Las naves de Tarsis Eteria en la casa góidel #2
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Eteria en la casa góidel #2

Él le contaba lo que había hecho, pero ella adivinaba siempre más.

Era como si hubiese estado con él. Había magia en todo lo que la rodeaba.

Gracias a sus manos hábiles, Eteria transformó el jardín, que antes nadie cuidaba, de tal modo que en la casa pronto reinó un perfume a nardo y a rosa, a romero, a hierbabuena, a tomillo y a espliego que a Nórax le recordaba a Hesperia.

Plantó todo tipo de semillas de flores y esquejes de árboles que Nórax ordenó que trajesen los barcos correo en los viajes.

Además, mandó que se canalizase agua del manantial de la casa de los góidel y lo llenó de fuentes.

Allí creció el más hermoso jardín que imaginarse pueda, aunque ninguno podría nunca remedar al de ­Hesperia.

A Nórax le hacía feliz verla así, inclinada sobre las plantas y las flores, hablando con ellas, entonando a menudo una melodía suave que le recordaba a las hespérides danzando en el templo de la isla.

Su canto llenaba de serenidad y de paz a todo el que lo escuchaba.

Argón, con la cabeza perdida, se asomaba a la ventana de su habitación para escucharla y se calmaba cuando lo hacía.

Un día, Nórax encontró a Eteria junto a su padre.

Al verlo llegar, cerró las ventanas; después, iluminada por la luz de las antorchas, se sentó junto a Argón, abrió el relicario que le colgaba del cuello y aplicó la piedra de luz sobre la frente arrugada del anciano.

La piedra emitió un brillo intenso. Argón pareció recuperar cierta lucidez y miró a la hespéride y a su hijo.

Con su mente ahora lúcida, los ojos del anciano se posaron en el cabello cobrizo de ella, que pendía en ondas, y en los ojos grises de él, que mostraban un íntimo anhelo mientras la miraba.

De la piedra surgieron dos rayos de luz, una luz clara, blanca, que atravesó a ambos.

—La luz del dios os conduce al uno hacia el otro —murmuró Argón mientras la joya brillaba más fuerte—. De vosotros nacerá la estirpe que salvará a nuestro pueblo.

Parecía como si la luz de la joya, ahora un único haz, los envolviera a ambos.

Luego, Argón tomó las manos de los dos jóvenes y las entrelazó.

Algo eléctrico recorrió la espalda de Nórax, y Eteria debió de sentir lo mismo.

Ella enrojeció, cerró el relicario, se levantó, besó al anciano en la frente y se fue.

Pasados unos instantes, Nórax la siguió.

Eteria se había refugiado en el piso más alto de la antigua mansión de la familia góidel, en la terraza desde donde se divisaba la boca del estuario y el horizonte.

Podía ver la isla, consciente de que era inalcanzable.

Cantaba mirando al mar, rodeada de aves, con las que hablaba en un lenguaje que Nórax no era capaz de entender.

Su canto era melancólico; siempre se había sentido llamada a ser vestal, de modo que jamás había pensado que se uniría a un hombre.

Posó sus ojos en él y, suavemente, le preguntó:

—¿Qué debo hacer?

—El rayo de la piedra de luz nos unía. El dios nos conduce el uno al otro…

—No lo sé. Yo solo busco lo que el dios quiere verdaderamente de mí —murmuró ella—. Siempre creí que era ser una vestal en Hesperia, cuidar el jardín.

Él le acarició el cabello mientras musitaba:

—Estos años te he echado de menos cuando salía el sol y al atardecer, cuando navegaba y cuando estaba en tierra, en la palestra con mis amigos y en casa con mi familia. Nunca he querido ni querré a nadie sino a ti. Te amo más que a mi propia vida.

—Si algún día me uno a ti, perderé… —enrojeció— la luz que enciende la piedra de Jafet.

—No hay otra luz que el amor que puedo darte —repuso él, para añadir, con una cierta amargura—, el que tú me tienes y me niegas.

Eteria, con la mano apoyada en el pecho de Nórax, le habló con suavidad, con una voz que destilaba misterio.

—Todo llegará. El dios me ha llevado a ti, pero aún no es el momento.

Al oír aquellas palabras, la miró con pasión, fijándose en cada detalle de su rostro: las largas pestañas, las finas cejas, la nariz suavemente arqueada, su boca plena y jugosa. La deseó desde lo más profundo de su corazón, pero algo lo detenía. Como hablando para sí mismo, le dijo:

—Eres lo único que queda de la isla sagrada. Un día juré al dios que defendería la luz, Hesperia y a sus guardianas. Esa es mi misión, por encima de mi honor o de la seguridad de mis gentes.

Eteria se conmovió. La luz en los ojos grises de Nórax le atravesó el alma y lo amó; percibió que lo que los unía era un ideal profundo que ambos compartían.

Hasta entonces había pensado que el dios lo había puesto a su lado para llevar a cabo una misión: salvaguardar las creencias y tradiciones que, desde tiempos del patriarca Jafet, habían sido los cimientos de Tarsis.

Pero ahora su corazón rebosaba de amor por él.

No quería volver a alejarse de Nórax. Sin embargo, en su mente seguía intacta la añoranza del pasado; no se sentía todavía segura y se separó ligeramente de él.

La brisa marina removía su cabello castaño y ella giró el bello rostro hacia la boca del estuario, al lugar donde había estado Hesperia. Mirando en aquella dirección, Eteria le dijo que podía contemplar aún la isla de las hespérides, el lugar que amaba y donde había crecido.

—Diviso las aves blancas rodeando la isla, las playas doradas, la vegetación exuberante. Me parece que huelo sus perfumes… —después sollozó—, pero no puedo ir con ellas.

En sus ojos ambarinos se reflejaba la isla, que Nórax pudo distinguir con claridad.

Le habría encantado abrazarla, quizá para consolarla de la pérdida de Hesperia, pero se detuvo porque, cuando intentó acercarse, ella le observó con una expresión indescifrable que Nórax no supo interpretar y que le impidió tocarla.

—Déjame sola… No me entiendes, pero yo solo anhelo lo perfecto, que siempre creí que era la unión con el dios, aunque al parecer no es así. Atón nos une a través de su luz. Te amo como nunca antes he querido a nadie, pero aún no es el tiempo.

Nórax dobló la rodilla ante ella, ante su belleza y dignidad. Se atrevió a besarle la mano y se fue. Eteria permaneció largo tiempo mirando el mar, el sol ascendiendo hacia su cénit e iluminándola con los rayos del mediodía.