Las naves de Tarsis La traición de Nórax
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La traición de Nórax

Un solsticio siguió a un equinoccio, y este, a otro solsticio y varios más.

Bajo los cuidados de Eteria, el jardín de la casa de Argón floreció con esplendor.

Crecieron los árboles y los arriates se llenaron de prímulas, rosas, margaritas, nardos y jazmines, un paraíso de colores y aromas que evocaba los tiempos dorados de Hesperia para Nórax y Eteria.

En medio de la opresión que Krysaor y su esposa imponían en la ciudad, ellos encontraban un refugio de felicidad en su jardín. Gael se convirtió en un hermoso niño.

Aquel día, el jardín vibraba con la energía de los juegos infantiles.

Gael correteaba tras su compañero de juegos, Farkán, un niño pelirrojo como su padre, Feder.

Los gritos y risas de los muchachuelos resonaban por toda la casa, llenándola de vida.

De repente Gael tropezó y cayó al suelo, y su llanto infantil y lastimero rompió la armonía del momento.

Aldair —ya adolescente—, que descifraba un papiro sentado en el banco bajo el camelio junto a Eteria, se levantó y corrió rápidamente a socorrerlo, seguido de cerca por Nórax.

Ninguno pudo evitar reír ante las lágrimas del pequeño mientras la madre observaba la escena con una sonrisa en los labios, reflejo de la mezcla de amor y serenidad que gobernaba su corazón.

Así, en medio de la tensión y la tiranía que asolaban la ciudad, el jardín de Argón se mantenía como un bastión de felicidad y nostalgia, donde la vida seguía su curso y el pasado glorioso de Hesperia revivía con cada flor que brotaba y cada risa infantil que colmaba el ambiente.

La algazara se rompió cuando Cidón interrumpió la escena familiar.

Había llegado un correo con órdenes de Krysaor para Nórax: le exigía que enviase naves a las islas Gimnesias con el fin de recaudar el tributo que un reyezuelo indígena debía a Tarsis.

Las órdenes incluían que Nórax capitanease la empresa, que era delicada: debía cobrar el tributo sin enfrentarse a los temibles honderos baleares, las tropas autóctonas de las islas, siempre levantiscos.

Nórax se alegró porque echaba de menos el mar.

No le llevó mucho tiempo preparar la expedición.

Al amanecer, con la marea alta, dos barcos de velas cuadradas, con veinte remeros a cada lado, zarparon hacia el Mediterráneo.

Nórax había comerciado muchas veces con los isleños, gentes rebeldes frente al poder establecido, fuera el que fuese, pero amigas del comercio, ya que descendían de antiguos tartesios.

El viaje fue tranquilo. Las velas se hinchaban en un soleado mar de verano mientras atravesaban las columnas de Hércules y navegaban costeando hasta Malacca.

Después el siroco norteafricano, que desordenaba los rubios cabellos de Nórax, los empujó hacia las islas.

Dejaron las Pitiusas atrás y anclaron en la gran bahía de la Gimnesia Maior.

Habían tardado poco más de una semana en llegar.

No hacía mucho, los habitantes de las islas solían recibir a los tartesios con alegría, Se acercaban a las grandes naves góidel en barcas decoradas para intercambiar los productos locales por las sofisticadas mercancías traídas desde la metrópoli.

Los trueques eran festivos, llenos de risas y camaradería, un puente entre pueblos hermanos a través del comercio y del mar.

Pero en aquella ocasión el escenario fue totalmente diferente.

Los rumores sobre la destrucción de Hesperia y la trágica pérdida de gran parte de la flota de Tarsis en un incendio misterioso habían alcanzado incluso estos remotos rincones del imperio, de modo que no esperaban que la flota de Krysaor anclase en la bahía para cobrar el tributo.

La bahía, habitualmente un hervidero de actividad, aparecía inquietantemente silenciosa.

No hubo barcas de bienvenida, ni intercambios, ni gritos alegres: solo hostilidad.

Los isleños se rebelaban, conscientes de que el imperio tartésico, sin su flota, era vulnerable.

Podían enfrentarse a aquellos dos barcos que pedían un tributo que no quería dar, y lo hicieron.

El gran golfo de la Gimnesia Maior, con sus aguas turquesas y playas de arena blanca, se transformó en un escenario de tensión y desafío.

Los acantilados de piedra caliza, testigos silenciosos del conflicto inminente, proyectaban sombras alargadas sobre el mar.

Desde allí, los isleños preparaban sus hondas para disparar, enardecidos por la oportunidad de desafiar a Krysaor.

La esperanza de liberarse de las imposiciones del imperio debilitado alimentaba la ferocidad de los honderos.

Los hombres de Nórax les gritaron desde las naves, pero la respuesta fue una lluvia de piedras que, sin alcanzarles, trazó grandes círculos concéntricos sobre la mar en calma.

A pesar de ello, los góidel trataron de tomar tierra, pero los isleños habían retirado los muelles de madera donde los barcos solían atracar.

Así que, nadando, se dirigieron a la playa.

Sin embargo, en cuanto se acercaron, los peligrosos honderos les lanzaron piedras y proyectiles de metal con tan certera puntería que hirieron a varios.

Abajo, en la playa, y más arriba, en los acantilados, les esperaban más isleños armados con hondas, lanzas y flechas.

No tuvieron más remedio que regresar a las naves y retroceder en aquel día con el sol centelleando en la bahía.

Desde los acantilados, una voz gritó:

—Dile al tirano que los hombres de las islas Gimnesias rechazan su dominio.

La voz fue coreada por gritos triunfales, risas estentóreas y el lanzamiento de multitud de piedras.

Con la escasa tripulación de los dos barcos, era imposible enfrentarse a la multitud de guerreros isleños, por lo que Nórax decidió retirarse y regresar a Tarsis a por refuerzos.

En el viaje de regreso, una tempestad los empujó hacia el occidente, lo que les permitió llegar antes de lo previsto.

Se oyeron las trompas en el puerto anunciando la llegada de los dos barcos góidel.

Al desembarcar, Nórax fue recibido por los soldados de Krysaor, que lo condujeron ante el rey.

Nórax atravesó la plaza, ahora semidesierta porque desde tiempo atrás el comercio había disminuido.

Mientras subía mirando al suelo de las calles adoquinadas, sin levantar la cabeza, daba vueltas a lo que le diría el rey.

Bien sabía Nórax que no había podido actuar de otra manera, pero conocía la soberbia y el afán de oro de su antaño amigo.

Krysaor le recibió en el trono rodeado por los dos grifos, símbolo de poder. No se dignó levantarse y le preguntó por el resultado de su misión. Nórax hizo un relato sucinto de lo ocurrido, remarcando la superioridad de las tropas isleñas.

Krysaor se levantó del trono y, con voz estentórea, exclamó:

—¡No has hecho lo que se te pidió! No traes el tributo. ¡No has sido capaz de sofocar una revuelta de honderos!

—Solo éramos dos barcos, y de hecho los isleños se han levantado porque saben que el imperio ha perdido las naves en el ataque a…

Krysaor enrojeció de furia:

—No menciones ese lugar. ¡Me has traicionado!

Nórax intentó exculparse.

—¡No es una traición! Simplemente, debía proteger mis barcos, que son la flota de Tarsis.

—Entonces eres un cobarde que no se atrevió a enfrentarse a los sublevados. Además, eres un traidor, y… ¡Lo sabes bien!

La ira borboteaba en el interior de Nórax tras el insulto, pero algo ocultaba el rey, y no podía intuir lo que era:

—¡Te repito que no soy ningún traidor! Ni siquiera sé a qué te refieres —gritó Nórax.

—Lo sabes. ¡Traedla!

Se abrieron las puertas, por las que penetró la luz solar. Enmarcada por la luminosidad, la oscura silueta de una mujer. Era Eteria.

—¿Crees que soy imbécil? ¿Que podías salirte con la tuya?

Sabía que te habías casado con alguien. Ni te dignaste invitarme a la boda.

Imaginé que era una de esas góidel que se mean de amor por Atón y se sienten honradas por compartir su lecho con el jefe del clan.

—Se rio—. Bien supiste ocultarla a mis espías. Pero finalmente todo llegó a mis oídos.

—¡Déjala ir!

—La dejaré a cambio de algo. —Lo miró con ojos orgullosos y dominadores antes de sentenciar—: ¡A cambio de la piedra de luz! Estoy seguro de que esa mujer y tú la tenéis.

El rostro de Nórax se demudó. Él y Eteria habían hablado muchas veces de aquello. La gema sagrada no debía caer en manos de Krysaor ni de su maligna esposa.

—¡No tengo esa piedra de luz! ¡No sé dónde está! ¡Ni siquiera sé lo que es! —mintió desesperado Nórax.

Se debatía angustiado. La piedra no podía caer en manos de Krysaor.

—Eso o morirá bajo el laber ante la diosa serpiente —amenazó Akálide—. Un espectáculo maravilloso que complacerá al pueblo y calmará al Cándamo que ruge bajo los cimientos de la ciudad.

Nórax se arrodilló, suplicando:

—¡Déjala libre! ¡Te ofrezco mi vida! ¡No tengo la joya! Debió de desaparecer durante la destrucción de Hesperia.

Krysaor, al oír la voz desesperada de Nórax, se rio:

—El fiel a Atón ha robado a una hespéride, y no a una cualquiera, sino a una hija de Gerión. Ya lo has oído: mi esposa Akálide quiere sacrificarla a la diosa. Eso… o la piedra de luz.

—¡No puedes consentir que Eteria muera! ¡Nos salvó! ¡Recuerda cómo nos ayudó cuando estuvimos en Hesperia!

Krysaor se enfadó, como siempre hacía, ante el recuerdo de Hesperia.

—También Eglea quería vivir… Y fue mi hermana, mi propia hermana Niso, la que la hizo morir. Murió por un dios que no permite amar… ¿Qué me darás para que no inmole a la última hespéride, a esa diosa que escondías en la casa de tus mayores?

—Toda mi vida, toda mi hacienda… —replicó Nórax lleno de angustia.

—Y la joya —gritó Akálide—. Hemos registrado tu casa y no aparece por ningún sitio.

—¡Ya te digo que no sé dónde está! —repitió Nórax—. ¡No la tengo!