Las naves de Tarsis La marcha
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La marcha

Nórax bajó las escaleras deprisa, con la inquietud reflejada en su semblante. Encontró a Cidón en los sótanos del palacio, distribuyendo mercancías que debían bajar al puerto para ser embarcadas. Al percibir la urgencia en los ojos de su señor, Cidón comprendió que algo grave sucedía.

—Deseo que prepares trigo, cebada, pan, vino, corderos y cerdos para un largo viaje. Nadie debe saber que nos vamos.

—¿Dónde iremos?

—¡Quiera el dios Atón mostrarme el camino! —le dijo eludiendo la respuesta no solo porque, para proteger a Eteria, nadie debía conocer adónde se dirigían, sino también porque realmente desconocía su destino.

Después se despidió de él con un suave y rápido roce de la mano en la espalda mientras le decía:

—Voy al puerto a revisar los barcos. Saldremos en los próximos días.

El intendente asintió, consciente de la necesidad de discreción.

Dio órdenes y poco más tarde fue almacenando, con sigilo, lo que su señor le había dicho, intentando que nada trascendiese.

Pero era imposible que el movimiento pasase inadvertido.

Hombres cargados de sacos entraban y salían continuamente por el portillo lateral del palacio, que daba a una estrecha callejuela, tan angosta que apenas permitía el paso de la luz solar.

Allí los criados de la casa góidel se afanaban en silencio, transportando sacos y moviéndose con pasos presurosos y entre susurros.

Eteria, debilitada y sumida en una profunda tristeza, permanecía en silencio, extremadamente débil, tendida sobre un lecho en la terraza, mirando al sol. Su espíritu parecía consumirse, y a menudo se sumía en la inconsciencia de un sueño agitado. Nórax no se separaba de ella.

Al atardecer, la guardia real llamó a las puertas del palacio de Nórax.

Nada pasaba desapercibido a la red de espías que Krysaor y Akálide habían desplegado por la ciudad.

El palacio se llenó de soldados que buscaban signos de una rebelión, cualquier indicio de desacato contra la autoridad real.

Descendieron por las escaleras hasta los sótanos, donde descubrieron los preparativos de la marcha.

Pero lo más grave fue que en una cámara encontraron a Argón, con los ojos fijos en el techo.

Estaba sonriendo y repetía una cantinela ininteligible.

Incapaz de caminar, se llevaron su cuerpo frágil arrastrándolo entre dos soldados mientras su sonrisa desquiciada colmó a su hijo de una sorda impotencia y lo sumió en la desesperación. Al mismo tiempo, detuvieron a Nórax, a Gael, a Feder, a Aldair y a otros góidel afines a la casa de Argón.

Los condujeron presos ante el rey. Krysaor se levantó del trono de Gerión, flanqueado por los dos grifos que parecían amenazar a Nórax y a sus hombres. Los hicieron arrodillarse encadenados. El rey dirigió su mirada a Nórax y esbozó una mueca despectiva y cruel.

—¿Cómo te atreves a oponerte a la ley? Mis leyes son justas. ¡Has ocultado a Argón durante años! ¡Si lo hubieras entregado, hace tiempo que habría dejado de sufrir!

Desesperado, y sabiendo que ya no le quedaba ningún futuro, Nórax al fin se enfrentó al rey:

—¡Deja a mi padre en paz! Mi padre no sufre, es feliz, está cuidado y rodeado de los suyos.

Entonces Krysaor habló con una voz en la que se dejaba sentir una extraña compasión, una compasión cruel.

—Tu padre, el noble Argón, no puede vivir más en esas condiciones, que a cualquiera con sentido común le producirían rechazo.

Los ancianos demenciados deben morir; la diosa reclama su sangre para conducirlos a un mundo mejor.

Mi esposa desea imponer en la ciudad el culto a la perfección y a la belleza, y para ese culto los viejos son una lacra.

El laber no provoca dolor. Se desangrará y será un sacrificio a la diosa. Tú mismo lo presenciarás.

Nórax intentó liberarse de las cuerdas que ataban sus muñecas y levantó la cabeza mientas clamaba:

—¡Sí, sufren! Yo he visto a muchos rebelarse y llegar a contraerse de dolor. —La voz de Nórax temblaba mientras decía, angustiado—: Yo quiero a mi padre, lo quiero vivo.

Ahora Krysaor estaba furioso:

—Tu padre caerá ante el laber. ¡Yo, Krysaor, el rey, lo ordeno!

—¡No!

Krysaor no hizo caso a los ruegos y súplicas de Nórax. Esa noche encerró a Argón, Nórax, Gael y a los demás en un oscuro calabozo, obligándolos a compartir la prisión con el anciano.

En el lecho, Argón recitaba el antiguo himno, y su voz débil y cascada resonaba en la penumbra.

Al finalizar, se abrazó a su hijo y luego bendijo a Gael.

Era como si hubiera recuperado la lucidez.

Sus gestos, sus palabras y su actitud mostraban que reconocía lo que le estaba ocurriendo, y su mirada, aunque cansada, reflejaba una comprensión profunda de su destino.

Nórax sintió una mezcla de dolor y alivio al ver a su padre consciente, aunque solo fuera por un momento.

La oscuridad del calabozo parecía menos opresiva al escuchar la voz de Argón recitando rítmicamente el himno, pero su desesperación no desaparecía.

Estaban atrapados, no había nada que hacer.

Más que nunca, estaban en las manos de Krysaor.

¿Qué harían con Eteria? Él no la podía defender.

Transcurrieron largas las horas de la noche.

Al fin, un rayo de sol penetró por las estrechas rejas en el techo de la prisión y el haz de luz fue girando lentamente sobre la piedra oscura y mojada de la celda donde los góidel se hacinaban.

Gracias a esa luz pudieron ir calculando el paso del tiempo.

No les dieron nada de comer, pero ninguno sentía hambre.

Argón dormitaba, desconectado del mundo una vez más.

Finalmente la puerta de la celda se abrió y unos guardias los sacaron a empellones y los obligaron a subir por la escalera.

Después ascendieron por los pasadizos hasta que se encontraron en la arena de Tarsis, bajo un sol brillante, rodeados del graderío donde se apiñaba la gente.

Nórax, Feder, Gael, Aldair y los demás, encadenados, permanecieron de pie en una grada cercana al trono real, situado bajo el altar a la diosa serpiente.

Desde esa posición se podía ver con claridad la arena de Tarsis y el altar de los sacrificios.

Akálide y Krysaor, sentados en el trono, dominaban la escena.

El rey los observaba con una sonrisa torcida que destilaba malicia.

Sonaron las trompetas y entonces sacaron al anciano Argón, que fue arrastrado por los esbirros de Akálide hasta el altar de la diosa serpiente.

Lo arrodillaron ante ella y apoyaron su cuello en el frío mármol del altar.

La hoja del laber cayó implacable y las nobles canas de Argón quedaron mancilladas, ensangrentadas, mientras Nórax observaba, impotente, incapaz de evitarlo.

Krysaor sonreía, satisfecho. Nunca había perdonado al padre de Nórax por haberle reprendido cuando era niño ni por haber intentado educarlo en las tradiciones góidel.

Después de la ejecución pública, los esbirros de Krysaor empujaron de nuevo a Nórax, Gael y los demás a la oscura cárcel bajo los sótanos del templo.

Nórax estaba destrozado por la muerte de su padre.

Las escenas de la ejecución se repetían una y otra vez en su pensamiento, atormentándolo.

Le venían a la mente recuerdos de la niñez, cuando jugaba con un barco pequeño de madera en un estanque; de su adolescencia, cuando le había defraudado, y de su juventud, cuando le enseñaba las rutas de navegación.

Esas imágenes se repetían constantemente, intensificando su dolor.

Además, la incertidumbre sobre el destino de Eteria lo angustiaba. Sabía que Akálide necesitaba a Eteria, y eso la protegía por el momento, pero también era consciente de que la debilidad que le provocaba el invierno podía volverla inútil para los planes de la reina.

En los profundos calabozos bajo la arena y el templo, donde la luz solar nunca llegaba, no podían calcular el paso de los días.

En aquel lugar, los sonidos de explosiones y movimientos de tierra, siempre presentes en la superficie de la ciudad, se percibían más cercanos y constantes.

La comida no les llegaba con regularidad y, cuando lo hacía, era escasa y en mal estado.

Un día las puertas del calabozo se abrieron con estrépito.

Dejando a los otros atrás, llamaron solo a Gael y a Nórax, quienes fueron sacados de la prisión y conducidos al hogar de los góidel, la casa de Argón, escoltados por una nutrida guardia encabezada por el propio Krysaor.

El rey se paseó por el palacio, con aire dominante y henchido de orgullo, recordando en voz alta que allí había sido educado en una religión que consideraba absurda y nefanda.

Sonreía despectivamente al encontrar los signos del culto al sol grabados por toda la casa, reconstruidos tras la destrucción a la que habían sido sometidos años atrás, cuando Nórax fuera detenido y torturado.

También descubrieron el altar donde Eteria celebraba ritos sagrados, y el jardín que evocaba al de Hesperia.

Al ver los símbolos presentes por todas partes, los acusó no solo de reverenciar al dios prohibido, sino de difundir el culto herético entre las gentes de la ciudad.

El rey, encolerizado, gritó que había sido engañado y desobedecido por alguien en quien una vez confió.

Los devolvieron a la oscuridad de la prisión, donde Feder, Aldair y los otros ya dudaban de volver a verlos. Estaban desesperados, sabiéndose perdidos.

—¿Qué harán con nosotros? —preguntó Feder con una voz debilitada por el hambre.

Nórax movió la cabeza, angustiado:

—Se dice que a algunos prisioneros los mantienen años y años atrapados en los calabozos, e incluso que los dejan morir de hambre…

Feder se horrorizó:

—¡Sería mejor el laber !

Nórax asintió, pero para él lo peor no era la muerte, ni siquiera si llegaba por hambre; lo peor era la incertidumbre sobre el destino de Eteria.

Cuando los trasladaron al palacio góidel, no la vio por ningún sitio.

Quizá había sido conducida ante la reina.

Nórax solo pensaba en que la serpiente que habitaba en Akálide tenía el poder de debilitar a Eteria hasta el extremo de provocarle una muerte lenta y dolorosa, con un sufrimiento atroz, porque lejos del palacio góidel, donde se escondía la piedra, no podría utilizarla, y la gema de luz era lo único que le devolvía la vida.

No supieron nunca cuánto tiempo pasaron en aquella cárcel, oscura, húmeda y maloliente. La impotencia y el desaliento se apoderaban de ellos, que se sentían cada vez más hundidos, atrapados en aquel lugar sin esperanza.

Finalmente, las trancas que cerraban la prisión se abrieron y todos fueron sacados de allí.

Los condujeron al edificio del consejo, el antiguo foro de la ciudad, el hemiciclo rodeado de columnas y escalonado donde en otro tiempo se habían dirimido los asuntos de Tarsis con libertad y respeto.

Ahora aquel lugar se había transformado en el escenario donde se justificaba la opresión de Krysaor.

En un juicio ante los diez clanes de la ciudad, se acusó a Nórax, príncipe de los góidel, y a todos los suyos de haber ocultado a Argón, de intentar huir sin el permiso del rey y de adorar al sol.

Era el fin de todos ellos. Nórax fue condenado a muerte, pero entonces Krysaor, que presidía el juicio, se levantó, lleno de poder y orgullo y exclamó:

—¡Nórax pretendía irse y abandonar Tarsis robando los barcos de la flota! Ha sido condenado a muerte por traidor y lo merece. Pero no lo haré. Un día Nórax me salvó la vida y juré que se lo devolvería. Una vez más, le perdono la vida.

Krysaor hizo una pausa y luego, como si la locura lo dominara, soltó una carcajada estruendosa.

—¡Hará lo que quería! ¿No quería irse? ¡Se irá!

No morirá, lo castigaré con el destierro.

Serán proscritos de Tarsis Nórax y todos los cercanos a él, pero se irá sin su esposa.

Ella, Eteria, se quedará. La reina Akálide la necesita.

¡Ese será el castigo! Sé que le duele más perderla a ella que morir. ¿No es así, amigo Nórax?

Nórax suplicó y amenazó, implorando que le permitieran llevársela o quedarse en la ciudad con ella, pero todo fue inútil.

Después del juicio, los soltaron y les permitieron preparar lo necesario para la partida.

Debían salir con la siguiente pleamar, sin tiempo para detenerse a preparar nada más que lo imprescindible.

La prisa y la angustia se apoderaron de ellos mientras intentaban reunir lo poco que podían llevar consigo, conscientes de que el tiempo se agotaba.

No solo Nórax fue condenado; muchos de los góidel también fueron señalados como rebeldes y herejes por no haber acatado las nuevas leyes de Tarsis y por conservar en sus hogares símbolos del culto solar.

Todos ellos habían sido detenidos y encarcelados días atrás.

Después, durante el mismo juicio de Nórax, fueron condenados, su honor se puso en duda y se los consideró indignos de vivir bajo el opulento, sabio y justo gobierno de Tarsis, presidido por la reina Akálide y Krysaor.

Nadie defendió a los adoradores del sol, al antiguo linaje del patriarca Gael.

Ni siquiera aquellos jóvenes de tantos clanes que habían aprendido de labios de Eteria la sabiduría del Jardín de las Hespérides y la bondad de la religión solar se atrevieron a alzarse en su defensa.

El terror se impuso: el miedo a los terremotos continuos, a los asesinatos públicos en la plaza y a los crímenes ejecutados por orden del rey en alguna calle oscura silenció cualquier intento de resistencia.