El cambio en Tarsis #3
El tono del rey era frío y calculador, cada palabra cargada con un peso que Nórax no podía ignorar.
La figura de Akálide permanecía inmóvil junto al trono, con sus ojos fijos en Nórax y una leve sonrisa en los labios.
La tensión en la sala era palpable y Nórax supo que cada movimiento que hiciera y cada palabra que pronunciara serían juzgados con dureza.
—Krysaor, fuiste mi camarada y ahora sois mi rey. Vengo a presentaros mis respetos —respondió Nórax, inclinando la cabeza.
Krysaor se reclinó en su trono y su sonrisa se ensanchó en un rictus displicente.
Nórax se volvió al chambelán y, tras susurrarle algo, este se dirigió a la puerta de la estancia e hizo un gesto a la guardia.
Tras él entraron los sirvientes de la casa de Argón, portando el tributo: plumas de pavo real, madera de sándalo, diamantes y turquesas del país de Kush, mirra y perlas de Ofir.
Era lo mismo que le habría entregado a Gerión si este hubiese sido el rey.
Krysaor se sintió halagado por los presentes y, sonriendo con arrogancia, le contó sus logros: que el culto al dios que odiaba perdía crédito en la ciudad.
Nórax no le respondió, ya que seguía creyendo en la luz que todo lo colmaba. Mientras Krysaor hablaba, Nórax sintió amargura, pero se mantuvo en silencio porque no deseaba enfrentarse con él. Era preferible tener al nuevo rey de su parte.
No se atrevía a mirar a la reina; todo lo que Artaí le había revelado en el reino de Kush le venía a la cabeza.
En un momento dado, la miró de reojo. Ella estaba tensa y, cuando Krysaor intentó levantarse para agradecer los presentes, lo retuvo, poniéndole la mano en el hombro, y le susurró al oído para indicarle que ya había estado demasiado tiempo con aquel hombre y debía dar la entrevista por concluida.
Krysaor, algo sorprendido, asintió lentamente y se volvió hacia Nórax.
—Te agradezco el tributo, Nórax —dijo el rey amistosamente. Después, en un tono más serio y protocolario, anunció—: Podéis retiraros por ahora, aunque tal vez vuestros servicios sean requeridos pronto.
Nórax hizo una reverencia profunda, ocultando sus emociones detrás de una máscara de respeto.
Retrocedió lentamente, sin darle la espalda al trono, y salió del salón sintiendo el peso de la mirada de Krysaor y Akálide hasta que los grandes portones de bronce se cerraron tras él.
Una vez fuera, respiró hondo, aliviado por haber pasado la prueba, pero consciente de que el verdadero desafío comenzaría pronto.
El chambelán indicó a los sirvientes de Nórax que condujesen los regalos a los almacenes.
Nórax se quedó solo y un guardia le acompañó cruzando las salas y corredores hacia el portón de salida.
Regresó a la casa de los góidel pensativo y preocupado por la actitud de Krysaor.
Al pasar por la arena frente al templo, vio a unos niños entrenándose para el espectáculo de taurocatapsia y saltando alegres sobre un pequeño tronco que hacía las veces de toro.
Uno que no tendría más de seis o siete años se cayó y otro, de brillante pelo dorado y ojos verde agua, algo mayor que él, le ofreció la mano para levantarse.
Cuando se alzó, ambos se empujaron, bromeando.
Después se pusieron a saltar de nuevo sobre el tronco.
Nórax pensó que al menos eso no lo había suprimido el nuevo rey, quien desde siempre había disfrutado con los espectáculos de lucha frente al toro y que había llegado incluso a saltar alguno en su intento de convertirse en un porenna .
Viendo a aquellos jóvenes, se sintió solo y algo envejecido.
Habían transcurrido varios años desde su estancia en Hesperia; pasaba ya de los treinta.
No había formado una familia, ya no tenía el apoyo de sus padres y se iba sintiendo mayor.
Ninguna mujer le atraía, ninguna después de haber estado en el Jardín de las Hespérides, después de haber conocido a Eteria.
La nostalgia le invadió al recordar los días pasados en el Jardín de las Hespérides, donde cada amanecer y cada ocaso parecían teñidos de magia.
Eteria, con su risa cristalina y su mirada profunda, había impreso una marca indeleble en su corazón.
Ninguna otra había logrado llenar el vacío que ella le había dejado.
En la arena donde saltaban los muchachos se levantó una suave brisa marina que le trajo el aroma de la sal y el sonido lejano de las olas rompiendo contra la costa.
Los días pasados en la mar, liderando a su tripulación en singladuras largas y peligrosas, parecían ahora un eco lejano de una vida que ya no era suya.
La lealtad al dios del sol, su himno y las estrellas que guiaban sus viajes eran todo lo que le quedaba de ese tiempo.
Arriba, culminando la arena, el santuario al dios solar aparecía vacío.
Ningún fuego ardía en los altares, y en el suelo del templo había desperdicios, mondas de naranja, trozos de tela…
Nórax levantó los ojos mirando al sol, como pidiendo ayuda a su dios, pero se sintió abandonado. Todo cambiaba en Tarsis.