Las naves de Tarsis Areté
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Areté

Pasaron los meses. Tarsis permanecía en calma, aunque la crueldad de Krysaor seguía latente: quizá era el miedo lo que sembraba la paz. Nadie alzaba la voz, nadie se oponía.

Primavera avanzada, hacía calor; pero una brisa suave con olor a mar llegaba desde la costa y agitaba las ramas de los árboles en el jardín de la casa de Argón.

Un rosal estaba cubierto de flores blancas, y Eteria se alzaba sobre las puntas de los pies para cortar algunas.

Pero entre las ramas asomaba una espina, y Eteria se pinchó y dejó caer las rosas que tenía en las manos.

Se agachó para recogerlas, pero al levantarse se le nubló la vista, se agarró al tronco y los pétalos se dispersaron por el suelo.

Nórax, que bajaba por las escaleras que conducían al jardín, vio cómo se tambaleaba y se agarraba al árbol. En grandes zancadas se aproximó a ella, a tiempo de impedir que cayese. Eteria estaba blanca. La ayudó a sentarse en el banco, bajo la sombra del camelio.

—¿Qué te ocurre?

Eteria, aún pálida, abrió los ojos entrecerrados y esbozó una suave sonrisa.

Murmuró a su oído unas palabras. Los ojos de Nórax brillaron y alargó la mano hacia su vientre, hacia la nueva vida que empezaba a crecer en él.

Al hacerlo, rozó el colgante de ámbar y coral, donde Eteria guardaba la piedra.

Entonces ella entrelazó la mano derecha con la de él y con la izquierda abrió el colgante.

Sacó la gema sagrada y la depositó sobre las manos unidas.

La piedra brilló con fuerza e iluminó todo el jardín como si un sol hubiera descendido sobre ellos.

—La luz del amor que sentimos la hace brillar así —susurró con una leve sonrisa, y después se quedó pensativa—.

Entiendo ahora la profecía de mi padre Gerión.

Cuando nos condujeron a Hesperia, se dice que mi padre profetizó el futuro que me aguardaría.

Mi destino sería abrirme al amor, en el que encontraría el camino a la eternidad. En ti lo he encontrado.

Nórax recordó aquel momento de su juventud, cuando él y Krysaor eran apenas unos muchachos y escucharon las profecías de Gerión sobre las tres niñas. Eglea había muerto, Areté quizá también, pero Eteria estaba junto a Nórax.

Con convencimiento, Eteria exclamó:

—¡Tú eres mi destino! Juntos cambiaremos el futuro de Tarsis.

La vida de los góidel estaba envuelta en visiones; el cielo y la tierra se entremezclaban.

También, días atrás, Argón había declarado: «De vosotros nacerá la estirpe que salvará Tarsis».

Se decía que los dementes y los niños estaban próximos a la divinidad y conocían la verdad.

Había sido así. Argón, con la cabeza a veces perdida, había intuido el porvenir.

La piedra de Jafet brilló con más intensidad en las manos de ambos.

—Él conducirá a nuestro pueblo —exclamó de nuevo Eteria—, será guía de hombres, sabio y valiente.

Le explicó a Nórax que los hijos de las hespérides eran longevos, con capacidad de mando y líderes naturales. Solo morían en la batalla o por accidentes, pero no conocían la decrepitud de la vejez. Eteria guardó la piedra en el colgante de oro, ámbar y coral.

Nórax se acercó a ella y la abrazó; la sintió como una joya que albergaba un misterio, el misterio de la vida que crecía dentro de sí.

Después, tras separarse un poco, Nórax se levantó del banco, con las manos entrelazadas en las de Eteria, y la hespéride elevó los párpados y fijó su mirada en él, resplandeciente de alegría.

La luz del sol de invierno se colaba entre las ramas del camelio e hizo brillar los cabellos castaños de Eteria y la joya en forma de sol que colgaba de su pecho.

Nórax debía irse, y recordando el tiempo en que Eteria vagaba por la isla, fuerte y libre, le dijo:

—Te dejo en un forzado encierro…

—Cuido el jardín, que poco a poco se va transformando en un trozo de Hesperia. Estoy a tu lado, y desde la terraza diviso la isla, aunque no puedo ir a ella. Una vida crece dentro de mí. —Sonrió, para terminar diciendo—: Lo tengo todo.

Se agachó y la besó en la frente, sintiendo un torrente de amor y devoción por ella.

Las últimas semanas a su lado habían sido un tiempo de plenitud y belleza.

Después el marino se alejó, subiendo por las escaleras, mientras ella seguía sentada.

Desde lo alto de un rellano la contempló, pequeña y débil, y su corazón se llenó de ternura.

Al cruzar el gran zaguán de entrada, el frescor de la brisa de la mañana le acarició la cara; hacía días que no salía del gran palacio de Argón, atrapado por la magia de la hespéride.

Con el aroma de ella todavía en sus sentidos, descendió por las calles rumbo a los muelles.

El rey le había ordenado que transportase un cargamento de sal procedente de las salinas reales hacia tierras de Libia, donde se vendería a buen precio.

A cada paso que daba, su mente volvía a Eteria, sintiendo que, aunque se alejaran físicamente, seguían unidos por un lazo invisible.

La luz del sol de la mañana brillaba extrayendo reflejos de los tejados de oricalco de las casas de Tarsis.

Habían pasado los meses y estaba próximo el solsticio de invierno, la fiesta del nacimiento de las hijas de la noche.

Más de veinte años atrás, Eteria y sus hermanas habían sido entregadas en el templo.

Por las calles, Nórax escuchó los bandos del rey en los que se proclamaba que, gracias a él, al humano rey Krysaor, los tartesios se habían salvado de la isla de las brujas.

También se regocijaba de haber impedido que las hijas de Tarsis fueran entregadas al dios.

En la puerta de una de las casas unas parteras cuchicheaban comentando que, efectivamente, las madres que hubieran parido en los días más cortos del invierno podían respirar tranquilas.

El bando anunciaba, además, una gran fiesta en el próximo solsticio en la que se convocaba en el templo de la diosa a las madres que habían perdido a alguna niña en Hesperia.

Krysaor, haciendo alarde de su gran humanidad, les devolvería a las niñas que habían sido capturadas en el ataque a la isla.

Los heraldos gritaban por doquier que se había vencido la superstición.

En el puerto se encontró a Feder, con el que comentó los bandos.

—Si bien las niñas de Hesperia regresan a sus madres, las hespérides adultas han sido retenidas, reducidas a la esclavitud —le dijo Feder.

—¿Cómo lo sabes?

Feder señaló los muelles. En el puerto se balanceaban naves de muy distintas banderas, y su amigo le reveló el motivo:

—¡Lo sabe todo el mundo! El rey ha difundido por todo el orbe noticias de la belleza y sabiduría de las mujeres de Hesperia, y han llegado mercaderes de los países con los que comercia Tarsis. Ayer las hespérides fueron vendidas en una impía subasta.

Junto a los muelles se mecían naves de la tierra de los faraones, el país de Khemet, de las islas del norte, barcos con el símbolo del toro, de los minoicos cretenses, algunos otros que transportaban a los jefes de Hatti, e incluso habían llegado embarcaciones con mercaderes de las lejanas Assur y Mittani.

Nórax se indignó:

—¡Es impío vender a las doncellas consagradas al dios!

Feder movió la cabeza con cierta rabia mientras decía:

—Krysaor solo busca riquezas. Han comenzado a llamarlo Argantonio, es decir, ‘hombre de plata’; va cubierto enteramente de plata.

Nórax se rio irónicamente:

—Se ha resarcido de aquel tiempo en que era pobre y ahora se ha vuelto de plata.

El gran cargamento de sal, procedente de las salinas cercanas a Caura, un poblado en la orilla occidental del río Tarsis, se guardaba en el almacén real.

Se dirigieron allí y pusieron a los estibadores y a los marineros a cargarla.

Durante toda la mañana estuvieron afanados en ello, vigilando el trabajo.

En el puerto se oían voces en lenguas extranjeras de países lejanos.

Nórax, que comprendía alguna de ellas, escuchó a los mercaderes hablar con palabras soeces de las vestales.

En un barco comentaban a gritos la subasta del día anterior y mencionaron a una muy hermosa de largo cabello dorado que se había rebelado contra todos.

—Una mujer peligrosa, de la que se dice que era una de las jefas de las guardianas.

Nórax no pudo menos que pensar en Areté. Intentó preguntarles, pero se alejaron.

Dejó a Feder con los estibadores y se apresuró a regresar a casa. Por el camino pensó en cómo decírselo a Eteria. A lo mejor aquella guardiana no era Areté y sembraba falsas esperanzas en ella.

Sin embargo, Eteria ya lo estaba aguardando, y en su rostro se traslucía el dolor, el nerviosismo y la angustia. Nunca la había visto así.

—A través de Lyda, que está al tanto de todos los rumores de la ciudad, he llegado a saber que en el antiguo templo de Atón han estado ocultas y encerradas las mujeres que Krysaor cautivó en Hesperia, y que ahora han sido vendidas.

¡Se subastaron como si fueran ganado! —Nórax afirmó con la cabeza para darle a entender que conocía la noticia e intentó consolarla, pero ella, desesperada, continuó—: Tengo noticias de que el faraón hicso va a pagar una enorme fortuna en oro por la gran guardiana de la isla de Hesperia, que no es otra que mi hermana Areté.

¡Está viva! Pero será enviada al país de Khemet…

—exclamó acongojada. Después, con los ojos llenos de lágrimas, lamentó—: ¡No la volveré a ver!

—Se detuvo un instante y dijo—: Tengo que hablar con ella, tengo que despedirme.

Lo que ella proponía podía hacer que su presencia en la ciudad llegase a oídos del rey.

—Eso es imposible —declaró Nórax con firmeza.

—¡Debes ayudarme! —exclamó ella con una voz imperativa—. ¡Por lo que más quieras en este mundo! ¡Por el amor que nos une!

Nórax no podía impedir, por peligroso que fuera, que Eteria se acercase al templo donde las hespérides habían sido apresadas. Sin embargo, protestó:

—¡Te descubrirán! ¡Sería tu fin!