Eteria en la casa góidel
Nórax se había levantado pronto, antes del amanecer, siempre deseoso de estar con Eteria.
La vio de espaldas: el sol, como un disco rojizo, se elevaba gradualmente hacia el levante mientras ella saludaba al nuevo día desde la terraza superior del palacio góidel .
El alba tornaba de colores bermejos y lilas la gran bahía; el dios Atón regresaba una vez más alumbrando a Tarsis, tiñendo de tonos dorados el blanco de las casas y resplandeciendo rojizo en el oricalco de los tejados.
Los brazos de la hespéride se elevaban con el sol, saludando al dios que vencía tras su lucha en el inframundo.
Él no se atrevió a interrumpir el ceremonial, que era muy hermoso, mientras la doncella cantaba el himno al sol rodeada de aves blancas.
Cuando acabó, Eteria se giró al percibir que él estaba allí.
Le sonrió, le dio la mano y juntos bajaron hasta una amplia sala abierta con columnas por entre las que entraba la luz de la mañana.
Sobre una mesa de patas curvadas había una bandeja de cerámica decorada con la imagen de un pulpo que sostenía fruta.
Nórax tomó una manzana y la mordió: nada tenía que ver con el sabor de la fruta en Hesperia.
En una jarra había leche fresca; ella se la sirvió en un vaso.
Estaba contenta: su rostro reflejaba una paz profunda tras haber saludado al sol.
Nórax, en cambio, estaba contrariado, y tras terminar la fruta se desahogó con Eteria:
—El rey ha ordenado de modo tajante que la flota góidel permanezca en el puerto.
A los capitanes y muchos marineros les consume el deseo de navegar, encerrados en las dársenas.
Las grandes compuertas del puerto están clausuradas.
Solo nos dejan actuar como emisarios del rey.
No lo puedo soportar… El mar es mi vida…
Ella le acarició el fuerte brazo cubierto por un fino vello rubio.
—Sin embargo, todos los días bajas al puerto.
—Pero no permiten que salga a navegar; solo pueden hacerlo algunos barcos, los correos. Tengo que mostrar a la guardia las órdenes firmadas para que abran las compuertas y les permitan el paso.
Apretó los puños y levantó uno de ellos mientras se lamentaba:
—Antes éramos libres de ir y venir donde quisiéramos. ¡No soporto esta situación!
—¡Algún día todo cambiará!
Nórax cerró la mano sobre la manzana, aplastándola con fuerza.
—¿Cuándo?
La voz dulce de Eteria le consoló; sus labios mostraban al hablar una dentadura perfecta. Sus ojos profundos, de aquel maravilloso color indefinido, entre miel y ámbar, se clavaron en él, comprensivos:
—Deja pasar el tiempo… Ahora Krysaor está asustado por la destrucción de Hesperia, siente miedo. Algún día os dejará libres.
Nórax suspiró mientras ponía una mano en el hombro de Eteria como para protegerla.
—Tengo miedo por ti —exclamó—. Akálide es peligrosa; lo sé desde que estuve en Kush.
Le relató lo que un día Artaí le había revelado de Akálide.
—No temas, el dios me protege. Nunca podrá hacernos nada, tenemos la piedra de luz, que es un escudo frente al mal. Estamos a salvo.
Se tranquilizó con las palabras de ella, que infundían seguridad y confianza.
Después se despidió y se dirigió al puerto a atender sus obligaciones con la flota, con el corazón henchido por la alegría de haber estado con ella, una alegría agridulce, entibiada por la difícil situación política que atravesaba la ciudad.
Bajaba por una callejuela cuando de una casa salió una mujer desgreñada gritando:
—¡Mi niño! Mi niño…; ¡dámelo, que yo lo cuido…!
Un hombre con ropas raídas de menestral la agarraba mientras ella se arañaba y gritaba. Nórax se acercó a ayudarles. Él reconoció al famoso marino, jefe de los góidel, e inclinó la cabeza ante él.
Nórax le preguntó qué era lo que le ocurría a la mujer.
Él miró a un lado y a otro para comprobar que no hubiera guardias y que nadie los viera.
En voz muy baja, le susurró que la mujer era su esposa, que había criado a un hijo retrasado al que cuidaba con devoción.
Pero un día se les escapó de casa y lo descubrieron los sacerdotes de la diosa; se lo llevaron y lo condenaron al laber .
Ella había perdido la razón, y por eso gritaba:
—Mi niño…, mi niño… Él no sufría, estaba bien, estaba conmigo. ¡Mentiras! ¡Son mentiras las de los sacerdotes! ¡Me lo han quitado!
—Mujer, ¡cálmate! ¡Te van a oír!
Nórax no supo cómo ayudarlos y prosiguió su camino hacia el puerto. La voz de la mujer resonaba detrás de él, y sintió que se le encogía el corazón.
Cuando llegó, se dio cuenta de que en los muelles que se abrían hacia alta mar había más gente que antes.
Los veía señalar hacia la mar abierta, donde se divisaba una extensión enorme de agua que acababa en el horizonte; entonces movían la cabeza incrédulamente porque les parecía imposible que, en aquel mar brillante, iluminado por la luz de Atón, unos días atrás hubiera existido una isla que se había esfumado, sin que se supiera bien cómo.
Dio órdenes a los marineros para que calafateasen los barcos y estuvo con unos y otros toda la mañana. Cuando regresaba, al caminar entre las blancas casas, escuchó lo que comentaban las gentes sencillas, que en cuchicheos hablaban del tirano, sin duda refiriéndose a Krysaor.
Pasó por delante de un telar a cuyos dueños conocía porque eran góidel.
La mujer había trabajado en el palacio de Argón y se había casado con aquel comerciante, que tenía un carácter fuerte y decidido.
Los recaudadores estaban en el telar. Se llevaban las telas que había tejido la mujer alegando que era el pago de los impuestos.
Ella gritaba que no se las daba mientras los guardias tiraban de los tejidos y la mujer lo hacía en sentido contrario.
Cuando se cansaron del forcejeo de la mujer, la pincharon con las lanzas.
—Solo cobráis impuestos a los que hemos sido fieles a Atón.
—¡Porque no merecéis otra cosa! —le gritaron.
Nórax se enfrentó a los guardias reprochándoles que lo que estaban haciendo era injusto y defendió a la dueña del telar. Los recaudadores se fueron, pero le advirtieron, amenazadores, que tuviera cuidado, pues cualquier día irían a por él.
Cuando regresó a casa, le contó a Eteria lo ocurrido en el telar y la escena con la mujer trastornada.
Ella, compadecida, le pidió que le trajese a la mujer que había perdido a su hijo.
Nórax ordenó que fueran a buscarla. Llegó al palacio góidel vociferando y con su marido, avergonzado por los gritos, detrás.
Al verla, Eteria la abrazó dulcemente, como si la mujer fuera una niña pequeña, le puso la mano sobre la frente y le cerró los ojos.
La mujer se calmó y se quedó dormida. Cuando despertó, decía:
—Lo he visto, está en un lugar hermoso…, es feliz.
—Si. Está en Hesperia, en la isla de la inmortalidad —le aseguró Eteria.
La peinó, le regaló un vestido nuevo e hizo que la devolvieran a su casa. Había recuperado el juicio. Cuando llegó a su hogar, su esposo, al verla cuerda, lloró.
Un día como tantos otros en aquella época en que tenían prohibido hacerse a la mar, Nórax bajó hasta los muelles, donde los barcos góidel se balanceaban con un crujido rítmico, y entró en la nao capitana.
Kendal estaba allí, protestando con otros por la inactividad forzosa.
Nórax fingió que no le había oído y le entregó un correo para que alguno de los barcos lo llevase a destino.
Kendal siguió quejándose, pero el marino no le prestó atención; no quería que sus protestas le afectasen ni rompieran la íntima paz que cada día adquiría junto a Eteria.
—Pondremos las naves a punto. Es el momento de limpiarlas, carenarlas y calafatearlas. Las pintaremos de nuevo.
—Ese es el trabajo propio del invierno.
—¡No podemos hacer otra cosa! Los hombres tienen que estar ocupados.
Nórax supervisaba el trabajo. Primero carenaron los barcos en una zona del muelle donde con la marea baja aparecía la arena de una pequeña playa, lo que los obligó a retirar los moluscos y lo que se había pegado al casco durante las largas navegaciones.
Después embrearon los cascos para impermeabilizarlos.
Por último, Nórax llamó a uno de los artesanos de la ciudad y diseñaron nuevos mascarones de proa con el toro, símbolo del dios solar.
Nórax trabajaba mano a mano con los marineros, que le respetaban aún más por ello.
—¡Chico!, dale más fuerte —les gritaba—. ¡Así se hace!
Le gustaba aquel trabajo, que pese a ser duro iba transformando las naves en objetos hermosos que se balanceaban en los muelles, como figuras delicadas.
Todo aquello era también una forma de oponerse al rey y a la tiranía de la diosa serpiente.
Al menos, los barcos lucían los símbolos del sol, los cuernos de toro en los mascarones y los trisqueles en las amuras y en las velas; y en las cuadernas de popa, la espiral cruzada por una línea, símbolo de la ciudad de Tarsis y de Gerión.
Muchos curiosos que bajaban a los muelles para contemplar el trabajo de los góidel aseguraban que nunca habían visto naves tan hermosas, aunque en voz baja comentaban que era un desafío.
Disimuladamente, pues había espías de Krysaor por todas partes, aún hacían el símbolo al sol como muestra de apoyo a los marinos góidel .
Cuando, acabada la jornada de trabajo, Nórax regresaba del puerto subiendo por las calles de la ciudad hasta la acrópolis, entraba en el palacio, cruzaba en varias zancadas el gran zaguán de techo de alabastro, saltaba los peldaños de las blancas escaleras de dos en dos y después bajaba por las opuestas a las de entrada para dirigirse al jardín trasero de la casa junto al pozo.
Allí, Eteria cuidaba las plantas como solía hacer en Hesperia.