Las naves de Tarsis Argón y Eteria #2
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Argón y Eteria #2

—No todas las serpientes son malignas; a veces el dios utiliza su poder para proteger lo que considera importante.

Durante la noche nos protegía un dragón que guardaba la isla de Hesperia.

—Eteria también sonrió—. En todas las leyendas se hablará de él y de nosotras: del Jardín de las Hespérides, custodiado por el dragón.

Desde que desapareció, todo comenzó a cambiar.

Eteria le dio la espalda al mar. No deseaba seguir viendo la isla; le hacía sufrir saber que no iba a regresar.

Apoyó la espalda y los codos en la balaustrada y dirigió la mirada a Nórax, que estaba frente a ella.

Detrás de él, en pendiente, se abría el jardín: descendía en terrazas cubiertas de cipreses, palmeras y algún sauce, pero todo lleno de maleza, como una belleza vencida por el abandono.

Eteria, que amaba las plantas, bajó hacia allí sin decir nada.

Nórax la siguió. El jardín estaba enmarañado de arbustos, entre los que trataban de despuntar, entre malas hierbas, algunos rosales.

Tocó con delicadeza un capullo, que pareció abrirse a su tacto.

Más allá divisaron un banco cubierto por las ramas de un sauce llorón.

Al fondo había un pozo, el mismo por el que la madre de Krysaor se había ido de este mundo.

Fueron bajando por un caminillo. Al llegar junto al brocal, Eteria sintió algo, un extraño dolor que, de algún modo, él también compartía.

—Aquí alguien debió de sufrir mucho.

Fijó en él sus ojos ambarinos, capaces de percibir el pasado oculto y, a veces, el futuro. Nórax le contó la historia de Krysaor y en el semblante de Eteria se dibujó una sombra de dolor.

—Ahora entiendo muchas cosas.

Eteria miró en dirección al sol, cuya luz alumbraba tenuemente el jardín entre las hojas de los árboles, como suplicándole misericordia.

Abrió la pequeña caja decorada en ámbar y coral, que le colgaba del pecho, la tomó entre sus manos y el jardín se llenó de luz.

Después acercó la piedra al pozo y de él salió una nube negra que se fue disipando lentamente en el aire hasta que, de pronto, la melancolía que les había embargado desapareció como la niebla al amanecer.

—Ya no luce como antes —susurró Nórax, observando la piedra con una mezcla de tristeza y admiración—. Ha perdido parte de su fuerza.

Era así. Brillaba mucho más tenuemente que en Hesperia.

—Se agotó cuando purificó Hesperia. Quizá algún día recupere su fulgor —respondió Eteria, con voz suave pero firme—, pero todavía contiene gran fuerza: sana, purifica y regenera lo dañado.

Nórax pensó en su padre, a quien respetaba y amaba profundamente. La posibilidad de que Eteria y el poder de la piedra de luz pudieran ayudarlo encendió una chispa de esperanza en su interior.

—Quiero que conozcas a mi padre. el gran Argón. Un espíritu maligno lo ha poseído y a veces delira, y otras no conoce a nadie.

—No siempre son espíritus malignos. Los hombres envejecen de maneras extrañas.

Nórax asintió, comprendiendo que la sabiduría de Eteria iba más allá de lo visible.

Juntos, quizá podrían encontrar una forma de devolver la paz a su padre.

Extendió la mano hacia ella, quien la agarró suavemente.

Unidos de la mano, bajaron por las blancas escaleras de alabastro hacia el piso inferior a la terraza.

Después recorrieron un pasillo abierto al mar por columnas pintadas de rojo.

Al fondo se extendía un estrecho corredor que giraba para desembocar en unas habitaciones un tanto escondidas.

Allí moraba, oculto de miradas ajenas, el gran Argón.

Estaba acostado en el lecho, y Lyda, junto a él, le daba un desayuno a base de leche y panecillos. Argón, protestando, le decía que no quería más, que lo dejase tranquilo.

—¡Tengo mucho que hacer! ¡Hay que ir al puerto! Gerión me ha encargado llevar una carga a las islas Gimnesias y hay que cobrar el tributo. Los honderos se retrasan.

Intentó levantarse, pero trastabilló y cayó al suelo. Eteria y Nórax se lanzaron hacia él y este último le levantó. Al sentirse agarrado entre los fuertes brazos de Nórax, se puso a gritar asustado.

—¡Dejadme, viles honderos! ¡No me apreséis! ¡Debéis pagar el tributo!

Comenzó a gritar, sin reconocer a Nórax.

No era capaz de sostenerse en pie. Eteria se acercó a él y le puso la mano en la frente.

Al notar el suave roce, Argón se calmó y se dejó conducir de vuelta al lecho.

Nórax se sentó a un lado de la cama, y Eteria, al otro.

Al verlo tranquilo, Lyda se retiró, consciente de que quizá quisieran estar solos, y se llevó los restos del desayuno.

La hespéride destapó la caja que contenía la piedra de Jafet y la luz del sol que entraba por el gran ventanal abierto al jardín incidió sobre la joya, que refulgió con intensidad y luego se proyectó hacia la frente de Argón, quien abrió los ojos con un destello luz de cordura y exclamó:

—¡Nórax!

Este abrazó a su padre, impresionado.

—¡Hijo mío! ¿Dónde has estado?

—Lejos…

—Ya estás aquí… —balbució.

Eteria, que observaba la escena, cerró la caja que contenía la piedra de luz. Argón dejó caer los párpados y se quedó dormido, como un niño pequeño.

Nórax lo contempló durante unos instantes pensando que ese hombre nada tenía que ver con el que lo había criado y educado: la enfermedad, la edad y los achaques le habían vuelto más pequeño.

Nórax sintió que debía protegerlo frente a la amenaza de Krysaor y el culto a la serpiente.

Posó la mano sobre las arrugadas mejillas del anciano y sintió el peso de aquellos años. Le besó la frente con ternura.

Eteria seguía contemplando la escena, conmovida por el vínculo que ambos compartían. Ella nunca había tenido un padre ni una madre cercanos, y aquel momento la removió profundamente.

Lo dejaron dormido. Afuera, Lyda aguardaba en silencio. Al verlos salir, entró en la estancia para velarlo mientras ellos se alejaban.

Nórax sentía sobre los hombros el peso de las responsabilidades que lo esperaban. Eteria lo seguía en silencio, y su sola presencia era un bálsamo.

—Debo ir al puerto —le dijo él sin detenerse.

Cuando llegaron al pie de la escalera, Eteria habló con suavidad:

—Nórax, he percibido que tu padre era un hombre sereno y lúcido. Con el tiempo, quizá con la piedra de Jafet, pueda recuperar algo de cordura.

A Nórax se le pasó desapercibido que ella hablaba de «algo de cordura» y sintió una punzada de desilusión: nada le devolvería a su padre.

—Pero… nunca será el mismo —entendió con tristeza.

—No —le dijo consolándolo—, pero vivirá y podrás cuidarlo…

—Eso espero, Eteria. No puedo perderlo ahora —respondió Nórax, apretando los puños—.

Krysaor y el culto a la serpiente no dejarán de acecharnos.

Debo estar preparado. Si llegara a oídos del tirano que en esta casa se oculta un anciano con la cabeza perdida y que no puede andar, el laber caería pronto sobre él.

Eteria asintió, sabiendo que las palabras no bastaban para aliviar el peso que Nórax llevaba sobre los hombros; tomó su mano con firmeza, como queriendo transmitirle algo de su fortaleza. Callaron unos instantes, y después le hizo una petición:

—He visto el jardín de esta casa… Está muy descuidado. Quisiera cuidarlo mientras tú estás fuera. Sembrar plantas medicinales, hacer crecer flores y árboles que den fruto.

Él le sonrió, con una alegría silenciosa, y la besó en la mejilla. Luego dio una palmada. Una sirvienta madura y robusta de rostro picado de viruelas, áspera en el tono de voz, pero de ojos alegres, se acercó.

—Proporciónale lo que necesite —ordenó.

Se retrasó escuchándolas hablar animadamente. Eteria pedía un azadón y una pala. La sirvienta le preguntó para qué los quería. Al oír su intención de cuidar el jardín asilvestrado, protestó:

—Una dama no debe hacer esas tareas.

Eteria sonrió, sin responder. En Hesperia, las mujeres más sabias eran jardineras, y no era un desdoro, sino un privilegio cultivar la tierra.

Nórax las dejó atrás. Las calles de casas blanqueadas resplandecían al sol, un fulgor que contrastaba con la penumbra que sentía en su corazón: luz por la llegada de Eteria y oscuridad por la destrucción de Hesperia y el peligroso cambio que se cernía sobre la ciudad.

Al llegar al puerto, Nórax se encontró con la abulia de los marineros. Recordó los tiempos en los que había una frenética actividad, en que los trabajadores portuarios cargaban y descargaban mercancías, preparando los barcos para sus travesías. Ahora ya no era así.

Habría preferido aquello a la calma en que se había sumido todo. Al verlo llegar, los marineros de otros barcos góidel le rodearon.

—De momento, no podremos salir del puerto —les comunicó.

Un suspiro de desilusión cruzó entre las gentes de mar.

—Prepararemos los barcos para cuando llegue la ocasión. Podéis turnaros: la mitad regresaréis a vuestras casas, atentos a poder ser convocados, y el resto repararéis los barcos.

La jornada continuó sin sobresaltos. Nórax lo supervisaba todo mientras su mente se dividía entre lo que estaba haciendo y la preocupación por su padre.

Pensaba en Eteria, ahora a su lado y que era un recordatorio constante de que había cosas que valía la pena proteger y por las que luchar.

¿Podrían alzarse contra el tirano? ¿Y quién se atrevería a seguirlo?

Arriesgaba demasiado: Argón, Eteria…, y quizá todo para nada.

La duda le oprimía el pecho como un hierro caliente.

Al caer la noche, las antorchas del puerto comenzaron a brillar, reflejadas en el vaivén oscuro del agua. Nórax, exhausto, regresó a casa con el corazón cargado de incertidumbre.