Las naves de Tarsis Los fieles a Atón
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Los fieles a Atón

Fueron llegando de modo disperso y por distintas vías, los más jóvenes saltando a través de los tejados que comunicaban entre sí las casas de Tarsis y algunos utilizando pasadizos.

Los más seguros de sí mismos, los de noble cuna, entraron por la puerta principal.

Aquello no le gustó a Nórax; era una imprudencia que llegaría antes o después a los oídos de Krysaor.

Que algunos jefes góidel se reunieran en la antigua casa de Argón solo podía significar que tramaban algo, lo cual no podía más que señalarlos y ponerlos bajo el ojo de los espías del rey.

Los rebeldes se fueron situando en el gran patio central cuadrado, con frescos en las paredes decorados con figuras geométricas y una bóveda de fino alabastro que dejaba pasar la luz e iluminaba la sala.

En la pared principal, un símbolo del sol: rayos que partían de un triángulo; en las laterales, el símbolo de la vida, la cruz ansada, y en una gran greca que recorría todo el techo en derredor, múltiples trisqueles, el emblema solar y de la casa góidel .

De ambos lados partían escaleras que ascendían a los pisos superiores.

Nórax se sentó en un pequeño trono de madera de ébano, sobre un estrado de un palmo de altura, y a su alrededor se colocaron de pie y en círculo todos los asistentes.

Cuando la sala estaba llena, se levantó y alzó el brazo, saludando con el triple signo.

Todos repitieron el saludo góidel y gritaron alabando al dios.

Después, Nórax se dirigió a todos:

—Algunos de vosotros me habíais pedido que convocase esta reunión. Hablad. Decid lo que deseáis.

El primero que expuso lo que pensaba fue Sedric, y lo hizo con ímpetu.

—El rey Krysaor ha atacado nuestra fe, nuestras leyes y la libertad de la que hemos gozado para navegar, y no podemos permitir que esto siga así.

—Están muriendo muchos inocentes en ritos crueles —afirmó Kendal.

Hubo un murmullo de voces a favor y en contra.

—Si lo desafiamos, perderemos nuestro modo de vida —exclamó Lynnel, el metalúrgico.

—¡Morirán muchos! ¡Nos condenarán al laber! —repuso en voz muy fuerte un hombre maduro, de cabellos claros; su fuerte musculatura revelaba dominio y un ejercicio físico intenso. Era Brent, que dirigía los espectáculos de la plaza.

—Al capitán de los porenna no le gusta perder sus privilegios —replicó Sedric, ácidamente.

—No puede decirse que los saltadores tengamos demasiados privilegios cuando somos condenados al laber ante el menor fallo —respondió Brent, levantando un robusto brazo amenazador—.

¡Protejo a los porenna! ¡Cada vez mueren más!

Si hay una revuelta góidel, estaré implicado y matarán a muchos de los míos sin compasión.

A la reina le gusta ver agonizar a los atletas porque tardan en morir y sufren, y Akálide disfruta con el dolor.

Muchos asintieron ante las palabras de Brent, pero Sedric no estaba de acuerdo con su actitud.

—Si piensas así, no sé por qué estás en esta reunión… —exclamó Sedric impetuosamente.

—Porque soy fiel a las antiguas costumbres de Tarsis y quiero hacer algo para cambiar lo que está sucediendo. Solo pido sensatez.

Cidón lo defendió.

—Nadie es más fiel que Brent, nadie más valiente. Arriesga su vida ante el toro… Hemos de entenderlo: protege su arte y tiene una obligación con los porenna .

Al oírlo, Sedric cambió algo su actitud, cruzó los brazos, apoyando un pie en la columna, y cerró unos instantes los párpados. Se hizo el silencio hasta que Lynnel, con un aspecto cansado, habló:

—El rey Krysaor tiene tanto oro que ha comprado las voluntades de toda la ciudad de Tarsis —afirmó el metalúrgico.

—No ha comprado a los que pertenecemos a la casa góidel ni a los que mantenemos aún el juicio y el sentido común —repuso Kendal con una voz alta y serena—.

Las nuevas leyes son una locura, crueles y absurdas.

Solo se mantienen porque el rey ha sobornado con oro a muchos y ha prodigado hierbas y el polvo de adormidera que debilitan la voluntad de otros.

—El oro que el rey derrocha ha disparado los precios y me ha perjudicado a mí y a los de mi gremio —objetó con voz atiplada Alucio, un comerciante al que solo le preocupaban las ganancias.

Alucio, por ser un hombre rico, detestaba a Krysaor porque su política de regalar oro a manos llenas y la consiguiente subida de precios lo habían arruinado.

—¡No penséis solo en el oro! El oro no lo es todo —gritó en un arrebato Sedric, a pesar de que era de una familia rica.

—No tenemos medios para vencerlo. —Era de nuevo Lynnel—. Tiene demasiado poder.

—¿Sois tan cobardes que teméis enfrentaros a los mercenarios de Krysaor? —los retó Kendal.

—No somos cobardes, lo que no somos, en absoluto, es suicidas —gritó Brent, y una cicatriz se contrajo en su mejilla.

—Suicidio es esperar sin hacer nada, permitir que destruyan la belleza —intervino de nuevo Feder, su voz preñada de dolor—. Como destruyeron a las hijas de la noche…

A Feder el cadáver degollado de una joven pelirroja que podía haber sido su hermana le había dejado una profunda herida en el alma.

—Sí. Cobarde es esperar que mueran hombres justos… —gritó Kendal, recordando a su padre.

—Cobarde es esperar que mueran tus hijos, que los vayan ma­tando desde el vientre de sus madres —susurró en tono más bajo Sedric.

—No pude pagar una deuda —exclamó otro, dolorido—. Han esclavizado a mi hija, la han vendido y ya no la veré más. ¡Todo porque no soy de los suyos! Porque soy góidel …

—No podemos luchar —repuso Brent—, no tenemos fuerza. La diosa serpiente atemoriza a todos.

En ese momento se oyó un rumor en el fondo de la sala.

Se habían abierto las grandes puertas de bronce, que unían la sala con bóveda de alabastro con el resto del palacio, y una hermosa figura femenina avanzaba entre los convocados: era Eteria.

Mientras caminaba lentamente hacia Nórax, el silencio se fue haciendo más profundo.

Todos la observaban asombrados preguntándose quién era.

Vestía una sencilla túnica blanca que se amoldaba a su cuerpo y llevaba en el pecho el colgante de ámbar y coral que ocultaba la piedra de Jafet.

Un murmullo de admiración recorrió la sala.

Nórax no esperaba que acudiese. Le había hablado de la reunión, pero dio por sentado que no se uniría a ella porque era peligroso que se descubriese su presencia.

Los días anteriores Eteria había guardado silencio, abismada en sus pensamientos.

Finalmente, había acudido. En ella todo era impredecible, porque sus actos estaban guiados por una fuerza interior que dimanaba del dios.

Ante los jefes góidel se estaba mostrando tal y como era, con una belleza radiante y serena.

Podía haberlo hecho de cualquier otra manera porque llevaba consigo la piedra de Jafet, pero decidió hacerlo así.

Antes de emitir ninguna palabra, su sola presencia bastó para cambiar el ambiente, que hasta el momento había sido tenso, como si la brisa del mar hubiese irrumpido en un lugar caluroso.

Parecía haber escuchado las últimas palabras de Brent, llenas de temor, y habló mirándole, aunque se dirigía a todos.

—No os dejéis dominar por el miedo. La serpiente infunde angustia y temor, pero no es más que un animal que repta, al que se puede aplastar, que puede limpiarse con el agua, que necesita la luz. La luz lo puede todo.

—¿Quién sois? —preguntó Brent.

Eteria habló con dignidad soberana, proclamando con fuerza:

—Soy Eteria, Gran Vestal de la isla de las hespérides, hija de Gerión.

Se oyeron voces de sorpresa y de asombro entre los asistentes.

—Nórax me salvó de la muerte y me trajo aquí como último vestigio de la isla sagrada.

Hubo un murmullo de incredulidad, y algunas voces de esperanza. Ella sonrió dulcemente y se detuvo unos instantes.

—Os pido que resistáis sin alzar las armas, con calma y serenidad, oponiéndoos a lo que contraría las antiguas y sagradas leyes de la ciudad. El mal traerá más mal.

—¿No quieres que luchemos contra el tirano?

—Sí, pero sin derramamiento de sangre, sin generar más odio.

—¡Nada cambiará! —gritó Kendal.

—Cambiará, pero lo hará lentamente.

Brent, Lynnel y los mayores asintieron, reconociendo la verdad en sus palabras. Sin embargo, los jóvenes no estaban de acuerdo; sus miradas reflejaban inquietud y descontento ante aquellas palabras de serenidad y paz.

—¡Pero hay que luchar! —clamó Sedric

—El combate no es el camino. La sangre derramada genera odio y destrucción —intervino en ese instante Nórax.

—Las hespérides os defendisteis del ataque de Krysaor. Las guardianas enfrentaron con con fiereza a la invasión. ¿No debemos hacer nosotros lo mismo? El rey nos ataca, destruye nuestras vidas y cambia las costumbres…

El que hablaba era Feder, el pelirrojo, que había estado en Hesperia y había presenciado la batalla de las guardianas en la explanada del templo.

La Gran Vestal le contestó con su voz plena y suave:

—Nos defendimos ante un ataque directo. Krysaor y Akálide están alterando el corazón de las gentes, a las que embaucan con oro, anulan con hierbas alucinógenas y convierten en seres crueles.

Tenemos que luchar ahí, devolviendo a nuestro pueblo a lo que siempre fue propio de Tarsis: la piedad y la compasión, la sabiduría y la búsqueda de conocimiento, el comercio y la paz.

¡Feder! Sé que deseas venganza. El tiempo la traerá, no la busques.

Tú y todos debéis oponeros al rey, pero sin dejaros llevar por la ira.

Krysaor se está labrando su propia tumba.

Muchos de vosotros veréis un día que será así.

La mayoría de los presentes se dejaron ganar por la dulzura de las palabras de la vestal, pero Sedric, Jamal y Kendal expresaban con sus puños y su actitud que deseaban combatir.

El fiel Cidón se expresó con convencimiento y en voz muy alta.

—Si lucháis, pondréis en peligro a Eteria.

Entonces se alzó la voz de Nórax, algo temblorosa: