Las naves de Tarsis Entre las ramas del sauce
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Entre las ramas del sauce

En el vergel que Eteria había plantado, esperaban dos chicos.

Estaban empezando a salir de la niñez y a entrar en esa edad en la que una fuerza recóndita empuja a emociones desconocidas.

Uno de ellos era Nel. Había crecido, y sus cabellos claros brillaban entre la luz y sombra de la arboleda.

El otro, moreno, era Aldair. Se habían criado juntos porque Aloa, la madre de Aldair, había sido ama de cría en el kap y los había amamantado a ambos, que eran de la misma edad.

Los dos estaban hablando en voz baja. Entonces el joven rubio se metió la mano en el pecho, debajo de la túnica, y sacó una pieza de cerámica, decorada con una figura con tres espirales unidas por el centro, que colgaba de una larga cadena con eslabones de plata sujeta por dos puntos a la lámina.

—¿Sabes qué es? —le preguntó Nel con ojos brillantes.

—Sí. Es un trisquel, el símbolo de la casa góidel .

—Me lo ha dado Eteria. Me ha dicho que tiempo atrás perteneció a mi madre.

Es lo único que conservaba de ella y siempre lo llevaba consigo.

Ahora lo guardo yo. —Se detuvo antes de explicar, lentamente, que echaba de menos a la que no había conocido—: Nórax me dijo que mi madre era muy hermosa, y Eteria asegura que era alguien extraordinario.

Nunca le he hablado a nadie de ella, solo a ti. Tú, Aldair, me inspiras confianza.

Nel acarició el trisquel, apartó la mirada, elevándola hacia las ramas de los árboles por donde pasaban los rayos de luz solar, y en el mismo tono de confidencia le reveló a su hermano de leche:

—He hablado mucho con Eteria. Me ha enseñado a comunicarme con el dios. Cree que tengo una misión, que debo proteger a los góidel y liberar a aquellos a los que Krysaor tiranice.

Los ojos de Aldair expresaron una enorme admiración, pues desde niño intuía que su amigo estaba llamado a algo grande. Se ruborizó mientras decía:

—Es tu destino. Yo… solo quiero decirte que siempre contarás conmigo, que estaré a tu lado siempre.

En ese momento oyeron un ruido y Nel se guardó el trisquel bajo la túnica porque no quería que nadie lo viera.

Por las blancas escaleras, y dirigiéndose hacia el jardín, apareció una jovencilla de cabellos oscuros, cejas finas de falena, el óvalo de la cara perfecto y los ojos negros y algo rasgados.

Era muy esbelta, de largas piernas, y pechillo aún en flor.

Vestía una túnica blanca, cruzada por delante y cerrada por un cinturón de cuero.

—¿Os escondéis de mí?

A Aldair no le hizo mucha gracia la presencia de su hermana, que interrumpía un momento de intimidad con su amigo. Sin embargo, Nel se alegró y repuso enseguida:

—No, Loria. Esperamos a Eteria.

—¿No ha llegado todavía? —preguntó ella—. ¡Fuera hace calor!

Sí, era verano, pero estaban bajo la sombra del camelio sobre el que había crecido un rosal.

Aquel árbol parecía mágico: siempre estaba en flor, unas veces blancas camelias, otras, rosas de un vivo color salmón.

Cuando estaba Eteria, las flores se abrían, parecían más frescas y brillaban por el rocío.

El sauce doblaba sus ramas junto a ellos y, a pesar de estar en lo más tórrido del verano, en el jardín no sentían calor.

—Se retrasa… —apuntó Loria con una sonrisa.

—No sé por qué —replicó Aldair.

—¿No lo sabes? —le respondió su hermana con una sonrisa pícara—. No hace falta ser vidente. Eteria está a punto de dar a luz.

—¿Cómo lo sabes? —se burló su hermano Aldair.

—Soy mujer —contestó ella dándose importancia.

—Tú… lo que eres… es una cría —se rio Aldair, y la empujó.

Nel, que los escuchaba, se puso serio. De un salto subió ágilmente al sauce, que formaba, junto con el camelio y otros árboles, una pequeña plazoleta. En ella estaba el pozo, y había un banco de piedra circular donde solía sentarse Eteria.

Aldair le siguió trepando también al árbol mientras la chica morena protestaba abajo. Los dos muchachos conversaron animadamente con las piernas colgando, sentados en la rama:

—Eteria es una diosa… —afirmó Aldair con admiración— distinta a cualquier mujer que yo haya conocido.

—No —replicó Nel—, es humana, y aún más desde que lleva al hijo de Nórax en sus entrañas. Algún día, Aldair, tú cuidarás de ese niño. ¡Estarás ligado a él!

Aldair le observó sorprendido, pero no dijo nada porque conocía muy bien a su amigo: poseía una mirada interior capaz de escrutar el futuro.

Sabía que Nel era especial y por eso lo admiraba profundamente.

Lo quería mucho, más que a un hermano, pues habían estado unidos desde la cuna.

No sabía por qué su corazón palpitaba de modo intenso cuando estaba a su lado, o incluso cuando pensaba en él.

Loria se sentó bajo el sauce, apoyó la espalda en el árbol y permaneció recta con las manos abrazando las piernas.

Entonces comenzó a cantar, y su voz era muy hermosa.

Nel se sintió conmovido porque aquella canción —que Eteria le había enseñado a Loria— hablaba de la isla de Hesperia en el estuario.

Aldair la escuchaba mirando a Nel. Sentía algo dulce en su interior cuando estaba cerca de su amigo, y lo seguía a todas partes.

Los dos guardaron silencio mientras la niña cantaba.

No se atrevían a interrumpirla, y no solo porque les gustaba su cántico, sino también porque Loria tenía un fuerte carácter y se habría enfadado mucho.

Cuando Loria estaba acabando el canto, Eteria entró en el jardín y un perfume de lirios cruzó el ambiente.

La niña se calló mirando a la hespéride mientras los dos muchachos bajaban del árbol.

Eteria se sentó lentamente en el banco; estaba cansada, el embarazo era ya muy evidente.

Los tres muchachos la rodearon sentados a sus pies.

Traía entre sus manos varios papiros que habían pertenecido a la casa de Argón: eran cartas de navegación con las que comenzó a hablarles de las estrellas, de sus recorridos en los cielos, de Sopdet y del paso de las estaciones.

La escuchaban atentamente, y se acercaron más a ella para oírla mejor.

Al fin, Eteria levantó los ojos de lo que leía, dejó el papiro sobre su regazo y alargó la mano tocando suavemente el rubio cabello de Nel.

Él la miró y Eteria cogió entre las suyas las manos del muchacho, llenas de durezas y callos: eran las manos de un trabajador manual.

Al tocarlas, las manos se suavizaron y él sintió que todo el dolor que albergaba en su corazón por la muerte de su abuelo, por el asesinato de sus hermanos, por la pérdida de su niñez, se mitigaba.

Entonces apareció Kenna. Como era muy delgadito y escuchimizado, no abultaba, de modo que se sentó en un pequeño hueco al lado de los otros, que no le hicieron caso.

Sus ojos enormes se fijaron en Eteria, y permaneció allí con los labios juntos y fruncidos hacia arriba, una expresión que en su rostro triangular le hacía parecer un gatito.

Los tres que ya estaban allí lo miraron con cierto disgusto, como si fuese a interrumpir el momento de intimidad que estaban disfrutando con Eteria.

Sin embargo, el pequeño Kenna no se arredró.

¡Le gustaba tanto aprender! Sabía que los otros tres guardaban un secreto que compartían con Eteria, y que muchas veces le daban de lado por ello.

Kenna había nacido con una mente propensa a recibir conocimiento. Como era hijo de Lynnel el metalúrgico, le encantaba conocer todo lo que tuviese que ver con el bronce y los metales.

Al darse cuenta de que el niño había llegado y los otros no le habían recibido bien, Eteria le sonrió, le hizo sentarse junto a ella y le acarició el cabello oscuro y rizado.

Kenna se sintió orgulloso, feliz al ver que lo trataban afectuosamente.

Tenía prácticamente la misma edad que los otros, pero era mucho más bajito.

Entrecerraba sus enormes ojos para poder ver bien, y eso le confería un aspecto despistado.

Eteria le dijo afectuosamente:

—Tú, Kenna, serás muy sabio. Dominarás el arte de la sanación, la filosofía, la música y la geografía, pero sobre todo amarás los metales; mejorarás el arte de tu padre, conocerás las aleaciones perfectas para las armas de guerra, para los utensilios y cuencos, para la medicina…

Dicho esto, le entregó al pequeño un papiro en el que estaban escritas las aleaciones de los metales. Todos se dieron cuenta de que Eteria había adivinado el futuro de Kenna y se sintieron celosos:

—¿Y yo? —le preguntó Aldair.

Eteria se rio suavemente al detectar una cierta rivalidad en aquella pregunta.

—Tú serás un gran guerrero…

Nel no preguntó nada, pues sabía bien cuál sería su destino, y mantuvo el rostro serio.

Eteria le había dicho que quizá un día tendría que entregar la vida por aquello en lo que creía.

Sus sombríos pensamientos se vieron interrumpidos por la voz de Loria.

Al oírla, Nel centró la atención en ella, mirándola encandilado.

Aquella mirada provocó una reacción de celos en Aldair.

—Dime qué futuro me aguarda… —preguntaba Loria.

—La música fluye por todos los poros de tu piel. Serás el apoyo de Nel —le dijo señalando al muchacho—. Le infundirás serenidad, y no solo a él, sino a todos los que estén a tu lado. Tu música procurará calma y felicidad.

Ella sonrió y miró a Nel, quien esbozó también una tímida sonrisa y le dio la mano. Aldair se sintió excluido y protestó.

—Eso será en el futuro, porque ahora mismo Loria solo se enfada por todo. Así que de calma y felicidad, ¡nada!

Loria le dio un empujón a su hermano. Habrían seguido peleando de no ser porque en ese momento comenzaron a entrar los otros niños y jóvenes a quienes Eteria solía dar clase.

Desde arriba, en la balaustrada sobre el jardín, Nórax los observaba.

Se daba cuenta de que, más que en ningún otro sitio, el futuro de los góidel estaba allí, con Eteria y aquellos pequeños que, como jugando, aprendían de sus labios conocimientos que provenían de la civilización anterior al diluvio y las leyes antiguas que el dios les había entregado.