La decisión
La luz del suave sol de invierno acariciaba la terraza, y la brisa llevaba consigo el aroma salado del océano y el eco de las aves marinas que revoloteaban sobre Nórax y Eteria. Hablaban en un tono bajo, pero cargado de intensidad.
—La herida que Kendal le causó a Akálide la ha debilitado.
Solo yo soy capaz de curarla —afirmó Eteria con gran esfuerzo, su voz apenas un susurro que llevaba el peso de una confesión—.
Akálide utiliza la energía que poseo porque yo canalizo la del sol, sobre todo en el solsticio.
La luz que me extrae le proporciona fuerza por un tiempo, pero después debe volver a recurrir a mí para borrar la oscuridad que crece continuamente dentro de ella y la consume.
Nórax la miró con preocupación. Las palabras de Eteria lo llenaban de inquietud.
—Te está destruyendo. Tenemos que hacer algo —respondió con una urgencia que casi quebraba su voz.
Eteria se detuvo, pensativa, y luego exclamó con un destello de dolor en sus ojos ambarinos:
—Akálide está herida. Es un ser maligno, lleno de ponzoña, de una magia negra, oscura.
Kendal la dañó más de lo que cualquiera podría haber imaginado.
Es como si la herida de Kendal hubiese liberado un veneno dentro de sí misma.
Ahora ese veneno la consume, aunque no la mata.
Ella no podría seguir si no se apoyase en la fuerza que hay en mí.
Sé que volverá a llamarme y que cada solsticio será peor que el anterior, una tortura renovada.
El rostro de Eteria reflejaba una enorme pesadumbre, y Nórax, que no podía soportar verla así, declaró con determinación:
—¡Solo hay una solución para tanto sufrimiento!
Ella le interrogó, sin hablar, con los ojos muy abiertos.
—Irnos lejos de Tarsis —contestó Nórax— con los más fieles. Dejar atrás esta ciudad cruel.
Eteria sonrió con tristeza, y la suavidad de su voz no pudo ocultar todo el dolor que atesoraba.
—Yo no puedo. Mi destino está ligado a Tarsis.
Mi padre lo profetizó. Una hespéride, y sobre todo una Gran Vestal como fui yo, lejos de la ciudad del sol poniente se iría consumiendo y moriría.
Aquí en el occidente las hespérides no conocemos la decrepitud, pero lejos de aquí me enfrento a una muerte segura… , y me da miedo.
—Entonces ¿Areté? Ella ha sido conducida lejos de aquí.
—Areté es más fuerte que yo, y su destino no es el mío.
Mi padre profetizó que se iría lejos, aunque yo sé que lejos de aquí se marchitará y finalmente morirá.
Por eso sufrí tanto cuando se fue. —Se quedó pensativa recordando a su hermana y en sus ojos brillaron las lágrimas.
Después prosiguió—: ¡Ay…! Sufro pensando en tener que irme de aquí.
Una hespéride necesita la luz del occidente.
Nórax bajó la cabeza, apretó los puños con frustración y después exclamó, con furia contenida:
—Entonces pretendes que vivamos aquí, bajo esta tortura… ¡Bajo la tortura de la serpiente! Akálide es una serpiente infernal. Hace muchos años que lo sé, desde que estuve en el país de Kush.
—Lo es —afirmó Eteria con una calma inquietante—. Recuerda que la serpiente es un animal frío que obtiene el calor del sol. Yo se lo proporciono, pero no podría si no tuviese la piedra de luz.
Nórax se acercó a ella y la abrazó, como intentando guardarla del mal.
—Temo por ti —le confesó susurrando con una voz llena de emoción.
Eteria se apartó suavemente y colocó sus manos sobre las mejillas de Nórax. Sus ojos brillaban con una mezcla de angustia y resignación.
—No tengas miedo, Akálide nunca me matará porque me necesita.
Nórax se aproximó aún más a ella y la estrechó más fuertemente en sus brazos.
—Yo también te necesito, te quiero con todo mi corazón, y me cuesta ver el daño que te causa Akálide. ¡Cada vez estás más débil!
Eteria cerró los ojos por un momento. No se preocupaba solo por ella, sino que sentía que todo estaba afectando también a su familia y a los góidel.
—Lo que más me preocupa es que, desde que Akálide me utiliza, la piedra de luz no brilla como antes. ¡Ya no nos protege! ¡Todos estamos en peligro!
—¡Nos iremos! —sentenció Nórax con firmeza—. ¡Convocaré a mis gentes! Puede que lejos de aquí te debilites, y quizá tu vida se acorte, pero no sufrirás ya más el abrazo de la serpiente.
Eteria bajó la cabeza y una lágrima rodó por su mejilla.
Sentía que su fin se acercaba. Nórax le acarició dulcemente el cabello.
La dejó allí, bajo el sol de invierno, que apenas calentaba.
Se puso en marcha. Había tomado una decisión: abandonarían la ciudad de Tarsis.
Pero ¿dónde irían? ¿En qué lugar el poder de Akálide no los alcanzaría?