Las naves de Tarsis Regreso a Tarsis
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Regreso a Tarsis

Las naves góidel entraron cabeceando en el agua oscura por el canal central que unía los tres muelles circulares, ahora prácticamente vacíos; las velas cuadradas se reflejaban como una sombra blanca en el agua.

Al penetrar en el puerto, Nórax tembló con ansiedad: los muelles aparecían sin gentes, y las dársenas, sin barcos.

Reinaba el silencio, solo turbado por el graznido de las gaviotas, que sonaba como una voz dolorida sobrevolando un cielo añil despintado por nubes blancas como pinceladas sutiles.

Cuando todas las escuadras góidel accedieron a las dársenas, desde las grandes columnas situadas en la boca del canal central cayeron, con un gran estruendo, los enormes portones que en algunas ocasiones se usaban para cerrar el fondeadero y dejaron atrapadas a las naves del trisquel.

Rápidamente los muelles se colmaron de sombras como hormigas, esbirros de Krysaor, y hombres de piel oscura, siervos de Akálide.

Al verlos, Nórax comenzó a pensar que podía estar en un error; era posible que les esperase la prisión o la muerte.

Sin embargo, aún esperaba poder negociar con Krysaor.

Además, ya no podrían dar marcha atrás, porque el puerto estaba cerrado.

Si luchaban, deberían enfrentarse a todo el ejército de la ciudad.

Les estaban esperando. Desde el puesto de vigilancia en la torre los habían visto entrar y se había dado la orden de convocar a la guardia para detenerlos en cuanto hubiesen atracado.

Cientos de soldados se agolpaban en todos los muelles, muchos de ellos armados con arcos.

Kendal, desde su nave, cercana a la de Nórax, le dio a entender mediante gestos que tenían que luchar.

Nórax posó la mirada en Eteria un segundo y, asimismo con gestos, le indicó a Kendal que debían negociar antes de gritarle: «Nada está perdido aún».

Kendal levantó el puño al cielo, pero se limitó a dirigir su barco hacia el malecón.

No podía hacer otra cosa ni desobedecer al jefe de los góidel.

Irremediablemente, los barcos atracaron y descubrieron que, desde los muelles, arqueros y lanceros apuntaban a las tripulaciones, mientras que más atrás se apostaban guerreros de piel oscura y la guardia real.

A gritos les ordenaron que permaneciesen a bordo de los barcos y que nadie subiese ni bajase.

Poco después unos soldados de la guardia se dirigieron a la nao capitana y detuvieron a Nórax.

Los soldados le ataron las manos y, a empujones, le hicieron bajar de barco.

También prendieron a los otros capitanes de las naves y a los pilotos y contramaestres.

La comitiva de capitanes y marinos encadenados atravesó las vacías calles de la ciudad custodiados por la guardia de Krysaor.

Las gentes, tras las celosías y las contraventanas, los observaban con curiosidad, pero en silencio.

Nadie los apoyaba para no señalarse ante el tirano, pero tampoco los insultaban: aún eran respetados en Tarsis.

Los más afines quizá estaban preocupados por lo que les pudiese hacer Krysaor, pero los miembros de clanes rivales sin duda se regocijaban porque los poderosos góidel habían perdido el favor real.

Amigos y enemigos estaban atemorizados por la explosión de luz que había provocado la desaparición de Hesperia.

Nadie era capaz de dar una explicación racional al hecho de que la isla se hubiese desvanecido de un día para otro de la bahía, y eso los tenía asustados y confundidos.

Muchos lo interpretaban como el resultado de la ira de un dios al que habían desafiado.

A pesar de los empujones de la guardia, Nórax fue capaz de caminar con cierta dignidad, con la cabeza erguida, el paso decidido, la espalda recta.

Pero en su interior temblaba, intranquilo por lo que les pudiera ocurrir a él y a sus hombres.

El tirano no se detenía ante nada, ni siquiera ante la sagrada isla de Hesperia.

Además, de cuando en cuando, pensaba en Eteria, escondida en el barco de Kendal; quizá el dios les protegería a través de ella y de la piedra de luz.

Cuando llegaron al palacio real, a gritos, los obligaron a descender por unos túneles ennegrecidos, iluminados tenuemente por antorchas, hasta llegar a una cueva húmeda, de piedra mojada, oscura y maloliente.

Allí no entraba por ningún sitio la luz solar, el castigo más penoso para los adoradores de Atón.

La congoja y la intranquilidad se adueñaron de los corazones de los prisioneros, que ni siquiera hablaban entre ellos, afligidos por el temor, la humedad y el frío.

Durante la noche la cueva tembló agitada por algo que se ocultaba en las entrañas de Tarsis, algo que desconocían.

Cuando alguien gritó asustado: «el Cándamo», le hicieron callar.

Otro se dirigió a Nórax para preguntarle qué iba a pasar, pero este no respondió.

Después se acercó a su amigo Kendal y le susurró:

—He sido un ingenuo pensando que Krysaor nos respetaría.

Kendal movió la cabeza en la oscuridad asintiendo, pero en lugar de reprocharle que se lo había advertido, lo consoló.

—Todos lo hemos sido.

Entonces detrás de ellos se oyó la voz de Feder:

—Quiera el dios protegernos.

El corazón de todos estaba sumido en la desesperanza.

No supieron cuánto tiempo había pasado hasta que, al fin, el gran portón de la cueva se abrió con estrépito.

Recorrieron los túneles hasta llegar a los pórticos que rodeaban el palacio, entre cuyas columnas se filtraba la luz de un sol brillante que les deslumbró después de la oscuridad en la que habían permanecido tantas horas.

Tras cruzar unos corredores, alcanzaron unos grandes portones de bronce, custodiados por la guardia, que se abrieron lentamente para darles paso al salón real.

Allí estaba el majestuoso trono de Gerión, el trono de alabastro, rodeado por los enormes grifos, amenazadores, pintados al fresco en la pared, sumido en la oscuridad, como la última vez que Nórax estuvo en palacio.

El salón estaba únicamente iluminado por las ascuas en el recipiente de porfiria, que trazaban sombras en la pared.

En la penumbra les recibió el rey Krysaor con expresión iracunda a la vez que taimada.

Sabía que los había atrapado y que podía hacer con ellos lo que quisiera.

Iba vestido con ricos ropajes bordados en hilo de oro y plata y portaba gruesos anillos de piedras preciosas en las manos, un enorme torques en el cuello y una corona de oro sobre la cabeza.

Al rey lo escoltaban dos guardias de espaldas poderosas y faldellines cortos, armados con grandes cuchillos al cinto, puños de cuero recamados en metal en las muñecas y una lanza en la mano derecha.

Ligeramente delante, en un sitial más bajo, se sentaba la reina Akálide, que parecía enroscada en el trono con sus largas piernas cruzadas y un brazo sobre el respaldo, mientras sus pechos parecían alzarse amenazadores.

Una vez hubieron entrado, Krysaor se incorporó en el trono y, con la barbilla elevada y los ojos entrecerrados, los observó de modo altanero, con desprecio.

Nórax pensó que no era el rostro de aquel que había sido su amigo de infancia y juventud, sino el de un extraño.

Sabía que, si pudiera hablar con él a solas, apelando a su antigua amistad, quizá podría influir sobre él.

Dio un paso adelante, dirigiéndose hacia el rey en un intento de conseguir una mayor intimidad, pero Krysaor extendió la mano con la palma abierta y lo detuvo.

—¡Arrodíllate ante tu rey y señor!

El rostro endurecido y severo de Krysaor bastó para que Nórax se arrodillara. Los guardas bajaron las lanzas, amenazadores.

El rey se levantó del trono y, ya de pie, acusó a todos los marinos presentes en la sala:

—Toda la estirpe góidel está bajo sospecha de traición porque vuestros barcos huyeron cuando se les convocó.

—La flota góidel no es una flota guerrera, sino mercante… —se intentó justificar Nórax—. Tiene obligaciones.

—¡La primera, obedecer a su rey!

Nórax se sintió acorralado e intentó de nuevo excusarse de algún modo:

—Estoy convencido de que mis hombres actuaron por lealtad a sus obligaciones, no por desobediencia intencionada.

—¿No? No hicieron lo que se les ordenó. ¡Eres el responsable de la flota góidel y, por tanto, el culpable de todo! —le acusó—. Debes dar un severo escarmiento a tus capitanes.

Con voz conciliadora, Nórax intentó exonerar a sus compañeros y finalmente acabó diciendo:

—¿Qué quieres, Krysaor? ¿Que castigue a mis mejores capitanes por traición?

Entonces, según las leyes, morirían. ¿Y qué son las naves de Tarsis sin unos buenos capitanes y pilotos?

Algo que no lleva a ninguna parte. Por tu absurdo ataque a Hesperia, has perdido tus barcos y capitanes…

Has mancillado la sagrada isla de Hesperia.

La cara de Krysaor se tornó de un rojo intenso y sus ojos chispearon de furia mientras cortaba bruscamente las palabras de Nórax.

—¡No hables así de ese lugar maldito! —rugió el rey.

Nórax, que seguía de rodillas, empezó a levantarse con una calma aparente que ocultaba su tensión interna. Habló con un tono conciliador pero firme:

—¡Olvidemos el pasado! Repón el consejo, obedece las antiguas leyes de Tarsis y tendrás una armada que te será fiel. Si no…

—¿Me amenazas?

—¡No lo estoy haciendo! ¡Te propongo un acuerdo!

Con una gran arrogancia y una autoridad aplastante, Krysaor elevó la voz, pronunciando cada palabra lentamente mientras fijaba su mirada feroz en Nórax. Finalmente, rugió con furia:

—¡No hay ningún acuerdo posible! ¡Solo que os sometáis! Los góidel acataréis mis leyes, unas leyes justas que superan la esclavitud de las que impuso la estirpe de Gerión.

—Juro que te serviremos en todo lo que no contraríe nuestros principios —respondió entonces Nórax con voz clara y firme.

Todos juraron, pero no fue suficiente. En ese momento la voz sibilante de la reina Akálide cortó el aire como un cuchillo.