El solsticio #2
Aunque la isla estaba ocupada por las tropas del rey, la niebla les protegía.
Avanzaron entre árboles quemados y humo.
Nórax, que recordaba bien cada piedra, cada senda, cada árbol, les guio sin dudar hacia al poblado de las hespérides.
La plaza, donde antes jugaban las niñas y tejían las ancianas, un lugar lleno otrora de risas, bailes, chanzas y cánticos, había sido arrasada.
Muchas de las pequeñas casas ardían, y dispersos por la plaza había ropas y mobiliario que habían sido saqueados y desmantelados.
Nórax dirigió sus pasos a la casa con la marca de Gerión.
Antes de alcanzarla, a un lado de la calleja que conducía hasta ella, pudieron ver a varias mujeres asesinadas: una anciana de blancos cabellos con el cráneo destrozado tras haber sido empujada hacia atrás, una guardiana asaeteada y otra muchacha joven degollada de un tajo.
Al ver a esta última, Feder se paró: era una joven pelirroja como él, con pecas y la piel lechosa, aunque ahora estaba cérea, y era de la edad de su hermana.
Feder nunca la había conocido, pero estaba orgulloso de que, en su familia, el dios les hubiera concedido una hespéride.
Incapaz de seguir, se detuvo junto al cadáver, y sus compañeros tuvieron que gritarle para que se apresurara.
Al llegar a la casa donde un día habían vivido las hijas de Gerión, Nórax comprobó que había sido asaltada e incendiada y solo quedaban rescoldos.
Allí no estaba Eteria. ¿Dónde podía haberse metido?
Nórax, entre tanta violencia y ruina, solo pensaba en ella, en que debía salvarla.
Algo más arriba, cerca del palacio, estaba la antigua escuela, donde se preparaban las jardineras y donde un día había estudiado Eteria.
Emprendió el camino hacia allí, pero algo, una intuición, lo condujo hacia el palacio donde había vivido Niso, la morada de las sacerdotisas de Atón.
Se toparon con algunos soldados del rey, que no se atrevieron a oponerse a Nórax porque, dado su prestigio naval, pensaron que participaba en el ataque, y los dejaron pasar.
La gran explanada, donde años atrás habían bailado la danza del trisquel las hijas de Gerión, se había convertido en un campo de batalla.
Las guerreras defendían cada palmo con bravura.
Nórax, que nunca las había visto luchar, comprendía ahora su fama de mujeres peligrosas.
Una joven guerrera se apoyó en la lanza con una mano para saltar sobre tres soldados que la rodeaban.
Cayó al suelo junto a uno que se quedó mirándola con cara de embobado.
Sin darle tiempo a reaccionar, ella le clavó el cuchillo en el vientre.
Más allá, un grupo de arqueras lanzaba flechas con una precisión inimaginable.
Un poco más lejos, una mujer de unos cuarenta años, muy adiestrada, luchaba a espada contra dos hombres: a uno le atravesó el gaznate y al otro lo tiró al suelo de una patada.
Nórax y sus hombres se lanzaron a la batalla, para intentar ayudar a las guardianas, que se sorprendieron al ver a hombres de Tarsis luchando de su lado; pero los refuerzos enemigos no dejaban de llegar desde el puerto y las playas.
La proporción era de uno a diez, y a pesar de su valentía y determinación, iban a ser derrotados.
Retrocedieron bajo la presión de la marea humana, empujados hacia el palacio.
En la plaza, las guardianas no se rendían ni huían, sino que luchaban con gran ferocidad pese a que eran masacradas sin compasión por los soldados de Krysaor.
Nórax vio a una joven guerrera morir degollada, rodeada por cuatro hombres, y a una mujer —que parecía una luchadora formidable— ser apresada por dos soldados mientras un tercero le clavaba una lanza entre las costillas.
A pesar de las increíbles fuerza y agilidad de las guardianas, eran pocas para los muchos soldados de Krysaor, que atestaban la explanada.
Por encima de la gran terraza se ubicaban tres construcciones que Nórax conocía bien: el palacio, el templo y una gran edificación porticada, la escuela donde estudiaban las jardineras.
Las guardianas se congregaban sobre todo a la derecha del templo, frente a la escuela, impidiendo el paso hacia el interior, que estaban defendiendo con sus vidas.
¿Qué habría dentro? No era el palacio de la Gran Vestal ni el templo donde moraba el dios.
Nórax les gritó a los suyos que debían entrar en la edificación; intuía que Eteria podía estar allí; al fin y al cabo era jardinera.
Lograron llegar hasta el pórtico, rodeando el espacio donde se desarrollaba la lucha de los guerreros de Krysaor y las guardianas. En el interior del pórtico se abría un portón. Gracias a la fortaleza de Kilian consiguieron cerrarlo, evitando así que aquella jauría humana entrase.
Poco más allá del pórtico había un patio central donde presenciaron una escena desgarradora: una mujer vestida con los ropajes púrpura de la Gran Vestal, ahora deshilachados y colgando en jirones, de modo que aparecía casi desnuda, había sido atada a una de las columnas y estaba siendo cruelmente azotada con un látigo por un soldado mientras otros cinco, ebrios, gritaban que les entregara la joya que deseaba su señor, el rey Krysaor.
A pesar del tiempo y las cicatrices del sufrimiento, Nórax la reconoció al instante.
Ya no era la niña adolescente ni la joven que había conocido en Albión, sino una mujer en plena madurez y belleza.
Eteria era la Gran Sacerdotisa. Ahora entendía por qué las guardianas en la explanada luchaban con tanta ferocidad: lo hacían para defender a la Gran Vestal, impidiendo que los hombres de Krysaor entrasen en la escuela de las hespérides.
El sacrificio y la devoción por la madre y señora de Hesperia habían llevado a las guardianas a arriesgarlo todo e incluso dar la vida por ella en una batalla desesperada.
Nórax corrió hacia ella y cortó las cuerdas que la ataban a la columna. Kilian, con su fuerza imparable, apartaba a los otros soldados, derribándolos con una furia desatada. La escena se volvió un caos de gritos y golpes.
Eteria fijó los ojos en su salvador y, al reconocerlo, un grito ahogado escapó de sus labios.
En su mirada se entremezclaron el agradecimiento, la sorpresa y el alivio, pero también la profunda unión de dos almas que había perdurado a pesar de los años de separación.
Las lágrimas brotaron de sus ojos mientras Nórax sentía su corazón latir aceleradamente; sus miradas se entrelazaban, cargadas de una emoción tan intensa que los hacía temblar.
Sin embargo, hubieron de sobreponerse a sus emociones porque los soldados que torturaban a Eteria se estaban enfrentando a sus inesperados atacantes.
La lucha se recrudecía en torno a ellos.
Feder, posiblemente como reacción ahora a la muerte de la joven pelirroja que le recordaba a su hermana, empuñaba furioso un largo cuchillo que manejaba con tanta destreza y habilidad que se quitó de en medio a dos soldados.
Nórax desenvainó la espada y se la clavó en un costado a otro, y cuando un tercero lo atacaba, se agachó y le hirió por el bajo vientre.
Eteria no se mantuvo al margen, sino que agarró el puñal del hombre al que Nórax había atravesado con la daga y, hábilmente, se lo clavó en el tórax, muy cerca del corazón, a uno que intentó agarrarla.
Nórax se defendió de otro que le atacaba con un palo embistiéndole sin vacilar con la espada.
Habían conseguido vencer a los esbirros de Krysaor, que yacían muertos o heridos, pero el gran portón de la escuela crujía.
Las guardianas no habían podido detener a los soldados, y estos, intuyendo que dentro de la edificación porticada podía haber algo importante, comenzaron a golpear con troncos el portalón, que estaba empezando a ceder.
Mientras los golpes resonaban en el gran portón, todos rodearon a Eteria, quien, como pudo, se cubrió con los ropajes purpúreos, que estaban desgarrados.
Tras observarla con admiración por su dignidad y belleza, algo los impulsó a doblar la rodilla ante ella.
Nórax no lo hizo, sino que dio un paso al frente y, temblando, le puso los brazos sobre los hombros, como una sutil caricia, ante la mirada extrañada de los otros, que no entendían cómo la conocía.
Ella se refugió, llorando, en sus brazos.
Inmediatamente se separaron; el portón cedía, y los soldados de Krysaor penetraban en la escuela de las hespérides. Uno de ellos gritó que aquella mujer vestida de color púrpura era la Gran Sacerdotisa y que debían atraparla para su señor Krysaor.
Eteria miró con horror a los que aludían a ella y señaló a Nórax y a los otros un portillo que conducía a un túnel.
Entraron rápidamente en él, que estaba iluminado por antorchas dispuestas en las paredes, pero los soldados que accedían al gran patio los vieron huir en esa dirección.
Sedric, que iba el último, empujó hacia adentro el portillo, pero tan apresuradamente que no lo cerró bien.
Las maderas cedieron enseguida y los soldados se lanzaron en su persecución.
Corrían por el túnel, seguidos por los soldados de Krysaor.
Más adelante no había antorchas, lo que los obligó a tomar una de la pared para iluminar sus pasos.
El túnel bajaba y se retorcía: debía de haber sido construido hacía mucho tiempo y utilizarse muy poco.
Oían muy cerca las pisadas de sus enemigos.
El pasadizo se abrió finalmente a un espeso bosque, por el que avanzaron lo más rápido que podían entre los árboles.
Eteria los guiaba. Iba delante con Nórax, seguidos un poco más atrás por los otros tres. Mientras corrían, le susurró a Nórax, jadeante:
—Debo rescatar la piedra de luz: es lo que busca Krysaor, y no debe caer en sus manos.
—¿Dónde está?
—¿Recuerdas la cabaña del sauce?
—Sí.