Las naves de Tarsis Eteria y Akálide
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Eteria y Akálide

Al caer la tarde, la estatua de la diosa serpiente se iluminó con el resplandor de cientos de antorchas.

Aquel día, el sol había castigado Tarsis con un calor abrasador.

En uno de los días más sofocantes del verano se celebraba la fiesta de Sopdet.

Nórax y Eteria, junto a Gael, que había crecido en los últimos meses y era casi tan alto como su madre, subieron por las escaleras hasta el graderío, acatando la nueva ley impuesta por Krysaor y Akálide: todos debían presentarse en la plaza durante las festividades de la diosa serpiente.

La norma les alcanzaba de lleno. Habían evitado ese lugar desde que los espectáculos sangrientos se hicieron costumbre, pero ahora no tenían elección.

Se sentían fuera de lugar. Algunos los miraban con sorna mientras comentaban que finalmente aquellos que se creían superiores también habían tenido que doblegarse.

En las gradas de la arena de Tarsis, las gentes debían colocarse de acuerdo con su linaje y posición.

Por ello Nórax y su familia se situaron en un lugar preeminente entre los góidel, justo enfrente del trono del rey.

Desde allí se veía a Krysaor, sentado en el sitial con gesto orgulloso y displicente, y, junto a él, a la reina, aún no recuperada de las heridas que le había causado Kendal.

Parecía una sombra de lo que había sido, una mujer inclinada y avejentada, con el rostro cubierto por un fino velo negro.

Se inició una melodía repetitiva, muy aguda y extraña, en la que se alababa a la Diosa de las Fieras.

A Nórax le vino a la mente que, en aquel momento del espectáculo, en tiempos de Gerión, se habría cantado el hermoso himno solar, una melodía armoniosa que colmaba los corazones de anhelos de algo grande y elevaba los espíritus hasta el sol en el ocaso.

La música de la diosa era enervante y extremadamente sensual, y creaba una atmósfera inquietante que incomodaba a Nórax y a su familia.

El príncipe góidel intentó no mirar lo que ocurría en la plaza, pero el espectáculo pronto captó toda su atención.

Era impresionante ver a los porenna desafiando el peligro.

Dos hombres y una mujer, vestidos con faldellines cortos, cruzaban ágilmente sobre el lomo del toro.

De repente, uno de los hombres fue empitonado y desde lejos se pudo ver la sangre brotando de una herida en su pecho.

El suelo tembló violentamente. Los terremotos siempre se producían durante estos espectáculos, acompañados de ruidos subterráneos lejanos y profundos, como si la tierra misma lamentara el derramamiento de sangre.

La atmósfera se volvió aún más tensa, con la música aguda y extraña resonando en los oídos de todos y acentuando la sensación de caos y desesperación.

Akálide se levantó e hizo una señal. El porenna, aún vivo, fue sacrificado a la diosa, degollado con el laber, y su sangre se vertió por las escaleras del altar, un torrente rojo que parecía teñir la tierra.

Eteria no pudo resistir la crueldad del espectáculo.

Se levantó, ahogando un grito, y salió apresuradamente, seguida por Nórax y Gael.

Muchos advirtieron su salida. Las miradas de Akálide y Krysaor repararon en ellos.

Quizá fue en ese momento cuando Akálide recordó que en la casa de los góidel había una hespéride de belleza rozagante.

Unos días más tarde, los esbirros de Krysaor aporrearon la puerta del palacio, entraron rápidamente en el gran atrio circular y, gritando, preguntaron por la esposa del príncipe de los góidel .

Los gritos resonaron por toda la casa. En el jardín donde estaba impartiendo clase a unos muchachos, Eteria oyó los gritos y salió al zaguán.

Nórax y Gael, que conversaban en la terraza superior, bajaron corriendo por la gran escalera principal. Cuando llegaron, los guardias ya estaban deteniendo a Eteria. Nórax desenvainó un puñal y Gael, un jovencito alto, rubio y fuerte, se interpuso entre los guardias y su madre.

Los esbirros les apuntaron con lanzas mientras exclamaban:

—¡Órdenes de la reina! La dama Eteria, esposa del marino Nórax, debe ser conducida a palacio. La reina Akálide la requiere.

—¿Para qué? —inquirió Nórax.

—No preguntes.

—¿Volveré? —demandó Eteria con una expresión llena de ­angustia.

Hicieron un gesto despectivo, sin darle una respuesta clara, y se limitaron a empujarla brutalmente hacia la puerta, sin cruzar palabra con ella, hasta sacarla del palacio góidel .

Eteria reaccionó con gran dignidad liberándose de los guardianes, que la escoltaron calle arriba.

A Nórax y a Gael les impidieron que la siguieran, forzándolos a punta de lanza a regresar dentro del palacio.

Además, les retiraron las armas y los encerraron.

Dejaron un destacamento en la puerta para evitar que nadie entrase ni saliese.

Nada podían hacer. La servidumbre no era suficiente para enfrentarse a los esbirros de Krysaor, y no podían avisar a otros góidel .

Desesperados por saber qué podía ocurrir con Eteria, Nórax y Gael subieron al terrado y, desde la celosía, la divisaron subiendo hacia el palacio, tan frágil y vulnerable.

Nórax pensó que podía no volver a verla y se sintió morir.

La figura de Eteria se perdió tras la curva que conducía a la acrópolis.

Desesperado, con Gael a su lado, siguió vigilando la calle ahora desierta, pegado a los barrotes de la celosía. Solo se oían las voces del destacamento de soldados en la puerta. ¿Cuándo regresaría Eteria? ¿Qué le harían? ¡Ojalá pudiese saber lo que le estaba ocurriendo!

De pronto recordó la piedra de luz. Dejó a Gael vigilando la calle y bajó hasta el jardín.

Escarbó debajo del camelio y encontró una pequeña arqueta.

Allí estaba la gema sagrada, engarzada en el colgante de ámbar y coral.

Agarró la arqueta y la llevó a la cámara donde solía dormir.

Por un lucernario en el techo penetraba un rayo de sol.

Nórax acercó la gema sagrada al haz de luz, que reverberó en ella.

A través de la piedra, Nórax pudo contemplar lo inimaginable: vio el cuerpo de Eteria sobre una especie de mesa alargada de mármol a cuyos lados había huecos labrados.

Por los agujeros emergió una figura alargada, como una enorme serpiente negruzca con manchas amarillas que a Nórax le recordó aquel gobio que había matado en el mar.

La serpiente se deslizó por los agujeros practicados en el mármol y se enroscó en torno a Eteria, que parecía dormir y mostraba señales de un sufrimiento indefinido en su rostro.

De pronto Nórax gritó al advertir que en el rostro de la serpiente se podían adivinar los rasgos de la reina.

La piel de la serpiente, viscosa y opaca, se volvía luminiscente al contacto con el cuerpo de la hespéride.

Permanecieron un tiempo así, Eteria sin consciencia, como dormida, pero rodeada por los anillos del descomunal ofidio.

Al fin la serpiente abandonó su presa y se irguió.

Unas escamas cayeron al suelo y apareció la figura de la reina Akálide.

Parecía más joven, tenía el rostro terso y su cuerpo volvía a ser el de una mujer de curvas voluptuosas.

Ahora Nórax sabía qué estaba sucediendo con su esposa y quién era la reina.

Trató de salir del palacio para auxiliar a Eteria, pero se debatió inútilmente ante la puerta clausurada.

Chilló con desesperación, y a sus gritos acudieron varios criados, así como Gael.

Intentaron forzar la puerta, dando golpes contra ella.

Los guardias, desde fuera, les advirtieron de que no intentasen salir, pero la desesperación de Nórax solo aumentaba.

Cada golpe resonaba como un eco de su impotencia mientras el rostro sufriente de Eteria no abandonaba su mente.

Durante mucho tiempo, Nórax y Gael, ayudados por Cidón y otros siervos de la casa, intentaron forzar la puerta de bronce, pero esta no cedió.

—Debemos salir del palacio y rescatar a Eteria.

—¡Los túneles! —gritó Gael recordando que el palacio poseía otras salidas.

—Conducen muy lejos de la acrópolis.

—No importa, al menos haremos algo.

Se disponían a entrar en los sótanos de la casa cuando la puerta principal se abrió de repente.

Bajo el alto dintel, entre las jambas de la puerta, apareció una figura desmadejada, arrastrada por dos guardias.

Era Eteria. Su rostro estaba descompuesto, pálido, y caminaba de manera inestable y sin fuerzas.

Eteria no recordaba lo que le habían hecho, solo se sentía débil, agotada.

Nórax, en cambio, lo había visto todo en la piedra.

No dijo nada, pero su mente hervía de rabia y desesperación al comprender la magnitud de lo que había sucedido: Akálide había extraído a Eteria la energía que, como hespéride, poseía por el culto al sol.

La mirada de Nórax se encontró con la de su esposa, que estaba llena de angustia y agotamiento.

Con suavidad, la abrazó mientras Gael los observaba, perplejo y preocupado.

En un murmullo, Eteria le pidió a Nórax que la condujese a la luz.

Necesitaba los rayos del sol. Nórax la agarró entre sus brazos, les pidió a los demás que no los siguiesen y la subió a la terraza, donde ya anochecía.

Los últimos rayos del ocaso bañaron a Eteria, que pareció revivir.

Era un día cálido, de un verano tardío, y el anochecer se prolongó hasta que finalmente descendió el crepúsculo.

Eteria le contó a Nórax que al llegar al palacio la condujeron a una habitación de paredes de color rojo con una especie de gran agujero redondo en la techumbre, y en el centro una especie de altar de mármol, donde la tumbaron.

Cuando la luz del astro solar penetró por el techo, entró Akálide.

Su piel estaba arrugada, caminaba encorvada y se tocaba el lugar donde Kendal la había herido.

Se dirigió hacia ella. Los ojos negros de Akálide, de largas pestañas y maquillados con kohl oscuro, se posaron en el rostro de Eteria, quien no pudo resistir la mirada de la reina y alzó la vista techo, por donde entraba la luz del sol en su cénit.

Eteria no recordaba nada más. Cuando recuperó la conciencia, la reina ya no estaba.

Le parecía que había soñado con una serpiente que la envolvía.

Unos criados la ayudaron a levantarse, pues se sentía muy débil y casi no podía caminar, y luego dos guardias la acompañaron de vuelta a casa.

Cuando Nórax le informó de lo que había visto en la piedra de luz, ella se echó a llorar.

—Es una serpiente, no es un ser humano, y me chupa la energía y la luz.

Durante unas semanas, Eteria prácticamente no pudo moverse.

Las fuerzas le fallaban y pedía a Nórax que la condujese al sol.

Nórax la tomaba como una pluma en los brazos, la subía a la terraza y la tumbaba en una hamaca en un lugar soleado.

Después se sentaba junto a ella y le agarraba la mano y ambos permanecían allí todo el tiempo que duraba el brillo del sol.

No devolvieron la piedra de Jafet a su lugar bajo el camelio, sino que ahora colgaba sobre el pecho de Eteria con el relicario abierto.

Al principio, nada más regresar del palacio y de estar con Akálide, la gema sagrada permaneció oscura, como si la hespéride no fuera capaz de captar la luz.

Sin embargo, después de unos días, comenzó a brillar de nuevo, hasta que, al cabo de unas semanas, relució con más intensidad, al tiempo que Eteria recobraba fuerzas.

La piedra canalizaba la energía del sol hacia la hespéride.

Nórax observaba este proceso con una mezcla de esperanza y deses­peración, consciente de la batalla invisible que se libraba dentro de Eteria.

Cada día, al ver la luz de la gema intensificarse, sentía renacer la esperanza de que ella sanase, aunque la sombra de la amenaza seguía presente, recordándole el poder oscuro que Akálide poseía.

Así, poco a poco, Eteria se fue reponiendo de la extraña debilidad que le había provocado la reina, mientras que la piedra ya no brillaba como antes.

Notaron que no estaban tan protegidos. La guardia de Krysaor los espiaba, detenía a los chicos que iban a estudiar al palacio góidel y les preguntaba qué hacían allí. El jardín se fue vaciando.

Los barcos de los góidel salían sin Nórax, que decidió permanecer junto a Eteria y dejar a otros al frente de las naves. Sin embargo, la flota echaba de menos a su capitán. Sin la experiencia de Nórax y sin su pericia como navegante, naufragaron en varias ocasiones y la flota góidel se debilitó.

El rey construyó nuevos barcos al tiempo que otras escuadras de comerciantes provenientes del oriente comenzaron a atracar en Tarsis. Había llegado el momento en que el rey ya no necesitaba la flota góidel como había sucedido tiempo atrás.

Los días se acortaron. Llegó el solsticio de invierno y Eteria fue conducida de nuevo al palacio.

Regresó débil, consumida. El cielo, cubierto de nubes, apenas dejaba pasar la luz.

Esta vez, ni siquiera el sol lograba aliviarla.

Tardó más en recuperar las fuerzas. Estaba más pálida, más frágil.

La piedra también comenzaba a apagarse. Nórax presentía que se acercaba el fin.