Las naves de Tarsis Los rebeldes
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Los rebeldes

—Mi señor…

Quien se dirigía respetuosamente a Nórax era Kendal, su amigo desde los tiempos de la Escuela de Navegantes. Hablaba con un semblante que denotaba preocupación y cierto enfado. Se expresaba con exigencia, subrayada por aquel inhabitual tratamiento de respeto que contrastaba con el tuteo habitual.

—¿Habéis olvidado que sois el jefe de los góidel?

—¿Por qué lo dices? —repuso Nórax, algo irritado.

Kendal daba vueltas por el malecón de madera del muelle como un lobo enjaulado y sus fuertes pisadas resonaban sobre las tablas. Señaló los barcos con los mascarones en forma de cabeza de toro.

—Nuestras naves son hermosas, cada vez más, pero no salen del puerto. Nos hemos dejado sojuzgar por los hombres del rey. La ciudad se aleja de las antiguas tradiciones y se imponen sacrificios y costumbres execrables.

—¡No puedo hacer nada! —Frunció el ceño y lo miró desafiante—. Las cosas no se pueden cambiar.

—Pues… algunos de los nuestros nos estamos reuniendo en mi casa, y necesitamos que vos nos apoyéis como jefe de los góidel .

Nórax se sintió desconcertado. Quizá él podía esconderse de Krysaor para salvaguardar a su padre y proteger a Eteria.

Sin embargo, algunos de sus hombres parecían tener el valor suficiente para oponerse al rey.

Kendal proponía algo muy arriesgado. Nórax pensó que debía actuar con prudencia y controlar aquel movimiento de insurrección frente al rey si no quería que los males fueran mayores.

Por otro lado, era verdad que había que hacer algo.

El carácter de Nórax siempre había sido complaciente, el de un hombre obediente a su dios, a su clan y a su rey.

Sin embargo, puesto que no se podía rendir culto a Atón y el rey era un ser indigno, quizá había llegado el momento de tomar medidas.

Pero ¿cómo hacerlo sin poner en riesgo a tantos?

Krysaor había amenazado con ejecutar a los capitanes en caso de la más mínima insurrección, y era capaz de cumplirlo.

Y, sobre todo, ¿cómo hacerlo sin ponerla a ella, a Eteria, en riesgo?

Kendal siguió explicándole.

—Hemos hecho un pacto de lealtad. Muchos de los descontentos se unen a nosotros, pero no conseguiremos nada si no nos respaldáis. La gente os sigue a vos.

Nórax lo observó en silencio. Su expresión era dura. Sentía que cuanto más le repetían que había que luchar, menos ganas tenía de hacerlo.

—¿Quiénes sois? —preguntó con aparente desinterés.

—Los más jóvenes, los que tenemos ganas de que esto cambie, los que estamos impacientes por navegar porque no queremos envejecer en un puerto cerrado.

Nórax notó cierta aprensión. La juventud era osada, y lo que tramaban era peligroso; así que le respondió:

—Me imagino quiénes sois. No quiero arriesgar…

—A la hermosa mujer que navegó en mi barco.

Nórax sintió vergüenza, un cierto pudor de que hablase así de Eteria. Kendal le estaba acusando de posponer sus deberes por cuidar a una mujer a la que amaba, y era así, pero el príncipe góidel se defendió:

—No es solo eso. El rey Krysaor amenazó con mandar al laber a uno de mis capitanes cada vez que desobedeciésemos…

—Estaba presente cuando nos amenazó. Pero que algunos capitanes de la flota, jóvenes y bien avenidos —sonrió—, se reúnan en la casa de uno de ellos a beber un buen vino porque están aburridos no creo que pueda considerarse una traición.

Nórax guardó silencio unos instantes. No podía consentir que aquellos jóvenes pusiesen en peligro a todos, pero sabía que no podría detenerlos; era mejor unirse a ellos.

—Iré.

—Los fieles al dios nos juntaremos en la casa de mi familia, al caer el sol, junto al puerto.

—Sé de sobra dónde es.

Kendal no dijo más y se fue. Nórax se quedó pensativo. Durante el día resolvió diversos asuntos con Cidón, aunque no se le iba de la cabeza la reunión de la tarde.

Al caer el sol, antes de salir, cuando Nórax se cubría con una capa, Eteria se le acercó. No solía hacerlo, generalmente era él quien iba hacia ella.

—No olvides que Krysaor tiene espías. —Parecía haber adivinado lo que iba a hacer—. Todo lo ve.

—No sabes dónde voy.

—Sabes que lo sé. Lleva contigo la piedra de luz.

Eteria la llevaba siempre en un relicario de oro colgado sobre su pecho.

La joya tenía forma de sol: en el centro, un camafeo de ámbar amarillo en el que estaba grabado un trisquel del que partían doce largos brazos dorados con incrustaciones estilizadas en ámbar y coral.

Abrió la parte central, donde estaba la piedra de luz, una gema aplanada que brillaba con luz propia.

Sacó la piedra y se la dejó a Nórax. Después ella se retiró el colgante y lo colgó al cuello de Nórax, quien introdujo en él la piedra antes de ocultarlo bajo la túnica.

—No te hará desaparecer ni alterará tu rostro —le indicó ella—, pero será una protección.

Nórax salió a la calle poco antes de la puesta del sol.

En la esquina estaban los sabuesos del rey vigilando la casa góidel, pero, sorprendentemente, cuando Nórax pasó, miraron hacia otro lado.

Si se hubiesen dado la vuelta, lo habrían visto salir de casa y posiblemente lo habrían seguido, tal y como ocurría otras veces.

Se cubrió con la capa, pero no habría hecho falta: a lo largo de todo el camino, en los lugares en los que había guardia, esta parecía estar distraída en una cosa o en otra.

Lo atribuyó al poder de la piedra. La casa de Kendal estaba situada en la parte más baja de la acrópolis, poco antes de llegar a los muelles, y desde sus ventanas se divisaban las naves góidel varadas en el fondeadero.

Llamó golpeando la puerta con el puño y le abrieron.

Cuando estaba dentro, se quitó la capa y el criado que le había abierto dobló la rodilla al reconocer en él al príncipe de los góidel .

Pasaron a una estancia amplia decorada con frescos que representaban delfines.

La sala se abría sobre los muelles en espiral a través de una ventana que ocupaba prácticamente toda la pared, por la que entraba una suave brisa marina.

El resplandor del ocaso dotaba a la estancia de un color dorado.

Nórax reconoció a Kendal y al joven Sedric, y después fueron llegando el fortísimo Kilian, el noble Jamal, que pertenecía a la guardia real, cubierto por una coraza militar, y su viejo amigo Feder.

Kendal cerró las ventanas con las contras de madera mientras uno de sus criados encendía una antorcha en la pared. El rumor de las olas y el graznido de las gaviotas quedaron apagados.

—En este lugar se ven bien las entradas y salidas de los barcos en la bahía. De día no se aprecia el interior, pero de noche, con las luces de las antorchas, podemos ser vistos, y Krysaor ha determinado el toque de queda al caer el sol.

Nórax, de modo casi inconsciente, apretó con fuerza el colgante bajo la túnica.

—¡Sois pocos!

—Pero tenemos espíritu —repuso Sedric con ímpetu pero ­sonriendo.

—No podemos resignarnos a que Krysaor destruya las leyes sobre las que se fundó la ciudad.

—Los cuatro somos jóvenes, mandamos en nuestras familias y nos sentimos góidel hasta la médula, adoramos al sol y odiamos a la diosa serpiente…

—¿No vive tu padre? —le preguntó Nórax a Kendal al oír que era el jefe de su familia.

Recordaba bien el fuerte lazo que los unía, no exento de ten­siones.

—¿No lo sabes?

Se hizo un silencio tenso en la sala. Nórax pensó que llevaba tiempo sin hablar con su amigo de infancia porque se había refugiado demasiado en su casa.

—Mi padre se cayó del mástil en una de sus últimas travesías, poco antes de que regresásemos del periplo a África.

—Nórax recordó que algo había oído de aquella desgracia.

Kendal adoraba a su padre a pesar de sus múltiples peleas—.

Llegó paralítico al puerto, incapaz de caminar ni mover los brazos.

Mi familia lo ocultó, pero hace poco más de una semana uno de los criados lo denunció.

Los esbirros de Krysaor lo condujeron a los sacerdotes de la diosa serpiente, quienes determinaron que tenía que dejar de sufrir.

Lo enviaron al laber y lo sacrificaron delante de la Diosa de las Fieras.

Dicen que no sufrió nada, y que su dolor ha cesado.

—Kendal acabó amargamente—. Ahora soy yo el jefe de mi casa.

—No lo sabía… —Nórax alargó el brazo y acarició torpemente el musculoso antebrazo de Kendal para darle consuelo.

Ahora entendía por qué se había acercado a él el día anterior: era la gota que había colmado el vaso.

—¡Fue algo inicuo y terrible!

Todos estaban horrorizados: el padre de Kendal era alguien muy querido entre los marinos góidel.

—Disfrutan con la sangre —farfulló Feder—. En los tiempos antiguos, los sacerdotes del dios solar se esforzaban por curar, aunque no siempre lo consiguiesen; ahora estos ignorantes asesinan cuando no pueden sanar, que es la mayoría de las veces.

—¿No quedan aún sacerdotes de Atón?

—Están asustados y escondidos. Solo contamos con los de la Diosa de las Fieras, que son como las serpientes, malignos.

—Desde que se destruyó Hesperia, los sacerdotes de la diosa están asustados y han bajado el ritmo de las ejecuciones —apuntó Nórax en un intento de tranquilizarlos.

—No durará —rebatió Feder—. Debemos hacer algo.

—Muchos de los nuestros están en contra del gobierno despótico de Krysaor —exclamó Kendal, con esperanza.

Feder y Kendal habían limado sus asperezas. Feder había sentido la muerte del padre de Kendal, al que conocía desde niño. Ya no había rivalidad entre ellos.

—Sin embargo —dijo Jamal con la voz profunda que le caracterizaba—, a muchos otros les viene bien ese gobierno que derrama oro a manos llenas y embauca a la gente con promesas de bienestar y con drogas.