Las naves de Tarsis Brent
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Brent

Un adolescente de cabello oscuro, profundos ojos negros con grandes ojeras, boca fina, nariz delicada y alta estatura llegó corriendo al palacio góidel, visiblemente asustado.

Lo dejaron pasar porque lo conocían, ya que era uno de los alumnos de Eteria, pero aquel día fue a buscar directamente a Nórax. Era Aldair.

Fuera se oía el sonido reverberante del cuerno que solía anunciar los bandos del rey Krysaor, un eco siniestro que todo lo invadía.

Nórax, caminando apoyado en un bastón y con el brazo en cabestrillo, miró al joven con preocupación, consciente de que la frágil paz de su hogar estaba a punto de ser perturbada de nuevo.

Sin embargo, con voz apacible y amable, le preguntó:

—¿Qué te ocurre, muchacho?

—Mi señor Nórax… —exclamó Aldair angustiado—. Os ruego que ayudéis a mi padre. ¡Protegedlos a él y a mi familia! ¡Ayudadme! ¡Me están buscando! ¡Han detenido a mi padre!

Señalaba al exterior en la calle, donde se seguía oyendo un fuerte alboroto, quizá las voces del bando, aunque no se entendía bien lo que se decía.

El palacio góidel no tenía ventanas a la calle, pero había un lugar donde podían observar todo sin ser vistos: una celosía en la parte alta de la casa.

Apoyado en Aldair, Nórax subió hasta allí por las escaleras lo más deprisa que pudo, dada su cojera.

La celosía estaba en el terrado, en el lado contrario a la terraza que daba al mar, y desde allí entrevieron el tumulto.

En la terraza estaba Eteria, mirando al océano. Al oírlos subir, se dio la vuelta y les preguntó qué estaba sucediendo. Aldair, con el rostro bañado en lágrimas, señaló la celosía. Afuera se oía con claridad el bando:

—Se hace saber que Brent, capitán de porenna, será condenado a muerte por desacato y su familia será castigada. Hágase así con todo aquel que se oponga al noble y humano rey Krysaor.

Se acercaron a la celosía y entre los agujeros que formaban las barras entrecruzadas vieron pasar a Brent, capitán de porenna, con los brazos atados a la espalda.

Había sido detenido, algo impensable. Los pregoneros de Krysaor siguieron gritando algo referente a la muerte a los traidores y a la fidelidad a la diosa.

Escuchaban todo sin hablar. La comitiva fue avanzando por las calles y se alejó del palacio góidel .

—¿Qué ha pasado?

Entre sollozos, Aldair les contó lo sucedido.

—Ayer hubo un espectáculo en la arena. Los porenna hicieron un complicado salto sobre el toro.

Uno de ellos, mi amigo Arvad, disgustó a la reina porque, al saltar, cayó al suelo y se rompió una pierna, una fractura que le va a impedir volver a andar bien.

Querían hacerle una operación extremadamente dolorosa en la que podía morir.

Además, cuando una intervención de este tipo no sale bien, los sacerdotes matan al herido degollándole en la misma mesa de operaciones.

Por eso Arvad, como pudo, arrastrándose por el dolor de la fractura, huyó.

Ya sabes que un porenna que huye está condenado a muerte, y el que lo ayuda también.

Le pedí a mi padre que lo escondiese, aunque nunca debí hacerlo. Mi padre le facilitó la huida.

Nórax guardó silencio. Conocía la historia porque Brent le había pedido que ayudase al muchacho. Arvad estaba ahora lejos de allí, en la bodega de uno de los barcos góidel rumbo a un lugar al este del Mediterráneo.

—Arvad no aparece por ningún sitio. Si apareciese, quizá mi padre no moriría.

Contravenir las órdenes de la reina supone la pena de muerte.

Han juzgado a mi padre. Saben que fue él, y lo han condenado porque, al ayudar a un porenna herido, ha desafiado a Krysaor y a Akálide.

En el juicio, la reina lo acusó de ser un traidor a la diosa, un traidor que adora a Atón.

Lo pasean por la ciudad para dar ejemplo.

Lo ejecutarán… Yo lo defendí…, me enfrenté a la guardia, y ahora me persiguen para castigarme por insumisión. Por eso he venido.

Aldair, desesperado, se pasaba una y otra vez la mano por el pelo, y su rostro, tan delicado, estaba bañado de lágrimas.

—¿Cómo pueden hacerle esto a Brent, un capitán de porenna? —se preguntó Nórax en alta voz.

Nunca pensó que la historia de Brent pudiera acabar así, que el rey matase al jefe de los porenna para dar ejemplo.

Krysaor había admirado a Brent de joven, cuando era un respetado saltador en la ciudad, ídolo de la población.

Aldair sollozaba aún más fuerte mientras Nórax, horrorizado, pensaba que Brent, su padre, iba a morir y él no podía hacer nada.

—Hablaré con Krysaor y le suplicaré clemencia.

Entre sollozos, Aldair le contestó:

—¡No sé si debéis hacerlo, mi señor Nórax!

La reina amenazó con matar no solo a mi padre, sino a toda la familia.

Mi padre pidió indulgencia para ellos y se la concedieron, de modo que un paso en falso pondría en peligro a todos.

—Después, en voz baja y con un extraño acento en el que latía un profundo afecto, añadió—: Le pondría en peligro a él…

Nórax y Eteria se dieron perfectamente cuenta de que se refería a Nel.

—Si Krysaor lo ve… —dijo Eteria con una extraña voz, y Nórax supo de quién estaba hablando—, descubrirá que es el hijo de Eglea. Su rostro es idéntico al de ella. Lo pondríamos en peligro…

—Él es la única esperanza, un descendiente legítimo de Gerión. Todos los demás han muerto, de manera que a él le correspondería el trono por nacimiento y por derecho.

—¿Dónde está? —le preguntó Nórax a Aldair.

—Con mi abuela Funala y con mi hermana, escondidos. Yo vine a avisarte.

—¿Qué se puede hacer?

Se oyó a lo lejos el redoble del tambor y las trompetas que anunciaban la ejecución. Detrás de los dos, una voz sonaba ronca y dolorida: la de Eteria.

—Nada. Ya, nada. Tu padre ha preferido morir antes de traicionar al dios, antes de entregar a un porenna herido.

Aldair se abrazó a Nórax, llorando con cada golpe del tambor. Nórax le levantó la cabeza:

—Seré como un padre para ti. No debes regresar con los tuyos. Tus hermanos estarán a salvo con tu abuela. ¡Tú debes quedarte! La casa góidel será tu casa.

—¿Y… él?

—Juro por el dios que no lo encontrará —aseguró Eteria con voz profunda y fuerte—.

Estará a salvo con Funala. Si algún poder Atón me ha concedido como su Gran Vestal, lo aplico a él.

Toda la fuerza de Atón lo protegerá. ¡Krysaor nunca podrá tocarlo!

No conseguirá acercarse al hijo de Eglea, no hasta que sea un adulto capaz de enfrentarse a él.

Tú, Aldair, te quedarás aquí, con nosotros; se lo debemos a tu padre.

Quizá así el ojo de Krysaor se aparte de tu familia… y se olviden de él.

—Señora, siempre con vos y en esta casa.

Siguió desahogándose con ella. Eteria lo escuchó poniendo toda su atención en él, y sus ojos de color castaño claro reflejaron la angustia de Aldair.

Con ternura, le pasó la mano por el cabello oscuro, atrayéndolo hacia su pecho, como si fuese su propio hijo.

Ese abrazo, cálido y maternal, logró atenuar el dolor que Aldair sentía por la muerte de su padre, por la herida que su pérdida le había infligido.

Permanecieron así, en un silencio que decía más que las palabras, hasta que Gael, el hijo de Eteria, se acercó.

Con timidez, el niño tocó la pierna de Aldair, un gesto inocente y consolador.

Aldair sintió la suave caricia del muchacho y, a través de sus lágrimas, esbozó una sonrisa. Eteria señaló a su hijo y, con una mirada llena de significado, le preguntó a Aldair:

—¿Lo cuidarás?

Aldair, conmovido, respondió entre lágrimas:

—Siempre.

La promesa quedó suspendida en el aire como un augurio de lo que un día iba a ser.