Las naves de Tarsis El hijo de Nórax
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El hijo de Nórax

Poco después, Nel entró en el palacio de Argón, como muchos otros días, y se quedó quieto en medio del patio central; le habían detenido los gritos de dolor de Eteria, que resonaban por toda la casa.

En el patio, Nórax caminaba de un lado a otro, nervioso.

Sus ojos grises estaban enrojecidos por la angustia; la frente, surcada de arrugas de preocupación, y el ceño fruncido.

Era un hombre adulto, pero se sentía como un niño asustado.

Loria, Kenna y Aldair, que venían detrás de Nel, retrocedieron al ver a Nórax, lo saludaron tímidamente desde lejos y se despidieron apresuradamente al comprender que no debían estar allí.

Nel, en cambio, se acercó hasta el aposento del que salían los gritos de dolor y se detuvo allí unos instantes sin atreverse a entrar.

Después, con determinación, subió a la terraza mientras Nórax permanecía en el patio muy cerca de la puerta cerrada de donde procedía la voz dolorida de su esposa.

Estaba cada vez más preocupado, sobre todo cuando la partera salió diciendo que peligraban tanto la vida del niño como la de la madre porque el feto estaba encajado; si no salía pronto, la única solución para que la madre no muriese sería cuartear al feto.

Nórax se enfureció y exigió enfadado que no lo hiciesen, que la situación se solucionaría.

La partera movió la cabeza dudando. Entonces Nórax cruzó el patio y subió a la terraza buscando la luz solar, aire fresco y ordenar sus pensamientos.

Allí se encontró con Nel, que, de algún modo, sabía lo que estaba ocurriendo.

—¿Qué haces?

—Le pido al sol que salve a Eteria y salve a tu hijo. Suele hacerme caso cuando se lo pido así. Ella me explicó que el dios es de un modo especial mi padre, ya que en realidad no lo tengo…

La respuesta del chico lo sorprendió, pero fue el tono de seguridad con que lo afirmó lo que más le impactó.

De repente las palabras de Nel despertaron un recuerdo, algo que contenía la luz del sol.

Descendió precipitadamente por las escaleras y golpeó la puerta.

La partera, que en ese momento tenía en sus manos unas largas espátulas de madera, abrió, reacia a dejarlo pasar, pues no era costumbre que el padre estuviese presente en el parto.

Lo empujó a un lado y se acercó a Eteria, quien sudaba desesperada, con contracciones cada vez más seguidas y fuertes.

Se retorcía en el lecho, y su largo cabello castaño, desordenado, se oscurecía con el sudor sobre la almohada mientras movía la cabeza de un lado a otro. Con voz queda y suplicante, le susurró:

—Ayúdame, Nórax.

—¿Dónde está la piedra de Jafet? —murmuró al oído.

Con una mano temblorosa, ella señaló un pequeño cofre. Nórax lo abrió de un tirón; dentro estaba el relicario de ámbar y coral. Con un grito autoritario, Nórax se dirigió a las parteras y al resto de servidumbre:

—¡Todos fuera! Cerrad las puertas.

Las comadres protestaron, advirtiéndole de que su señora corría peligro. Sin dudar un instante, él las empujó fuera de la habitación. Ellas intercambiaron gestos de incredulidad con los que daban a entender que se había vuelto loco. La partera que lo había recibido se enfrentó a él:

—El feto está encajado y no sale. Hay que extraerlo con unas espátulas o trocearlo.

—¡Os he dicho que os vayáis!

Las echó fuera y dio un portazo que resonó por todo el palacio.

Abrió el relicario: en su interior la piedra de luz fulguraba con destellos oscuros.

La depositó sobre el vientre de Eteria y, de inmediato, el resplandor se intensificó, inundando la estancia.

Ella, con un ímpetu sobrehumano, empujó con vigor, el rostro cubierto de sudor y contraído por el esfuerzo.

Gritó al tiempo que una cabeza oscura, empapada por el líquido amniótico, asomaba entre las piernas de la parturienta, quien siguió pujando.

El príncipe se inclinó y sujetó con firmeza la diminuta cabeza, que giró suavemente.

Tiró y aparecieron los hombros, luego el tronco y después las piernas.

El recién nacido quedó en sus brazos: un varón, con la cabeza deformada y el rostro ensangrentado, pero vivo.

Lo alzó sobre su cabeza con los brazos extendidos mientras el niño rompía a llorar y la luz de la piedra de Jafet lo envolvía.

Había nacido el primogénito de la casa de Argón, el continuador de la estirpe.

Nórax lo colocó entre los brazos de Eteria y cerró el relicario tras depositar la gema de luz en su interior.

Al ver a su hijo vivo y a Eteria fuera de peligro, Nórax pensó que a través de la piedra de luz se había obrado un milagro, aunque incompleto.

El aspecto del recién nacido causaba repulsión: la cabeza deformada le desfiguraba el rostro, un ojo estaba amoratado e hinchado, la nariz era un amasijo de carne y la boca, muy inflamada, apenas podía abrirse.

Eteria lo acunó sollozando. Temía no poder tener más hijos tras aquel parto sangriento y dudaba de que esa criatura lograse sobrevivir.

Nórax se sentó en el borde del lecho y meció suavemente a ambos.

Consolaba a Eteria, asegurándole que aquel niño sería príncipe góidel y heredero de la casa de Argón.

Por eso llevaría el nombre del primero de la estirpe: Gael.

Ella acarició al pequeño con ternura y, en sus ojos llenos de lágrimas, apareció la luz de la esperanza.

Eteria amó a su hijo deforme y lo puso al pecho.

El niño tenía dificultades para mamar por la malformación de la boca, pero ella no se rindió.

Sus dedos, los de una hespéride, recorrían con suavidad la cabeza abultada y el rostro hinchado.

Por medio de aquellas caricias, el frágil cuerpecillo fue sanando poco a poco hasta que la deformidad cedió casi por completo y solo quedó un pequeño bulto en el cráneo.

Como el pequeño Gael era el hijo del jefe de uno de los diez clanes de la ciudad, debía ser presentado a los sacerdotes, al rey y al pueblo nada más nacer, tal como dictaba la tradición.

Sin embargo, las leyes que Krysaor había impuesto eran implacables: ordenaba que los recién nacidos que mostrasen tara fuesen condenados a morir bajo el laber en el altar de la diosa serpiente.

Nórax no podía permitir tal destino para su hijo.

Así que decidió ocultarlo, protegiéndolo de la sentencia fatal, hasta que las lesiones provocadas por el parto comenzaron a desaparecer.

Durante meses lo mantuvieron oculto y, cuando finalmente lo presentó ante los sacerdotes, el niño ya había cumplido un año.

Como era heredero de la casa góidel. Nórax debió pagar un alto precio por su desobediencia.

Se le impuso una reparación que consistió en la entrega de algunos de sus mejores barcos.

Le hicieron saber que, si volvía a deso­bedecer las leyes, se enfrentaría a la muerte o al destierro.

Aquel castigo no le importó: tenía un hijo, ahora sano, que iba creciendo y sería el futuro de su familia y de los góidel .

Con Gael la tristeza por la pérdida de la isla se suavizó en el corazón de Eteria.

Decía que en los ojos del niño estaba el mar de Hesperia.

Lo subía a la terraza cuando el sol bajaba y su luz clara era casi blanca y extraía una hilera de destellos del mar mientras se sumergía como una bola de fuego más allá del horizonte.

Los rayos de sol del atardecer bañaban a su hijo y Eteria era feliz.

La amargura que a menudo anegaba su corazón ante la corrupción de los hombres de Tarsis y la pérdida de tantas cosas se atenuaba.

Cada día, mientras observaba a Gael jugar y crecer, Eteria encontraba una paz que creía perdida.

La risa del niño resonaba en el hogar, llenando los vacíos dejados por la destrucción de Hesperia.

En los ojos del niño veía la promesa de un futuro distinto, libre de las sombras que ahora cubrían su mundo.

Eteria acariciaba el pequeño bulto en el cráneo de Gael y recordaba las noches de angustia y desaliento, cuando no sabía si el niño iba a salir adelante.

Sentía que, contra todo pronóstico, habían vencido.

Nórax, por su parte, veía en su hijo no solo el futuro de su linaje, sino también un símbolo de resistencia y esperanza.

Cada sacrificio, cada barco entregado, era un precio pequeño comparado con el tesoro que ahora tenía en sus brazos.

Y así, mientras los vientos de la opresión y la tiranía de Krysaor soplaban sobre la ciudad, la casa góidel se preparaba para enfrentarse a lo que viniera.