Las naves de Tarsis El adiós
73%

El adiós

La marea estaba subiendo lentamente, y las naves que el rey había permitido que se llevasen los góidel, abarrotadas por gentes del clan y cargamento, se balanceaban en las dársenas.

El puerto, saturado por el olor a salitre y el ruido de los graznidos de las gaviotas, resonaba con ecos de despedida mientras las olas lamían las piedras del muelle.

La brisa marina revolvía los cabellos de dos jóvenes en la veintena que se despedían, tal vez para siempre: uno, de cabellos oscuros, era un marino, y el otro, fuerte y musculoso, vestía el faldellín corto de los porenna.

—Ha llegado el momento de separarnos, pero no será para siempre —aseguró Nel mientras la brisa marina agitaba su cabello color de plata—. Algún día este trisquel nos volverá a unir.

Apoyado en la piedra tallada donde se aseguraban los cabrestantes de las naves, Nel acercó la lámina rota, de bordes irregulares, que coincidía con la de Aldair. Este hizo lo mismo y ambas mitades encajaron a la perfección.

—Al igual que estas mitades se unen —sentenció Nel—, nosotros volveremos a encontrarnos.

Y con el corazón roto por la tristeza de perder al que consideraba su mejor amigo, y presa de la angustia, le pidió—: ¡Quédate!

Nórax y Gael se van, y yo me quedo solo con los pocos miembros del pueblo góidel que aún permanecen en la ciudad. ¡Te necesito!

—¡Sabes que no puedo! —contestó Aldair con una voz que era casi un susurro y respirando profundamente—.

¡Estoy condenado al destierro como todos los marinos de Nórax!

¡Le debo lealtad a la casa de Gael! ¡Debo ir con ellos!

Vente tú con nosotros. Nos espera el ancho mar.

Nos estableceremos en algún lugar apartado de la tiranía de Krysaor y reconstruiremos nuestra cultura.

Recuperaremos las antiguas leyes. En el fondo, Krysaor nos ha dado una oportunidad.

Nel movió la cabeza en señal de negativa; no podía aceptar lo que su hermano de leche le proponía. La partida de Nórax había depositado sobre él una grave responsabilidad. Los góidel se iban de Tarsis, pero él se quedaba, y eso era por una razón.

—Es mi destino. ¡Ya lo sabes! Siento que está en Tarsis.

Krysaor… es mi padre —calló un instante—.

Siento que debo resarcir a la gente de todo el mal que inflige.

Y aquí aún quedan muchos que son leales al dios.

Yo debo estar con ellos. Está Eteria, por la que quizá pueda hacer algo.

Un día me dijo que yo tenía una misión… Creo que ha llegado el momento.

Después, con la voz temblorosa por la emoción, a la vez que apremiante, le pidió—: ¡Cuida a Gael! ¡Sirve a Nórax!

La marea colmaba ya las dársenas y desde los barcos gritaron que todos debían embarcar de inmediato. Aldair se abrazó fuerte a Nel mientras le susurraba:

—Mi único verdadero, querido amigo.

Nel le palmeó la espalda en un intento de trasmitirle fuerza.

Después se separaron. Aldair subió por las tablas que unían la nave al puerto mientras Nel lo veía marcharse con el corazón en un puño.

Ambos oyeron un grito detrás. Alguien corría por las tablas del muelle haciéndolas vibrar.

Era Loria, con sus negros y grandes ojos arrasados en lágrimas y el corazón desbocado por la carrera y por la pérdida de su hermano.

Gritó su nombre desde el muelle y Aldair, al verla, agitó la mano mientras en sus ojos brillaba el dolor de la despedida.

Loria se apoyó en Nel, a quien amaba desde niña. El contacto con él, tan familiar y reconfortante, cubrió su melancolía de la seguridad que necesitaba. A Nel la cercanía de Loria le infundió el valor necesario para enfrentarse a lo que estuviese por llegar.

—Sé que te quedas porque tienes una misión —le dijo ella con voz resuelta—, y yo estaré siempre contigo y la compartiré.

Nel sintió que la angustia que le atenazaba el ánimo comenzaba a desvanecerse y su mirada se suavizó al responder:

—Tú eres uno de los motivos por los que me quedo. Si no estuvieras tú, yo no podría solo.

Se abrazaron con fuerza, como si el calor de sus cuerpos pudiera protegerlos de la incertidumbre que les aguardaba.

Después, desde el muelle, levantaron la mano al unísono para despedir a Aldair, quien ya era solo una figura más entre los marineros del gran barco de Nórax.

La flota soltó amarras y comenzó a salir lentamente del puerto.

De pronto, desde el barco, Aldair la divisó de lejos entre la multitud que abarrotaba el malecón: una mujer escoltada por dos guardias que impedían cualquier intento de huida y vestida con una túnica blanca que la cubría de la cabeza a los pies.

Su figura etérea se deslizó hasta el muelle donde estaba atracada la nao capitana.

Pasó junto a Nel y Loria sin mirarlos, sin percatarse siquiera de su presencia.

Sus pasos eran mecánicos, como si la voluntad le hubiera sido arrebatada, siguiendo a la nave de Nórax, que ya soltaba amarras y se alejaba lentamente, llevándose consigo lo que más amaba en el mundo.

Era Eteria, que perseguía a la nave que se deslizaba suavemente por el canal central, enfilando ya la boca del puerto; la nave bajo cuyas velas zarpaban su esposo y su hijo hacia un mar de donde nunca retornarían.

Gael se agarró a la popa del barco mirándola, a ella, a su madre.

Nórax se acercó a la amura de estribor y clavó sus ojos en Eteria, la luz de su vida.

Cuando Eteria llegó a la punta del rompeolas, el sol brilló sobre el manto níveo que la cubría nimbando su cabeza y haciendo que toda ella se transformase en un ser luminoso, sobrenatural.

En el resplandor del sol que rodeaba a Eteria volaron aves blancas, manchas de luz en el cielo límpido de aquella mañana.

Entonces ella, con un gesto delicado, hizo caer el manto que cubría sus hombros, permitiendo que su cabello brillase como el oricalco cuando incidió sobre él la luz del sol, y abrió las manos.

En ese momento, algo resplandeció en su pecho.

Un haz de luz cubrió las naves que salían del puerto, alguien gritó entre la multitud: «El dios Atón se hace presente al desterrar a sus elegidos» y las gentes de Tarsis no fueron capaces de retirar las miradas de la punta del espigón donde algo sobrenatural y mágico estaba sucediendo.

Un silencio expectante cruzó la bahía, solo interrumpido a lo lejos por el leve chapoteo de las olas chocando con el casco de las naves de los proscritos.

Nadie hablaba, nadie se podía mover, atrapados por una magia superior a todos.

Entonces Eteria se dirigió al pueblo. Sus grandes ojos de color melaza se fijaron en la multitud, de su garganta salió un grito de dolor y entró en trance.

Acto seguido, pronunció unas palabras que retumbaron de modo enérgico, sonoro, vibrante y extraño, llenando el puerto y la bahía.

Sin embargo, la voz que se escuchaba no era la de Eteria, sino una voz masculina, y terrible: el dios Atón hablaba por boca de la profetisa.

Cuando el río se vuelva rojo,

cuando el sol se torne negro,

cuando lluevan piedras del cielo,

cuando mueran los primogénitos,

cuando se abra el océano,

cuando se eleve en la noche la columna de fuego,

cuando se alce en el día la estela de humo,

la estirpe del desterrado

regresará a Tarsis,

conducida por el ave blanca,

para salvar a los últimos fieles

y mostrarles el camino

hacia Hesperia,

hacia las islas de la inmortalidad.

El sol resplandeció aún más sobre Eteria, que se vistió de luz hasta transformarse en una figura de un blanco cada vez más traslúcido.

Parecía que un astro resplandeciese en el extremo del malecón.

Toda ella brillaba, pero la luminosidad provenía de su pecho, algo que llameaba cerca de su corazón con un fuego que no parecía quemarla.

La claridad irisada se hizo cada vez más intensa, llenando el puerto y cambiando el color del rostro de todos los que estaban contemplando el prodigio.

Reinaba el silencio, apenas turbado por unas palabras dulces y apesadumbradas que desde el muelle se repetían como un eco cada vez más distante: «Nórax, amado mío».

Eteria se elevó hacia el cielo como un pájaro de luz y finalmente se hundió hasta desaparecer para siempre en la espuma del mar, en las olas batientes contra las rocas del puerto.

Pero la luz que provenía de ella, antes de hundirse, refulgió un instante sobre Nórax, como un último presente de aquella a la que había amado.

Nórax elevó las manos hacia la luz y algo en ellas centelleó.

Después inclinó la cabeza y apretó los puños porque sentía en su mano derecha la gema sagrada, la piedra de luz.

Apoyó la mano izquierda en la amura del barco, intentando sobreponerse al dolor, y permaneció en esa postura unos instantes antes de enderezarse.

Con un gesto, ordenó a Aldair y al resto de la tripulación que se dirigiesen a las velas y a los remos mientras él seguía aún en el puente de la nave con los puños todavía apretados, intentando no mirar atrás.

Gael, ayudado por Aldair, tensó las velas para orientarlas a aquel viento que rápidamente les separaba de la bahía y del puerto.

En su corazón resonaron durante largo tiempo las palabras de su madre.

Del contenido de la profecía concluyó que ni él ni Nórax volverían nunca a Tarsis.

Regresaría la estirpe del desterrado, pero ellos no.

El dolor de Nórax y el de Gael al abandonar su patria, al cruzar los mares, se multiplicaba porque a la vez que la ciudad, su lugar de nacimiento, habían perdido a Eteria.

Junto a ellos Aldair se doblaba dolorido por la pérdida de sus hermanos.

En el oído de todos siguió resonando el augurio de Atón, pero en el corazón de Nórax se grabó de modo indeleble el lamento de Eteria.