El taller del orfebre
Kenna entrecerraba los párpados para poder ver la figura que estaba labrando.
Por la ventana entraba un haz de luz tenue que iluminaba la pequeña pieza de metal, una fíbula, ahora incandescente.
La sujetaba con unas pinzas de madera con la mano izquierda mientras con la derecha la modelaba con un pequeño punzón; se iba formando la figura de una serpiente.
Era un encargo de un hombre principal de la casa de Krysaor.
Ahora, entre los adeptos a la reina, la moda era usar colgantes y fíbulas con figuras de serpientes, que según se decía proporcionaban protección y eran signos de fidelidad a los monarcas.
A su lado estaba sentado Gael, un muchacho de unos doce años.
Con sus ojos claros e inteligentes, observaba a Kenna con atención, iluminado por el rayo de luz que entraba por el ventanuco y que hacía brillar sus rubios cabellos lacios, que le caían delante de los ojos.
Llevaba una corta túnica blanca con una greca bordada alrededor del cuello.
Gael era casi de la misma altura que Kenna, un hombre bajito de cara aniñada y finas arrugas alrededor de los ojos y en la frente.
Para parecer mayor e imponer respeto ante sus alumnos, se había dejado una barba rala, que acariciaba cuando dejaba de trabajar.
Con los años se había convertido en un sabio.
Dominaba todas las artes y las ciencias, pero, de todas, la técnica de la metalurgia era su preferida.
—¿Ves cómo brilla? Es una mezcla de oro, plata, bronce y algo de plomo. ¡La proporción perfecta para una pieza tan pequeña como esta! La fórmula para este metal me la enseñó tu madre…
Se había llevado a Gael al taller para enseñarle de modo práctico el arte de los metales.
Le cedió la fíbula inacabada al muchacho, que la terminó, labrando con suavidad el metal incandescente con el punzón.
Pero Kenna no solo le enseñaba metalurgia.
Se había convertido en el maestro de Gael, al que hacía pensar y obligaba a preguntase los porqués, a cuestionarse los orígenes de la vida y el universo que los rodeaba, para así aprender.
Eteria no quería ser maestra para su hijo, sino solo madre.
Callaban, centrados en el trabajo manual.
Cuando acabaron, salieron a un patio de arena rodeado de columnas y se sentaron en un banco de piedra junto a la pared.
Con un palo, Kenna escribió en el suelo las fórmulas para la aleación de los metales: cómo mezclando tantas partes de cobre, zinc, hierro y plomo se elabora el oricalco, cómo de la unión de cobre y estaño se obtiene el bronce o cómo se purifican la plata o el oro para formar metales preciosos de mejor calidad. Gael le escuchaba.
Cuando las sombras comenzaron a menguar bajo las columnas —era ya mediodía—, el orfebre se levantó.
Era hora de ir a casa de Argón a dar clases a otros muchachos junto a Eteria.
Le hizo un gesto a Gael y ambos salieron del taller y subieron hacia la acrópolis, donde estaba el palacio góidel, pues allí se impartirían las clases.
Hacía calor. Las edificaciones blancas absorbían la luz solar y los maestros y discípulos solo notaban cierto alivio cuando pasaban bajo las pasarelas que unían las casas y sombreaban el pavimento.
La ciudad derrochaba riqueza, y en los cruces de las calles había espacios más amplios en los que se alzaban estatuas o fuentes y algún parterre de flores.
Había lujo: el oricalco refulgía en los tejados, el oro, en los llamadores, y tanto los clavos como las maderas —caoba y nogal— de las puertas de las casas mostraban el poder de sus propietarios.
Tarsis rezumaba olor a salitre del Atlántico y resplandecía bajo la luz de un sol meridional.
Doblando una esquina, alcanzaron el palacio de Argón.
Su puerta perennemente entreabierta acogía a todo el que quisiese pasar, pero dentro siempre había un guardia góidel vigilando a quien entraba.
Gael y Kenna lo saludaron con confianza.
Pasaron al gran patio abovedado de alabastro, en el que la luz penetraba suavemente por el techo, y subieron deprisa por unas escaleras que desembocaban en la terraza.
Allí, en una amplia sala, había una estantería con rollos de papiro, Kenna rebuscó algunos y, desplegándolos un poco, escogió los que tenían minerales dibujados.
Después salieron de la sala y bajaron por las escaleras que descendían hasta el jardín.
En aquel lugar al aire libre era donde se educaba a los jóvenes góidel.
Un poco más allá, en el jardín cuajado de flores, varios muchachos de diversas edades aprendían alrededor de Eteria, quien los observaba complacida.
Poco a poco fueron llegando jóvenes de toda la ciudad, la mayoría de estirpe góidel, que acudían al palacio de Argón a aprender.
Gracias a las enseñanzas de la hespéride, aquellos chicos resistían frente a las leyes inicuas de la ciudad, no participaban en los espectáculos sangrientos de la plaza y tampoco tomaban las hierbas que hacían perder la voluntad.
Además, se había forjado una cierta fraternidad entre ellos.
Gael y Kenna saludaron a los chicos con un gesto alegre y algunos de los que estaban con Eteria se levantaron y se acercaron.
Eran los aprendices de orfebrería. Kenna se sentó en un banco mientras Gael y los otros se acomodaron en el suelo, a su alrededor, con las piernas cruzadas.
Kenna desdobló los papiros y comenzó a hacerles preguntas para despertar su atención.
El sol se fue inclinando lentamente, aunque seguía alto.
Solo se escuchaban las preguntas de Kenna y las respuestas de los alumnos.
Algo después, las sombras de los árboles se entrelazaron y la penumbra cubrió el jardín.
Por las escaleras descendieron dos hombres.
Desde abajo, Eteria, Kenna y Gael los saludaron con alegría.
Era Nórax, apoyado en un bastón, acompañado por Aldair.
Este último había desarrollado unas amplias espaldas, estaba fuerte y olía a salitre, y su pelo, fosco, parecía más abundante.
Nórax, pasados ya los cuarenta, estaba curtido por el mar y sobre su piel blanca crecía una barba fuerte salpicada de canas.
A pesar de necesitar el bastón, avanzaba con brío y amplias zancadas, y seguía conservando su halo de magnetismo.
Ambos regresaban de un periplo por el Mediterráneo que los había llevado hasta las costas del país de Khemet.
Kenna dejó a un lado el papiro con el que estaba explicando, se acercó a su viejo amigo Aldair y lo abrazó afectuosamente. Gael se abalanzó hacia su padre, a quien no veía desde hacía tiempo, y este, revolviéndole el pelo, le dijo:
—¡Cómo has crecido! ¿Estás aprendiendo mucho?
—Sí —le respondió su hijo, contento—. Últimamente, Kenna me está enseñando el arte de los metales y he ido al taller de su padre a ver cómo se hace. También he aprendido náutica, cómo se construyen los barcos en los que navegas, las estrellas y la forma de las costas lejanas…
Gael hablaba muy deprisa, como atropellándose y queriéndole contar todos sus progresos a su padre. Nórax sonrió.
—Ahora deberás aprender también la vida, el arte de la lucha. Eso te lo enseñará Aldair.
Gael miró al joven lleno de admiración, como miran los adolescentes a los que han pasado ya la pubertad, y tocó con curiosidad un cuchillo de bronce que pendía del cinto de Aldair, un arma hermosa. Se lo sacó del cinturón, lo levantó en el aire y le preguntó de dónde lo había sacado.
Aldair le contó que en el curso de un viaje habían llegado hasta las Casitérides, y allí, en un mercado, cerca del templo circular en Albión, lo obtuvo tras cambiarlo por orfebrería tartésica. Kenna, que seguía a su lado, valoró el puñal como una aleación valiosa.
Kenna y Aldair se apartaron de Gael para hablar en privado.
Aldair compartió su experiencia en el círculo de piedras de Albión, donde sintió que su vida sería larga y que estaría entrelazada con la de Nel.
Al mencionarlo, le preguntó a Kenna por él.
Kenna le contó que triunfaba en la arena y se había convertido en un ídolo para las gentes de Tarsis.
También se interesó por Loria, de la que Kenna le contó que cantaba en los espectáculos de taurocatapsia y que alguna vez saltaba con Nel.
De hecho, se rumoreaba que eran amantes. Aldair suspiró, pero no comentó nada.
—Esta tarde iré a visitarlos —dijo Aldair—. Me gustará verlos saltar. Han pasado varios años y creo que ya estoy fuera de la amenaza de Krysaor.
Gael, que los observaba de lejos sin escuchar lo que decían, apretó los labios porque le habría gustado enterarse de lo que estaban hablando.
Ellos se alejaron de él y Gael volvió a sentarse con sus compañeros.
Una vez allí, cogió el papiro que Kenna había dejado en el banco tras arrebatárselo a Farkán, el hijo de Feder, que protestó, y comenzaron a pelearse.
Mientras tanto, Nórax, visiblemente nervioso, se acercó a Eteria y llamó su atención con voz queda. Ella alzó los ojos del papiro que leía y sonrió al ver a su esposo. Con una expresión cálida, se levantó y caminó hacia él, dejando a los chicos absortos en los cálculos y papiros.
—Al llegar, en el puerto, me han dicho que han detenido a Sedric y a otros de su grupo —exclamó el capitán góidel con tristeza, muy disgustado.
—¿Por qué? ¿Qué ha pasado? —le preguntó ella con preocupación.
—No hace mucho tiempo le confiscaron a la familia de Sedric gran parte de su patrimonio y se la entregaron a gentes afines a Krysaor. El noble padre de Sedric se quitó la vida, apuñalándose en el vientre, y murió entre terribles dolores.
—¡Es horrible! —se lamentó Eteria—. ¡No me extraña que se haya rebelado!
—Los entiendo, pero no van a conseguir nada. Llevan años con lo mismo…, reuniones ilegales. Se dice que han torturado a Sedric con aceite hirviendo; a otros los han enviado a galeras como remeros, y uno ha sido ejecutado.
—¿Quién?
Le dijo el nombre. Había sido alumno en la escuela de Eteria, que se quedó profundamente conmovida.
—Sedric nos pone en peligro a todos —comentó Nórax.
—Hablé con él no hace mucho tiempo —explicó Eteria— y le rogué que no se expusiera, pero él se limitó a decirme que era el único camino y que tú deberías ponerte de su lado. —El rostro de Eteria estaba compungido—. ¡No sabía lo de su padre!
Nórax frunció el ceño y en sus ojos destelló un brillo azul.
—No es la salida. No tenemos fuerzas, a Krysaor le apoya demasiada gente. Tiene muchísimo poder y oro sin límites para pagar mercenarios.
Ella le pasó la mano por la nuca. Sabía que Nórax arrastraba constantemente un conflicto interno. Él se fijó en el brillo dorado de los hermosos ojos de su esposa.
—Dicen que soy un cobarde. Sobre todo, Sedric y Kendal. La amistad que siempre nos unió se ha roto. Incluso han llegado a proponer que se me sustituya al frente de los góidel por mi… pusilanimidad e irresolución.
Eteria dirigió la vista, por encima de los árboles, a la luz que aún restaba en el ocaso, y después lo miró a los ojos.
—Puede ser más valiente resistir… —le animó—. No solo es fuerte el que lucha denodadamente ante lo imposible, sino que quizá lo sea más aquel que no se rinde y espera la oportunidad propicia. Algún día todo cambiará.
—Una oportunidad propicia —repitió con ironía, decepcionado—. ¿Cuándo?
Eteria abrió los ojos y habló con decisión, muy convencida de lo que decía:
—Estos chicos que educamos aquí son el futuro.
Quizá sean ellos los que creen un mundo mejor.
Quizá no sea en esta generación, ni en la siguiente, pero al final el cambio ocurrirá.
Quizá ni siquiera existan ya Tarsis ni el imperio tartésico, pero los principios que han adquirido sobrevivirán a Krysaor, a nosotros e incluso a ellos mismos.
Nórax movió la cabeza dubitativamente y suspiró.
—De momento, Krysaor domina las mentes y las voluntades de las gentes de Tarsis. Son muy pocos los que se oponen a él. Tus muchachos poco pueden hacer.
—Sí. Krysaor parece dominar la ciudad, en todas partes menos aquí, en el palacio de Argón —afirmó Eteria.
Nórax y Eteria conocían bien los motivos por los que Krysaor parecía no enterarse de que la casa de Argón era lugar habitual de reunión.
La piedra de luz los protegía y, mientras durase su fuerza, mientras mantuviese su poder, escondida bajo el camelio, estarían ocultos a los ojos del rey.
Las rosas y las camelias grandes y abiertas eran un símbolo de la vida que se escondía en la tierra.
Había algo especial en el jardín —cultivado por una hespéride y dotado de la magia de la gema sagrada— que irradiaba algo sobrenatural y que actuaba ocultando las enseñanzas que se impartían allí.
Como si el dios quisiese salvaguardar los conocimientos que había legado a los hombres a través de las hespérides.
—Nos protege la piedra de Jafet —señaló Nórax.
—Pero esa protección es limitada. Recuerda que Hesperia cayó a pesar de que poseíamos la piedra de luz. Por otro lado, Krysaor os necesita de algún modo y de momento os respeta porque precisa la flota góidel para sus negocios.
—Sí. En los últimos tiempos nos ha permitido navegar con algo más de libertad. Esta última travesía, al país de Khemet, no ha sido un viaje siguiendo mandatos del rey, sino un viaje comercial.
Se había hecho casi de noche y Sopdet, la estrella más brillante, se alzaba sobre el horizonte.
El jardín se fue quedando vacío conforme los chicos se iban marchando.
Gael se despidió de sus compañeros y se acercó a sus padres.
Nórax le puso una mano sobre el hombro, un gesto de orgullo por aquel hijo.
Eteria le agarró la otra mano. Los tres subieron hacia la casa, unidos, hablando sin palabras.
Los últimos rayos del ocaso iluminaban sus pasos.
Había un vínculo fuerte entre los tres. Más allá de una familia al uso, los tres eran videntes.