El cambio en Tarsis
Habían trascurrido tres años desde la partida de Tarsis, cuando Nórax y sus compañeros regresaron.
Para entrar en el estuario, debían acercarse a Hesperia, rodeándola para alcanzar el puerto.
Nórax, sin poderlo evitar, dirigió el barco todo lo que pudo hacia el lugar donde un día había luchado con un dragón que ahora ya no existía.
Mientras intentaba divisar a aquella a la que no podía olvidar, sentía una añoranza íntima, un dolor intenso.
En las playas de la isla, blancas y resplandecientes, brillaban puntos plateados: las lorigas de las guardianas, muchas más de las que habría vislumbrado años atrás.
A Nórax le sorprendió ver tantas en la costa.
Además, alrededor de los arrecifes observó algunos barcos reales patrullando, al parecer, protegiendo la isla.
Desde lo alto de uno de los acantilados de Hesperia, una mujer de ojos ambarinos y cabello castaño vigilaba el paso de las naves, buscando las que llevaban el símbolo góidel .
Habían transcurrido varios años sin verlas, y ahora, al divisar la marca del trisquel, sintió que algo se estremecía dentro de sí. Él había regresado.
En el otro lado de la costa, desde una atalaya en Tarsis, como un faro, cercana al puerto, los vigías tartesios divisaron también el trisquel en las velas góidel e hicieron sonar las trompetas anunciando la llegada de la flota, a la que muchos consideraban perdida.
Al difundirse la noticia de que los barcos góidel, que años atrás habían zarpado para la gran travesía africana, enfilaban el puerto, las gentes bajaron hasta los muelles y abarrotaron los diques.
Cuando atracaron, la multitud prorrumpió en gritos de asombro, exclamaciones de júbilo y aplausos.
Pronto toda la ciudad se hizo eco de la hazaña.
Habían salido muchos más barcos de los que regresaban, porque algunos se habían perdido en el camino, pero las bodegas de los que habían alcanzado Tarsis estaban rebosantes de riquezas.
Entre la multitud que aguardaba en el muelle, Cidón, el administrador de los góidel, salió también a recibirlos.
Nórax lo avistó desde la borda, y le sorprendió el cambio sufrido por el administrador.
No había pasado tanto tiempo, pero lo notó distinto: la piel más curtida y con manchas del sol, los párpados caídos que sombreaban unas pupilas oscuras, el cabello negro entreverado de canas, despeinado como siempre.
Solo su sonrisa seguía siendo la misma: amable, desdentada, bajo una nariz torcida y aguileña.
Cuando Nórax saltó a tierra, Cidón inclinó la cabeza ante su señor.
Su expresión no era alegre, sino de tristeza, pero Nórax no lo advirtió y, lleno de contento por el regreso a casa, lo abrazó.
Muchas cosas habían ocurrido en aquellos años.
Cidón le dio la penosa noticia de que su madre había muerto.
Nórax se abrazó a él con dolor y le preguntó cómo había sido.
La matrona había contraído unas fiebres y durante el sueño deliraba suspirando por su hijo, a quien consideraba muerto.
Nórax bajó la cabeza, apenado, y guardó silencio.
Comenzaron el lento ascenso por las calles; en el camino, Nórax le preguntó por su padre, pero Cidón, tras mirar a un lado y a otro porque estaban rodeados de gente, bajó la voz y sin darle demasiados detalles le anunció que aún vivía.
Al llegar a casa, Cidón condujo a Nórax hasta una cámara aislada de todos en donde, cuidado por una fiel sirvienta, el patriarca de los góidel yacía en su lecho.
Argón reconoció a Nórax, y lloró al verlo, pero al poco su mente se abismó, ajena a todo, aunque durante algún tiempo mantuvo una expresión de alegría en el semblante.
Nórax lo abrazó e intentó mantener una conversación con él para contarle sus viajes, pero, aunque unas veces parecía atenderle, lo cierto es que por momentos estaba completamente ausente.
Cidón ordenó a la sirvienta que cerrase la puerta de la estancia y que se fuese. Cuando esta salió, Cidón le previno:
—No debéis hablar de lo que sucede a vuestro padre, mi señor.
—¿Por qué?
—Hay sacrificios… sacrificios humanos. Todo lo que no es perfecto debe ser exterminado. Los niños con defectos y los dementes son sacrificados a la Diosa de las Serpientes.
—¿Cómo puede consentirlo Gerión?
—Gerión ya no es el rey de Tarsis.
—¿Ha muerto?
Cidón afirmó con la cabeza con aire misterioso. Cuando le preguntó por cuál de sus hijos había sido sustituido, torció la cara y le contestó:
—Están muertos o han desaparecido. Y no solo ellos, sino que todos los que hubieran tenido aspiraciones al trono han sufrido extraños accidentes o han muerto en circunstancias dudosas. La familia del nuevo rey no entronca con la del patriarca Tarsis…
—¿Quién? —le preguntó sorprendido.
—Un viejo amigo vuestro, mi señor: Krysaor, de la estirpe de Túbal. Akálide es ahora la reina.
Nórax se horrorizó al enfrentarse con lo peor que jamás habría podido imaginar; ahora comprendía con claridad lo que Krysaor y Akálide habían estado tramando.
No tenían conciencia, y dejaban tras de sí una estela de crímenes y corrupción.
Con el rostro crispado por el horror, recordó lo que había descubierto en el país de Kush sobre aquella mujer.
La revelación era un golpe devastador; las noticias no podían ser más desastrosas.
—¿Cómo? ¿Cómo es posible?
Cidón pasó a explicarle lo sucedido en los últimos tiempos, cuando Nórax estaba lejos.
—Ocurrió hace unos meses, poco después del solsticio de verano.
Se organizó una conjura y, en un golpe de mano muy hábil, los fieles a Krysaor ocuparon el palacio del rey Gerión.
Él se hizo proclamar rey con el apoyo de sus partidarios.
Tiene mucho oro, y compra voluntades. Muchos se han pasado a su bando.
Se dice que asesinó al rey y mató o esclavizó a la familia real.
—¿A todos?
—No. —Cidón bajó la voz—. Logré salvar a algunos de los niños y los he ocultado en lugares seguros. Akálide quería sacrificarlos a la diosa, y de hecho mató a muchos.
Argón se incorporó de la cama y gritó: «Los salvó, los salvó, salvó a los niños».
Aunque estaban solos, Cidón miró a los lados y le ordenó callar.
Argón cruzó las manos sobre el pecho y se tumbó hacia atrás, obediente.
Después Cidón le contó a Nórax dónde los había escondido.
A Nórax le interesaba sobre todo uno, el hijo de Eglea.
Aquel muchacho especial no debía tener relación con alguien tan peligroso como Akálide.
El sirviente le aseguró que estaba a salvo.
—Has hecho bien, buen Cidón. La casa góidel le protegerá siempre; proporciónale todo lo que necesite.
—Así se ha hecho.
—¿Y el consejo? ¿No se opuso?
—El consejo ya no existe como lo conocíais.
Fueron amenazados y se dispersaron. Algunos intentaron resistir, pero murieron.
La versión oficial es que se suicidaron.
No creo ni por un instante que fuera así.
Los que quedan son solo esbirros de Krysaor, la mayoría de la casa de Túbal, reunidos para acatar sus inicuas leyes.
Ya no se adora al dios Atón, y muchos han muerto por defender el antiguo culto.
—¿Cómo ha sido capaz de cambiar las costumbres?
—Tiene oro, manipula a las gentes. Y ella es terrible, practica una magia negra y es capaz de atraer las voluntades. Ambos odian al dios solar. No comprendo por qué albergan tanto odio en su corazón.
Nórax calló pensando que quizá solo él conocía todos los motivos de aquel odio. Sin embargo, Krysaor no siempre había sido un hombre perverso; posiblemente ella, de algún modo siniestro, lo había atrapado, sometiéndolo a su voluntad por completo.
—Poco a poco lo ha ido transformando todo —continuó Cidón con amargura—.
Al principio decretó que se podía adorar a cualquier dios.
Lo justificó afirmando que honrar a uno solo era cosa de reyes tiránicos y tiempos pasados.
Comenzaron a adorarse deidades e ídolos de los pueblos de la meseta y las islas: Belenus, Ataegina, Epona, Lug, Bandúa, Navia…
Pero en realidad todo era una excusa, y Akálide pronto derivó toda la superstición a ese Cándamo extraño, mitad toro, mitad serpiente, y, junto a él, a la diosa serpiente.
Los adoradores de la diosa salieron de las cuevas donde antes oficiaban en secreto y empezaron a sacrificar animales blancos, sin mancha, a plena luz del día, en las plazas.
Ahora ha ordenado que todos los niños con algún defecto, los lisiados y dementes sean sacrificados a la diosa, porque no quiere nada feo, nada tarado en la ciudad.
Por eso hemos ocultado la situación de vuestro padre…
Nórax miró a su padre, el hombre que una vez fue su compañero de juegos en la infancia, el valiente y decidido hombre maduro de su juventud y el marino endurecido por los años antes de su viaje a las Casitérides.
Ahora, frente a él, solo veía una sombra de lo que fue, frágil y desvalido.
Un nudo se le formó en la garganta. La vulnerabilidad del ahora prematuramente anciano despertó en él un torrente de afecto filial.
Con suavidad, colocó la mano en la frente del anciano y luego se inclinó para hablarle, deseando compartir con él todos los lugares que había recorrido.
Pero su padre no lo reconocía. En un momento desgarrador, el anciano se incorporó, quiso arrodillarse ante él, llorando, y lo llamó Gerión.
El joven marino, con el corazón roto, lo abrazó, lo levantó del suelo y lo ayudó a recostarse de nuevo.
Justo entonces un destello de lucidez cruzó los ojos del anciano y, por un breve instante, pareció reconocer a su hijo.
Pero la claridad se desvaneció y Argón volvió a perderse en la oscuridad de la demencia.