Las naves de Tarsis Tarsis sin Hesperia #3
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Tarsis sin Hesperia #3

—Negociaremos con él. Le exigiremos que, si quiere usar nuestras naves, que son las que le quedan —propuso Nórax—, reponga el consejo tal y como era antaño, con representación equitativa de todas las estirpes de Tarsis, y se someta a él.

Lendhar miró a Nórax de frente, levantó una mano en su dirección y se expresó con unas palabras que resultaron proféticas mientras movía la cabeza dubitativamente.

—Tu corazón es virtuoso, noble Nórax, y el hombre que siempre es honesto cree que el malvado actuará como él…

—¡Krysaor necesita las naves! ¡Estamos en condiciones de presionarle para que nos respete! —gritó Nórax con decisión.

—No sé si algún día nos arrepentiremos… —repitió Lendhar.

Nórax, después de la destrucción de las naves del rey por el dios, era optimista y se mostraba confiado. La acción del dios le había infundido una seguridad irracional en que todo saldría bien. Además, deseaba proteger a Eteria y a su anciano padre.

—Confiemos en el dios —les animó—. Ya hemos visto su poder, ha destruido la flota de sus enemigos. Él nos protegerá. ¡Gloria al dios!

—¡Gloria a Atón! —corearon todos.

—Si permanecemos leales al dios, Atón intercederá en ayuda de sus fieles.

Entonces todos entonaron el himno con voz enérgica.

Las maderas de la nave vibraron con el canto.

Kendal y algunos otros no cantaron porque no estaban convencidos de que aquel fuera el camino correcto.

Cuando acabaron, hicieron el signo de los góidel, tres círculos en el aire con el brazo izquierdo, y después lo elevaron.

Una vez que se separaron, toda la flota góidel, a la par, comenzó a organizarse para regresar a Tarsis.

Cada capitán tomó el mando de su nave. Nórax debía dirigir la capitana, pero antes de hacerlo se encaminó a la nave de Kendal, donde estaba Eteria.

Se la encontró en el mismo lugar en que la había dejado, sentada con el colgante ente las manos.

Brevemente, le contó cómo había discurrido todo y le confesó las dudas que albergaba sobre si debía o no atacar a Krysaor.

Ella, que siempre había sido una mujer deci­dida, que sabía lo que quería y lo que no, lo miró sin contestar: tanto dolor la había trastornado y vuelto insegura.

Al comprobar que los ojos de Eteria seguían llenos de lágrimas, destrozada por el sufrimiento, Nórax se conmovió profundamente.

Eteria solo se lamentaba en voz muy baja:

—Las he perdido, las he perdido a todas… Mis hermanas, las que me criaron, a las que yo crie… ¿Qué haré sola?

—¡Me tienes a mí! —le susurró él.

Nórax tomó suavemente el colgante que reposaba en las manos de Eteria y lo abrió; la piedra de luz destelleó, y en ella Eteria distinguió la imagen del Jardín de las Hespérides tal como había sido en tiempos pasados. La visión fue muy breve, pero la consoló.

La abrazó suavemente y ella se dejó hacer, sin fuerzas y como desmadejada.

Nórax notó su cuerpo tibio y fláccido durante unos instantes, pero hubo de abandonarla allí.

Se quedó sentada en la amura del barco, cerca de la proa, con la piedra entre las manos.

A Nórax le parecía que en la nave de Kendal, el pequeño barco que los había traído desde Hesperia, estaría más segura.

Con un gesto con el que le daba a entender que la cuidara, Nórax se despidió de Kendal, que estaba serio y no le contestó.

No estaba de acuerdo con él en que no se luchase contra el rey.

Nórax saltó al muelle y se dirigió al puesto que le correspondía, el gran remo en popa, el timón de la gran nave capitana.

Ondeando el estandarte góidel con las velas henchidas por el viento, delante de todas las otras naves de la flotilla, zarpó del puerto de Hunuba.

El barco avanzaba rápidamente; los remeros, espoleados por su jefe, no escatimaron esfuerzos y la gran vela cuadrada se tensaba por el viento y el ritmo de la boga.

Pronto abandonaron la ensenada y se hicieron a la mar.

Las naves góidel adoptaron una formación en media luna, con la nave de Kendal situada un poco más atrás que la de Nórax, que la divisaba bien desde el timón.

Durante la travesía, Nórax dirigía la mirada de vez en cuando a la figura de Eteria, que parecía el mascarón de proa de la nave de Kendal.

Solo con verla, Nórax sentía que su misión sería evitar que cayera en manos de Krysaor.

Sabía que ella tenía una enorme fuerza interior que la protegía, y aunque en esos momentos la angustia por la pérdida de Hesperia la había convertido en un ser callado y ajeno al mundo, ella no era así.

Lo comprobó cuando, al acercarse a Tarsis, Eteria dirigió la mirada hacia el lugar donde antes estaba la isla y, al ver el mar límpido como un espejo, levantó la cabeza con decisión, un gesto con el que expresaba que asumiría su destino.

Nórax miró hacia el promontorio donde se alzaba su ciudad, con sus edificios blancos y techumbres de oricalco y oro, rodeada por los tres diques.

La conducía a Tarsis, un lugar donde ella nunca había estado y cuya situación era incierta y peligrosa.