Las naves de Tarsis Areté #2
60%

Areté #2

Eteria estaba pálida y temblaba presa de una intensa emoción y a la vez de cierta inseguridad.

—Sé que ya no es como antes, que no soy ya la poderosa vestal capaz de realizar grandes prodigios, pero aún conservo la fuerza de Atón y la piedra de Jafet.

Sus ojos castaños y claros miraron a Nórax de una forma extraña y acto seguido tocó el relicario donde llevaba la piedra de Jafet.

Como había ocurrido en el barco, repentinamente se encontró con una mujer delante de él a la que no pudo reconocer.

Nórax sabía que era Eteria, pero le daba la impresión de no haberla visto nunca antes.

Al cabo parpadeó —a Nórax le pareció que se despertaba de un sueño— y volvió a ser Eteria.

—Es verdad que la piedra te oculta, pero cualquier descuido puede revelar tu presencia.

Le contestó con voz algo enfadada y agobiada por la situación.

—¡Sé cuidar de mí misma!

—Por lo que se rumorea en la ciudad, las hespérides están en la prisión bajo el templo, encerradas tras varias puertas y protegidas por guardias. ¿Cómo vas a llegar hasta ellas, franquear las puertas…?

—Tiene que haber algún modo… ¿No conoces a alguien de confianza que pueda ayudarnos? Con la piedra de Jafet sé que puedo ocultarme de modo que nadie me reconozca, pero tengo que llegar hasta allí.

Nórax comenzó a cavilar y de pronto le vino a la mente una mujer llamada Funala que había sido su ama de cría.

Vivía con su familia en unas casas pequeñas de un barrio cercano a la arena de Tarsis y, por lo tanto, al templo donde las hespérides aguardaban su destino.

Trabajaba cocinando para el templo, y quizá para la prisión aneja a él.

Tal vez Funala pudiera ayudarlos o, al menos, indicarles quién podría hacerlo.

Su hija Aloa se había casado con Brent, el capitán de porenna.

La hizo llamar y, cuando entró en la estancia donde la esperaba, lo abrazó como si fuese aún el pequeño al que había cuidado:

—¡Niño mío! ¡Niño mío!

Nórax se rio, y mientras levantaba a la pequeña mujer agarrándola por la cintura, le dijo:

—Funala, no cambias. No soy un niño.

Ella pataleó y consiguió que la dejase en el suelo.

—Lo sé. Sois muy importante y por eso hace años que no os dirigís a la vieja Funala.

Hizo una inclinación de cabeza, él adoptó un tono muy serio y le puso la mano en el hombro:

—Necesito tu ayuda.

—Lo que deseéis, mi señor.

En un tono confidencial, le preguntó:

—¿Puedes entrar en el lugar donde están apresadas las hespérides?

—No puedo entrar, pero todos los días ayudo a mi hija a llevarles la comida a esas damas. Me duele lo que les ha hecho Krysaor… Eran las que guardaban Hesperia. No creo que fuesen brujas. El mundo va mal, se hunde, desde que las hespérides no están donde deben —rezongó.

Inesperadamente, entró Eteria. Funala, al verla, se inclinó ante ella, impresionada por su belleza y dignidad.

—¿Sois?

Ella sonrió y dijo:

—Sí, soy una de las hespérides. Necesito ver a las otras antes de que sean dispersadas. Sobre todo, deseo ver a una de ellas.

—Puedo conduciros hasta sus celdas, pero me juego la vida. No puedo ayudaros a entrar, está muy protegidas.

—Ya —la tranquilizó Nórax—, pero no te pondremos en peligro. Eteria posee un poder que nos encubrirá.

—Sabré entrar por las puertas que me separan de ellas —afirmó Eteria.

—Es muy peligroso —balbuceó Funala—. Si me descubren…

—Lo sé, pero te protegeremos. Te apreciamos porque sé que eres fiel a la casa góidel .

Funala movió la cabeza a un lado y a otro.

—¡Mucho más de lo que os imagináis!

—No dudaba de que nos ayudarías —le agradeció Nórax.

—Todos los días mi hija y yo cocinamos para las hespérides, aunque no nos permiten verlas. Mi esposo me ayuda con las ollas más grandes, que dejamos en la entrada de las celdas, pero la guardia no nos permite pasar más allá de la puerta de entrada.

—Guíame hasta allí y yo sabré qué hacer —le pidió Eteria.

—Iré contigo —se ofreció Nórax.

—No, será más fácil si voy sola —zanjó Eteria con determinación.

Funala movió la cabeza afirmativamente, reconociendo que sería mejor hacerla pasar a ella sola. A continuación anunció:

—Al atardecer, quizá sea el mejor momento.

Durante todo el día Eteria estuvo intranquila, nerviosa, trabajando febrilmente en el jardín entre sus plantas y sus flores y cantando suavemente.

Al caer el sol, desde la terraza frente al mar, se abismó en la contemplación de Hesperia.

Nórax permaneció a su lado, viendo ocultarse el sol y mirando al horizonte, para serenarla.

Aún persistían las luces del ocaso cuando Funala apareció. Eteria bajó desde la terraza, se acercó al ama y la tomó de la mano. En ese mismo instante se transformó, y su aspecto se mimetizó con el de la anciana criada.

—¿Cómo lo conseguís? —exclamó Funala meneando la cabeza y dirigiéndola hacia la que ya no parecía Eteria—. ¿Qué truco utilizáis?

—Quien posee magia en sí mismo no necesita trucos —sonrió Eteria, volviendo a ser ella misma.

El ama puso cara de asombro, abriendo algo la boca. Tras hacerle un gesto para que la siguiese, ambas salieron en silencio y se dirigieron hacia lo alto de la acrópolis. Nórax se quedó tras la puerta del palacio viendo las figuras de dos mujeres alejarse entre el gentío de las calles.

Al llegar a la arena de la plaza, Eteria cerró la mano sobre el relicario que contenía la piedra de Jafet.

Nadie la veía. Los atletas que saltaban en la arena iluminados por la luz de las antorchas saludaron a Funala, pero a Eteria no le hicieron más caso que el que se hace a las sombras que proyectan las antorchas.

Un atleta con paso elegante y firme, como si bailase, se acercó a ellas y se dirigió a Funala, sonriendo.

—Hola, suegra. ¿Qué haces por aquí?

—¿Qué he de hacer? Llevar la comida a las brujas…

La cicatriz en el rostro de Brent, el capitán de porenna y yerno de Funala, se contrajo. Él era fiel a Atón, y había visto a Eteria en la reunión de la casa de Argón. No entendía las palabras de su suegra, aparentemente llenas de rechazo al dios, pero los otros atletas las oyeron.

Atravesaron un almacén y después entraron en las cocinas.

La luz del hogar brillaba al fondo separada por un mostrador en el que se disponía la comida para los saltadores.

Una mujer de mediana edad, que debía de ser la hija de Funala, la saludó mientras depositaba un gran caldero de cobre con asa en el mostrador.

No pareció darse cuenta de la presencia de Eteria.

—¿No está padre? —le preguntó extrañada.

—Da igual, tengo fuerza suficiente.

—Madre, te estás haciendo mayor, te vas a romper la espalda.

Funala se puso a rezongar y la mujer de Brent optó por no enfrentarse a su madre.

—¡Métete en tus asuntos! —Con fuerza agarró el gran caldero, que contenía una especie de potaje, y se encaminó hacia la puerta de la cocina.

Funala se metió en un cuartucho junto a las cocinas, un almacén, donde Eteria cambió de aspecto; podía confundirse perfectamente con Funala.

Tras agarrar el pesado caldero, ambas salieron a la plaza.

Tanto Funala como Eteria iban cubiertas por mantos que les tapaban, de modo que parecían dos amas maduras cargando con las ollas.

Al llegar a la puerta que conducía a la arena, Funala le dio las indicaciones de lo que debía hacer y se quedó atrás.

Le explicó que ni ella ni su esposo solían entrar en el lugar donde estaban presas las hespérides, así que debía dejar la comida en la puerta porque eran los guardias los que la introducían y después devolvían los grandes calderos a las cocinas.

Atravesaron la plaza, al fondo de la cual se abría una gran escalinata que ascendía hacia el templo y que, después de unos peldaños, se bifurcaba: la parte más ancha subía hacia el altar de los sacrificios mientras que la otra, más estrecha, seguía circundando las paredes de piedra del templo y se prolongaba más arriba hasta el palacio real.

A mitad de camino, en un portillo practicado y que tenía un ventanuco con rejas, estaba la prisión.

Tal y como le había indicado Funala, Eteria llamó a la puerta.

Un soldado le pidió una contraseña y ella le dio la que Funala le había revelado.

Pasó la guardia sin problemas y siguió caminando por un largo corredor que al final formaba un ángulo recto.

Se sentía nerviosa, pero sabía controlarse, y caminaba con paso firme.

Tras un recodo, se abría una estancia con una gran puerta que era la entrada al recinto donde estaban las hespérides.

Dos guardias lo protegían. Dejó el caldero en el suelo y dio unos pasos hacia atrás para colocarse en un lugar donde no la veían los guardias.

Estos trataban de abrir la puerta forcejeando con una larga llave que les costaba girar.

Al volver la esquina, Eteria apretó con fuerza la piedra con la mano.

Regresó hacia donde estaba la guardia justo cuando la puerta se estaba abriendo.

Dejó a un lado a los guardianes y al pasar rozó a uno de ellos, que se volvió intentando descubrir quién le había tocado, aunque no vio a nadie.

Finalmente, Eteria cruzó el umbral y la puerta se cerró tras ella.

Se encontraba en un patio rodeado de un claustro de columnas de piedra y cerrado por una techumbre de madera.

En él distinguió, bajo la luz que penetraba por la techumbre y la mortecina llama de las antorchas, a un grupo de unas veinte o treinta mujeres, la mayoría jóvenes y hermosas.

Había alguna de mayor edad, pero ninguna mostraba signos de decrepitud.

La mayoría estaban sentadas en el suelo o apoyadas en las columnas, pero algunas permanecían acostadas en montones de paja y aun otras caminaban en torno al claustro.

Eran las compañeras de Eteria, las que habían crecido a su lado, con quienes se había criado.

Las mujeres se aproximaron con unas escudillas a recoger la comida. Entonces Eteria dejó caer el capuchón del manto que le cubría el rostro y se mostró ante todas: un grito salió de todas las gargantas.