casa góidel, Cidón se apoyó en la pared y resbaló por ella hasta quedar sentado en el suelo, con la cabeza entre las manos, rodeado de ánforas rotas y de desorden.
Sollozó sin reparos porque no quedaba ya nadie en la casa.
La luz del sol atravesaba las hojas de un árbol del jardín y entraba por la ventana, dibujando sombras en la pared que parecían burlarse de él.
Permaneció así, inmóvil, durante largo tiempo.
Al cabo, oyó ruidos: alguien subía por la escalera hacia la azotea. Se asustó. Era pronto quizá para que llegasen los nuevos moradores, aquellos que heredarían la casa expropiada de Nórax. Cidón pensó que eran gentes sin clase y sin conciencia.
Subió como un perro guardián por las escaleras de paredes encaladas y peldaños de ladrillo.
Llegó a la planta alta, la gran azotea cubierta con un techo de juncos entrelazados sostenidos por columnas.
Aquel lugar era el refugio de Eteria, donde se aislaba para contemplar el mar, el mismo mar donde, tiempo atrás, había estado la isla de Hesperia.
Al salir de la oscuridad de las escaleras, la luz solar cegó a Cidón, pero pronto sus ojos se acostumbraron.
Dio unos pasos por la azotea hacia la izquierda y se acercó a la balaustrada.
Agarrándose a ella, miró primero al mar y luego a un lado y al otro.
No parecía haber nadie más en la terraza, por lo que se fijó en la bahía.
Más allá del estuario, aún se divisaban los barcos de Nórax adentrándose lentamente en alta mar, empujados por el viento.
Podía ver a la multitud, que ahora ya se dispersaba, alejándose del muelle.
Cidón casi podía adivinar el susurro con el que comentarían lo sucedido en los últimos días, un murmullo quedo que no debía trascender sino a los más allegados, pues cualquiera que criticase las acciones del rey podría ser acusado de traición.
Alzando la vista hacia lo más alto de la acrópolis, le pareció distinguir el brillo dorado que acompañaba siempre a Krysaor.
El rey, sin duda, se sentiría satisfecho porque una vez más había vencido, apartando de sí a Nórax, el único que quizá habría podido oponerse a él.
En la terraza, Cidón sintió una presencia.
Entonces lo vio: tras una columna por la que trepaba una parra que nacía de un gran macetón, vislumbró a un joven alto, fuerte, de cabellos rubios, casi blancos, y espalda de atleta que contemplaba la salida de los barcos.
Cidón lo reconoció. Era Nel, pero no se atrevió a decirle nada porque en su rostro advirtió un inmenso dolor, una añoranza de lo que se perdía en el horizonte.
Cidón comprendió. Como él mismo, el joven atleta no podía alejar la mirada de los barcos que salían hacia alta mar.
Cuando la flota de Nórax se convirtió en un punto en el horizonte, Nel se dio la vuelta, pero, antes de hacerlo por completo, miró de nuevo hacia la boca del estuario, levantó un brazo, señalando con la mano el lugar donde un día había estado Hesperia, y ahogó un grito.
Durante unos instantes siguió mirando en aquella dirección.
Cidón se dio cuenta de que veía Hesperia, como les ocurría a todos los elegidos.
El joven se detuvo un tiempo con la vista clavada en lo que alguna vez había sido una isla.
Después centró su atención en los barcos que se perdían en el horizonte.
En uno de ellos iba Aldair, que antes de marcharse le había revelado lo mucho que lo quería, más que a un hermano, y le había suplicado que se fuera con él.
Le rogó una y otra vez que se uniese a los proscritos, pero Nel se negó.
Sabía que su destino estaba en Tarsis, en cumplir la misión que Eteria una vez le reveló. No se quedaba solo. Loria lo apoyaría.
Nel pasó un tiempo recordando al que había sido su mejor amigo y deseando ver otra vez, aunque solo fuese un instante, su silueta lejana.
Anhelaba volver a compartir tantas cosas, poder reír juntos o luchar frente a frente en la palestra.
No podía ser; posiblemente nunca volvería a verlo.
Recordó que los marinos decían que había tres clases de personas: los vivos, los muertos y los que se hacían a la mar.
Aldair, el marino, era de ese tercer tipo de personas.
Nunca sabría ya si estaba vivo o muerto.
Finalmente, con el corazón encogido, Nel se alejó de la baranda que lo separaba del mar ante la discreta presencia de Cidón, quien lo vio marcharse sin hacerse notar y percibió la tristeza que arrastraba, aunque el joven no supiera que su dolor no había pasado desapercibido.
Cuando ya en la terraza solo quedaba Cidón, de modo repentino, la tierra tembló.
Los altos pináculos coronados por el símbolo del toro se sacudieron y alguno de aquellos cuernos del toro sagrado, labrados siglos atrás en piedra y cubiertos por oricalco, cayeron.
Cidón oyó gritos mientras la misma casa en la que se encontraba también temblaba.
Las gentes, asustadas por el terremoto, corrían por las calles intentando cobijarse en lugares donde no pudiesen alcanzarles los cascotes de los edificios.
Aunque aquella sacudida de la tierra no duró mucho, en Cidón, y probablemente en los demás habitantes de Tarsis, dejó un temor supersticioso. Sentían que el terremoto estaba relacionado con la expulsión de los fieles a Atón.
En el templo de la diosa serpiente refulgió un escudo dorado enfocando la luz del sol, como un espejo, y dirigiéndola hacia el ara de los holocaustos.
Un puño invisible apretó el corazón de los habitantes de Tarsis.
Sabían lo que aquello significaba, pero nadie osaba rebelarse. De nuevo habría un sacrificio.
Cidón no tenía familia propia, y había hecho suya la de Nórax.
Por eso no sintió la garra que apretaba el pecho de los padres con algún hijo adolescente.
Afortunadamente, el temblor cedió, de modo que el sacrificio sería escaso, uno o dos jóvenes, y la gran sacerdotisa aplacaría la sed de la diosa asperjando la ciudad con sangre humana aún caliente.
Oyó un estruendo en la entrada de la casa.
Los guardias de Krysaor abrían el palacio porque entraban los nuevos dueños.
Cidón pensó que aquello era una aberración.
El palacio de los antiguos príncipes de los góidel, los descendientes del patriarca Jafet, habitado por gentes de un clan que nada tenía que ver con ellos.
El rey movía bien sus hilos. Deseaba que toda memoria de un culto al dios Atón desapareciese de la ciudad, en la que la única diosa sería ahora la serpiente, y por eso el palacio de los góidel, donde se había mantenido vivo el culto al dios solar, ya no iba a ser recordado por su pasado, sino por los nuevos e indignos propietarios.
Entonces la ciudad tembló de nuevo. Se oyó un estrépito, y Cidón se asomó desde lo alto al lugar de donde provenía el ruido; parte del techo de la gran sala circular de la entrada se había derrumbado aplastando a alguien.
Se escucharon gritos de dolor y voces alarmadas que aseguraban que la casa estaba maldita.
Antes de que pudieran salir, el palacio góidel tembló de nuevo y una cornisa se desplomó.
Con un temor supersticioso, todos la abandonaron.
Oscurecía ya cuando la casa de nuevo quedó vacía. Nadie viviría allí nunca más.
Para los habitantes de Tarsis, el palacio góidel sería para siempre la casa maldita, la que aplastaba a cualquiera que intentara habitarla.
Pero para los creyentes en el Único, se conservaría como vestigio del pasado, un símbolo de resistencia.
Por las noches, desde los edificios cercanos, se escucharían cánticos, y luces fatuas recorrerían sus ruinas manteniendo viva la memoria de lo que una vez fue.
Quizá los fantasmas eran los espíritus de los antepasados de la familia de los príncipes góidel .
Quizá eran la memoria de los proscritos que un día vivieron allí y que retornaban a sus raíces, a su hogar.
Quizá no eran espíritus, sino gentes que, como Cidón, escondían un misterio oculto para los habitantes de la ciudad y mantenían en secreto el culto al dios único en los sótanos y pasadizos de la casa.