Areté #4
Entonces el semblante de la guardiana cedió en su dureza y se volvió a Eteria, quien abrió los brazos para fundirse de nuevo con su hermana en un abrazo estrecho e intenso.
Después se separaron y miraron a sus compañeras, quienes se pasaban de mano en mano la piedra de Jafet hasta que esta, finalmente, regresó a ellas.
Una de las hespérides la sostenía entre sus manos y, arrodillada, se la ofrecía a Eteria. Ella no la tomó, sino que se la cedió a Areté. La luz que emanó de las manos de Areté fue resplandeciente e intensa, por lo que la oscuridad de aquella prisión se tornó en el resplandor del claro día.
Entonces Eteria le dijo a Areté:
—La piedra de Jafet es ahora tuya. En ti brilla con la mayor fuerza; quizá debas poseerla.
Areté, sorprendida por sus palabras, miró a Eteria, a la que aún reconocía como la Gran Vestal de Hesperia, y repuso:
—Tú eres y seguirás siendo la Gran Vestal.
—No soy una vestal, porque ahora voy a ser madre.
—¿Y qué es una Gran Vestal sino una madre?
Recuerda a Dana. ¿No fue ella una madre para nosotras?
Siempre serás la que cuida de todos los adoradores de Atón.
La ciudad y sobre todo los góidel están en una situación difícil.
Si la piedra de Jafet permanece conmigo, se irá al levante, al gran país de Khemet, donde reina Apofis, el faraón con nombre de serpiente.
No quiero llevarla allí. Además, se iría de Tarsis cuando más se necesita aquí. ¿Acaso debo hacer algo así?
Se observaron atentamente, comunicándose sin hablar durante unos instantes.
—Tu mirada es penetrante. Ves el futuro. —Sonrió Eteria—. Los fieles de esta ciudad necesitan la piedra sagrada y, aunque es verdad que Tarsis no merece albergar el mayor tesoro que Jafet legó a sus gentes, el país de Khemet no es un lugar apropiado.
En ese momento Areté le reveló sus temores:
—Siento además que en Egipto me espera algo maligno, y es peligroso que la piedra de luz vaya conmigo. Tiene que seguir oculta como lo está ahora.
Areté introdujo la piedra en el relicario de ámbar y coral que colgaba del cuello de Eteria y lo cerró. La luz desapareció. Por último, Areté se refirió al hijo de Eglea y le pidió a su hermana que lo encontrase.
—Krysaor no debe averiguar dónde está, pero tú debes encontrarlo y enseñarle quién es y cuál es su destino.
—Pero ¿cómo voy a hacerlo? —le preguntó Eteria—. ¿Cómo voy a saber dónde está?
Areté abrió el relicario y ambas hermanas miraron en el interior de la piedra de luz. Eteria dejó escapar un suspiro en el que se pudieron captar las palabras: «¡Pobre niño!».
—No te compadezcas de él: está siendo curtido por su destino, y será fuerte y valiente.
—Quizá él sea el esperado, el que un día salve los restos de Tarsis.
Areté hizo que, con la mano apoyada en la piedra sagrada, Eteria jurase que lo encontraría.
Esta, acto seguido, le hizo una propuesta a su hermana:
—¡Ven conmigo, puedo ocultarte!
—Eso no es posible. Os pondría a todos en peligro. Krysaor me encontraría, y entonces te descubriría a ti. Además, ahora me debo a ellas… —y las señaló como queriendo decir: «porque tú no estás».
Después sonrió, y al hacerlo, parecía transformada, distinta a la doncella dura y adusta que solía ser en Hesperia. Era alguien capaz de cuidar a otros, con sacrificio.
—El dios Atón quiere que me aleje de Tarsis —le reveló—. Tendrá sus motivos, y yo los acepto. Puedo valerme por mí misma.
Eteria amaba a Areté por su fuerza y determinación, a diferencia de ella, que era serena y sólida. Las dos hermanas siempre se habían complementado, y entre ellas existía un vínculo indestructible y entrañable.
Oyeron ruidos fuera; alguien se acercaba.
Los ojos de Eteria se llenaron de lágrimas ante la dolorosa perspectiva de perder a su hermana.
Ambas se fundieron en un último abrazo, largo y profundo, como si en ese momento desearan aferrarse eternamente la una a la otra, resistiéndose a la inevitable separación.
La puerta de la prisión iba a abrirse. Al oír el ruido de las llaves, Eteria y Areté se separaron.
La piedra quedó en manos de Eteria, y su poder le permitió desaparecer ante la mirada de los presentes.
Solo Areté podía verla. Los soldados de Krysaor en la puerta gritaron el nombre de una de las hespérides y luego anunciaron:
—¡Tu amo te espera!
La hespéride gritó y se despidió de las otras, quienes, llorando, se abrazaron a ella.
Los soldados entraron en el recinto para separar a la prisionera del resto, que no querían dejarla partir.
En el barullo, Eteria, imperceptiblemente, se deslizó hacia el portillo de la prisión.
Areté la siguió, pero, al acercarse a la entrada, los guardianes, viéndola tan cerca de la salida, la empujaron.
—¡Tú no deberías estar aquí! ¡Vete adentro!
Se revolvió con rabia contra ellos, arañando con las uñas a uno de los guardias y dejándole marcas en la cara. Estaba furiosa, pero en su corazón no solo latía la ira, sino también una profunda tristeza por la separación de su hermana.
Desde fuera de la prisión, Eteria oía la lucha de su hermana sin poder ayudarla, y sintió que el corazón le oprimía. Con los ojos húmedos por las lágrimas, se retiró por el oscuro pasillo de las mazmorras.