Las naves de Tarsis El hijo de Eglea #2
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El hijo de Eglea #2

—Pero eso no es bueno para él. Le pedí que no lo hiciese, que le perdonase… El rencor es oscuridad, es incompatible con la luz, y en el hijo de Eglea brilla de un modo muy intenso el fuego de Atón.

—Debería venirse a vivir con nosotros. Aquí estás tú, su única familia… —sugirió Nórax.

—Está bien donde está —repuso ella sin dar más explicaciones—. No podemos permitir que Krysaor lo encuentre porque eso sería terrible para él. Puede venir aquí cuando quiera, pero es mejor que no viva con nosotros, sino con la familia que lo acogió y que ahora es su familia.

Así nació la escuela góidel en la casa de Argón.

Eteria se los llevaba al jardín que ella misma había cultivado y se sentaba en el banco bajo el sauce —que los ocultaba— y junto al camelio sobre el que crecía un rosal.

Allí les contaba historias, les trasmitía la sabiduría de las hespérides y los iniciaba en el culto a Atón.

Los muchachos la escuchaban con ojos vivos y atentos, pues nada en sus enseñanzas resultaba tedioso.

A menudo Nórax se asomaba a aquellas clases, en las que Eteria explicaba la historia de Tarsis, les hablaba del dios y les enseñaba los secretos de la sabiduría y de la magia de Hesperia.

Con frecuencia callaba y los escuchaba atentamente, o bien les dejaba jugar.

Disfrutaba viéndolos saltar por el jardín.

Algún día los llevaba a la terraza y les señalaba el lugar donde había estado Hesperia.

Bajo su guía aprendieron a sentirse unidos, y de aquella complicidad nació una fraternidad que con el tiempo se haría profunda.

Nórax, sin embargo, debía ausentarse a menudo.

Desde la caída de Hesperia, muchos de los pueblos que pagaban tributos a los tartesios, presumiendo que la ciudad era débil por haber perdido barcos, se sentían eximidos de hacerlo.

Krysaor enviaba entonces a los marinos góidel a cobrarlos.

Era una tarea ingrata, pero estaban obligados por el juramento hecho al rey y por la amenaza constante que pesaba sobre ellos.

Tras uno de aquellos largos viajes, al regresar a casa, Nórax se encaminó hacia el jardín, ansioso de encontrar a Eteria, que no le esperaba tan pronto.

Estaba de espaldas, sentada en el brocal de aquel pozo donde había muerto la madre de Krysaor.

No estaba sola. Junto a ella, sentado en el suelo, estaba el muchacho rubio.

El cabello dorado le brillaba al sol. Se contuvo, antes de bajar al jardín, y los observó con atención.

Unas veces dialogaban, pero otras se mantenían en silencio.

Nórax oía la voz del chico, pero no podía entender bien lo que decía.

Eteria contestó, pero después guardó silencio.

Al cabo solo se oyó el rumor del agua corriendo por el jardín y una gran quietud.

En aquel silencio se percibía una comunicación de corazón a corazón, porque los dos permanecían inmóviles mirándose.

Inmediatamente, como si adivinase que Nórax les estaba espiando, ella se levantó y alzó la mano en señal de bienvenida.

Cuando Nórax bajó hasta el jardín junto a Eteria, los ojos de un verde trasparente del chico le atravesaron con curiosidad, sin timidez.

—Se llama Nel —le dijo Eteria como dudando en revelar el nombre—, que significa ‘campeón’.

—Eres de nuestra familia. Eteria es tu pariente más cercana —le confesó amigablemente Nórax—. Eres hijo de Eglea…

—Y de Krysaor —le cortó ella con determinación.

El muchacho, al oír este nombre, enrojeció como enfadado.

—Nunca te avergüences de quién eres —le reconvino suavemente la hespéride.

—No quiero saber nada de ese… hombre. Mató a mi abuelo y a mis amigos y compañeros del kap .

—Te busca…

—Nunca me encontrará.

Lo observó como adivinando lo que un día iba a ocurrirle, pero no dijo nada. Ante aquella mirada, que contenía un presagio, el muchacho se levantó como asustado, después subió las escaleras del jardín y se fue corriendo.

Regresó algunos días más tarde. Aquella vez Nórax lo encontró en la terraza mirando al mar. Estaba solo. Se situó junto al muchacho, que se volvió hacia él.

—¿La ves? ¿Puedes verla?

Entendió que Nel se refería a la isla de Hesperia.

—No —le contestó Nórax—. ¿La puedes ver tú?

—Solo si estoy con ella —y Nel enrojeció al hablar de Eteria—; con ella la veo, e incluso me parece distinguir cascadas y manzanos.

—¿De verdad? —le preguntó Nórax sonriendo.

—Sí —contestó como avergonzado. Nórax calló, pero el chico parecía pensativo—. Tú la conociste, estuviste allí… en la isla —afirmó Nel.

—Quizá nunca debí haber ido.

—Eteria cree que lo mejor que le sucedió en la vida es que fueses a Hesperia.

—¿De verdad lo cree? —se alegró Nórax.

—Sí. —Con timidez, el muchacho continuó—: Ella dice que no debo odiar, que el rencor es una cárcel. Me refiero…, bueno, ya sabes a quién…, a ese hombre…

—¿Lo odias mucho?

—Cuando lo nombran, solo veo sangre, a los otros niños del kap, mis primos, mis parientes, mis amigos… —Calló un instante—. Sobre todo veo a Gerión, mi abuelo. Era muy bondadoso conmigo. Todos decían que era a mí a quien más quería.

—¡No lo dudes nunca! —exclamó Nórax, emocionado.

—Murió por salvarme. —El muchacho hablaba con sorprendente madurez—.

Estoy seguro. Cuando entraron los sicarios de Krysaor, se dirigió hacia ellos y me dijo que me fuera.

Le obedecí y regresé al kap . Nunca debí hacerlo.

Sé que bebió de la copa con el veneno… y se durmió para siempre.

Después aquella mujer nos rescató… a mí y a muchos otros.

Siento que le fallé, que fallé a Gerión.

—Al salvarte, hiciste lo que él quería.

—Lo perdí. —Luego reflexionó—. Lo habría perdido de todos modos…

Guardó silencio. Entonces Nórax, para aliviar su rencor, dijo:

—Krysaor era mi amigo, lo conozco desde que éramos niños. Era vital, aventurero, lleno de fuerza… No era como es ahora. Estoy seguro de que queda en él mucho de lo que yo apreciaba entonces. Y estoy seguro de que quiso a tu madre…, a Eglea.

Nórax le habló del pasado, de cuando él y Krysaor eran jóvenes y osados, de las aventuras compartidas, del tiempo en que en Tarsis aún no imperaba la corrupción.

—¿Por qué cambió?

—Porque se dejó vencer por el rencor… y por esa mujer, Akálide, que lo domina.

—No me importa, no quiero saber nada de él. —Nel le cortó como enfadado. No podía perdonar—. Ahora tengo otra familia, la de los que me recogieron. Soy uno de ellos y estoy aprendiendo su oficio.

—¿Te gusta? ¿Quiénes son?

Nel apretó los labios y luego dijo:

—Ella, Eteria, me pidió que no hablase de ellos, me dijo que debo protegerlos. Si alguien lo supiese…, que estoy con ellos, correrían peligro.

—Haces bien guardando silencio.

Se apoyó en la balaustrada, dirigiendo la mirada al infinito.

—Antes yo no hablaba; de hecho, mi madre adoptiva muchas veces ha intentado que hable.

Ha sido ella, la hespéride, la que ha conseguido que abra mi corazón.

Aunque nunca podré perdonar a ese hombre, ni lo de mi abuelo, ni tampoco lo de mi madre.

Ella murió por él, por su culpa. Sin embargo, Eteria ha conseguido que se limpie mi memoria.

Ahora estoy mejor. La herida duele, pero de otra manera.

Nórax pensó que la hespéride era así: todo lo curaba, todo lo limpiaba, todo era más hermoso en su presencia.

—Eteria me ha dicho que he perdido a mi abuelo y a mis amigos, pero que he ganado otras cosas. Me ha prometido que siempre podré contar con ella, y… —acabó tímidamente— contigo.

—De eso puedes estar seguro —le contestó Nórax con emoción y convencimiento.

—Me dijo que eres capitán de la flota góidel —prosiguió Nel— y que has recorrido el mundo.

Entonces se pusieron a hablar durante un buen rato de los viajes de Nórax, de la larga travesía en la que dio la vuelta a África, del país de las telas y de las flores, del país de los dos ríos y de las Casitérides.

Nórax también le contó que en todo el Atlántico había huellas del culto al sol, en los túmulos y en los círculos de piedra, y que el dios que se representaba en el sol era el único dios posible.

Él lo miraba con ojos muy abiertos, deseosos de aprender. Finalmente, Nórax le sugirió:

—Cuando crezcas, si lo deseas, podrás embarcar conmigo.

Él se puso serio.

—No lo creo.

—¿Por qué?

—Tengo que cuidar a los míos —respondió muy serio.

No quiso decir más. Siguieron así un rato, apoyados en la baranda de la terraza, mirando hacia la boca del estuario el lento declinar del sol en su ocaso.

Así los encontró Eteria. El muchacho la saludó con una alegre sonrisa, pero después comprendió que quizá ellos querían estar solos y se fue. Ellos se quedaron allí.

—¿Qué hacíais?

—Recordar Hesperia, que, según dice, es capaz de ver cuando estás tú.

—Sí, lleva la sangre de las hespérides. ¿Sabes? De los grandes males salen grandes bienes.

—¿Qué quieres decir?

—Siempre me culpé por haberos ayudado en Hesperia, a ti y a Krysaor.

Me torturaba la idea de que la muerte de Eglea había sido culpa mía.

Pensaba que, si yo hubiera estado más atenta a ella, quizá nunca se habría quedado embarazada, y ahora viviría.

Pero al conocerlo a él, me di cuenta de que el destino, muchas veces, está más allá de nuestra comprensión.

He perdido a Eglea, pero está él, y te tengo…

a ti, y pronto tendremos un hijo. La vida fluye y es hermosa.

Nórax, conmovido por sus palabras, se acercó a ella y posó sus fuertes manos de marino sobre sus delicados hombros.

Después se inclinó con ternura y la besó.

Ella se abandonó en sus brazos, sintiendo en ese instante que el amor que los unía se hacía cada vez más intenso y profundo.

Mientras tanto, el sol se deslizaba majestuoso hacia el horizonte, sumergiéndose en el mar, derramando su luz dorada sobre las aguas, bañando la costa y atravesando el estuario de Tarsis, envolviéndolos con su fulgor de oro y recortando sus figuras sobre la alta terraza del palacio de Argón.