Las naves de Tarsis La revuelta
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La revuelta

Profundas arrugas surcaban la frente de Sedric reflejando el dolor constante que lo consumía desde su tortura.

Cada movimiento le provocaba la sensación de miles de agujas atravesándole la espalda.

Miró de un lado a otro, buscando a los esbirros de Krysaor.

Con cada paso, el sufrimiento lo doblegaba, y tuvo que apoyarse en la puerta de la casa de Kendal.

Sin fuerzas, golpeó con el puño varias veces y, cuando la puerta se abrió, cayó al suelo.

El estruendo atrajo a Kendal hacia la entrada.

En la penumbra distinguió la figura de Sedric en el suelo: sucio y desgreñado, una sombra del joven de una de las mejores familias de Tarsis.

Su túnica, antaño blanca, mostraba en la espalda huellas de sangre y pus.

Restos de algas revelaban que había estado en el mar.

Kendal lo ayudó a incorporarse y lo guio hacia un lecho de tres patas.

Incapaz de tumbarse de espaldas, Sedric se recostó boca abajo, buscando alivio en esa posición.

Kendal cortó la túnica y dejó al descubierto la espalda desollada y sangrante de Sedric, con algunas zonas purulentas.

—¡Por Atón glorioso! ¡Te han destrozado! —exclamó Kendal—. Estábamos muy intranquilos. Pensábamos que habías muerto o seguías en la prisión.

—Me torturaron —empezó a explicar Sedric, con esfuerzo y lentamente—, me abrasaron la espalda con aceite y finalmente me despeñaron desde las cloacas de la prisión por el acantilado.

Me habría matado si la marea no hubiera estado subiendo, porque las olas me arrastraron hasta el puerto.

No sé cómo lo hice, pero subí hasta el muelle por una escala.

Tu casa es lo primero que he encontrado. ¡Ayúdame!

Kendal, que había podido escapar ileso porque no acudió a la reunión, estaba furioso por lo ocurrido con sus amigos.

—¡Que el dios los maldiga por lo que han hecho! ¿Cómo no voy a ayudarte? Yo estaría como tú o quizá muerto si no hubiera estado fuera navegando.

Kendal llamó a uno de sus criados, un hombre experto en curaciones. Este, al ver la espalda de Sedric, movió la cabeza a un lado y a otro y, en voz baja, informó a Kendal:

—Pronto se llenará de pus. Las quemaduras son profundas y ha perdido casi toda la piel de la espalda. Puedo ponerle algún emplasto, pero he visto a otros con quemaduras de menor envergadura morir entre terribles dolores.

Kendal se angustió mucho: no podía dejar que su amigo muriese de una forma tan cruel.

—Te voy a llevar a Eteria, que es la única que puede curarte.

El rostro de Sedric cambió, mostró una expresión de desprecio y, torciendo la cara, declaró:

—No quiero nada que tenga que ver con Nórax. ¡Es un renegado! ¡Un esbirro de Krysaor!

Pero Kendal obvió las protestas de su amigo y este fue trasladado oculto en un carro lleno de paja que accedió al palacio de Argón por la entrada de mercancías.

Kendal subió corriendo a buscar a Eteria, que estaba vendando el brazo de un hombre y se alegró mucho al ver a Kendal.

Sabía de la profunda amistad que le había unido a Nórax desde la infancia, y también que ahora se había enfriado.

Kendal, con orgullo y cierto desprecio, se enfrentó a Eteria recurriendo a la ironía:

—Gracias a vuestro esposo, señora, ha muerto uno de mis compañeros, y Sedric, compañero nuestro, ha sido torturado. Las quemaduras que los esbirros del rey, al que vuestro esposo apoya, le han causado son profundas. Puede morir. —Después, con tono imperativo, añadió—: ¡Debéis curarlo!

—¿Dónde está? —preguntó Eteria con serenidad, sin dejarse afectar por el tono rudo de Kendal.

—Abajo.

—Súbelo hasta aquí. Que te ayuden.

Con un gesto indicó a uno de los criados que acompañase a Kendal. Con parsimonia, Eteria terminó de vendar el brazo del hombre herido mientras Kendal, con dos criados, se dirigía al lugar donde aguardaba Sedric en el carro.

Lo subieron hasta el aposento donde Eteria había acabado ya de curar al hombre del brazo fracturado, que se fue agradecido. La hespéride tumbó a Sedric en un lecho boca abajo y le descubrió la espalda. Al verla, desollada, Eteria se espantó. Sin poder contenerse, reconvino a Kendal y a Sedric.

—Esto ocurre porque habéis optado por el camino de la violencia. No es la forma de imponer las ideas.

—¿Qué otra hay? —rugió Kendal—. ¿Dejar que ese monstruo y su maldita diosa serpiente nos destruyan?

—¡Kendal! Tienes una familia. ¡Debes protegerla!

Unos años atrás Kendal se había casado y tenía varios hijos pequeños, pero su odio a Krysaor lo dominaba por completo.

—¡Precisamente por ellos lo hago! No quiero que mis hijos crezcan en este régimen de opresión. ¡Me lo han arrebatado todo! Nos han reducido a la miseria. A mi familia… Una de las más nobles de Tarsis.

Nórax no supo qué decirle. Kendal no aceptaba réplica ni consuelo. Se dio la vuelta y se alejó, dejando a Nórax solo, frustrado en su intento de convencer a un hombre cegado por el odio.

Durante varios días, Eteria fue curando las heridas de Sedric.

Utilizaba plantas de la zona del jardín donde estaba oculta la piedra de luz y que, por tanto, poseían unas cualidades mágicas y sanadoras.

Por ello, en pocos días, Sedric estaba casi restablecido.

Los amigos de Sedric acudían ahora a la casa de Argón, pues de algún modo se sentían protegidos por el prestigio de Nórax ante el rey. Comenzaron de nuevo a conspirar.

Al darse cuenta de ello, Eteria y Nórax intentaron hacerles entrar en razón.

Pero de nada sirvieron las recomendaciones de la hespéride, su afán de que no se rebelasen, sus súplicas de perdón y de calma, sus peticiones de que no se enfrentasen al rey violentamente porque nada iban a solucionar y muchos males se iban a derivar de ello.

Por su parte, Nórax también trató de serenarlos, pero de nuevo se enfrentaron a él, al que mostraron su desprecio y tacharon de cobarde. Finalmente les prohibió reunirse en el palacio de Argón.

Ante esta decisión, y sin que Sedric estuviera totalmente restablecido, abandonaron el palacio goidel, amargados y furiosos, y se refugiaron en la casa de Kendal en el puerto. Allí continuaron conspirando.

—La única solución para liberar a Tarsis de la opresión es acabar con Krysaor y Akálide —sostenía uno de ellos con determinación.

—¡Debemos hacerlo! —gritó Kendal—. Krysaor y Akálide están destruyendo nuestra cultura, nuestro modo de ser… ¡Nuestras familias! Y está muriendo mucha gente.

Sedric estaba particularmente furioso, y desde que había sido tortu­rado solo pensaba en vengarse.

—¡No solo matan, sino que hacen sufrir! ¡Nunca olvidaré la tortura!

Movió la cabeza con rabia y desconsuelo y apretó los puños, furioso.

—¡Vamos a reunir a los que se oponen a Krysaor! ¡Conseguiremos la libertad!

Se distribuyeron las casas de aquellos que consideraban fieles y los visitaron uno a uno.

Muchos les cerraban la puerta en las narices por miedo, pero algunos los apoyaron.

Poco a poco fueron atrayendo a los que odiaban al rey, los que habían sido perseguidos de algún modo, los que habían perdido tierras, propiedades o a miembros de sus familias.

Convocaron una reunión en la casa de Kendal, donde trazaron el plan definitivo: se levantarían contra aquel gobierno inicuo en la próxima fiesta de la diosa.

Anochecía en la casa de Kendal. Los últimos rayos de luz cruzaban el estuario y morían en la dársena del puerto. Los conjurados habían llegado ocultamente, muchos de ellos en barco, porque los muelles estaban menos vigilados al atardecer. En la casa de Kendal, que estaba atestada, alguien dijo:

—¡La gente está harta! ¡Nos seguirán! Unos cuantos hombres bien situados en la plaza durante la fiesta de la diosa nos darán la victoria. Estoy seguro de que el pueblo de Tarsis, las gentes de nuestra ciudad, se levantarán y nos ayudarán. ¡Ha llegado el momento!

Trazaron el plan minuciosamente. Allí estaban unos veinte conjurados, pero había más, pues cada uno de los allí presentes había convencido a otros muchos de su propia familia o clan.

Se acordó que se distribuirían por la plaza: unos cerca del trono; otros entremezclados con la multitud que abarrotaría la plaza, otros apostados en las entradas.

El plan estaba muy bien diseñado, cada detalle pensado minuciosamente.

Llegó el día de la gran fiesta de la diosa.

Un espectáculo impresionante iba a tener lugar en la arena, y prácticamente toda la ciudad se congregó en la plaza.

Saltaron varios danzarines sobre el toro, pero uno de ellos cayó y fue ejecutado ante la mirada complaciente de la multitud.

Tras la muerte del atleta, la reina Akálide se levantó para pronunciar un himno de alabanza a la diosa, y junto a ella se alzó Krysaor. Todo el mundo guardó silencio.

En medio de ese tenso silencio, Sedric avanzó hacia el centro de la arena.

Alguna mirada reparó en él, pero la mayoría estaban centradas en la reina.

Desde allí, Sedric lanzó una jabalina a Krysaor, pero una ráfaga de viento, en la que quizá intervino el destino, desvió su trayecto.

Dio justo detrás de Krysaor, en el trono del rey.

En ese momento los conjurados atacaron a la guardia que rodeaba el trono.

Se oyó la voz de Sedric gritando desde el centro de la arena:

—¡Libertad! ¡Libertad! ¡Muera el tirano!

Algunos de los espectadores lo corearon, pero la mayoría se quedó quieta, enmudecida: gentes que tomaban hierbas que debilitaban la voluntad, seres timoratos o estómagos agradecidos.