El cambio en Tarsis #2
Nórax cerró la puerta con un golpe seco y se volvió hacia la pared contigua, descargando su furia con un puñetazo. Luego entró en el patio central, donde los últimos rayos del sol se filtraban por el techo de alabastro, y gritó con desesperación:
—¿Por qué me quitas lo que más quiero? Mi madre, mi padre, ella…
Cidón, a su lado, permanecía en silencio.
Nórax se alejó del fiel sirviente, tal vez avergonzado por haber mostrado tan claramente sus sentimientos.
Intentando recuperar la compostura, se dirigió al jardín de la casa, descuidado desde hace tiempo, donde había un pozo, y se sentó en el lecho.
No pudo dormir en toda la noche. A veces le parecía que iba a hacerlo, pero los pensamientos dolorosos regresaban a él, y el miedo a un futuro adverso le atenazaba el alma.
La noche tornaba los pensamientos sombríos en pensamientos negros.
La luz del amanecer se coló entre las columnas del peristilo que antecedían a su alcoba; un haz de luz blanca pareció calentarle el espíritu, entumecido por las oscuras ideas de la noche.
Se lavó en una jofaina y cruzó el patio hasta una sala que hacía de comedor, donde bebió leche fermentada y tomó fruta.
Entró un emisario con un mensaje de la casa real: el rey Krysaor quería ver a su buen amigo Nórax, el héroe que había circunnavegado el gran continente africano, al mediodía.
Nórax se llenó de temor y preocupación. Aún disponía de tiempo antes de reunirse con el nuevo rey; respiró hondo y se dijo a sí mismo que debía serenarse.
Ordenó a Cidón que preparara unos presentes para el rey con lo traído del largo viaje.
Como aún era temprano, decidió ir al puerto; necesitaba hablar con Kendal.
Dio un rodeo por una calle poco frecuentada porque no quería encontrarse a nadie que le preguntase por el viaje.
Sus pasos lo condujeron frente a las ruinas de lo que una vez fue un hermoso palacio.
Aquel lugar había sido presa de un pavoroso incendio.
Las piedras estaban ennegrecidas y solo se distinguía, sobre el portalón de entrada, el emblema de la casa de Madai.
Comprendió que aquella solo podía ser la casa de Artaí, y el recuerdo del rostro desfigurado de su amigo se le vino a la mente.
La casa quemada semejaba un espectro de lo que fue.
Las ruinas negras y calcinadas hablaban del dolor de aquel a quien había llegado a considerar un hermano.
Nórax se llenó de inquietud: los que habían desencadenado tal tragedia eran quienes ahora gobernaban Tarsis.
Una vez en el puerto, se dirigió a la casa de Kendal, desde donde se divisaban la bocana y las naves balanceándose en las dársenas.
Kendal estaba aún descargando mercancías del viaje africano.
Junto a él, su padre, agachado, examinaba lo que su hijo había traído en el barco de la familia, orgulloso de la hazaña lograda.
Al notar que Nórax se acercaba, ambos se incorporaron y salieron a su encuentro.
Fue bien recibido, pero enseguida Kendal notó su inquietud y comprendió que deseaba hablar con él a solas. Se sentaron aparte en el muelle y entonces Nórax le relató todo lo que sabía de Akálide por Artaí. Kendal ahondó en el tema para comentar lo que estaba sucediendo.
—Anoche mi padre me contó cosas terribles.
Muchos han muerto. Él intenta salir a navegar y mantenerse lejos de la ciudad.
Sin embargo, también dice que Krysaor tiene sus caprichos.
Se comenta que a algunos les permite hacer lo que quieran mientras que a otros los condena por cualquier fruslería.
Tiene sus preferencias; hay gente a la que respeta. Él fue tu amigo. Erais como hermanos…
Nórax se quedó pensativo. Krysaor era impredecible, y tal vez quisiera vengarse de aquel tiempo en que, siendo capitán de La Estrella del Ocaso, él se sintió humillado. Pero también le debía la vida. El problema era Akálide.
—¿Y ella? ¿Akálide?
—Dicen que lo domina, pero al parecer no del todo. Quizá te respete.
Nórax protestó; no las tenía todas consigo.
A Kendal le pareció bien que llevara presentes porque es lo que habría hecho si el rey siguiera siendo Gerión.
Discutieron un rato, sopesando lo que podría ocurrir, pero el sol seguía elevándose y se acercaba la hora de la audiencia real.
Nórax se despidió de Kendal, que le animó con un gesto de apoyo.
Se dieron la mano derecha como símbolo de amistad.
Nórax subió por las calles a paso rápido en dirección a la acrópolis de la ciudad.
En el palacio góidel le esperaban algunos criados con los presentes destinados a Krysaor; les hizo un gesto y le siguieron.
La comitiva se dirigió al palacio real mientras la sensación de desasosiego en Nórax iba incrementándose conforme se acercaban.
El príncipe góidel cruzó la puerta monumental del palacio, flanqueada por columnas pintadas de rojo y adornadas con frescos de toros y hermosos relieves geométricos.
A cada lado de la gran puerta, dos soldados que montaban guardia cruzaron sus lanzas para impedirle el paso.
Solo cuando Nórax mostró el mensaje real lo dejaron pasar.
Un chambelán los escoltó, caminando delante de ellos para guiarlos por los intrincados corredores y pasillos, ricamente decorados con frescos de escenas naturales y ceremoniales.
Atravesaron el gran patio central, un amplio espacio abierto rodeado de columnas donde en tiempos de Gerión se celebraban ceremonias y danzas.
La luz del sol filtrándose entre las columnas creaba un juego de sombras que acentuaba la majestuosidad del lugar.
Después subieron por una amplia escalinata de mármol, sus pasos resonando en el silencio solemne del palacio.
Pasaron por varias salas intermedias, cada una más lujosamente decorada que la anterior, con suelos de mosaico y paredes cubiertas de frescos que narraban historias de héroes y dioses.
Finalmente llegaron al gran salón del Laber, una vasta estancia adornada con hachas de doble hoja que simbolizaban la justicia emanada del poder real.
Esta cámara, con su techo alto y sus muros decorados, era la antesala del salón del trono; la puerta de acceso a él estaba cerrada.
Allí esperaron a ser recibidos. Nórax, intentando serenarse, recordó los tiempos en que él y Krysaor eran niños y jugaban por las calles de la ciudad. Sin embargo, el recuerdo de aquellos días felices no lograba disipar el temor al tirano.
Los enormes portones de bronce se abrieron, dejando pasar la luz al salón del Laber, que estaba en penumbra.
De frente, a contraluz, se distinguía un trono de alabastro sobre el cual estaba sentado un hombre.
La luz que entraba por la ventana, tras él, incidió en los ojos de Nórax y le impidió distinguir con claridad la figura sobre el trono.
Avanzó unos pasos ahora ya en el salón del trono, aún deslumbrado por la luz solar.
El chambelán les indicó que se inclinasen ante el rey.
Nórax hincó la rodilla, sintiendo la opulencia del lugar a su alrededor, y miró hacia el suelo inclinando la cabeza.
El suelo, decorado con mosaicos y piedras pulidas, presentaba patrones geométricos y florales que reflejaban la luz de los grandes ventanales detrás del trono.
La magnificencia del salón contrastaba con el temor que invadía el corazón de Nórax mientras sentía el imponente poder de Krysaor sobre él.
Nórax se levantó y avanzó por la amplia sala rectangular con techos altos, sostenidos por robustas columnas.
En las paredes, frescos con grifos y delfines cobraban vida bajo la luz que entraba por los ventanales.
El techo, decorado con vigas ornamentadas en colores azules, rojos y blancos, confería al salón una majestuosidad digna de los reyes de Tarsis.
El salón del trono estaba igual que cuando él era niño y su padre lo había llevado allí para ser presentado ante el rey Gerión.
Krysaor, que aún no llevaba mucho tiempo en el poder, no había cambiado nada, y la suntuosidad del lugar se mantenía intacta.
La atmósfera del salón del trono, a la entrada de Nórax, estaba impregnada de una mezcla de reverencia y tensión.
Junto a la figura del rey, de pie, una silueta femenina: Akálide.
A contraluz, no se advertían las manchas en la piel que la afeaban.
La opulencia de los ropajes que la ceñían, una falda amplia con varias capas y un escote pronunciado que dejaba ver el nacimiento de sus pechos, hacía confluir en su figura la voluptuosidad con la majestad de una reina.
Krysaor sonreía con jactancia: saberse superior a su antiguo capitán, hacerle notar que estaba a su merced, le producía una enorme satisfacción.
Nórax sentía el peso de cada mirada sobre él mientras avanzaba por la sala.
Los murmullos se apagaban a medida que se acercaba al trono, generando una especie de silencio expectante que lo envolvía.
Su corazón latía con fuerza, y cada paso resonaba en el suelo de mosaicos y piedras pulidas.
Al llegar frente al trono, Nórax levantó la vista y se encontró con los brillantes ojos verde oliva de Krysaor, que lo observaban con una mezcla de burla y superioridad.
Más de cerca, Nórax examinó el semblante de su antiguo amigo, ahora entrado en carnes y luciendo una barba rala sobre la fina barbilla, de la que pendía una incipiente papada.
—Nórax, antiguo camarada —dijo Krysaor, su voz resonando en la vasta sala—. Has vuelto a nosotros tras un largo viaje. Ya ves que todo ha cambiado.