Las naves de Tarsis Aldair #2
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Aldair #2

Así los encontró Nórax, mirando el firmamento estrellado. Cojeaba, pues una pierna se le había quedado más corta después de la tortura, y se apoyaba en Gael, que había crecido, un muchacho de cabello rubio, alto para su edad.

—¿Qué hacéis aquí a oscuras? —les preguntó.

—Les enseño las estrellas —respondió sonriendo Eteria—. Como Aldair quiere ser marino…

—Lo va a ser, y muy pronto. —En la voz de Nórax latía una sonrisa—. Me parece bien, el firmamento es la mejor carta de navegación y, ya que Aldair se nos une como marino, debe conocer las estrellas.

—Allí está la serpiente —afirmó Aldair señalando el cielo estrellado e interesado por lo que Eteria les había contado—. Vos la vencisteis.

Como Nórax no quería hablar de sus hazañas, cambió de tema.

—Eso fue hace mucho tiempo, muchacho. La constelación que ves en el cielo señala que el hombre puede vencer a la serpiente. Podemos vencer el mal.

Nórax levantó el brazo cubierto por el manto hacia el cielo y empezó a enumerar las estrellas que tachonaban titilando el cielo negro de la noche.

—Al norte de Ofiuco, la serpiente, está la Osa; al suroeste, Sagitario, y al sureste, el Escorpión.

Veían en el cielo nocturno todo aquello que Nórax les señalaba. El firmamento estrellado había sido la guía del marino en los grandes periplos de navegación. De pronto cruzó sobre ellos una estrella fugaz.

—Dicen que las estrellas fugaces dan suerte a quien las ve —comentó Aldair—. Quizá esta indique que nuestra navegación va a ser afortunada.

—Es una buena época del año para embarcarse.

Mañana, cuando suba la marea, zarparemos rumbo a las islas de la miel.

El rey desea que cobremos el tributo a los isleños y traigamos un cargamento de sal.

—Le sonrió amigablemente—. Tú, Aldair, vendrás con nosotros.

Empezarás como muchos hemos hecho, como remero.

En la semioscuridad, brilló la amplia sonrisa del muchacho.

Deseaba partir, se le hacía cuesta arriba aquel forzado encierro.

Al ver su expresión de contento, los otros dos le dieron unos golpecitos en la espalda.

Después Loria se alejó algo de ellos con Eteria, y Nel y Aldair se quedaron atrás solos.

Nel se llevó la mano al cuello, de donde pendía el colgante del trisquel que un día había pertenecido a su madre Eglea.

—Te vas y quiero compartirlo contigo. Nosotros somos como hermanos, pero ahora tú embarcas hacia un lugar lejano. El trisquel nos volverá a reunir si alguna vez nos separamos.

Apoyándose sobre una piedra, rompió la cerámica en dos de forma irregular.

Ahora era una tésera, un símbolo de unión y amistad.

Después abrió la cadena por un eslabón, pasó la mitad de esta por el cuello de su amigo e introdujo un extremo en la argolla que quedaba libre en el otro.

Por último, hizo lo mismo con la otra mitad de la tésera y se la colgó al cuello.

—Ahora estamos unidos —declaró Nely añadió sonriendo—: me debes fidelidad porque te he ligado a mí con esta tésera.

Aldair sintió que un afecto intenso le colmaba. Enrojeció y, mirando con intensidad a los ojos verde agua de Nel, le confesó:

—Para mí eres más que un hermano, eres lo que más quiero en la vida. Siempre te querré. Así pasen los años o nos alejen los vientos o el ancho mar, siempre estarás de algún modo conmigo.

Lo dijo como algo que le salía de su interior, como si el habla hubiese precedido al pensamiento, de modo espontáneo y profundamente auténtico.

Nel no contestó. Se sentía confuso no solo por las palabras de Aldair, sino por el cariño incondicional que latía en ellas.

—Yo… —balbuceó Nel—. Eres mi mejor amigo. Te echaré muchísimo de menos.

Los ojos de Aldair se llenaron de melancolía, pero su conversación se interrumpió porque Eteria volvió atrás y les gritó que se apresurasen. Se hacía tarde y la guardia que patrullaba la ciudad podía detener a Loria y a Nel. Después, pensándolo mejor, les dijo:

—Debéis quedaros, es ya muy muy tarde. Es peligroso circular por la ciudad después del toque de queda.

Ninguno protestó porque les gustaba estar allí.

En el palacio de Argón se sentían libres y felices.

Los tres pasaron la noche en vela en la terraza, al aire libre, envueltos en una gran manta de lana.

Al principio aún hacía calor, pero con el paso de las horas fueron sintiendo el relente de la noche.

Aldair les contó historias de monstruos marinos y de tormentas que en los últimos días había oído de labios de los marinos de Nórax.

Entonces oyeron un ruido tras un enorme macetón.

Loria, que era muy ágil y se movía como un gato, se acercó.

El pequeño Gael se ocultaba allí. Al preguntarle si les estaba espiando, el niño, tartamudeando, intentó decir que no, pero ellos le tomaron el pelo y lo acogieron bajo la gran manta que los tapaba.

Siguieron contando historias, que Gael escuchaba atentamente, hasta que los cuatro se quedaron dormidos bajo las estrellas.

Al fin amaneció, hacia el río y el continente, y las luces del alba alumbraron a los muchachos, aún dormidos.

El primero que se despertó fue Aldair, ansioso por zarpar rumbo al que sería su primer viaje.

Abajo, en el interior de la casa, se oían los gritos de los criados y los marineros preparando lo necesario.

Alguien llamó a Aldair, quien se atusó el cabello y la túnica, bajó a la cámara donde guardaba sus pertenencias, las metió en un saco y se las echó a la espalda.

Tocó la tésera que le pendía del cuello.

Salió de la casa de Argón seguido por sus amigos.

Corrieron por las callejas hasta alcanzar los muelles.

El barco, una pentaconte de cincuenta remeros, esperaba en el muelle.

De un salto, entró en la cubierta, y Feder, que actuaba como piloto, le indicó dónde debía sentarse, junto a la amura de babor.

Así lo hizo y, tras agarrar el remo con fuerza, soltaron amarras y comenzó a bogar.

Desde el muelle la gente los despedía gritando y agitando las manos.

Entre ellos se encontraban Nel y Loria. Nel abrazaba estrechamente a Loria en un gesto que dejaba traslucir algo más que simple camaradería.

Al verlos así, los ojos de Aldair se llenaron de lágrimas de celos.

Se despidió moviendo la mano desde su puesto de remero.

Su compañero de boga le advirtió de que no soltara la pala y de inmediato Aldair se concentró en la pesada tarea, empujando con fuerza al unísono con el otro remero.

Tres naves se adentraron en altamar, navegando libres, lejos de la opresión y tiranía de Tarsis.