Las naves de Tarsis Regreso a Tarsis #2
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Regreso a Tarsis #2

—¿Os atrevéis a oponeros al rey Krysaor?

El rey, ignorando por completo a su esposa, gritó con furia:

—¡Cuando digo que me obedecerás en todo…, eso es exactamente lo que harás! —Su tono, al comienzo duro, se volvió engañosamente suave, pero no perdió ni una pizca de su intención amenazadora—. Sí, lo harás de corazón.

Nórax bajó la cabeza, sus puños cerrándose con fuerza hasta que los nudillos se volvieron blancos. La frustración y la impotencia se reflejaban en sus ojos mientras luchaba por contener su ira. Con una voz apenas contenida, respondió:

—La estirpe góidel siempre ha obedecido a los reyes de Tarsis, pero nunca traicionaré mis creencias. Entiendo a mis hombres cuando se han negado a obedecer una orden inicua.

—¿Me desafías?

—No. Sabes que no. Siempre te obedeceré en aquello que considere justo.

Krysaor le señaló con el dedo, imperativamente, a la par que reía con desprecio.

—Has de saber que cualquier movimiento en falso… —de nuevo levantó la voz casi gritando—, ¿me escuchas, Nórax? Cualquier movimiento en falso significará el hacha o el destierro. ¡Cualquiera! ¿Lo entiendes bien, Nórax?

—Sí… —Nórax bajó de nuevo la cabeza y cruzó los brazos sobre el pecho.

—¡Sé que no puedo arrancar de tu mente ni de la de tus gentes a esa deidad que aleja a los hijos de sus madres! Pero a partir de ahora cualquier manifestación pública de culto al dios solar será condenada.

Nórax seguía con la cabeza baja, sin contestar; sentía que las lágrimas asomaban a sus ojos de pura rabia ante la injusticia. En la mirada de Krysaor latía un desdén inmenso hacia aquellas creencias que les habían inculcado de niños. El rey retomó la palabra con más altivez.

—De ahora en adelante, la flota de los góidel obedecerá mis órdenes. ¿Has entendido? No saldréis del puerto sin un permiso explícito del consejo real.

Nórax tragó saliva con dificultad. No podía soportar aquello, así que con voz áspera y ahogada repuso:

—Los marinos de Tarsis, los capitanes y pilotos de la flota, hemos sido siempre libres. Nuestras naves han surcado los océanos buscando nuevas rutas comerciales o nuevos caladeros de pesca. Nunca se nos ha puesto límites…

Los ojos de Krysaor brillaban con una insania alucinada:

—¡Eso se ha acabado! Y ¡no me hables del pasado!

Por el culto a ese dios abominable se ha hundido prácticamente la flota de Tarsis.

Solo quedan vuestros barcos, que a partir de ahora serán la armada real y solo obedecerán a su rey.

¿Has comprendido? A cambio, respetaré la vida de los traidores que no acataron mis órdenes, Si no aceptáis, tus capitanes morirán.

Cada acción que yo considere contraria a mis leyes será castigada: uno de tus capitanes será entregado al laber .

Nórax sintió un nudo de angustia en el pecho; la vida de sus hombres era lo que más apreciaba.

La reina Akálide se levantó del trono y, con voz alta y clara y un tono sibilante que destilaba malevolencia, anunció:

—Se te concederá una única prerrogativa —su voz era un susurro venenoso—: elegir cuál de tus hombres morirá.

Después de pronunciar estas palabras, sonrió aviesamente con malicia y crueldad.

Un murmullo de horror y enfado recorrió a los marinos que acompañaban a Nórax.

—¡Nunca! ¿Me oís? —espetó Nórax con voz entrecortada y llena de determinación—. Nunca mataréis a uno de mis hombres. Antes moriré yo.

La reina Akálide soltó una carcajada malévola y después, exclamó con arrogancia:

—Al fin tiene miedo. Solo hay un modo de someter a los rebeldes. ¡El miedo!

Krysaor, con una mirada desquiciada, observaba la escena para finalmente ordenar:

—¡Podéis iros! ¡Ya sabéis a lo que os exponéis si intentáis suble­varos o no obedecéis mis órdenes! ¡Regresaréis al puerto! ¡Entregaréis la mitad de la carga de cada barco como tributo por vuestra rebeldía!

—La clemencia del rey es inmensa —exclamó la reina.

Krysaor se dejó caer en el trono y con el brazo estirado señaló el gran portón de salida, dando por concluido el juicio. Abandonaron el salón del trono escoltados por la guardia, pero libres; aunque desde ese momento una grave amenaza pesaba sobre ellos.

Los esbirros del rey los custodiaron hasta el puerto, donde la marinería esperaba bajo la atenta vigilancia de los soldados, quienes les habían impedido desembarcar desde su llegada. Los hombres, sentados en los costados y las amuras de los barcos, vieron avanzar a Nórax y a los otros.

Al comprender que habían sido liberados, gritaron con alivio, pero la angustia y la tensión en el aire les impidieron aclamarles como lo habrían hecho en otras circunstancias.

Nórax comenzó a dar órdenes para descargar los navíos.

Tanto la mitad de la madera que habían traído del norte como la mitad de la carga de los otros barcos fue confiscada por la guardia real.

Mientras los marineros, los estibadores del puerto y la guardia bajaban la mercancía, Nórax se aproximó al barco de Kendal, donde Eteria se ocultaba.

Descendió bajo la cubierta de proa, donde ella le esperaba sentada, con las manos en la cara.

Al oírle entrar, se levantó y se lanzó a sus brazos.

Se abrazaron estrechamente durante largos instantes.

Finalmente, Nórax le levantó la barbilla y la miró a los ojos, ahora ámbar oscuro y llenos de lágrimas. Se conmovió al verla así.

—No ocurrirá nada —le aseguró ella—. Te protegeré.

Era extraño porque, aunque parecía más débil que él, de Eteria dimanaba una fuerza que cuidaba de los dos. Sin hablarle, entendió todo lo que había ocurrido en el palacio de Krysaor.

Suavemente, le susurró:

—Confía.

Nórax bajó la cabeza, la apoyó sobre el pecho de ella y oyó los latidos de su corazón, fuertes, rítmicos, serenos. Y, en medio del horror, sintió una paz profunda.

Alguien desde arriba llamó a Nórax. Renuente, se separó de Eteria, subió por la escalerilla y encontró a Kendal, que era quien lo reclamaba.

Le preguntó qué harían con Eteria, ya que nadie debía descubrirla.

Nórax no le contestó y comenzó a dar vueltas por la cubierta, con la desesperación reflejada en el rostro.

Se sentía atrapado; a su alrededor, los hombres pasaban cargados con troncos.

Por fin, tomó una determinación que confió a Kendal.

Ambos descendieron hasta la bodega del barco, donde estaba Eteria.

Juntos la ocultaron en un gran saco de arpillera y la cargaron como si fuera un fardo.

Escogieron a dos marineros fornidos y de confianza, a quienes les ordenaron conducir el bulto al palacio de Argón. Kendal los acompañó.

El saco pasó entre los soldados de Krysaor, quienes lo detuvieron momentáneamente.

Desde el barco, Nórax observó la escena con horror y mantuvo la tensión.

Sin embargo, unas grandes ánforas de aceite cruzaron el control, distrayendo a los guardias, que dejaron pasar el saco sin darse cuenta de nada.

Nórax suspiró aliviado, sintiendo que la piedra de Jafet la protegía.

Se apoyó en la borda mientras veía el bulto alejarse hacia la plaza del mercado y desaparecer por la esquina de una calle.

Después desembarcó y supervisó el tributo que debía pagarse, yendo de barco en barco para evitar que los hombres de Krysaor se apropiaran de más de lo que les correspondía.