El hijo de Eglea
Unas semanas más tarde, desde lo alto de la terraza de la casa de Argón, Eteria despidió la nave que conducía a Areté hacia el oriente.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas. Mientras la nave se alejaba del puerto, un rayo de luz resplandeció en la terraza, apuntando directamente a la embarcación.
Era la gema sagrada, con la que Eteria enviaba un último mensaje a su hermana.
Las velas de la nave de Areté se desplegaron henchidas por la suave brisa.
—Ve en paz, hermana mía, ve en paz, suaves vientos te acompañen y te lleven a un lugar de felicidad.
Después siguió con la mirada el barco hasta que no fue más que un punto perdido en el horizonte.
Eteria se quedó allí, en el terrado sobre la casa de los góidel, largo tiempo.
Esperaba algo, una señal del dios, que llegó poco antes del amanecer: el cielo se cubrió de una extraña luminosidad, con manchas y columnas de un color intensamente verde en tonos blancos y violáceos.
Se trataba de una aurora boreal, un fenómeno nunca visto en aquellas latitudes y que solo Nórax conocía por sus viajes al norte, a las tierras más allá de Hibernia.
Nórax estaba allí, y en aquel momento, bajo la aurora boreal, rodeados por una luz mágica, ella lo abrazó con ansia y necesidad de consuelo. Bajo esa extraña luz, Eteria le susurró que con aquella señal Atón les mostraba que el mundo iba a cambiar.
—Eglea era la luz y ha muerto. Solo me quedaba Areté, mi otro yo. Estábamos especialmente unidas. Areté era la rectitud de una conciencia abierta al dios, una inteligencia preclara, un corazón generoso. Ahora estoy sola, únicamente te tengo a ti.
Permanecieron abrazados así largo tiempo, el hermoso cabello de ella ondeándole sobre la espalda, cubierta por la blanca túnica, y la cara apoyada en el fuerte pecho de él, que se enterneció.
La hespéride, la diosa de los océanos, la ninfa del ocaso semejaba una niña deseosa de ser cuidada.
El marino, conmovido, se juró que jamás se separaría de ella, que siempre la defendería y que ella sería lo primero en su vida.
Nunca se había arredrado ante nada ni ante nadie, pero en aquel momento temió perderla, consciente de que la amenaza de Krysaor siempre se cerniría sobre ellos.
Besó su hermoso cabello y después le levantó la barbilla para besarle los labios, que tenían el sabor de la sal debido a las lágrimas.
Entonces ella se apartó ligeramente de él.
—Debemos encontrarlo.
Sabía bien a quién se estaba refiriendo.
—Lo pude ver en la piedra de Jafet —le confesó—. Es un niño con el mismo rostro de Eglea. Lo pude ver…
Después entró en una especie de trance y cerró los ojos absorta en sí misma.
—Krysaor también lo busca —susurró.
A continuación, en voz más alta, casi gritó:
—¡No debe encontrarlo!
—¡Algún día lo hará! ¡Es su padre!
—Debemos impedirlo. Como sea.
El semblante de Eteria mostraba una angustia tremenda.
—¿Por qué te preocupa tanto?
—Las hespérides no debemos tener hijos. Las muy puras pueden hacerlo sin la intervención de un varón, en cuyo caso nacen siempre niñas.
Sospecho que fue lo que ocurrió con la reina Esté, mi madre.
También podemos enamorarnos, lo cual supone una traición al dios, como nos ha ocurrido a mí y a Eglea, y de la unión con hombres mortales siempre nacen varones.
En este caso, los niños así concebidos serán guías de pueblos.
Hombres que conducen a hombres, hombres que apenas envejecen, que se mantienen físicamente vigorosos aunque pueden morir en la batalla o por heridas o accidentes.
Es muy peligroso que un ser como Krysaor, o como la reina Akálide, se haga cargo de alguien así, que eduquen a un niño destinado a ser conductor de hombres.
Nórax entendió, se llevó a la mano a la cabeza y se revolvió el cabello, pensativo. Al fin, le reveló:
—Creo que puedo saber dónde está. Cidón me dijo que había recogido y ocultado en un lugar seguro a algunos de los hijos de Gerión junto con otros niños. Puede que uno de ellos sea el hijo de Eglea. Lo buscaré y lo traeré a esta casa.
—¿Dónde está?
—No estoy seguro, no podría decírtelo. Probablemente Cidón pueda darnos más información. Cuando yo estaba fuera y mi padre perdía la cabeza, se hacía cargo de los asuntos de la casa góidel y todo pasaba por sus manos.
Nórax fue a hablar con Cidón. Este estaba ocupado con dos sirvientes distribuyendo en los barcos góidel la carga procedente de las minas de la Oretania.
—Cidón, un momento —le llamó en voz baja.
Él se acercó enseguida y salieron de la cámara.
—¿Sabes qué fue de los príncipes del kap después de la caída de Gerión? Se rumorea que murieron…
—No todos —respondió Cidón, bajando la voz—.
Cuando Krysaor subió al trono, una niñera del kap, de sangre góidel, vino al palacio buscando a tu padre.
Argón ya estaba perdiendo el juicio, así que yo estuve presente.
Era la época en que Gerión acababa de morir, o ser asesinado.
Nos advirtió de que Krysaor quería hacer desaparecer a los jóvenes príncipes para acabar con cualquier heredero.
Argón apenas comprendió, pero me ordenó esconderlos…
—¿Había uno de pelo casi blanco, de unos diez años y ojos muy claros?
Cidón vaciló, pero después comenzó a hablar rápidamente mezclando ideas:
—Sí. En la comitiva que acompañó a Krysaor el día en que fue presentado al consejo, había un muchacho así. Destacaba entre todos: la mayoría de las concubinas de Gerión eran de piel morena o africanas, y sus hijos tenían el cabello oscuro. Este, en cambio, parecía casi albino.
—¿Krysaor no vio a ese niño? —preguntó Nórax, que luego masculló para sí: «Creo que lo habría reconocido».
—La ceremonia fue fastuosa, y el nuevo rey solo tenía ojos para su propia gloria. Todos sentimos que la reina Akálide lo dominaba: caminaba hacia el consejo como en trance. No creo que viera a ese niño… ni a nadie.
—¿Qué pasó después?
—Fue pocos días más tarde cuando la niñera vino a verme. Empezamos a sacar niños del kap y los distribuimos entre gente fiel al dios. No pudimos salvar a todos, pero a aquel, que según ella era el favorito de Gerión, lo ocultamos en un lugar muy seguro.
—Dime dónde está ese niño —le pidió Nórax—. Quiero verlo.
—Es arriesgado. Hay que obrar con discreción para no poner en peligro a las personas que lo ocultan.
—Entonces tráelo tú.
Cidón lo miró un instante, sopesando.
—Está bien. Ordenaré que venga a la casa góidel acompañado de otros. Nadie imagina el lugar donde lo he escondido.
Nórax asintió y, en cuanto se apartó, fue a buscar a Eteria.
—Vendrán varios niños —le anunció—. Uno de ellos será el hijo de Eglea.
—Sabré reconocerlo —le contestó la hespéride—. Debemos tener muchísimo cuidado, cualquier paso en falso puede hacer que Krysaor le descubra.
A la mañana siguiente Cidón llevó al jardín de la casa de Argón a varios muchachos. A la servidumbre se le dijo que serían escogidos como futuros marinos góidel, ya que la Escuela de Navegantes seguía cerrada desde la revolución.
Entraron en tropel y, al cruzar el umbral, se detuvieron ante la luz que entraba por el techo de alabastro y la elegancia del lugar, con los bellos frescos en las paredes y el lujoso mobiliario.
Eran varios. Estaba Aldair, hijo de Brent, jefe de porenna: un muchacho de pelo desordenado y oscuro, grandes ojos castaños y facciones finas, casi femeninas.
Lo acompañaba una de sus hermanas, una chiquilla de rizos abundantes y cabellos oscuros.
Con ellos vino Kenna, hijo de Lynnel, el metalúrgico, un chavalillo bajito y delgado, de cara triangular, ojos enormes siempre entrecerrados para ver mejor, cabello castaño oscuro y nariz aguileña.
Había otros, pero ninguno llamaba tanto la atención como un muchacho de cabellos rubios tan claros que parecían blancos, con destellos de oro.
Tenía largas pestañas que sombreaban unas mejillas sonrosadas, cejas gruesas y una nariz fina y algo respingona.
Sus ojos grandes, de color verde agua, mostraban una expresión inteligente, decidida y despierta, aunque algo apesadumbrada.
Cuando lo vieron, Eteria y Nórax se miraron, ahogando una exclamación: el muchacho no podía ser otro que el hijo de Eglea.
Nórax se quedó con los otros chicos para explicarles que en la casa de Argón se instalaría de nuevo la Escuela de Navegantes, pero que no aprenderían solo navegación, sino una antigua sabiduría.
Mientras Nórax hablaba, Eteria tomó al muchacho rubio de la mano y lo condujo a un rincón del jardín, bajo las ramas de un sauce.
Allí, ocultos del resto, se agachó hasta quedar a su altura, rostro con rostro, mirada en mirada, y empezó a conversar con él en voz baja.
El corazón del niño se abrió: en los ojos de Eteria encontró un lazo con su pasado perdido. Ella lo abrazó y él sintió consuelo.
Al cabo salieron de entre las ramas. Entonces Nórax anunció a todos que Eteria sería su maestra.
Ella sonrió mientras él hablaba y a continuación les explicó que les enseñaría una ciencia antigua, anterior al diluvio: la que el patriarca Jafet transmitió a sus hijas, sacerdotisas del sol en la isla de Hesperia.
Pero lo haría solo si ellos lo deseaban y, sobre todo, bajo juramento de guardar silencio.
Les pidió que fueran pasando uno a uno y les puso las manos con el relicario de ámbar y coral sobre la frente. Hacerlo le permitía saber si guardarían silencio o no, si eran aptos para las enseñanzas o no y qué debería aprender cada cual según sus aptitudes.
Cuando los muchachos se fueron, Nórax le preguntó a Eteria:
—¿Qué has hablado con él?
—He podido decirle tantas cosas… Me escuchaba con los ojos fijos, sin pestañear apenas. Creyó todo lo que le dije. Detesta a Krysaor, responsable de la muerte de su abuelo Gerión, que fue para él como un padre.
—¡No me extraña que lo odie!