Argón y Eteria
Cuando terminaron de descargar los barcos, los marineros se dispersaron por la ciudad, llevando consigo chismes y rumores.
Sin embargo, ninguno mencionó a Eteria. La piedra de luz la había velado, como si su presencia se hubiera disuelto entre los reflejos del mar y el resplandor del mediodía.
Solo se propagó la historia de un rayo que había surgido de los cielos y reducido la isla a cenizas.
Pero eso no era cierto. Eteria y Nórax conocían la verdad.
La isla había sido trasladada por la fuerza del dios a un lugar ignoto, al noroeste.
Y mientras recordaba la voz de Dagda en Tara, Nórax sentía en lo más hondo que aquel prodigio formaba parte de algo más grande, algo que aún no comprendía del todo.
Nórax y los nobles góidel cruzaron el puerto y la plaza y subieron por las calles de la ciudad, que seguía desierta.
Los habitantes se habían encerrado en sus casas por temor al rey, abrumados por el fenómeno extraordinario de la desaparición de la isla de Hesperia.
En Tarsis se respiraba un ambiente de terror, algo ominoso que parecía amenazar a todos.
Los esbirros del rey vigilaban las moradas de los góidel y un nutrido grupo se apostaba frente al portón de entrada del palacio de Argón, lo que les recordaba que estaban bajo la constante vigilancia y el poder de Krysaor.
Nórax franqueó la puerta de entrada, con grandes zancadas, y cruzó el gran zaguán circular, donde Kendal le salió al encuentro y lo saludó efusivamente.
Nórax le contestó en el mismo tono, y al oírle entraron varios sirvientes.
En voz más baja, evitando que lo escucharan los sirvientes, Nórax le preguntó inmediatamente por Eteria.
—¿Dónde está? ¿Os han detenido en la puerta?
Kendal respondió con un tono formal, más por respeto a los criados presentes que por distancia con su amigo:
—No, mi señor, pasamos y la guardia de la puerta no examinó lo que llevábamos. Como nos indicasteis, la entregamos a Cidón, quien la ha puesto al cuidado de la sirvienta de vuestra madre.
Al oír ruidos en el zaguán, bajó Lyda, la anciana sirvienta de la casa.
Saludó a Nórax con una leve inclinación y le confió en voz baja que la dama recién llegada descansaba en la que un día fuera la habitación de su madre.
Él no quiso despertarla y le pidió a Lyda que avisase a Cidón.
En cuanto el intendente llegó, Nórax, visiblemente preocupado, le preguntó:
—¿Cómo está mi padre?
—Está sumido en un delirio constante, muy confuso, pero lo peor fueron los días en los que se atacó la isla de las vestales, cuando gritaba y tenía visiones continuamente. Hablaba del patriarca Jafet y de las hespérides. He evitado que nadie que no sea de mucha confianza se acerque a su cámara.
Nórax asintió y frunció los labios. Subió a verlo acompañado de Cidón y encontró a su padre con la cara desencajada de terror.
Gritaba algo así como «Somos herejes…, el dios nos va a destruir».
Intentó tranquilizarlo diciéndole con suavidad que no ocurría nada.
Asombrosamente, al oír la voz de Nórax, su padre pareció reconocerlo y serenarse.
Nórax sintió un nudo de dolor en su pecho; su amado padre, al que siempre se había sentido unido, estaba perdiendo la razón y alejándose del mundo real.
Esa incoherencia que lo atenazaba era como una muerte en vida.
Permaneció largo rato junto a Argón, sentado al borde del lecho, asiéndole la mano y relatándole las muchas aventuras de su largo periplo en torno a África, esas historias de marinos que tanto le gustaban.
Quizá no lo entendía, pero la voz de su hijo lo tranquilizaba.
Al fin, Argón cerró los ojos, sereno, y Nórax salió de su aposento.
Bajó con Cidón las blancas escaleras hasta una estancia de paredes gruesas donde nadie pudiera oírlos. Allí Nórax le contó lo ocurrido, aunque pasó por alto muchos detalles en lo referente a Eteria.
—¿Por qué Krysaor no se sumó al ataque a Hesperia? —le preguntó Nórax.
—No se sabe con certeza. Está debilitado por Akálide, esa mujer temible…
—respondió Cidón, tras una pausa—. Se dice que lo domina por completo, que le proporciona drogas que someten su voluntad.
Al parecer, le advirtió de que no fuera a Hesperia.
Le aseguró que corría peligro si pisaba la isla.
Tal vez temía que las mujeres de allí pudieran influir en él y liberarlo del control que ejerce sobre su ánimo.
Vuestro amigo Krysaor ya no es el guerrero ni el marino que navegó con vos.
Nórax movió un pie con nerviosismo.
—¡No! —exclamó con amargura—. No tiene nada que ver…
Es peor… Antes andaba siempre obsesionado por Hesperia, dolido por la muerte de su madre y avergonzado por la ruina de su casa.
Ahora ha cambiado. Se ha llenado de orgullo y vanidad y solo quiere demostrar que es superior a todos los que un día lo humillaron.
Quiere convencerse a sí mismo de que todas sus desgracias dependen del culto al dios solar, y por eso desea destruirlo a toda costa.
Piensa que si lo destruye va a cambiar el mundo.
Y en eso esa mujer con la que se ha casado lo alienta.
Quieren crear una nueva religión, un nuevo orden de cosas.
Pero si en el culto a Atón había sombras, lo que están imponiendo ahora es cada vez más cruel…
Nórax se detuvo. Estaba conmocionado. Krysaor había sido su amigo, y lo conocía muy bien.
De niño y en su juventud no había sido malo, solo un muchacho herido por el pasado, pero lleno de vida y genialidad.
El enfrentamiento en palacio y las horas de oscuridad habían sido terribles para él y para el resto de los marinos góidel .
—Debéis guardaros de Krysaor.
—Lo sé.
Entonces Cidón bajó la voz y cambió de tema para informarle de lo que le preocupaba:
—La bella dama, tal y como indicasteis, está escondida de la mirada de las gentes. —Cidón sentía curiosidad a la par que admiración—. Es muy hermosa, solo puede venir de Hesperia.
Nórax asintió; en su mirada latía una afirmación y un cierto temor a que la descubriesen.
—Los criados podrían hablar. No sé si debéis confiar en su discreción.
Entonces el marino le explicó a Cidón que Eteria poseía una sabiduría y un poder que la protegían.
El criado le juró que se comprometía a guardar silencio y a salvaguardarla, ya que era lo único que quedaba de la isla sagrada.
Ocultaría a la servidumbre la procedencia de Eteria.
Le dijo que solo Lyda intuía de dónde venía.
Nórax se lo agradeció y cortó la conversación porque estaba muy fatigado.
Se despidieron y cada uno se encaminó a sus aposentos.
En el lecho, Nórax, agotado, no podía dormir pensando en los últimos sucesos.
Todo había cambiado en Tarsis. Además, le desvelaba el hecho de que Eteria estuviese en unas estancias más allá, bajo su mismo techo.
La hespéride era lo que más amaba en el mundo, la mujer por la que había luchado y esperado tantos años.
No solo era el amor de su vida, sino también el último vestigio de la isla sagrada.
La responsabilidad de su seguridad recaía sobre sus hombros, y el peso de esa carga lo mantenía despierto.
Finalmente el cansancio lo venció y se quedó dormido. Soñó de manera agitada durante toda la noche, vislumbrando al buen rey Gerión y a Eglea en las playas de la isla de la inmortalidad.
Al despertar, Nórax buscó a Eteria. Una sirvienta le informó de que se había levantado al amanecer y estaba en la azotea que daba al mar.
Subió las blancas escaleras de dos en dos y, al llegar a la terraza, la vio de espaldas, mirando el horizonte.
Se quedó inmóvil, con el corazón latiendo aceleradamente, incapaz de apartar la vista de ella.
La felicidad de tenerla cerca se mezclaba con la dureza de los últimos días.
Le costaba creer que estuviera allí, tan próxima.
El rostro de Eteria reflejaba pesar y un profundo anhelo.
A lo lejos, el mar, iluminado por la suave luz matinal, mostraba un intenso azul oscuro.
La brisa levantaba olas blancas en la bahía, y multitud de aves marinas, junto a palomas y jilgueros, sobrevolaban sus cabezas.
Se sorprendió al dirigir la mirada hacia el mar.
Desde aquel lugar en la parte alta de la casa, Nórax se dio cuenta de que podía divisar Hesperia con toda claridad.
Lanzó una exclamación de sorpresa: aunque ya no existía, estando con Eteria la isla volvía a divisarse en la entrada de la bahía.
Cuando vio la expresión sorprendida de su rostro, Eteria le confesó:
—Yo la sigo viendo. Está ahí, pero a la vez no está, y no puedo llegar a ella. Tú la ves a través de mí.
El cabello castaño de Eteria, que caía sobre su espalda, se levantaba con la brisa marina y brillaba intensamente. Nórax contempló su perfil de líneas finas, las largas pestañas y el fulgor de los ojos y sintió una intensa felicidad que le atravesaba el pecho. Entonces evocó el pasado y le dijo:
—Me gustaría volver allí, a aquella época en la que te espiaba y vivía en la cabaña del sauce.
Eteria, pensativa a la vez que serena, con los ojos bajos, recordó que en aquel tiempo ella no era feliz.
—Yo pensaba que estaba en una prisión, pero ahora la echo de menos. Y no solo la isla, sino también a mis hermanas, todo lo que suponía vivir allí.
Alzó la mirada hacia él y en sus ojos había un destello de agua, la añoranza por su vida de hespéride. Después intentó desechar la melancolía. Observó lo que la rodeaba, la terraza abierta al mar, y comentó:
—La casa de tus antepasados es muy hermosa. Desde aquí se podrá ver cómo el dios se hunde en el mar y se va al inframundo, donde lucha con Apofis, la gran serpiente.
Nórax recordó su lucha con el gobio que protegía Hesperia y sonrió; después, con cierta ironía, comentó:
—Creía que Krysaor y yo la habíamos matado…, a esa serpiente maligna.