Las naves de Tarsis El nuevo espectáculo
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El nuevo espectáculo

El templo a Atón se cerró. Los porenna dejaron por un tiempo de acudir a la plaza y se les habilitó un lugar donde entrenarse mientras el gran cambio tenía lugar.

Dentro del antiguo santuario, en el que estaba la arena al sol, solo salían ruidos de mazas, martillos y gubias.

Cuando todo estuvo acabado, se anunció un gran espectáculo.

Sonaron las trompas en lo alto del templo y las gentes salieron a las calles, convocadas por el rey a una función de taurocatapsia en el templo.

Habían corrido rumores por la ciudad de que la arena, presidida por el gran altar a Atón, había sido transformada.

No se sabía bien lo que pretendían el rey y, sobre todo, Akálide.

El día del espectáculo, la plaza frente al templo se abarrotó de una multitud ávida de novedades.

Jóvenes y viejos, hombres y mujeres, familias enteras se reunieron, conversando en susurros sobre los misteriosos cambios.

La curiosidad y la expectación se palpaban en el aire.

Nórax, entre la multitud, observaba con una mezcla de interés y recelo.

Sabía que cualquier movimiento de Krysaor y Akálide tenía un propósito más allá de lo evidente.

Como no quería acudir solo al nuevo espectáculo, quedó con Feder, el piloto de su barco, su viejo amigo.

Los dos se habían dirigido a la plaza arrastrados por la muchedumbre, hambrienta de curiosidad por los cambios y ansiosa de diversión.

Entraron por el gran acceso frontal, que en otro tiempo desembocaba directamente frente a uno de los trescientos sesenta y cinco altares; se trataba del altar central, que se iluminaba con el primer rayo de sol en el solsticio de verano y con el último en el de invierno.

Atravesaron la entrada oscura que conducía al altar central, pero, al llegar al recinto de la plaza, reluciente por la luz solar y con la blanca arena brillando, ambos se detuvieron, incrédulos.

En el centro de aquellos trescientos sesenta y cinco altares que un día habían sido construidos a la mayor gloria de Atón se alzaba una estatua de la diosa serpiente.

Se habían demolido los altares centrales y se había construido una gran escalinata con un ara, sobre la cual se elevaba la figura de la Señora de las Fieras, una diosa en forma de mujer de pecho descubierto y un rostro peculiar: el de la reina Akálide.

En cada mano sostenía una serpiente y sobre su cabello, como un tocado, se aposentaba un felino.

La imagen de la diosa presidía el templo, pero muchos de los símbolos de Atón no se habían eliminado aún.

Quizá persistían porque Akálide deseaba mostrar a todos que su diosa, la Señora de las Fieras, era superior al dios solar.

Nórax y Feder no daban crédito a lo que estaban viendo.

No solo les asombró la figura de la diosa, tan parecida a Akálide, sino que se dieron cuenta de que, bajo la estatua, el ara mostraba manchas pardas de sangre oscurecida.

Allí, incluso antes de la inauguración de la arena para el público, se había estrenado el altar con un sacrificio sangriento a la diosa; en el mismo templo que anteriormente fuera del benigno dios Atón. Feder se sintió asqueado.

—¿Cómo es posible que ocurra esto?

Nórax guardó silencio, recordando todo lo que Artaí le había revelado.

La misma diosa serpiente que durante un tiempo había dominado el país de Kush se hacía presente en Tarsis.

Un monstruo gobernaba la ciudad. Mientras Feder avanzaba, Nórax se quedó inmóvil donde estaba, paralizado por la sorpresa y el horror.

No podía dar un paso. Entonces su amigo retrocedió y lo empujó hacia delante.

Ambos se dirigieron a una grada y tomaron asiento.

Al cabo de un rato, unas jóvenes con vestiduras blancas se pasearon entre las gradas repartiendo una especie de polvo marronáceo que las gentes se apresuraban a adquirir.

—¿Qué es? —preguntó Feder.

Alguien se apresuró a decir, como si Feder viviese en otro mundo:

—Hongos de la diosa.

Algunos los tomaban y otros los rechazaban.

Los que los tomaban, al cabo de un tiempo, gritaban eufóricos y parecían disfrutar más.

La música resonaba rítmicamente mientras los porenna se distribuían por la arena.

Feder y Nórax observaban el espectáculo, confusos; parecía que la danza de los porenna sobre el toro, que antes era parte del culto a Atón, iba a ser dedicada a la diosa serpiente.

Una larga hilera de porenna dividió la plaza en dos.

Los atletas se inclinaron ante los reyes haciendo una reverencia y saludaron al público.

Después se metieron en los burladeros y esperaron la salida del toro.

El animal, un enorme astado con pelaje negro como el azabache y cuernos que habían sido pintados en color dorado, saltó a la plaza, trotando con toda su poderosa fuerza.

El público se levantó enardecido a aplaudirle y el toro, como si lo notara, levantó los cuartos delanteros en el centro de la arena.

Varios porenna vestidos con faldillas cortas multicolores y el torso desnudo salieron a la plaza.

Llevaban en sus manos unas banderillas, como pequeñas lanzas adornadas con plumas.

Sonó una música animada, muy intensa y rítmica, y los atletas comenzaron a saltar y a danzar por la plaza moviendo las banderillas.

Con saltos muy ágiles, se las clavaban al animal, que se revolvía.

Poco a poco el toro iba perdiendo su vigor inicial y tornándose más manso.

Nórax observaba con una mezcla de fascinación y repulsión la transformación del ritual, antes una celebración de la fuerza y la gracia y ahora una demostración de control y sumisión.

Los gritos de júbilo del público y la música ensordecedora contribuían a intensificar la sensación de desasosiego que lo invadía.

Feder, a su lado, mantenía la mirada fija en la arena, con las manos crispadas sobre los muslos.

—¿Es en esto en lo que se ha convertido Tarsis? —murmuró Nórax, más para sí mismo que para su amigo.

Feder no respondió, pero su silencio era elocuente. Ambos sabían que el espectáculo, más que una simple función, era una manifestación del poder de Krysaor y Akálide, una señal de que el viejo orden había sido reemplazado por uno nuevo, más cruel.

Un joven atleta logró encaramarse al dorso del toro y permanecer de pie sobre él.

La música continuaba, y parecía que el animal y el porenna galopaban por la plaza al ritmo de la melodía.

Cuando la cadencia alcanzó un punto álgido, el porenna hizo un giro sobre sí mismo, como un tirabuzón vertical.

Después se inclinó hacia delante, se agarró a los cuernos del toro y, dando una voltereta, cayó ante el morro del animal.

Antes de que llegase al suelo, otro porenna se subió al lomo del toro para distraerlo y evitar que atacase al que había caído delante.

El animal levantó sus cuartos traseros intentando librarse del nuevo peso sobre su lomo, pero el atleta realizó un ejercicio muy hábil que consistía en saltar encogiendo las piernas para volver a caer en el mismo sitio.

El enorme animal quería quitarse de encima al porenna que le molestaba y comenzó a moverse a un lado y a otro hasta que logró tirarlo al suelo.

Girando rápidamente, lo corneó en un costado.

El atleta, sobre el suelo, se golpeó un ojo y la cara.

Se oyeron gritos en las gradas mientras varios porenna, con faldellines cortos y paños de colores en las manos, se pusieron delante del toro para atraer su atención e intentar salvar a su compañero, que sangraba profusamente tanto por el costado como por la cara.

En ese instante se oyó como un estallido bajo tierra y la plaza tembló. Uno de los pináculos de los antiguos altares a Atón se desplomó, aplastando a una anciana e hiriendo a otros.

Tras el estallido, la reina se levantó, se acercó al extremo de la grada donde estaba sentada e hizo un gesto elevando la palma de la mano. Krysaor, a su lado, derrumbado en el trono y con cara de idiotizado, no parecía enterarse de lo que estaba ocurriendo, o no quería hacerlo.

—¡Lo va a hacer! —exclamó Nórax, horrorizado.

—¿Qué?

—¡Va a condenar a un porenna! ¡Son sagrados!

Subieron al atleta herido, que estaba pálido y aterrorizado, por las gradas hasta el ara.

—¡El porenna ha ofendido a la diosa! —sentenció la reina con voz potente—. Un porenna no puede ser herido ni ser deforme. La tierra tiembla porque la diosa ha soltado al Cándamo. Para calmarla, es necesaria la sangre del ofensor.

Condujeron al herido, que temblaba de miedo, hasta el ara, donde apoyaron su cuello. Con el laber, un hacha de doble filo que se utilizaba para los sacrificios rituales, le hicieron un corte en la yugular de un lado, y después, del otro. El joven se fue desangrando a la vista de todos.

—¡Eso nunca lo habría permitido Gerión! —exclamó Feder, lleno de espanto.

—Ni Gerión, ni ningún gobernante de Tarsis… ni ningún ser humano con corazón —le contestó Nórax con la voz colmada por la indignación.

Los que se sentaban al lado de Feder y Nórax, ante la crítica abierta al rey, pusieron cara de circunstancias y de desagrado.

No convenía oponerse al rey ni al estado de cosas en la ciudad.

La angustia atenazó el pecho de Nórax. Lo ocurrido era inimaginable porque los porenna siempre habían sido venerados por el pueblo y consagrados al dios.

Ya no era así. El espectáculo continuó, pero los dos amigos no miraban a la plaza, sino al ara, donde un porenna moría desangrado.

Sin poder soportarlo más, Nórax se levantó y se dirigió hacia la salida, pidiendo permiso a las gentes que se agolpaban y estaban como hipnotizadas por el sangriento espectáculo.

Mientras se marchaba, pensaba que la taurocatapsia, el espectáculo sagrado al sol, lleno de fuerza y alegría, se había convertido en una atrocidad en la que sufrían hombres y animales.

Feder lo siguió, sintiendo lo mismo: asco, rechazo y horror.

Apartando al público, mientras salía, Nórax miró hacia el trono.

Krysaor se había levantado y observaba la ejecución.

En su rostro se percibía algo extraño, como una rabia anormal y contenida.

De pronto, aunque estaban a mucha distancia, Nórax sintió que Krysaor lo enfocaba con la mirada y bajó la cabeza.

Feder y Nórax salieron sin hablar. Caminaban lentamente y al final se sentaron, agobiados, en un banco junto a una casa.

Al cabo de un rato el espectáculo acabó y por las calles se desparramó la multitud que había llenado la plaza, eufórica, harta de sangre y quizá estimulada por las hierbas alucinógenas que se habían repartido por la plaza.

La gente las masticaba sin tragarlas; al final, las escupían.

—¡Es tremendo lo que está pasando! —se lamentó Feder—. Y lo peor es que nadie se opone. ¿Los ves? Salen de la plaza como si nada ocurriera. En mi familia creemos en el dios, y siempre le hemos rendido culto. No se puede consentir que la ciudad se aleje del dios.

Los ojos de Feder brillaban de rabia.

—Esto no es nuevo. Hace tiempo que la ciudad se aleja de Atón.

—¡No lo creo! El culto a la serpiente se impone desde el poder, y la gente, que está aborregada, lo acepta. Es inicuo, es cruel.

Estaba muy enfadado y algo fuera de sí. Nórax, que veía las cosas como Feder pero era más ecuánime, decidió que lo mejor era que se alejaran de la plaza y de las gentes que salían de allí.

Le pidió a Feder que bajaran hasta el puerto.

Atravesaron las callejas, desiertas porque la gente se estaba demorando a la salida del espectáculo, y llegaron al triple dique, donde se balanceaban los barcos.

El rumor del mar, la brisa marina y el olor a salitre parecieron calmar la furia que llevaban dentro.

Dirigieron la vista hacia el sol, que describía su curva sobre el horizonte.

En la bocana del puerto entraba una nave que parecía cargada hasta los topes y se quedaron mirando cómo se acercaba.

De ella salieron hombres con piel de color negro, no tan hermosos como los kushitas, compatriotas de la reina, pero también de piel oscura.

Eran muy fuertes. Nórax y Feder los siguieron con la mirada.

Iban atados, y la larga fila se dirigió hacia la zona más externa del muelle circular.

Allí los obligaron a entrar por un portillo en el muro que no se sabía hacia dónde conducía.

—¿Quiénes son? —preguntó Nórax a Feder.

—No se sabe con certeza. Se dice que desaparecen en las profundidades de las cuevas que horadan Tarsis. Se comenta también que alimentan al monstruo, Cándamo, oculto bajo la ciudad, pero no creo que sea eso… Nadie conoce exactamente qué pasa con ellos.

La larga fila de hombres de piel oscura desapareció, conducidos por los marinos que pilotaban el barco hacia las dársenas dentro del puerto.

Nórax se quedó allí, mirando el océano que se extendía ante él mientras se ponía el sol al lado de Hesperia, tintando la isla de tonalidades ocres y doradas.

Nórax extendió los brazos hacia la isla, como queriendo abarcarla, y Feder no supo interpretar lo que le sucedía a su amigo.

Después Nórax bajó los brazos y entonces Feder le dijo:

—Se ha dicho siempre que la salvación de Tarsis viene de Hesperia.

—No sé si nuestra ciudad tiene ya salvación… —contestó Nórax, amargado tras el espectáculo en la arena.

—Mientras dure Hesperia, la tendrá.

—¡Nunca destruirán la belleza! —afirmó Nórax, casi gritando.

El sol rielaba sobre el estuario extrayendo resplandores iridiscentes del agua, las gaviotas les sobrevolaban y emitían un graznido lento y estirado y el estruendo de las olas contra el malecón les circundaba, pero ambos miraban a la isla, a Hesperia.

Feder recordaba a su hermana, que habría crecido allí y sería ya una joven vestal.

Nórax, a Eteria, pensando que nunca la podría olvidar.

Además, desde que la había visto en el círculo de piedra, un ansia enorme de ella se había abierto en su corazón.

Le había pedido que la ayudase, pero ¿cómo llegar a la isla?

Se había dado cuenta de que estaba más vigilada que nunca. Pensaba que nunca la volvería a ver.