Las naves de Tarsis Los fieles a Atón #2
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Los fieles a Atón #2

—Ella es lo único que nos queda de la sagrada isla, del lugar de los inmortales.

Tenemos que protegerla. —Y después trató de obtener su compromiso—: ¡Conjurémonos en la protección de la vestal!

¡Jurad que nadie revelará su presencia en la casa de Argón!

Nadie hablará de lo que ha sucedido en esta reunión, y si lo hace, que la maldición del dios caiga sobre él.

—¡Lo juramos! —gritaron todos.

—Decid conmigo —exclamó muy fuerte Nórax—: ¡La maldición de Atón caiga sobre nosotros si revelamos la presencia de la hespéride!

Repitieron enérgicamente sus palabras y, obtenido aquel voto solemne, Nórax sintió cierto alivio y se dirigió de nuevo a ellos:

—Las guerras no se vencen porque falte oro, sino porque falta moral, porque fallan las convicciones…

—La caída de Hesperia no se debió solo a Krysaor —les confesó Eteria—. Ya antes de que este naciese se habían cambiado las costumbres, y Hesperia era un lugar de opresión.

La sala se llenó de murmullos, la mayoría a favor de las palabras de la pareja, pero algunos en contra.

—Tarsis ha sido siempre una ciudad de comercio y de paz —declaró Nórax—.

En la arena están matando toros, el animal de Atón.

Y no solo eso: mueren seres humanos. Los sacrificios, y más los humanos, son contrarios a las antiguas leyes de Jafet.

En la sangre está la vida. No debemos mancharnos con la sangre de las víctimas. Atón es un dios de paz.

Fue Feder quien dio un paso adelante. Él, que había presenciado la ruina, el sacrilegio, las matanzas de Hesperia, se sentía traicionado por el dios.

—¿Cómo es posible que el dios no salvase la isla en la que se le rendía culto?

—Su voz traslucía un dolor intenso—. ¿Cómo pudo haber abandonado en Hesperia a sus hijas, sus vestales?

¿Por qué está permitiendo que muera el culto a Atón y lo sustituya el culto a la diosa serpiente? ¿No es un dios poderoso?

La pena transformó el semblante de Eteria. Nórax y ella ya se habían planteado esas mismas preguntas, pero ni siquiera ella sabía cuál era el motivo por el cual un dios aparentemente todopoderoso había permitido la caída de su principal lugar de culto.

—No fue el dios quien ordenó el ataque a las hespérides, sino un hombre, Krysaor…

Atón no abandonó por completo Hesperia. Tras el ataque, un fuego consumió los barcos del tirano.

No solo la libró de sus enemigos, sino que finalmente la salvó…

¡Sabed que Hesperia existe aún! Atón la salvó, y algún día todos llegaremos a ella.

—Después de emplear este tono profético, Eteria, con voz clara y sonora, les arengó—: Por el poder que me ha sido concedido como Gran Vestal, os aseguro que, si nos mantenemos unidos, venceremos al tirano.

Quizá no sea en esta generación, sino en otra, o en la siguiente.

Muchos cambios se producirán antes de que el pueblo góidel recupere Hesperia, pero un día ocurrirá.

—¡Danos una señal! —exclamó Kendal, el de mayor estirpe entre los hijos de los góidel después de Nórax.

Eteria se volvió a Nórax y en sus ojos ambarinos se reflejó una luz de complicidad. Lo miró con amor y susurró:

—¡Es el momento!

Él intuyó que aquellas palabras expresaban lo que siempre había deseado.

Sin necesidad de pronunciar ninguna más, se entendieron.

Eteria subió al estrado junto a Nórax y unió sus manos a las de él.

En ese momento, desde el techo de alabastro, la luz del sol, oscurecida por una nube, penetró con fuerza en la sala, envolviendo en un gran haz a la vestal y al príncipe de los góidel .

Nórax, con voz firme y clara, se dirigió a todos:

—El dios Sol lo ratifica… ¡Hay una esperanza para los góidel! Un futuro se abre ante nosotros.

La Gran Vestal avanzó hacia él, extendió la mano derecha y ambos entrecruzaron los dedos.

Había algo solemne en aquel gesto, y todos lo notaron.

Después de unos instantes de silencio, los presentes en la sala asintieron con gestos y con palabras.

Las leyes góidel disponían que, cuando dos jóvenes unían sus manos delante de los clanes como expresión de su voluntad de unirse, y los representantes de los linajes góidel accedían, se consolidaba el vínculo nupcial.

La isla donde se rendía culto al dios había desaparecido y todo se desmoronaba en Tarsis, aplastada por un gobierno cruel, pero la unión entre el príncipe de los góidel y una hespéride abría un futuro en el que cabía la esperanza.

La presencia de Eteria había transformado la disposición de los asistentes, de modo que a los que estaban paralizados por el temor les infundió valentía y a los que solo querían luchar les procuró calma.

La tristeza que oprimía sus corazones se disipaba, reemplazada por la esperanza.

Sintieron que no había más que decir y la reunión se fue disolviendo lentamente.

Mientras los asistentes se retiraban, jóvenes y mayores se acercaron a hablar con Eteria.

Ella los escuchaba con atención, respondiendo con breves palabras que destilaban la sabiduría de una vidente.

Su serenidad y conocimiento les ofrecían consuelo y claridad.

Cada intercambio dejaba una huella, una chispa de esperanza en medio de la oscuridad que los rodeaba.

La figura de la vestal, radiante y serena, se convertía en un faro de guía y fortaleza para todos.

Al fin, la sala quedó vacía. La tarde comenzaba a declinar cuando Nórax y Eteria subieron juntos a la terraza.

Se sentaron en el pretil, mirando hacia el mar.

Ella se apoyó en Nórax, cansada. Luego se levantó y él la siguió.

El dios se ponía en el horizonte, bañándolos con su luz dorada.

El marino se acercó más a ella y la hespéride se refugió en sus brazos.

Él le besó los cabellos, que olían a flores, y ella posó la mejilla contra su pecho.

Después Eteria se separó de él y abrió el relicario.

La luz de Atón en el ocaso tocó la piedra de Jafet, que resplandeció con una luminosidad renovada.

Enseguida cerró el puño en torno a la gema sagrada para evitar que se viese el brillo que emitía.

Era también como si se despidiese de la luz del sol que la colmaba.

Sintieron en sus corazones la voz del dios que los empujaba y, cuando el último rayo de sol se ocultó, el mismo dios les impulsó el uno hacia el otro.

Al amanecer, cuando la claridad del día entró por la claraboya en el techo de la cámara de Nórax, Eteria abrió el relicario y tomó en sus manos la piedra de Jafet, que ya no brillaba con la fuerza de la noche anterior en el ocaso.

A pesar de su felicidad, en los ojos de Eteria asomó una tristeza agridulce.

Nórax se despertó y solo con mirarla entendió lo que le ocurría.

Cerró el puño sobre la mano de ella que contenía la piedra de luz.

La gema refulgió con resplandores renovados a través de las manos de ambos.

La luz del dios brillaba ahora en sus corazones, más poderosa que la de la piedra de Jafet.