Las naves de Tarsis La traición de Nórax #2
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La traición de Nórax #2

Krysaor clavó sus magnéticos ojos en Nórax con una intensidad avasalladora. Los párpados de Nórax temblaron sin poder evitarlo, reflejando el impacto de aquella mirada implacable. Krysaor esbozó una sonrisa cínica y, con voz amenazante, espetó:

—¡Veremos si la tienes o no! Vamos a ver si eres capaz de resistir la tortura.

—¡No! —gritó Eteria—. ¿Cómo puedes ser tan cruel? ¡Un día te ayudamos!

—¡Ayuda! ¡Me echasteis de Hesperia! ¡La matasteis! Tú no eres menos culpable que Niso. ¡Fuera de aquí!

Krysaor ordenó a los guardianes que se los llevasen a la cámara donde tendría lugar el tormento.

A empujones los condujeron escaleras abajo, a una estancia de piedra, húmeda y oscura.

Allí Eteria y Nórax esperaron agitados por el miedo y la expectación.

Pronto ataron a Nórax en un torno, fijándole los pies en un extremo y las manos en el otro y preparando el instrumento de su sufrimiento.

Después hicieron venir a un hombre enorme armado con una maza.

La agonía comenzó. Tiraban de sus cuatro extremidades, descoyuntándole las articulaciones, mientras el grito de dolor resonaba por toda la cámara.

Eteria sollozaba, incapaz de apartar la vista del horror que estaba presenciando.

El hombre con la maza se acercó y, con un golpe seco y brutal, rompió el fémur derecho de Nórax.

Su alarido de dolor fue desgarrador, llenando la oscura sala de un eco que parecía no tener fin.

Eteria se sintió morir al ver lo que ocurría.

Akálide le advirtió con voz aguda y altisonante:

—Si no quieres sufrir, revela dónde está la gema.

Con voz débil, Nórax balbuceó:

—No…, no existe… Se destruyó con Hesperia, por eso la isla ­brillaba.

Volvieron a golpearle con la maza, esta vez en el brazo, en el húmero izquierdo.

El crujido de los huesos se oyó con una claridad espeluznante.

Nórax, con el rostro desfigurado por el dolor, negó de nuevo.

Sin piedad, le descoyuntaron la articulación del hombro derecho, y el sufrimiento fue tan intenso que Nórax se desmayó.

Lo reanimaron con agua fría, y cuando recuperó el conocimiento, la tortura continuó.

Rompieron más huesos, dislocaron más articulaciones.

Nórax se retorcía en una agonía indescriptible, pero se mantuvo firme sin revelar nada acerca de la piedra.

Su cuerpo temblaba y su respiración era un jadeo entrecortado, pero su espíritu permanecía inquebrantable.

Las lágrimas surcaban el rostro de Eteria, interminables.

Ninguno de los dos claudicó: sabían lo que estaba en juego.

Akálide y Krysaor, con semblantes de frustración, comprendieron que el tormento infligido no lograría doblegar la voluntad de Nórax: o no tenía la gema o con el dolor nada conseguirían.

Tras soltarle las ataduras, se derrumbó por el suelo, hecho un amasijo de dolor y agotamiento.

Jamás en su vida había sentido tanto dolor.

A una orden de Akálide, los guardias se acercaron a Eteria en actitud feroz.

—¡No! —gritó Nórax.

Apaleado como estaba, con los huesos rotos, Nórax se arrastró como pudo por el suelo —cada movimiento era una agonía— hasta acercarse a los pies de Krysaor.

Postrado ante aquel que había sido como un hermano y ahora era su mayor enemigo, Nórax le imploró con desesperación.

Le suplicó de mil modos que no dañase a Eteria.

En medio de su ruego, Nórax levantó la vista y detectó un resplandor en los profundos ojos verde avellana de Krysaor, ahora oscuros y llenos de una frialdad implacable.

Aquella chispa fugaz era todo lo que quedaba del hombre que una vez conoció, ahora eclipsado por una sombra de crueldad insondable.

—Sufres, ¿verdad? —le gritó—. ¡Eres un traidor! Di dónde está la piedra.

—¡No lo sé! ¡No hagas daño a Eteria! Ella nos ayudó…

Krysaor reía como si estuviese loco, feliz de verlo a sus pies, de haberlo humillado.

—¡Te salvé la vida! —le recordó Nórax—. ¡Juraste que me devolverías lo que un día hice por ti!

—¡Y por eso no estás muerto! ¡Sigamos con ella!

Los esbirros se movieron hacia Eteria. Pero fue Akálide quien de modo sorprendente la protegió: levantó el brazo y con ese gesto detuvo a los guardias.

—Dejadla, quizá algún día pueda serme útil. No la dañéis. Esa mujer, una hespéride, conserva algo de la fuerza de la piedra de Jafet, y algún día la utilizaré.

Krysaor se acercó a Nórax, que seguía tirado por el suelo, le pisó con el pie, lo empujó, como si fuese un gusano en el suelo, y con una voz de mando en la que no cabía réplica declaró:

—Te necesito como jefe de las naves de Tarsis. Nadie conoce los secretos de la navegación como tú. Sé cómo amas a esa mujer desde los tiempos en que tú y yo fuimos a la isla de las brujas. Si me eres fiel, si me obedeces en todo, la tendrás…

¿Qué podía hacer? Nórax aceptó las condiciones de Krysaor y se convirtió en su esbirro por salvaguardar la piedra de luz y a Eteria.

Los guardias los condujeron al palacio góidel . Nórax, incapaz de caminar por sus heridas, fue trasladado en unas parihuelas, aunque cada movimiento le provocaba una nueva punzada de dolor. Eteria caminaba a su lado apoyándole, sufriendo desolada al ver el dolor de él.

Al llegar al palacio góidel, se encontraron con un escenario de ­devastación.

Todo estaba destrozado. Pintura lanzada por las paredes había arruinado los frescos, que antes rendían homenaje al dios y a los góidel .

El jardín, antaño un oasis de belleza y serenidad, había sido arrasado.

La desolación causada por los invasores mientras buscaban frenéticamente por todas partes era palpable, y había dejado un rastro de destrucción y caos.

Gael se lanzó hacia su madre, quien le abrazó con ternura.

Con sus ojos infantiles muy abiertos, miró asustado a aquel hombre, su padre, a quien no podía reconocer: tenía la cara deformada por los golpes y llena de moretones y tumefacciones.

Dio unos pasos y, cuando Nórax intentó abrazarlo, el niño, huidizo, se echó hacia atrás.

Eteria se agachó, tocó el rubio cabello del infante y le dijo dulcemente:

—Es tu padre, Gael, un hombre valiente. La valentía no está siempre en atacar, sino en resistir el mal sin doblegarse.

El niño asintió y, suavemente, besó a su padre en la mejilla deformada.

Después condujeron a Nórax a su alcoba, donde cada movimiento le provocaba un dolor insoportable.

Durante meses, su vida fue un tormento continuo.

Desde el gran ventanal de su aposento, que ofrecía una vista lejana del mar, veía cruzar las gaviotas con sus estridentes graznidos.

Los días y las noches se sucedían con una lentitud agónica mientras el sufrimiento se le hacía eterno.

Gael se presentaba a menudo en el aposento donde su padre descansaba en el lecho y con su dedito infantil tocaba con suavidad las cicatrices y las heridas.

Nórax, a pesar del dolor, sonreía con ternura, encontrando en la caricia del niño un alivio inesperado.

Eteria no lo dejaba nunca y, con sus dones de sanadora, curaba las heridas visibles de Nórax, pero el cruel suplicio le había provocado marcas indelebles, más profundas.

La sombra del tormento se cernía sobre él, dejando cicatrices invisibles que ni el tiempo ni el amor de Eteria podrían borrar completamente.

Al cabo comenzó a caminar cojeando, y sus manos, antes hábiles y seguras, ya no podían atar nudos marineros, largar cabos ni trenzar sogas. La destreza que una vez lo definió se había desvanecido, víctima de un sufrimiento que lo había cambiado para siempre.

Poco a poco el palacio fue recuperando su antiguo esplendor.

Se volvieron a pintar los frescos, devolviéndoles su brillante colorido, y los suelos y los techos se limpiaron hasta que el mármol recuperó su brillo original.

Mientras tanto, Eteria, con su don sanador de jardinera, restauraba el jardín, que devino un oasis de belleza sin igual.

La piedra de luz enterrada bajo las plantas generaba vida infundiendo belleza y esplendor a todo lo que la rodeaba, de modo que cada flor, cada hoja, parecía brillar con un nuevo vigor.

Y es que, cuando los guardias de Krysaor irrumpieron en la casa, Eteria intuyó con su don de premonición que buscaban la piedra de luz.

En pocos instantes de desesperada rapidez, la escondió en un hoyo profundo en el jardín.

Con su habilidad de sanadora, hizo crecer inmediatamente hierba sobre el lugar donde la enterró, bajo las raíces del camelio sobre el cual florecía el exuberante rosal.

Nadie podía imaginar que bajo esa frágil capa de hierba se ocultaba el objeto que los soldados de Krysaor buscaban.

Desde entonces el rosal y el camelio dieron flores deslumbrantes y vigorosas como nunca se hubieran visto en ningún lugar.

Cada pétalo y cada hoja reflejaban el poder sanador y protector de Eteria, y el secreto guardado en las profundidades de la tierra irradiaba una vitalidad que transformó de nuevo el jardín en un paraíso oculto.

La casa, el jardín y Nórax poco a poco recuperaron su aspecto de antaño, pero nada volvió a ser lo mismo.

Desde aquel aciago día en que fue torturado en el palacio de Krysaor, el jefe góidel dejó de mostrar cualquier atisbo de lucha por la libertad.

Se sentía cansado y derrotado, y mostraba una aversión interna a todo lo que supusiese volver a soportar dolor.

A veces, Sedric o Kendal se acercaban para contarle planes de rebelión contra Krysaor, pero él ya nunca les apoyó.

Le remordía la conciencia por ser un cobarde, aunque trataba de cerrar los ojos a esa dolorosa realidad.

Eteria lo consolaba asegurándole que no había cobardía en su actitud: su silencio ante la tortura había salvaguardado el tesoro de los góidel y los había puesto a salvo a todos ellos.