Las naves de Tarsis En el palacio de Krysaor
46%

En el palacio de Krysaor

Aquella noche, Nórax tardó en dormirse. Sus sueños fueron agitados, dominados por el color rojo, la sangre del porenna que se vertía por las gradas como un torrente; de pronto el atleta se levantaba y crecía hasta transformarse en un gigante que derribaba la estatua de la diosa, originando un gran estruendo.

Lo despertó el ruido, que en realidad había sido provocado por Cidón llamando a su puerta.

Al abrir los ojos, la luz del sol inundaba la estancia.

—El rey os convoca a palacio —le urgió Cidón— antes del mediodía.

Se vistió apresuradamente mientras pensaba qué querría el tirano de él.

«Nada bueno», concluyó, y recordó la mirada que el día anterior le había dirigido Krysaor desde el otro extremo de las gradas, cuando se marchaba intempestivamente.

Salió de la casa de Argón y subió por las callejas que conducían al antiguo palacio de Gerión, ahora dominado por Akálide y Krysaor.

Al llegar, percibió que algunas cosas habían cambiado en las últimas semanas.

En la entrada porticada con columnas rojas, los relieves representaban ahora imágenes de leones en actitud amenazadora.

Además, había mucha más guardia que en la visita anterior.

No solo estaban los soldados de siempre, entre los que distinguió al fuerte Jamal, sino que, con las mismas armas y pertrechos, había hombres de la raza de Akálide, guerreros musculosos de piel oscura, pero con los finos rasgos caucásicos de los naturales del país de Kush.

Dos guardias de complexión poderosa, con bíceps y pectorales prominentes, cruzaron sus lanzas impidiéndole entrar y le preguntaron adónde se dirigía.

Les dijo que había sido convocado por el rey Krysaor.

Le pidieron sus datos y comprobaron que era así.

Llamaron a otros dos guardias, de piel oscura, y estos lo acompañaron, dejando a un lado las amplias escalinatas que conducían a los aposentos del rey y de la reina.

Él los siguió. Cruzó las salas que comunicaban unas con otras y pudo advertir que se habían eliminado muchos frescos y habían sido sustituidos por imágenes de serpientes entrelazadas y felinos.

Todo era más agresivo. Su capa se balanceaba detrás conforme iba subiendo las escaleras.

Al llegar a la sala del Laber, donde había aguardado la última vez, no tardaron en abrir el gran portón que la separaba del salón del trono. Pronto una trompa sonó anunciando la llegada del visitante y el portón se abrió.

De frente estaba el trono de alabastro, pero en la estancia reinaba la oscuridad porque grandes cortinajes tapaban los ventanales y la única iluminación procedía de algunas antorchas. Nórax hizo una profunda reverencia ante el rey.

En la pared, los frescos habían cambiado.

Ahora a cada lado había un enorme grifo, un animal mitológico con cabeza de águila con plumas blancas, un pico afilado muy abierto y garras poderosas.

La parte posterior correspondía a un león, con pelaje amarillo, patas musculosas y cola larga.

Aquella figura se había usado en Tarsis, pero ahora rezumaba agresividad.

A cada lado del trono, dos guerreros sostenían sendas lanzas.

Nórax se dispuso de pie delante del trono, donde en un recipiente de porfirita llameaban unas ascuas.

Sobre el trono, vestido con ricos ropajes de raso y brocado, anillos de oro en las manos, un grueso torques en el cuello y una corona de oro sobre la cabeza, se sentaba el rey.

Lo que ahora llamó la atención de Nórax fueron las pupilas de Krysaor, con un brillo extraño y dilatadas; quizá el salón estaba oscuro porque le molestaba la luz.

Se decía que la reina le había sometido con ciertas hierbas, y Nórax pensó que eran esas sustancias las que probablemente provocaban esos cambios en su mirada.

El ahora rey deseaba hablar del pasado, de los viajes juntos, de la niñez que habían compartido.

Arrastraba la voz y se trababa a menudo.

Nórax sostuvo la conversación, aunque contrariando sus emociones más íntimas.

No le era fácil olvidar lo ocurrido la tarde anterior, el reciente sacrificio del porenna, ni el pasado más lejano, vinculado a las muertes que habían rodeado a Krysaor.

Tampoco le perdonaba el régimen de terror que había impuesto en Tarsis, y además temía por su padre.

Así que Nórax hablaba poco y se limitaba a asentir a lo que el rey le decía.

Entonces, Krysaor comenzó a ensalzar sus logros, la libertad que imperaba ahora en la ciudad y la riqueza que fluía.

Nórax mantenía su expresión neutral, aunque por dentro se sentía indignado.

Sabía que las palabras del rey eran una fachada, una manera de justificar la opresión y la violencia que había desatado en Tarsis.

Mientras Krysaor continuaba hablando, Nórax no podía dejar de pensar en la sangre derramada y los cambios en la ciudad.

Sin poder contenerse ya más, Nórax le interrumpió.

—Ayer murió un porenna en la plaza —exclamó con valentía, como reconviniendo al rey.

—Era necesario —contestó Krysaor, muy serio—. Había fallado…

—¡Los porenna son sagrados!

Krysaor hizo un gesto que simulaba compasión y que a Nórax le produjo un fuerte rechazo.

—Por eso, porque son sagrados, no deben sufrir —declaró el rey antes de proseguir—: Habría quedado lisiado, y mi esposa odia las deformidades físicas, sobre todo en los hermosos porenna . Tiene razón. Mi esposa busca la belleza, todo lo bello es bueno. En lo deforme hay maldad…

Nórax, furioso, sintió que la sangre le subía al rostro. No podía soportar la forma de pensar de Akálide y Krysaor.

—Ese derramamiento de sangre ¿lo consideras bello? Fue una carnicería.

—¡Te vimos! Te fuiste de la plaza cuando el porenna aún no había muerto. No me gustó, ni le gustó a Akálide. Das mal ejemplo al pueblo, que te admira por tus hazañas de navegación. ¡No toleraré la menor desafección por tu parte! Ni el menor gesto contra mí o contra la reina.

—¿Para eso me has llamado?

—Sí. Deseo que me apoyes. A Akálide y a mí no nos gustó que abandonases la plaza en medio del espectáculo.

Tu prestigio es grande desde que circunvalaste África, y muchos te siguen, incluso los que no son de tu clan.

—Entonces Krysaor gritó—: ¡No te atrevas a oponerte a mí en nada de lo que ordene!

Para calmarlo, Nórax cambió el tono, que había sido el de dos amigos de la infancia, y comenzó a hablarle con el respeto que supuestamente se merecía un rey.

—Sabéis que yo obedezco las leyes de Tarsis y que soy leal a mi rey, que ahora sois vos. —Al oírlo, Krysaor levantó la cabeza con orgullo. Nórax prosiguió—. Pero para mí son sagradas las antiguas tradiciones de Tarsis, y hay algunas cosas que nunca podré hacer. ¡Bien lo sabéis!

El rey se levantó con señorío, y ahora habló con fuerza, muy convencido de lo que decía.

—Estamos en una nueva era. La vieja Tarsis del patriarca Jafet, con sus injustas leyes, ha muerto y ahora ha comenzado otra civilización, otra cultura. Más justa, más solidaria, más bella. No habrá pobreza. Tengo oro suficiente para conseguir que nadie pase hambre, que todos sean felices…

Nórax asintió para acercarse a él y retornó al tono más personal de antes:

—¿No podrías parar este baño de sangre? ¿Recuperar las leyes antiguas? ¿Reponer al consejo de los diez clanes de Tarsis?

Krysaor lo observó atentamente y comprendió que Nórax no iba a colaborar con ciertas cosas.

Guardó silencio, pensativo, durante unos instantes.

Parecía estar sopesando la posibilidad de pedirle algo, pero al darse cuenta de que Nórax no iba a secundarlo porque lo que fuera contravenía su forma de pensar, finalmente decidió proponerle otra cosa, algo que lo iba a alejar de Tarsis.

—Deseo construir nuevos barcos, y que me ayudes a ello.

Se los entregaré a otras gentilidades para poner fin a la preeminencia sobre la navegación de Tarsis de la que gozáis los góidel .

Hay buenos marinos que no son góidel, gentes de otros clanes cuya fidelidad deseo premiar.

Te haré un encargo que no podrás desobedecer: quiero que te dirijas al norte, a las tierras de las cinco rías, con las naves góidel de mayor calado para traer grandes troncos de roble que se utilizarán en los mástiles de nuevos barcos que deseo construir. Irás al frente de la expedición.

A Nórax no le extrañó que se lo encargase porque era un asunto aparentemente sin importancia.

Sin embargo, la construcción de nuevas naves que le había revelado el rey indicaba que Krysaor deseaba humillar a los góidel .

No los consideraba suficientemente fiables para sus propósitos y deseaba que las naves de Tarsis no dependiesen de ellos.

Además, algo en las palabras del rey le hizo intuir que deseaba alejarlos, a él y a los góidel todavía fieles al dios solar, de Tarsis.

Krysaor tramaba algo, pero Nórax no sabía qué.

—Haré lo que me pides, pero la navegación en Tarsis ha estado siempre en las manos de los góidel .

Krysaor lo miró con desprecio.

—Eso va a cambiar. Todo va a cambiar. Tengo oro suficiente para hacer lo que quiera. ¡Yo! —gritó—. ¡Yo controlo Tarsis!

Nórax movió la cabeza a un lado y a otro, como dubitativamente, y después le dijo:

—El oro arruina. Está arruinando a mucha gente, a las antiguas gentilidades de Tarsis. Han subido los precios de todo. La gente humilde no puede comer, vive de la limosna que les dais. Ese oro que repartes a tus amigos corrompe los corazones y debilita las voluntades, y es lo que está ocurriendo…

Krysaor enrojecía por la furia, pero Nórax tomó aliento y finalizó diciendo:

—Además, tu esposa reparte sustancias que un día estuvieron prohibidas en Tarsis.

Con una voz llena de ira, Krysaor le respondió:

—Mi esposa desea la felicidad de mis súbditos y la mía propia. Es una gran mujer. ¡Gracias a ella soy rico y poderoso! Hace lo que yo deseo. Nunca contraviene mis órdenes.

Nórax pensó que Krysaor estaba ciego, que había sido atrapado en la tela de araña de Akálide, quien poseía un poder maligno, tal y como le había sido revelado en el país de Kush.

—En el país de Kush me hablaron de Akálide. ¿Sabías que practica también sacrificios humanos? Es maligna…

Los ojos de Krysaor lanzaron fuego, y Nórax se dio cuenta de hasta qué punto su antiguo amigo estaba subyugado por aquella mujer.

—¡No tolero que hables así de mi esposa! Gracias a ella soy lo que soy, gracias a ella han cambiado las costumbres de Tarsis, gracias a ella, sacerdotisa de una nueva religión, la gente se verá liberada del culto aborrecible al dios solar.

Estas últimas palabras las gritó con fuerza, con los ojos desorbitados. Parecía estar loco, y sin duda lo estaba. Las pupilas dilatadas indicaban que no hacía mucho que había probado los hongos de Akálide. Nórax retrocedió y le dijo suavemente:

—No lo dudo, pero tú amaste a Eglea y ella estaba cerca del dios solar. Tú estuviste allí; recuerda que un día estuviste en Hesperia y viste el paraíso… Eglea…

Krysaor lo interrumpió inmediatamente levantándose del asiento, con una ira que le hizo gritar aún más.

—¡No me hables nunca de Hesperia… ni de ella!

¡Ni se te ocurra! Todo lo hago para vengarla.

Me desquitaré de ese dios que condenó a muerte al ser más puro y hermoso.

¡Pronto sabrás lo que quiero hacer! Pero ahora…

¡no me hables más! ¡Vete! Y ten cuidado con lo que haces.

No quiero que hagas nada que pudiera parecer una oposición a mis leyes porque lo pagarás, si no tú mismo, sí tu familia y tu hacienda.

No se atrevió a contestarle. El rey se levantó e indicó a la guardia que le escoltaran fuera.

Nórax bajó lleno de angustia las escaleras hasta traspasar el gran portón de entrada.

Desde la puerta del palacio se divisaba a lo lejos Hesperia en medio del mar.

Quedaban unas pocas semanas para el solsticio, porque el recorrido del sol se aproximaba al centro de la isla.

Al mirar al sol y a la isla, Nórax sintió que algo ocurriría cuando llegara ese día, pero no sabía qué era.

El rey Krysaor se atrevería a lo impensable.