El solsticio #3
—La piedra está escondida allí. Está segura, pero, si incendian el bosque, puede dañarse o perderse.
Nórax, quiero que me acompañes a la cabaña.
Debemos volver al lugar donde todo se inició…
—Dicho esto, la hespéride se detuvo y se dirigió a los hombres de Nórax con fuerza y determinación—: ¡Debéis alejar a los que nos siguen de mí y de Nórax!
Tenemos que recuperar algo que es crucial que no caiga en las manos de Krysaor.
Enseguida los tres entendieron que algo grave estaba en juego y asintieron.
—Nórax y vos, seguid adelante, nosotros cubriremos vuestra huida —apuntó Feder.
Sedric, Kilian y Feder desenvainaron sus armas y se aprestaron a luchar mientras Nórax, que reconocía el lugar donde estaban, les daba instrucciones.
—Este camino —y señaló uno que cruzaba más adelante— lleva hasta la cala donde está varada la nave de Kendal.
Si conseguís libraros de esos hombres, regresad a la nave y esperadnos un tiempo.
Si al amanecer no hemos vuelto, indicad a la tripulación que se dirija a Hunuba para buscar refuerzos y traedlos aquí.
Kilian, Sedric y Feder se situaron en el centro del camino, esperando a los soldados de Krysaor que los perseguían. Nórax y Eteria siguieron hacia adelante. Detrás quedó el ruido de la lucha entre los hombres de Nórax y los de Krysaor.
Cuando se hubieron alejado lo suficiente, Eteria comenzó a avanzar algo más despacio, y así pudo, de modo entrecortado, explicarle a Nórax lo ocurrido.
Desde hacía unos meses, el rey Krysaor les había enviado mensajes exigiendo la joya.
Amenazó con atacar la isla si no la entregaban.
Eteria pensó que lo más prudente era sacarla del templo.
Lo habló con Areté, y a ella se le ocurrió que en la cabaña del bosque estaría más protegida gracias al conjuro de Dana, que mantenía el recinto invisible a cualquiera que albergase odio o les desease el mal.
Nórax y Eteria corrían ahora entre el olor a madera quemada y árboles humeantes de lo que antaño había sido una hermosa floresta.
De cuando en cuando, caía una rama incendiada que debían esquivar.
A lo lejos, los gritos y gemidos desgarradores de las doncellas vírgenes, al ser mancilladas, resonaban en la noche.
Eteria, angustiada y pálida, apretaba los labios con tal fuerza que casi se hacía sangre.
Nórax, sintiendo el dolor de ella como propio, caminaba deprisa, guardando silencio, sin saber cómo consolarla.
Aquella noche de sufrimiento las tropas de Krysaor habían convertido el paraíso en un infierno.
Mientras avanzaban con prisa, esquivando el fuego, sus pasos aplastaban la vegetación.
El aire, cada vez más enrarecido, estaba impregnado del olor a humo y a sangre.
Al fin, alcanzaron la cabaña, que no mostraba signos de haber sido descubierta ni dañada.
Entraron en aquel lugar lleno de recuerdos, donde el pasado aún susurraba en cada rincón.
Eteria se arrodilló y escarbó entre la paja del suelo con las manos temblando hasta destapar la hermosa joya.
Cuando la encontró, la piedra brilló con una luz oscura y mate, sin duda reflejo de la tristeza del momento.
Sin embargo, al tomarla entre sus manos, el brillo de la joya de Jafet se volvió deslumbradoramente intenso.
Fijó en Nórax sus hermosos ojos ambarinos y, con una voz cargada de emoción, sus labios rojos pronunciaron estas palabras:
—Es la esperanza de nuestro pueblo; en ella reside el poder y la energía del dios —declaró con voz firme.
Sobre su pecho pendía una cadena, una pequeña caja dorada con incrustaciones de ámbar y coral que formaban un trisquel.
La abrió y, tras introducir la piedra de Jafet en ella, la luz de la gema se ocultó.
Entonces, bajo el tenue resplandor de las estrellas, se abrazó a Nórax como una niña, amparándose en él.
Pasados unos instantes, se separó ligeramente, aún en sus brazos.
De nuevo se miraron, intentando recuperar los años pasados.
Se habrían quedado anclados allí, juntos, olvidados de todo, pero la isla ardía.
Oyeron a lo lejos crepitar el fuego, caer los árboles.
Debían regresar a la playa cuanto antes; los hombres de Nórax los esperaban.
Con renovada determinación, Nórax tomó la mano de Eteria y ambos salieron de la cabaña. Sus pasos levantaban las cenizas del camino mientras el viento traía consigo el olor acre del incendio.
Cada vez más deprisa, corriendo, alcanzaron la cala donde el paso entre los arrecifes estaba expedito.
Allí encontraron a los compañeros de Nórax en una situación desesperada.
Luchaban contra un grupo de soldados de Krysaor, una decena de guerreros.
Kilian, Feder y Sedric se defendían como podían, pero, sobrepasados por el número de los adversarios, no lograban deshacerse de ellos.
Nórax sacó una daga y se la clavó en un brazo a uno de los que luchaban contra Feder al tiempo que lo apartaba con un puntapié en la espalda.
Feder, liberado, se centró en defenderse del otro.
Eteria se acercó por detrás y empezó a tirar de la cota de cuero de uno de los que luchaban contra Sedric.
El soldado se revolvió y, al ver que era una mujer, se echó a reír sin saber que Eteria conocía un arte de lucha que usaba las manos y los pies como si fueran armas tan duras como el metal.
Le asestó un golpe certero en la tráquea con el canto de la mano mientras con el pie le propinaba una patada en la ingle que le hizo gritar de dolor y caer al suelo.
Kilian, con su gran fuerza, agarró a dos contrincantes y entrechocó sus cabezas.
Feder logró atravesar con su puñal el abdomen del adversario al que se enfrentaba.
La playa finalmente quedó libre de enemigos, bien porque huían, bien porque yacían en el suelo.
Cuando todo quedó en silencio, una luna redonda asomó entre la niebla y los iluminó.
Nórax señaló la sombra del barco; las velas brillaban por la luz lunar entre las brumas, indicando el camino hacia la bahía.
Eteria caminó decidida hacia el océano y se hundió en él para emerger poco después entre las olas como una luz blanca, nadando de esa forma grácil característica de las hijas de la noche.
Braceaba deprisa y a su paso dejaba una estela de espuma que parecía abrir el camino en el mar. Los demás la siguieron nadando.