Las naves de Tarsis Tarsis sin Hesperia #2
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Tarsis sin Hesperia #2

Escondió la gema entre sus manos y, al mirarla de nuevo, Nórax vio junto a sí a una mujer, aunque no sabría decir cuál era el color de sus cabellos o su edad, dado que era alguien fácilmente olvidable.

«Así es como me ven». Él asintió e inmediatamente ella se mostró de nuevo, tal y como era, con toda su radiante belleza.

Cuando el barco atracó, ella descendió a la cubierta inferior.

Allí lo abrazó en un intento de infundirle fuerza; él sintió su corazón aleteando como el de un pajarillo asustado.

Se quedó en la bodega, sentada en un pequeño taburete, con la espalda apoyada en la cuaderna del barco y la piedra, dentro del relicario, entre las manos, mientras Nórax subía rápidamente y desembarcaba.

Caminando por el muelle con pisadas fuertes que hacían vibrar las tablas, Nórax se dirigió a la nao capitana.

Mientras pasaba entre los barcos góidel, los marineros se asomaban a las bordas que daban al puerto.

Las filas de remeros levantaron las palas en signo de homenaje.

Sonó un cuerno y en todos los barcos se entonó el himno al sol con los remos en alto.

Por último, con los remos, hicieron el signo de los góidel, la triple espiral.

Al percibir su calurosa acogida, Nórax sintió una alegría agridulce, enturbiada por la destrucción de Hesperia.

Durante los años del reinado de Krysaor, Nórax había sido su líder, el último descendiente de la casa del primer Gael, el que los había guiado en hazañas inconmensurables.

Ahora que Krysaor había traicionado los fundamentos que un día forjaron la ciudad y las creencias que profesaban firmemente, necesitaban la figura del jefe de los góidel .

Con su gesto querían demostrarle que le eran fieles, y leales a su dios, a su clan y a Tarsis.

Nórax subió a la nave capitana, imponente y mejor equipada, decorada con trisqueles y símbolos alusivos al dios Atón.

Allí, reunidos, estaban los capitanes de los barcos góidel anclados en el puerto.

Los saludó uno a uno, palmeándoles la espalda o entrecruzando los brazos en un típico saludo góidel.

Todos estaban horrorizados y escandalizados por lo ocurrido en Hesperia: temían la venganza del dios.

Excitados y presos de la ira, se interrumpían unos a otros para contar que días atrás habían abandonado los muelles en espiral porque el rey les había propuesto sumarse al ataque a Hesperia y ninguno había accedido.

Se defendieron de sus amenazas con diversas excusas y se hicieron a la mar, ocultándose en puertos vecinos mientras esperaban el regreso de Nórax.

Cuando los mensajeros a caballo, enviados desde Hunuba, les trajeron la noticia de que la nao capitana de la flota góidel estaba allí, todos los que pudieron pusieron rumbo allí.

Los capitanes góidel se congregaron bajo la cubierta de la embarcación, cuyo casco era redondeado y muy grande.

Cuando estuvieron todos reunidos, primero se hizo un silencio tenso.

Luego, muchos clamaron venganza, mientras que los más reposados mostraban su disconformidad en el rostro.

Otros se preguntaban qué había ocurrido en Hesperia y cuál era la fuerza que la había hecho desaparecer.

A eso respondió Nórax, en cuya mirada se detectaba una gran esperanza.

Él había contemplado de cerca la fuerza del dios:

—Ha sido el dios quien la ha purificado, acabando con todos sus enemigos —explicó—. Como hará con cualquiera que se le oponga.  ¡No hay que tener miedo! El dios protege a sus fieles, ya lo habéis visto.

Algunas voces se alzaron entre los capitanes pidiendo atacar a Krysaor.

—Sí. Krysaor ha perdido muchas naves en el extraño incendio que ha consumido Hesperia. El rey ya no tiene barcos, es el momento de atacar —gritó Kendal.

No todos estaban de acuerdo.

—Puede que Krysaor ya no disponga de barcos, pero aún tiene la ciudad en sus manos —repuso temerosamente un marino de unos treinta años llamado Blecán—. La casa góidel es solo una de las diez estirpes de Tarsis, y no es la más numerosa.

—Hay muchos mercaderes a quienes no les gusta cómo está gobernando Krysaor, y seguro que se pondrían de nuestro lado —repuso Kendal, decidido y valiente.

—¿Qué somos unos cientos de guerreros góidel contra la potencia del imperio tartésico? ¿Contra el ejército de Krysaor? —le refutó Lynnel, un hombre de pelo canoso.

Lynnel se dedicaba al noble arte de la fragua, oficio muy considerado en Tarsis. El metalúrgico era timorato y fiel al dios, y pensaba que este les destruiría por el sacrilegio. Había huido con los marinos cuando supo que el rey había decidido atacar la isla sagrada.

—¡Tenemos que luchar! —gritó Sedric, envalentonado y con el ímpetu de la juventud.

—¡Me parece muy difícil! No podemos olvidar que la reina Akálide controla a todos esos mercenarios traídos de África. Bajo la ciudad hay una multitud de esos hombres africanos, fuertes y peligrosos —replicó Lynnel, el orfebre.

—Dicen que los encierran bajo tierra para servir de alimento al monstruo, de modo que quizá hayan muerto devorados por el Cándamo, ese engendro mitad serpiente, mitad toro —intervino de nuevo Blecán.

Al oír hablar del monstruo, a muchos les recorrió un escalofrío por la espalda.

—El Cándamo es una leyenda, un cuento para asustarnos, pero lo que realmente debería darnos miedo es ese ejército de hombres africanos que son leales a Krysaor —apuntó Feder, fiel al dios y poco dado a supersticiones—.

Sin embargo, lo cierto es que no tenemos fuerzas suficientes contra ellos, ni contra los guerreros de las gentilidades que adulan al usurpador.

—La flota sigue siendo nuestra. Ellos no saben gobernar los barcos de vela como lo hacemos nosotros. Y… —gritó con ímpetu el joven Sedric— ¿qué es Tarsis sin sus naves?

—Podríamos irnos de Tarsis —gritó Blecán, que no tenía familia y estaba asustado.

—Pero ¿cómo vamos a irnos dejando a nuestras familias atrás?

—se preguntó Feder—. ¡Nunca! No nos iremos.

No podemos abandonar nuestros hogares ni a nuestros parientes, que podrían sufrir las represalias del rey.

¿Y adónde iríamos? ¡No tenemos otra opción que volver y enfrentarnos de una u otra manera a Krysaor!

—¡Nos destruirán!

—No podemos hacer nada.

Al fin, la voz de Nórax, serena, conforme con su destino, resonó sobre el caos y el griterío.

—¡Debemos mantenernos unidos! —Mientras hablaba, se fue haciendo el silencio—.

Nobles góidel, somos la esperanza de Tarsis, llevamos dentro el espíritu del fundador de la ciudad, conocemos sus sabias leyes.

Además, tenemos la fuerza del dios que ha protegido a Hesperia y ha quemado las naves de Krysaor. ¡Podremos oponernos a la infamia!

—Si no luchamos, Krysaor nos destruirá —aseguró Kendal, animando a todos a enfrentarse al tirano.

—No podemos luchar —dijo Lendhar, el experimentado capitán que había viajado con Nórax a las Casitérides y era ya casi un anciano—, no somos suficientes.

—Krysaor nos necesita, ha perdido todas las naves de Tarsis.

—No será necesario que luchemos. ¡La flota siempre ha sido en su mayoría góidel, pero ahora lo es totalmente! —apuntó Alucio, un comerciante muy rico que veía peligrar su negocio en una guerra civil.

—Lo es —susurró Lendhar, con la prudencia que da la edad—, pero nos va a dar igual. Krysaor controla el ejército, y además la mayoría de los comerciantes están de su lado.