Las naves de Tarsis Tarsis sin Hesperia
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Tarsis sin Hesperia

De pie, acariciado por la brisa que movía sus cabellos, Nórax empuñó el largo remo del timón y se dirigió al norte, hacia Hunuba.

Cuando el rumbo fue adecuado, Nórax hizo una seña a Kendal para que le sustituyera en el puesto.

Este asintió y, con la mirada, pareció preguntarle a su amigo qué iba a ocurrir ahora.

Nórax, moviendo la cabeza en un gesto de duda, balbuceó un apagado «No lo sé» y se dirigió a Eteria, sentada cerca de la proa en una bancada lateral.

La hespéride estaba tensa, con la espalda muy recta y los ojos brillantes de agua; había sacado la piedra de Jafet del relicario con el trisquel y esta refulgía tenuemente entre sus manos.

Permanecía quieta, fijando los ojos alternativamente en la piedra, donde encontraba consuelo, y el horizonte, donde antes había estado Hesperia, mientras el sol, que iba describiendo su arco en el cielo y marcando el paso de las horas, la iluminaba.

Nórax se acercó a ella y le rozó la espalda con una caricia, intentando consolar su tristeza infi­nita.

—La isla ha desaparecido…

Pese a lo obvias, con estas palabras quería transmitirle que, por duras que fueran las circunstancias, podía contar con él y que estaban juntos. Ella se sintió comprendida, alzó los párpados y clavó en él los ojos llenos de lágrimas mientras le decía:

—Sigue estando donde siempre, yo la sigo viendo, pero Atón no me permite regresar allí. Desea que vaya contigo a Tarsis y cuide a sus fieles.

—La piedra de luz ha cambiado.

—Ha perdido parte de su energía al purificar la isla: ahora nunca brillará como antes lo hacía.

—Pero en tus manos sigue brillando.

Eteria habló con lentitud, tristemente.

—Soy una hespéride, y solo nosotras somos capaces de canalizar la luz solar e introducirla en la piedra. Es lo que estoy haciendo, dejando que el sol entre en ella de nuevo para que recupere su poder, pero es doloroso para mí.

Así era. La gema sagrada le estaba consumiendo las fuerzas.

Nórax la tomó de sus manos y ella la dejó ir.

Pareció sentir alivio, y entonces cerró los ojos mientras la luz solar le bañaba el rostro y los cabellos.

En las manos de Nórax la piedra cambió su brillo para transformarse en una bella joya que emitía un resplandor tenue, porque estaba tallada con tal maestría que su luz parecía sobrehumana.

Eteria comenzó entonces a hablar, lentamente, recordando lo ocurrido en la isla.

—Cuando años atrás te fuiste, tras la muerte de Niso, acudí a la reunión en la que se discutió el futuro de las hespérides.

Me dirigí a ellas esgrimiendo las ideas de libertad y de cambio que tú mismo me ayudaste a madurar.

¡Podíamos cambiar el mundo y mejorarlo! Llevaba en las manos la piedra de Jafet, que brillaba como nunca lo había hecho.

Todas interpretaron aquel brillo deslumbrante como una señal del dios.

Me aclamaron y me eligieron como Gran Vestal.

Desde entonces me centré en conseguir que pudiéramos ir y venir libremente al continente y a Tarsis.

Le envié mensajes a mi padre, pedí reunirme con él, pero Gerión se negó.

La muerte de Eglea le había convencido de que las hespérides debían permanecer protegidas y confinadas.

En la isla, las hespérides, cada vez más deseosas de salir de su encierro, protestaban y me culpaban, alegando que yo no hacía lo suficiente para liberarlas.

Me desesperé. No podía desobedecer a mi padre, pero tampoco podía cambiar las cosas, aunque lo deseaba con todas mis fuerzas.

Sumida en la mayor oscuridad, le pedí al dios que me ayudara.

Entonces te vi, durante el solsticio de invierno.

Yo estaba en el acantilado y noté el roce de tu mano; te encontrabas a mi lado y me dabas fuerza.

Fue muy breve, pero me dio esperanza. Te pedí que me sacaras de Hesperia, pero enseguida la visión se desvaneció.

¿O no era una visión? Realmente, sentí el roce de tu mano sobre mi piel.

Te echaba cada vez más de menos. Después de aquello, le seguí enviando cartas a mi padre, pidiéndole la libertad de las hespérides, pero nunca accedió.

Para compensarlo, nos enviaba animales y plantas de lugares lejanos, piedras preciosas y multitud de regalos.

Un día dejaron de llegarnos mensajes de Gerión y, al fin, en un correo, supimos de la muerte de mi padre…

La voz de Eteria sonaba más entristecida, porque ella amaba a su padre y, aunque nunca había convivido con él, solían escribirse; además, desde niña le habían llegado regalos del rey. Eteria, aspirando aire como un suspiro, prosiguió su relato.

—En el correo se revelaba como nuevo rey de Tarsis un hombre llamado Krysaor.

Yo no sabía quién era. Unos meses más tarde, el día de las candelas, como era tradición, el nuevo rey se acercó en su gran barcaza al puerto de Hesperia a recoger la luz sagrada.

Aunque había cambiado, lo reconocí: era tu compañero, el que un día había estado en la isla, el causante de la muerte de mi hermana Eglea.

Solo lo había visto unos momentos años atrás, pero lo ocurrido con mi hermana me hizo intuir que aquel hombre solo buscaba su interés, sin importarle las consecuencias que tuvieran sus actos en los demás.

Me sentí completamente angustiada. Pronto, Krysaor empezó a enviar mensajes en los que exigía la piedra de luz.

Me negué. Redoblé la vigilancia de las guardianas en las atalayas de la costa ante el temor de que nos atacase o robase la piedra. Intuí que Krysaor nos odiaba.

Nórax asintió con la cabeza, muy consciente de que su antiguo amigo deseaba vengarse a toda costa de las que consideraba causantes de la muerte de su madre y de Eglea. Eteria siguió contando la historia:

—Ayer fue el primer solsticio después de la muerte de Gerión.

Habíamos recibido promesas de paz e incluso me llegó una carta de Krysaor prometiéndonos la libertad.

Confiadas, nos dispusimos en la ensenada junto al puerto para recibir a las nuevas hijas de la noche.

Los muelles de Tarsis a lo lejos estaban llenos de gente, así que parecía que nada había cambiado.

Pero en las grandes barcazas que debían haber transportado a las niñas llegaron soldados.

Y el ahora rey Krysaor, el que un día mancillara Hesperia, el que causó la muerte de mi hermana, ordenó el ataque.

—Sus labios se fruncieron, con dolor y rechazo a Krysaor, pero Nórax la animó con la mirada a que continuase—: Desde la orilla, yo, como Gran Vestal, mi hermana Areté, que era la Gran Guardiana, y otras vestales de alto rango aguardábamos.

Cuando las barcazas se acercaron, Areté vio un brillo metálico en su interior e intuyó que no llevaban niñas, por lo que me gritó que huyera.

Me negué. Ella, ya la conoces, se enfadó, pero se puso en acción: tensó el arco y las demás guardianas la imitaron.

Cuando las falúas tomaron tierra en los muelles, saltaron soldados.

Areté y las guardianas dispararon flechas y lograron abatir a algunos.

Tras las barcazas aparecieron más naves de los clanes fieles a Krysaor con máquinas de guerra a bordo: catapultas y artilugios incendiarios.

Todo había sido meticulosamente preparado para conquistar la isla sin que pudiésemos defendernos.

Fuimos presa fácil. Hui hacia el interior de la isla, protegida por las guardianas, que me defendieron con sus vidas.

No sé qué pasó con Areté. —Lloró inclinando la cabeza y tapándose los ojos con las manos—. ¡Quizá haya muerto!

Nórax intentó consolarla, extendiendo la mano hacia su cabello sin llegar a tocarlo. Al notarlo, ella levantó la cabeza, los ojos llenos de lágrimas, y su semblante expresaba una intensa pena.

—Las que no teníamos armas nos dirigimos al poblado. Nos seguían, sobre todo a mí. Nos refugiamos en la escuela de las hespérides, junto al templo. Entonces llegaron esas fieras humanas que no eran hombres…, y muchas murieron defendiéndome. Solo buscaban una cosa: la joya de Jafet.

—Pero al final no la han conseguido.

Eteria le hizo un gesto; él entendió que deseaba la piedra de luz, y se la devolvió.

Cuando la tuvo entre las manos, la hespéride comenzó a mirar al sol y entró en un trance extraño, pronunciando palabras ininteligibles y rítmicas.

Nórax se sentía cohibido porque se daba cuenta de que Eteria hablaba con el dios y encontraba consuelo en él.

La dejó allí, bañada por la luz de la mañana, reclinada en la amura del barco, y se dirigió al timón.

Indicó que viraran hacia el este, hacia la costa al norte de Tarsis; debían dirigirse a Hunuba.

Navegaron empujados por Céfiro, la brisa del oeste que soplaba a barlovento.

Al atardecer alcanzaron el puerto de Hunuba, donde los esperaban.

Al enfilar el puerto, Nórax advirtió que no estaban únicamente los otros cuatro navíos cargados de madera del norte que habían viajado con él, sino muchos más, hasta completar la práctica totalidad de la flota góidel, amarrada en la dársena.

Cuando estaban atracando en el muelle, se oyeron gritos de alegría desde las otras naves, cuyas tripulaciones pensaban que no volverían a ver a Nórax, sobre todo porque habían divisado el gran resplandor en el lugar en que se situaba la isla de Hesperia y los que habían pasado cerca contemplaron cómo las naves cercanas a la isla eran consumidas por un fuego extraño.

Cuando la nave iba entrando en la dársena, Eteria despertó de su trance y se levantó con elegancia, con la túnica rasgada ondeando al viento. Nórax le susurró que se ocultase. Ni siquiera sus hombres, que eran fieles, debían saber que una hespéride había escapado de la destrucción de la isla.

—Nadie sabrá quién soy: la piedra de luz tiene el poder de ocultarme.