Las naves de Tarsis La revuelta #2
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La revuelta #2

Desde múltiples puntos de la plaza, los rebeldes se lanzaron a la arena desenvainando las armas y dirigiéndose hacia las gradas donde se sentaban Krysaor y Akálide.

Pero inmediatamente centenares de soldados saltaron a la arena y comenzaron a luchar contra los conjurados, quienes, hasta ese momento, habían supuesto que las gentes de Tarsis los ayudarían.

No ocurrió. Hubo incluso alguno que silbó en contra de la rebelión.

Sin el apoyo de la multitud, los rebeldes eran muy pocos frente a toda la guardia del rey. Pronto fueron reducidos.

En el tumulto de la lucha entre la guardia que rodeaba el estrado donde estaban los reyes y los rebeldes, Kendal logró acercarse a Akálide y la acuchilló por detrás, atravesándole el costado a la altura del corazón. De la herida manó una extraña sangre negra y viscosa.

Akálide emitió un aullido sibilante, misterioso y extraño, al tiempo que caía desde el trono.

Los que estaban cerca notaron que algo le ocurría porque su cuerpo se encorvaba, se encogía, se ponía rígido y se retorcía sobre sí mismo.

La guardia procedente de otros puntos de la plaza alcanzó el estrado de los reyes y en pocos minutos pudo dominar a los conjurados, que fueron atrapados y detenidos.

La reina seguía presa de aquellas extrañas convulsiones que la hacían crecer en un cuerpo monstruoso y alargado.

Pero Krysaor, asombrosamente salvado de la jabalina de Sedric, gritó que la tapasen con un manto y ordenó a los sacerdotes de la diosa que se la llevaran.

Después se supo que Akálide había sobrevivido al ataque, aunque algo había cambiado en ella: la herida la había transformado en un ser encogido, deforme y avejentado y con la piel llena de manchas negruzcas y amarillentas.

Desde entonces se tapó con un largo manto oscuro que iba arrastrando porque le colgaba por detrás.

Los esbirros del rey detuvieron a Sedric, a Kendal y a los conjurados.

Allí mismo, en la arena, ante una orden del rey, los desollaron vivos a latigazos por traidores.

Algunas mujeres góidel que estaban en la plaza lo observaron todo angustiadas y horrorizadas.

Tras escabullirse entre la multitud, dieron parte de lo ocurrido a Nórax, quien no solía ir a los espectáculos de la arena desde que se habían vuelto tan salvajes.

Al conocer la noticia, Nórax sintió como si el suelo bajo sus pies se desmoronara.

La desolación lo envolvió por completo. Habían perdido a hombres valiosos ante la indiferencia de las gentes de Tarsis.

Como él había temido, nadie se había puesto de su lado, nadie había alzado la voz, nadie se había atrevido a defenderlos.

Cada vez eran menos los fieles a la tradición de Tarsis, menos los que se rebelaban contra el poder maligno de la Diosa de las Serpientes.

Lo que más le dolía era la pérdida de Sedric y Kendal, que no solo eran amigos, sino hermanos de armas, camaradas inseparables en las aventuras que habían forjado su vida.

Habían estado con él en las Casitérides, habían circunvalado África y compartido peligros, victorias y derrotas.

Habían formado parte de aquel grupo selecto que había luchado junto a él en Hesperia durante el ataque del rey a la isla.

Aunque en los últimos tiempos se habían distanciado, Nórax nunca dejó de apreciarlos ni de intentar reconciliarse con ellos.

Sus muertes, crueles e injustas, dejaban un vacío que nada podía llenar.

Solo hallaba un amargo consuelo en saber que había intentado advertirlos del peligro.

Los había prevenido una y otra vez, pero nunca quisieron escucharlo.

Feder, por su parte, estaba devastado, quizá más que nadie.

A pesar de las antiguas rencillas, adoraba a Kendal, su amigo de la infancia, aquel que siempre había sido como un hermano para él.

La noche después de la ejecución, Feder se presentó en la casa de Argón.

Su rostro estaba marcado por la tristeza, y parecía incapaz de hablar, cada palabra atrapada en un nudo de dolor en la garganta.

Nórax lo abrazó, sosteniéndolo mientras el peso de la pérdida compartida se desbordaba en el silencio.

Eteria se acercó entonces, con su mirada serena y su voz cargada de sabiduría. Posó suavemente una mano sobre el hombro de Feder y le dijo:

—Perder un amigo es perder un trozo de la carne y del espíritu propios.

Sus palabras, como un bálsamo, resonaron en la penumbra de la estancia. Feder asintió lentamente mientras las lágrimas caían, limpias y sin resistencia, sobre sus mejillas. En ese instante, el dolor de ambos se entrelazó, uniéndolos aún más bajo el peso de la tragedia compartida.

Después de la muerte de Sedric y Kendal, Krysaor desató una ola de terror por toda Tarsis.

Todos aquellos que habían tenido la más mínima conexión con la conjura fueron perseguidos, detenidos y torturados.

Los gritos de los condenados resonaban en las calles de la ciudad, y el miedo se instaló en cada rincón.

Nadie se atrevía ya no solo a oponerse, sino ni siquiera a expresar la más mínima crítica contra el rey.

Las voces que antes se alzaban contra él habían sido silenciadas, algunas por miedo, otras por la muerte.

Las calles, normalmente bulliciosas, parecían sofocadas bajo un manto de inquietud.

En este clima opresivo, la casa de Nórax se mantuvo a salvo, principalmente por no haber acudido a la arena. Pero además porque Nórax sentía que Eteria y la piedra de luz los protegían.