Las naves de Tarsis Areté #3
61%

Areté #3

Se congregaron a su alrededor y la abrazaron presas de una gran alegría y entusiasmo.

La otrora Gran Vestal de Hesperia se enterneció: distinguía el rubor en las mejillas y las lágrimas en los ojos de las hespérides.

Comenzaron a hablar muy deprisa, preguntando por unas y por otras.

Estaban asustadas: las iban sacando poco a poco de aquella prisión, conforme los mercaderes iban pagando el precio fijado en la subasta.

Cada una de las que salía de allí representaba un dolor renovado para las demás.

Ya no estaban allí las que habían sido adquiridas por un menor valor.

La suma más alta había sido ofrecida por Areté, que iba a ser comprada por Apofis, el faraón egipcio.

Preguntaban sin cesar por las que faltaban, amigas y compañeras que nunca habían llegado a la prisión. Eteria poco les podía decir: las que no se encontraban allí habrían muerto o estarían en el lugar donde quiera que se situase la isla.

Detrás de todas las hespérides había una que se había quedado parada y que en ese momento emitió un grito de emoción y sorpresa.

Era Areté. Eteria la reconoció enseguida, aunque había cambiado, Seguía llevando la falda corta de las guardianas, ceñida por un amplio cinturón, con sandalias trenzadas hasta la rodilla, pero sin la loriga de plata que solía protegerla. Parecía más alta y fuerte.

Areté dio un paso adelante y estrechó fuertemente a Eteria entre sus brazos.

Fue un abrazo largo, ardiente, sin palabras.

Les parecía mentira que siguieran con vida después del cruel ataque a Hesperia y tras tantos meses pasados sin saber nada la una de la otra.

En ese tiempo, cada una había pensado que su hermana estaría muerta.

Durante el abrazo pudieron sentir sus corazones palpitando con fuerza.

—¡Querida Areté! ¡Mi querida Areté! —exclamó al fin Eteria con voz temblorosa por la emoción—. Me salvaste la vida.

Areté se separó un poco, agarrando con los brazos los hombros de su hermana, y, con un cariño inmenso, le contestó:

—¡Cumplí con mi deber! Soy… era… una guardiana. Aunque ahora ya no soy nada. —Sus ojos se llenaron de lágrimas—. Nos han dicho que Hesperia ha desaparecido.

Eteria se soltó del abrazo de Areté y señaló en el muro de piedra de la prisión, entre las columnas, el lugar desde donde se podría divisar la isla:

—¡No! No ha desaparecido; yo aún puedo verla, aunque sé que nunca podré llegar a ella. Hesperia no se ha perdido, ha sido purificada por la fuerza del dios. Está más allá de todo. Algún día volveremos.

Areté movió tristemente la cabeza: en aquellos días de obligado encierro, había pensado mucho. Desde meses atrás, intuía su futuro gracias a la fuerza con que lo hacen las hespérides: su vida iba a tomar un derrotero que la alejaría para siempre de Tarsis y de Hesperia.

—Yo, no. Nunca volveré a Hesperia, o no lo haré al menos en esta vida. ¡Oh! ¡Eteria! ¿Qué hemos hecho las hijas de Atón para merecer esto? Nunca debimos dejar entrar a Krysaor.

Eteria recordó a Niso, su gobierno rígido y sin alma, causante también de la muerte de Eglea.

—El mal ya anidaba en el corazón de algunas de nosotras. Krysaor entró en la isla porque el dios permitió que muriera el dragón. Quizá era inevitable…

Areté no quiso recordar más el pasado, que le dolía, y la interrumpió:

—¿Cómo pudiste escapar de la destrucción de Hesperia?

—¡Nórax me salvó!

Eteria pasó a relatarle todo lo sucedido, y le contó que ahora estaba refugiada en el palacio de los góidel, donde vivía oculta y era feliz.

Areté, con la visión profunda de la realidad que tenía, se dio cuenta de que su hermana esperaba un hijo.

Extendió su mano hacia el vientre de Eteria, con mirada inquisitiva.

Eteria se sintió confusa, enrojeció ligeramente y dijo como excusándose:

—Es el hijo de Nórax. Nos hemos unido delante de los clanes…

—Una hespéride no debería unirse a ningún hombre.

—El dios lo quiso: la piedra de Jafet brilla en nuestras manos unidas con un fulgor renovado —afirmó Eteria.

Areté calló, observando con su mirada inteligente a su hermana. Al oír hablar de la piedra, le preguntó:

—¿La tienes?

—Sí.

—Déjame volver a verla.

Eteria la sacó de la faltriquera y la sostuvo entre sus manos, y se hizo evidente que no brillaba ya tanto como antes. Después, tras cedérsela a Areté, la gema sagrada relumbró con una luz más potente.

Areté se dio cuenta y miró a los ojos a Eteria, quien sonrió. Después la piedra pasó de mano en mano: las que la tocaban parecían embellecer, y aquellas que, al entrar, mostraban signos de edad, cansancio o enfermedad se rejuvenecían, se relajaban o mostraban un aspecto más sano.

Mientras todas estaban distraídas con la piedra, las dos hermanas hablaron entre sí.

Eteria le contó todo lo que había ocurrido en los últimos meses desde que se separaron en el puerto de Hesperia ante el ataque de los soldados de Krysaor.

Le habló de Nórax, de que se había dado cuenta de que ahora su vida cobraba todo su sentido con él, y aún más desde que esperaba un bebé.

Al aludir a su hijo, recordó a la hermana que faltaba, que había muerto por el mismo motivo que ahora representaba la felicidad de Eteria.

—Una vez juzgamos a Eglea…, e hicimos mal. A pesar de todo, ella era pura…, se convirtió en espuma de mar —recordó Eteria—. No me juzgues. Sé que mi camino pasa por Nórax.

Al recordar a Eglea, la voz de Areté se tornó comprensiva con sus hermanas a la par que exigente consigo misma.

—Lo sé. Sin embargo, mi destino es distinto al vuestro. Sé que no encontraré lo que el dios me da en un hombre. No quiero atarme a nadie. Soy libre, y nadie me dominará jamás, menos aún un hombre.

Cuando dijo la última frase, Areté se irguió con las piernas separadas, una delante de la otra, las sandalias trenzadas hasta la rodilla, la espalda recta, el faldellín —que parecía moverse con vida propia— corto, los brazos bien torneados y fuertes apoyados en el amplio cinturón donde antes había pendido un arma, la nariz recta y fina levantada y el cabello dorado cayéndole por la espalda.

Era la viva imagen de una guardiana poderosa, de una mujer segura de sí misma, firme en su independencia y decidida a no doblegarse jamás ante nadie.

Estaba lista para enfrentarse a cualquier destino adverso sin vacilar.

Le contó a Eteria que el día anterior había resistido en la bochornosa subasta pública, expuesta como si fuera un animal, soportando la mirada lasciva de los mercaderes y la actitud prepotente del visir egipcio.

Había luchado y herido a varios tras gritarles impetuosamente: «¡Nadie me va a doblegar nunca! ».

Eteria pensó que para las almas fuertes no hay destino ignominioso. Al contemplarla, con su fuerza casi viril, se llenó de amor y admiración. Lo que el dios había dispuesto para Areté era muy distinto a lo que había ordenado para sí misma, y le confesó:

—Mi camino se separa del tuyo. Tú sigues siendo la misma, pero yo he cambiado.

—Sí —reconoció Areté, pensativa—. Es así…