Las naves de Tarsis Aldair
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Aldair

La puerta del palacio de Argón estaba entreabierta.

Atardecía y las sombras se alargaban oscureciendo la calle de casas de paredes blancas y pavimento adoquinado.

Nel y Loria esperaban tras una esquina, vigilando la entrada del palacio porque podía haber espías de Krysaor.

Tras mirar a un lado y a otro y constatar que nadie los observaba, cruzaron rápidamente el umbral.

Cuando se acercaron, uno le revolvió el cabello mientras la otra le tocaba el hombro con la mano en una suave caricia.

Sin palabras, le estaban diciendo que ya no vivía con ellos, pero que estaban con él, que permanecían unidos.

De uno era hermano de leche, y de la otra, de sangre. Se sentaron junto a él.

—¡Has engordado! —le soltó Loria, señalándole el ombligo.

—Come bien, no se mueve… —se rio Nel—. ¿Qué esperas?

—No aguanto estar aquí encerrado —protestó Aldair. Se levantó y comenzó a caminar de un lado a otro, nervioso—. ¡Quiero irme!

—Estás más seguro aquí —se alarmó Loria—. He oído que el poder de Eteria protege estos muros, y el rey respeta hasta cierto punto a ­Nórax.

Aldair dejó de caminar y cerró las manos mientras apretaba la mandíbula.

—Me voy —les dijo.

—¿Adónde? —le preguntó Nel, dándose cuenta de que esa era la razón por la que los había llamado.

—Lo he hablado ya con Nórax. Quiero enrolarme en las naves góidel y aprender el arte naval.

También quiero aprender a combatir. Ya oíste a Eteria: seré un guerrero.

Así estaré lejos, porque aún pesa sobre mí la orden de captura por lo que pasó con Arvad.

Me iré pronto, quizá mañana, y quería despedirme de vosotros.

Se miraron con pena. La especial intimidad que habían compartido durante años se iba a romper, quizá por largo tiempo.

—Puede que sea lo mejor —le dijo Nel asintiendo con la cabeza—. En los barcos de Nórax, navegando hacia lejanas costas, se olvidarán de ti. Aunque tardaremos en volver a vernos.

—¡Embárcate conmigo! —le propuso Aldair, mientras lo agarraba de los brazos y se acercaba a él intentando a toda costa convencerlo.

Nel se dejó agarrar, y ambos se abrazaron, pero después se separó y con voz firme le explicó:

—No. Mi destino no es el mar. Además, quiero entrenarme como porenna .

—Arriesgas la vida saltando los toros.

—Lo sé, y tú también navegando. Pero hay algo en mí que me impulsa a bailar sobre el toro. Además, es como si se lo debiese a Brent, que fue porenna .

Aldair bajó la cabeza al oír mencionar a su padre y después le palmeó la espalda.

—Siento alejarme de ti. Te llevaré siempre en el corazón. —Después, atropellando las palabras por la emoción, Aldair le confesó—: Eres lo que más me importa en el mundo.

Loria los miraba, sorprendida de aquel especial afecto que ambos se profesaban.

La llegada de Eteria interrumpió ese momento de intimidad.

Los tres la rodearon y después se sentaron como cuando eran niños: Eteria en el banco bajo el camelio y el rosal, la blanca túnica cayéndole sobre los pies, y Nel, Aldair y Loria, en el suelo con las piernas cruzadas.

Olía suavemente a rosas, el perfume de las flores de color salmón que caían a su alrededor.

—Mi hermano se va —anunció Loria dirigiéndose a Eteria con tristeza.

—Es lo mejor para él. El dios lo llama por caminos de aventura.

—Se inclinó, agarró los mapas que había dejado caer al suelo Aldair y, tras examinarlos, declaró—: Además, es lo que él quiere.

—Después, mirando los mapas que había estado estudiando Aldair, se dirigió a él—: Veo que buscas tierras lejanas.

—Quiero conocer lo que nadie ha pisado antes —exclamó él—. El anhelo del navegante se ha metido dentro de mí.

La hespéride se inclinó y abrió una de las cartas náuticas, desdoblándola. Se veían las Casitérides, pero más arriba el mapa estaba desdibujado. Hacia el sur, África; más allá, el país de los dos ríos, y ­después, lo ignoto.

—Hay mucho por descubrir… —afirmó Eteria señalando en el mapa los lugares en los que las líneas se perdían.

—Nórax llegó muy lejos. Todos dicen que el periplo africano fue una gran hazaña. Pero ahora vive sometido a las órdenes del rey —exclamó Aldair moviendo la cabeza en desacuerdo.

—No lo juzgues —repuso muy seria la hespéride—. ¡Nos protege obedeciendo a Krysaor! Hay que ser muy valiente para soportar la tortura, como él lo hizo.

Aldair frunció el ceño, como enfadado y muy crítico.

—Hay muchos que están en desacuerdo con el rey —afirmó Aldair, bajando la voz— y muchos a los que no les gusta la actitud de Nórax. Sobre todo, Sedric y Kendal…

—Son unos exaltados que no van a conseguir nada sino morir bajo el laber —le cortó su hermana, con la sensatez que la caracterizaba.

—La violencia no es la solución —movió la cabeza Eteria negando—, sobre todo cuando se está en clara inferioridad de condiciones.

Podemos oponernos al rey en nuestros corazones, con nuestro comportamiento.

Seremos libres interiormente, aunque estemos coartados por sus leyes. Por desgracia, no hay otro camino.

Esa última frase rezumaba dolor, quizá porque recordó lo ocurrido a las hespérides, su mundo perdido.

—Podremos salvar a algunos… —dijo Nel como para sí.

Los otros lo miraron sorprendidos. Solo él sabía a quiénes se refería. Eteria era consciente de que Nel tendría una misión especial porque el dios le había puesto en medio de ellos para salvar a muchos. Eteria entonces le reveló:

—Tu camino será ese, Nel, oponerte al mal sin enfrentarte directamente a él. Salvar a algunos, no a todos, y mientras tanto sufrir pensando que muchos se quedan atrás.

Aldair suspiró. Desde la muerte de su padre no se había recuperado. No se conformaba con que se salvasen algunos.

—Mientras tanto muchos mueren. Kendal y Sedric dicen que, si no nos enfrentamos al mal, este crece… —Aldair abrió las manos y luego levantó un puño—. ¡Dice que hay que combatirlo de todas las maneras posibles!

Eteria intervino entonces utilizando un tono bajo, con su voz melodiosa, como hablando para sí misma.

—Sí. Hasta el mal parece ir creciendo sin límite, pero llega un punto en que se destruye a sí mismo.

—¿Y eso cuándo ocurrirá?

Sintieron un leve temblor bajo los pies, algo muy lejano y profundo que sacudía la ciudad. Al percibirlo, Eteria musitó:

—Ya está ocurriendo.

—Dicen que ese temblor lo provoca el Cándamo, el monstruo bajo la ciudad —exclamó la hermana de Aldair.

—No. Es la codicia… —le respondió Eteria con una expresión misteriosa.

Se quedaron callados; ninguno sabía bien a qué se refería. De nuevo se notó un temblor, más fuerte que el anterior, que movió las paredes de la casa. Luego todo se calmó. Se oyó un estruendo a lo lejos seguido de algún grito.

Eteria se inclinó hacia el suelo y tomó en sus manos una rama seca caída del sauce. Comenzó a dibujar en la arena que rodeaba el banco, de modo esquemático, una serpiente con la boca abierta, en la que introducía la cola.

—¿Veis esto? Es un símbolo: la serpiente que se devora y que en un momento dado se destruirá a sí misma.

—Con la suela de la sandalia, Eteria borró en la arena parcialmente la cola de la serpiente que se introducía en la boca.

Después se volvió a Aldair y sonrió—: Si vas a ser navegante, deberás conocer las estrellas.

Eteria siguió dibujando en el suelo. Iba pintando estrellas y constelaciones.

Se abismaron en el estudio del firmamento en la arena del jardín.

La escuchaban atentamente mientras el sol iba descendiendo hacia su ocaso.

El astro de la noche, la Sopdet de los egipcios, comenzó a brillar sobre el horizonte a la par que el sol descendía.

—Vamos a la terraza. Veremos la puesta de sol y después quiero que contempléis el firmamento: es un mapa —les dijo.

Subieron hasta el terrado a tiempo de ver la estela del sol rielando en el mar hasta el horizonte.

Les cubría un cielo sin nubes que, una vez se puso el sol, apagó su color azul.

Lentamente iba oscureciendo, al tiempo que se encendían gradualmente las luces de los hogares de la ciudad.

Atrás, en el palacio, prendieron las antorchas, y la luz que salía de las ventanas nimbaba suavemente la terraza.

A lo lejos se divisaba el imponente espectáculo de la bahía: los tres muelles circulares, con los barcos, que se iban desdibujando en la penumbra del atardecer, rodeando la ciudad portuaria.

El agua del estuario se volvía cada vez más oscura; al fondo, en la línea del horizonte, el ocaso se incendiaba en luces rojizas mientras arriba, en el firmamento, comenzaban a titilar las estrellas.

Se hizo completamente de noche. De pronto, en la boca del estuario, divisaron una isla en la que brillaban fuegos y atalayas. Los muchachos emitieron un grito de asombro.

—Sigue ahí —la voz de Eteria temblaba—, podemos divisarla.

—Solo cuando estamos contigo.

Era la voz de Aldair, con un tono de asombro. Nunca antes la había visto.

—No podemos llegar a ella. El dios la ha puesto más allá de las tierras mortales.

La defiende. ¡Cuánto desearía volver! —exclamó con dolor Eteria—.

Tiempo atrás, nadie podía entrar ni salir de la isla.

Me rebelé contra ello y ahora deseo regresar.

Hubo una época en la que una serpiente, un monstruo de un solo ojo, rodeaba la isla de Hesperia.

—¿Desapareció con la isla?

—Nórax luchó contra ella y la mató. La serpiente combate contra el dios. ¡Mirad! —Eteria con su blanco brazo señaló hacia lo alto—. En el cielo ha quedado el símbolo de las luchas de la serpiente contra el hombre.

Sobre sus cabezas las constelaciones brillaban con un resplandor suave. Efectivamente, se divisaba un cúmulo de estrellas en el que, de algún modo misterioso, se podía componer la cabeza de una enorme serpiente: Ofiuco.