Las naves de Tarsis El solsticio
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El solsticio

Nórax se hizo a la mar con cinco de sus mejores barcos, intranquilo y deseoso de regresar cuanto antes a casa; un sentimiento ominoso le avisaba de que algo terrible se avecinaba, sin saber exactamente de qué se trataba.

Al salir del estuario de Tarsis, una vez más, acercó la nao capitana a Hesperia.

Observó a las jóvenes doncellas nadando a lo lejos en la bahía y le llamó la atención que, en cada peñasco y en cada punta de la isla, brillaban por doquier las lorigas de las guardianas, mucho más que en ninguna otra ocasión.

Nórax pensó que una de ellas sería Areté, que siempre había querido ser guardiana.

¿Dónde estaría Eteria? ¿Sería feliz? Un poco más adelante, una manada de delfines los siguió.

Sus gráciles cuerpos plateados se arqueaban sobre las olas y la espuma del mar.

Los marineros lo consideraron un buen presagio; los delfines, unos animales bellos que ágilmente parecían volar sobre el mar, siempre lo eran.

Nórax se alegró al verlos, y esa alegría le llevó a pensar que nada podía ocurrir en Hesperia porque estaba protegida por la piedra de luz y por la sabiduría de las hespérides.

Las naves avanzaron hacia el oeste y después al norte, levantando cascadas de espuma mientras eran impulsadas por las velas henchidas por la brisa marina y la fuerza de los remeros.

Brillaba el agua, y los cielos despejados auguraban una travesía venturosa.

El litoral se iba sucediendo con calas, playas, acantilados…

Más allá, las colinas, llenas de verdor y pobladas por robledales, altos cipreses y pinos, enmarcaban una costa hermosa.

Tras unos días de navegación, llegaron a una ensenada, en la que se balanceaban barcos de vela y de remos, y repostaron agua y alimento en el pequeño puerto, rodeado de chozas.

Nórax tenía prisa y no se detuvieron mucho tiempo en el poblado.

Lo dejaron atrás y subieron por la costa rápidamente, empujados por suaves vientos.

Solo se detenían por la noche, e incluso en las de luna llena prosiguieron su singladura, con la costa a lo lejos.

Al fin, alcanzaron su destino tras apenas una semana de navegación.

Con proa al sudeste, enfilaron el paso entre Hesperia y el continente cuando el sol estaba en su cénit.

A lo lejos divisaron una neblina, y Nórax pensó que se habría adelantado la hora de prender los fuegos de las atalayas de Hesperia.

Al acercarse, comprobó que la isla estaba cubierta por una extraña nube oscura y, ya antes de que el barco entrase en la bahía, reconoció que era humo.

Las aves blancas que solían sobrevolar la isla la habían abandonado.

Todo estaba quedo: el mar y el cielo callaban ante la infamia. Algo siniestro ocurría.

La nave de Nórax, la capitana, bogaba al frente de todas.

Tras ordenar que aumentase el ritmo de remo en su nao, dejaron a las otras cuatro atrás.

Al sobrepasar la costa de la isla, y virar hacia el estuario, descubrió que la flota de Tarsis, que en el solsticio habría transportado niñas a Hesperia, estaba dispuesta ahora como en formación de combate.

Desde las naves estaban lanzando, con máquinas de guerra y catapultas, fuegos incendiarios hacia el puerto y otras edificaciones de la isla.

Algunas naves llevaban en las velas un tetrasquel, emblema del rey Krysaor, o símbolos de otras gentilidades.

Ninguna era góidel ni mostraba su característico distintivo, el trisquel.

Grandes hogueras se propagaban por distintos puntos de la isla.

Además, en el puerto y en las playas desembarcaban guerreros tartesios, trasportados en botes, chalupas y canoas.

A lo lejos se oían gritos femeninos de dolor mientras sacaban a las hespérides de la isla y las arrastraban hasta los barcos.

Frente al puerto sobrenadaba un color rojizo: el de la sangre.

Nórax vislumbró a una guardiana de loriga dorada y cabellos rubios debatiéndose mientras tiraban de ella hacia uno de los barcos de la rada, junto a otras guardianas y hespérides.

Le recordó a Areté, pero desde tan lejos no podía distinguirla.

Rápidamente, Nórax pensó que las cinco naves cargadas hasta los topes no podrían enfrentarse a toda la flota de Tarsis y ordenó, mediante señales con bandera, al resto de navíos que retrocediesen.

La ensenada de Tarsis, inundada de fuegos incendiarios, no era lugar para barcos llenos de madera.

Debían evitar el combate directo en esas circunstancias tan desfavorables.

La retirada era la opción más prudente. Una vez en mar abierta, Nórax ordenó a su flotilla que pusiese proa al norte.

En un corto lapso de navegación, alcanzaron el cercano puerto de Hunuba.

Tras desembarcar, Nórax se reunió en el muelle con los capitanes y los más fieles de entre los guerreros góidel .

En los otros barcos no se tenía noticia de lo que estaba ocurriendo porque navegaban más atrás.

Nórax entonces les explicó lo que suponía: Krysaor había atacado Hesperia.

Se horrorizaron ante el sacrilegio y luego sopesaron lo que debían hacer.

En principio se tantearon dos opciones: esperar allí un tiempo hasta que todo se calmase o regresar a Tarsis.

De hacer esto último, se verían obligados a enfrentarse al ejército de Krysaor o colaborar con él en la infamia.

Desafiar a las tropas del rey era impensable: los cinco barcos cargueros de gran calado que constituían la pequeña escuadra de Nórax no eran demasiado manejables, y muy pocos de sus integrantes sabían empuñar las armas.

Necesitaban refuerzos. Al entrar en la ensenada donde se agrupaban las naves que atacaban Hesperia, Nórax no había visto ninguna con el trisquel, lo que quería decir que los barcos góidel no se habían sumado al ataque de Krysaor.

Posiblemente se habían negado a colaborar con el denigrante acto del rey y estarían en puertos vecinos, o en el propio puerto de Tarsis .

Se decidió enviar emisarios por tierra a buscarlos y pedirles que se reuniesen con ellos en Hunuba para organizar un ataque común con el fin de defender la isla sagrada.

Nórax seleccionó para esta tarea a sus mejores hombres, aquellos que eran rápidos, discretos y conocían bien la región.

Les dio instrucciones precisas para buscar a las naves góidel en los puertos cercanos y transmitirles un mensaje claro: Hesperia estaba bajo ataque, necesitaban unirse para protegerla y, por tanto, debían dirigirse a Hunuba lo más rápidamente posible.

Feder, que capitaneaba una de las naves, invocó al dios Atón y preguntó a gritos si no iban a hacer nada más por las vestales, una de las cuales era su hermana.

Nórax sintió que ahora el juramento hecho al dios años atrás en el Templo del Sol lo obligaba actuar.

Con una voz que destilaba un dolor difícilmente expresable con palabras, sin dudar, repuso que él no esperaría a que llegasen las otras naves, que se adelantaría e iría a Hesperia intentando no ser visto; sabía cómo atravesar los arrecifes.

Se organizó un tumulto porque muchos querían ir con él mientras que otros deseaban retenerle y negarse a luchar; había también quienes querían esperar los refuerzos del resto de naves góidel .

Alegaban que él solo nada podría solucionar y que le perderían.

Los tranquilizó y, con muy poca seguridad, afirmó que intentaría salvar a las que pudiese y que regresaría pronto; cuando llegasen los refuerzos góidel, podrían intentar rescatar al resto.

Iría un solo barco, que podría pasar desapercibido, y el resto aguardaría allí.

Aunque muchos querían acompañarlo, Nórax se embarcó con varios hombres que no solo eran compañeros, sino amigos: Feder, el pelirrojo, que había sido el primero en dar un paso adelante para buscar a su hermana; Kendal, que comandaba la nave en la que viajarían, una embarcación pequeña y muy maniobrable con la que sería fácil acercarse a los bajíos que rodeaban la isla; Kilian, un noble venido a menos, pero de estirpe cercana a la casa real, que los había acompañado en el periplo africano y a quien Nórax eligió por su enorme fortaleza física: era alto y muy musculoso y les sacaba una cabeza a los demás, y, por último, el joven Sedric, el que un día había sido polizón y que se había convertido en más que un amigo para Nórax.

Además, el barco estaba tripulado por una veintena de remeros en los que Nórax confiaba particularmente.

Se ordenó que se liberara la carga de madera, que fue depositada en el puerto.

Con el barco ligero y listo para partir, Nórax y sus compañeros se despidieron del resto de los guerreros y capitanes, quienes prometieron esperar a su regreso, buscar refuerzos y mantenerse preparados. La pequeña nave zarpó en silencio, deslizándose por las aguas del atardecer.

En pocas horas, lograron arribar a un lugar en el occidente de la isla donde se abría un paso entre los arrecifes, el que la misma Areté le había enseñado a Nórax tiempo atrás.

Anclaron la nave frente al canal. Nórax solo permitió que le siguieran Feder, Sedric y Kilian; Kendal se quedó en la nave con los remeros.

Nórax solo pensaba en rescatar a Eteria.

Tendrían que actuar sigilosamente, de modo que cuatro hombres eran más que suficientes.

Los cuatro se lanzaron al agua y, nadando, se dirigieron a la playa.

Al pisar tierra, se dieron cuenta de que una extraña niebla la cubría y pensaron que quizá el dios, en un intento de tapar las obscenidades, el sacrilegio y los horrores que estaban sucediendo en la isla, había nublado su luz.

Cuando Nórax hizo pie en aquella playa, recordó que era allí donde años atrás él y Krysaor habían encontrado a las hijas de Gerión.

Junto a una de aquellas piedras, Eteria le había vendado el brazo herido con su velo.