Los rebeldes #2
Jamal no era marino. Había sido uno de los fieles a Gerión, por lo que a Nórax le pareció curioso que hubiese sobrevivido a los asesinatos de la familia del anterior rey y que estuviese ahora en la guardia personal de Krysaor.
Pero era un hombre valioso, con capacidad de mando y muy fuerte; quizá por ello Krysaor lo había mantenido en su puesto.
—Eso es inconcebible… —exclamó Kendal con ímpetu—. ¡Hay que derrotarlo cuanto antes!
—Las cosas llevan su tiempo —afirmó con serenidad Feder—, no puedes dejarte dominar por la ira.
—¡Después de haber enviado a un hombre noble, mi padre, al laber ! ¡Qué más paciencia cabe!
Sonó la voz recia y firme de Jamal, un hombre de piel oscura, de gruesos labios e imponentes músculos. Su semblante, habitualmente poco expresivo, ahora llevaba impresas las huellas del dolor.
—Yo amaba a Gerión, que era un rey justo y compasivo —expresó Jamal—.
Estuve el día que murió, pues hacía guardia.
Krysaor le engañó, le ofreció una copa llena de vino.
Gerión lo miró como si adivinase, y no permitió que la probase el catador.
¡Debí haberlo impedido! Me mantuve de pie sin hacer nada.
Krysaor debió de pensar que yo estaba de su parte y en contra de Gerión.
¡Cómo me arrepiento de no haber hecho nada!
¡Siento muchísimo la muerte de Gerión, que era un hombre bueno!
El fuerte Kilian, cercano a la casa real, replicó:
—Fue quizá su elección: estaba cansado de la vida desde la muerte de la reina Esté. Debió de ver en la copa una liberación.
—Es el mal que amenaza a la ciudad desde que reina Krysaor y tiene a esa mujer consigo —exclamó Nórax.
Callaron todos, angustiados por la opresión que se cernía sobre la ciudad. Poco después, el joven Sedric tomó la palabra:
—Todos tenemos heridas que nos han causado Krysaor y la nueva religión de la diosa serpiente.
—¿Cuál es la tuya? —A Nórax le sorprendió la amargura en la expresión de Sedric, que siempre había sido un joven alegre.
—Conocí a una doncella, mi hermosa Elvia, una hermosa bailarina de la corte de Krysaor.
—La voz de Sedric tembló—. Esperaba un hijo mío.
Mi familia rechazaba nuestra unión, pero yo los habría cuidado, a ella y a mi hijo.
Pero la reina se interpuso: no quería que una de sus danzarinas se alejase de la corte, y que quizá perdiese su hermosa figura.
Ejercieron violencia sobre ella y la obligaron a abortar.
Los sacerdotes de la diosa serpiente lo hicieron…
Le introdujeron un garfio…, se desangró…
¡La perdí! A ella y al que podía haber sido mi hijo… —La voz de Sedric se quebró.
El noble rostro de Kendal enrojeció de furia al oír la historia de Sedric y sus ojos azules brillaron mientras movía el cabello oscuro.
—Akálide y los sacerdotes de la diosa desprecian a las mujeres y la maternidad.
Las oprimen. Controlan los alumbramientos y nacimientos a través de las parteras.
No dejan que las mujeres tengan hijos si son de familias que se han mostrado contrarias a la reina o favorables al dios Atón; o, como en el caso de tu Elvia, si consideran que no es el momento de tenerlos.
Matan a los niños al nacer si presentan malformaciones…
—explicó Kendal—. Ya no hay casi niños en Tarsis.
—Las gentes aceptan este estado de cosas —apuntó Feder— porque las han convencido de que es por su bien.
—Akálide domina la ciudad, debemos oponernos.
—Sí —dijo Nórax—, pero ¿cómo podemos hacerlo? No quiero poner en peligro a los míos…
—¡Nórax!, vos poseéis el prestigio, la fuerza moral. ¡A vos os seguirán! —exclamó Jamal—. Las gentes van aceptando este estado de cosas, les va pareciendo natural lo que hacen Akálide y los sacerdotes. ¡Cuanto más tiempo pase, más corrupta se volverá la sociedad, más difícil de cambiar!
Al oír esas palabras, Nórax se quedó pensativo.
No le asustaba morir —desde tiempo atrás se sentía llamado a la inmortalidad—, pero le aterraba la amenaza de Krysaor de matar a uno de sus hombres por cada acto contrario a sus deseos y le angustiaba también no poder proteger a Eteria y a su anciano y enfermo padre.
Sin embargo, algo había que hacer, porque, si él no actuaba, lo harían aquellos jóvenes valerosos, pero quizá imprudentes, que podrían comprometerlos a todos.
Apretó la piedra de luz en el colgante bajo la túnica y anunció:
—Convocaré a los fieles a una reunión en la casa góidel. Sabré cómo justificarla.
Siguieron hablando de las posibilidades de derrocar al tirano, pero Nórax callaba. Todo lo que se decía le parecía un imposible. La ciudad estaba controlada por los mercenarios de piel oscura afines a Akálide y la guardia real.
Un cuerno sonó a lo lejos, marcando la medianoche, y la reunión se dio por finalizada.
Fueron saliendo uno tras otro en direcciones opuestas.
La ciudad, iluminada por la tenue luz de las antorchas, brillaba en las calles cerca del puerto, empapadas por el agua del mar.
Nórax, ocultándose en las sombras, avanzó despacio, pero el poder de la piedra lo protegía.
Al llegar a casa, buscó a Eteria y le relató brevemente lo que estaba sucediendo.
Ella no le dio ningún consejo, solo se limitó a atravesarlo con una mirada llena de amor que le dio fuerza.
Conforme pasaba el tiempo, se comunicaban más y más sin palabras.
Percibió que, tras la reunión en casa de Kendal, él había cambiado.