Las naves de Tarsis El solsticio #4
49%

El solsticio #4

Cuando hubieron pasado los arrecifes, alcanzaron la nave de Kendal con la insignia de los góidel .

Los izaron hasta el barco. Nórax ayudó a subir a Eteria, cuya ropa mojada se le pegaba al cuerpo, y él se quedó sin aliento al contemplarla así; ahora su belleza era plena, y en ella confluían todas las flores de Hesperia juntas.

Al fin apartó la mirada y se encaminó al timón, encauzando la popa curva de la nave hacia mar abierta.

Eteria, que estaba a su lado, había sacado la piedra de luz y esta refulgía entre sus manos de un modo extraño.

Nórax puso rumbo hacia el noroeste. Navegaban alejándose de la isla y de Tarsis, hacia el puerto de Hunuba.

Cuando el barco centró el rumbo, Nórax pasó el timón a uno de los hombres y regresó junto a Eteria.

La hespéride estaba en la popa del barco mirando a la isla, que ardía por los cuatro costados, y sus ojos brillaban anegados de lágrimas.

Permanecía en trance, como fuera de sí, como poseída por el dios, y tan pálida que parecía el fantasma de sí misma; y aunque tenía los ojos muy abiertos, no veía nada más que la isla.

Navegaron por la parte occidental de la isla, la que conectaba con el gran océano.

Después, para tomar rumbo norte, Nórax hizo girar el barco de forma que tras la popa quedaba aquel mar que parecía infinito, y frente a la proa, la isla de Hesperia, antaño un vergel y ahora poco más que un monte incendiado en el que parecían oírse los gritos de los soldados y los gemidos de las mujeres.

Con un gesto y una voz extraños, Eteria le indicó a Nórax que detuviese el barco en ese lugar.

Las estrellas del amanecer brillaron y el lucero de la mañana —la estrella de Eteria, a la que su padre la había confiado— apareció en el cielo con un fulgor más intenso que ningún otro día.

Esperaron. En ese momento, detrás de la isla, hacia el continente, el alba iluminó el cielo, que se tiñó de un rojo cárdeno, como la sangre.

El mar estaba negro, y la isla, asolada, parda, pero aún iluminada por los fuegos de los incendios, parecía una ascua que iluminaba el cielo de la noche.

Cuando las luces del alba tintaron el cielo, Nórax divisó los barcos del rey cercando la isla sagrada; se oía el crepitar del incendio y el crujir de los árboles al caer.

Pensó que en la isla no quedaría ya ni una flor ni un hermoso árbol, y que las que los habían cuidado estarían muertas.

Giró la cabeza para ver a Eteria, que permanecía sentada en la proa.

Nórax alzó la mano para intentar consolarla, pero ella seguía como poseída por una fuerza superior.

Pero al cabo se levantó y, mirando hacia la isla, al tiempo que en el cielo salía el primer rayo de sol, alzó la joya sagrada.

El sol borbotó sobre la piedra de luz y extrajo de ella un destello rojizo y después un gran haz bermellón.

La isla se volvió incandescente al tiempo que en los barcos se oían los gritos desgarradores de hombres consumidos por el fuego.

Cerca de la costa, las naves del rey Krysaor se incendiaron con la energía surgida de aquel rayo luminoso.

A todos en la nave se les erizaron los cabellos.

Eteria parecía despertar de un sueño, pero mantenía la joya de Jafet en alto, como guiada por su dios.

De ella irradiaba el haz de luz incandescente que ahora asolaba a los enemigos del dios.

Cuando cesaron los gritos de dolor de los hombres, la isla se tornó de un blanco resplandeciente, como si toda ella fuese un gran diamante, y de ella emergieron las voces de mil doncellas, cantando el himno al sol.

Era un canto alegre, de triunfo y alabanza.

Eteria pareció volver en sí y, con una voz turbada, exclamó:

—Son ellas, están ahí, no han muerto. Todo ha sido transformado. Han ido a las islas de la inmortalidad. Algún día las encontraremos.

Su rostro cambió, y el dolor que mostraba se trocó en un gozo que no obstante le producía pena porque sus mejillas estaban llenas de lágrimas.

Eteria tomó la joya de Jafet con las dos manos y la orientó de nuevo hacia la isla, que dejó de brillar.

Todos los árboles se cubrieron de hojas, y el verdor creció por doquier.

Hesperia volvió a ser la de siempre, o incluso más hermosa; en las playas les pareció ver a las hespérides saludando a Eteria en señal de despedida.

Luego, bajó la piedra y se apoyó en la amura del barco.

De repente se oyó la voz del dios:

—Mis hijas regresan a la luz. Nadie las dañará más.

El sol se elevó sobre Hesperia y el mar se volvió turquesa con su brillo. Un nuevo día se impuso en la isla.

Por última vez, ella dirigió la piedra de luz hacia Hesperia y entonces, frente al barco, del mar se elevaron brumas que la ocultaron. Comenzó a soplar un viento austral que parecía impulsar hacia el norte las nubes que cubrían la isla.

Cuando el sol llegó a su cénit, las nubes conformaban una lejana borrasca en lontananza y, donde antes había existido una isla, solo se veía el mar, brillando azul verdoso bajo la luz de un nuevo día.

El rostro de Eteria, bañado en lágrimas, reflejaba un gran agotamiento, como si toda la energía que había salido de ella la hubiese debilitado.

La piedra de luz en sus manos brillaba ahora muy débilmente.

—Algún día todos llegaremos a Hesperia —exclamó—. Está más allá del tiempo y del espacio.

La mirada dorada de Eteria resplandecía y atravesó a Nórax con dulzura. Después se colgó la piedra de luz del cuello en el pequeño relicario y de pie observó el lugar por donde la isla había desaparecido mientras su cabello castaño brillaba extendido sobre la espalda, agitado por la brisa marina.

Hesperia ya no estaba allí. Solo quedaban el mar, la luz y ellos dos, arrancados para siempre de un mundo que se había hundido.