Las naves de Tarsis Avaris #2
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Avaris #2

El faraón le sonrió con amabilidad y con un gesto pausado le indicó que se acercara al gran cofre de caoba que había sido depositado en el centro de la sala.

La sombra de la colosal estatua de la serpiente lo envolvía, bloqueando la escasa luz que se filtraba entre las columnas.

La oscuridad parecía emanar del mismo dios al que representaba.

La niña, sin mostrar temor, se inclinó hacia el cofre. Con cierto esfuerzo logró abrir el cierre y comenzó a levantar la tapa. Mientras lo hacía, se oyó un roce desde el interior, como si algo pasara un cepillo contra la madera. La niña se incorporó asustada, pero no retrocedió.

En medio del silencio se oyó un golpe sordo, leve pero inconfundible, como si algo pesado hubiera cambiado de posición dentro del cofre.

Cuando la niña alzó por completo la tapa, al principio solo vio oscuridad…

, hasta que distinguió, en el fondo, dos curvas suaves que se movían con lentitud, como un músculo dormido que empezó a despertar.

De pronto una enorme cabeza surgió del interior del cofre: unas mandíbulas abiertas que apresaron a la niña y se clavaron en su hombro.

Ella gritó horrorizada. Una enorme serpiente pitón había lanzado un mordisco brutal con su poderosa mandíbula, dotada de dientes curvados hacia atrás.

No la mató al instante, sino que la aferró, anclándola.

Con un movimiento inmediato, la serpiente enrolló su cuerpo musculoso alrededor de la víctima.

Cada vez que la niña intentaba respirar, la pitón apretaba más, impidiendo que volviese a inhalar.

En unos pocos instantes, la víctima falleció por asfixia, aunque su cuerpo siguió moviéndose por puro reflejo durante unos instantes más.

Los góidel, Nórax, Feder, Sedric y los demás, se llevaron instintivamente las manos a sus cinturas para desenvainar los puñales y defender a la niña, pero los guardias de Apofis los rodearon de inmediato para impedirles cualquier movimiento.

El sacrificio inhumano se consumó ante sus ojos.

Feder lanzó un grito de furia mientras forcejeaba con los brazos inmovilizados.

Sedric se quedó paralizado, el rostro lívido, incapaz de apartar la vista del horror.

Kendal murmuró una plegaria entre dientes, con los ojos cerrados y los puños apretados.

Nórax, rígido como una estatua, respiraba con dificultad, con la mirada fija en la serpiente.

El animal desencajó la mandíbula y comenzó a engullir a la víctima, deslizándola lentamente hacia el interior de su cuerpo.

El cadáver desaparecía palmo a palmo entre los anillos del monstruo consumando un ritual sin sangre, sin gloria, marcado únicamente por el hambre del enorme reptil, encerrado en aquel cajón durante semanas.

El faraón, a un lado, sonrió con perversa satisfacción.

Observaba con deleite, como si la voluntad del monstruo fuera también la suya, como si en la serpiente viera un reflejo de su propio poder.

Cuando el reptil terminó, un gran bulto se dibujó en su interior: el cuerpo de la víctima perceptible bajo su piel tensa.

Apofis dio una orden y los sirvientes cubrieron a la serpiente con paja. En la oscuridad, la bestia, ahíta de comida, permaneció completamente inmóvil, entregada a la lenta digestión de su presa. En el gran salón del trono solo quedaba un montículo en el que se adivinaba la forma de lo ocurrido.

Entonces comenzaron los cánticos rituales. Voces monótonas y profundas resonaron en las columnas del palacio. Cuando llegaron al clímax, todos gritaron el nombre del faraón: Apofis, el Señor de la Sombra, el que nunca muere.

En ese instante la paja fue rociada con aceites aromáticos y uno de los sacerdotes le prendió fuego.

La llama se alzó con un chasquido seco y la pira ardió con violencia.

La serpiente y su víctima fueron consumidas por las llamas mientras el humo espeso se elevaba hacia lo alto, como si llevara consigo un tributo oscuro a un dios insaciable.

Había sido el gran sacrificio a Apofis, Señor de la Sombra.

Nórax y sus compañeros permanecieron inmóviles, horrorizados por lo que acababan de presenciar.

El hedor a carne quemada flotaba en el aire, y las últimas brasas chisporroteaban mientras el humo ascendía como un velo oscuro.

A pesar del espanto que se leía en sus rostros, eran conscientes de que la misión que les había encomendado el rey nubio debía completarse.

El faraón, complacido, se volvió hacia ellos justo cuando las llamas alcanzaban el techo de la gran sala.

—¡Habéis traído a Apofis un sacrificio digno de su poder! Os estoy agradecido, y también a Asha, rey de los nubios. Asha ha demostrado de parte de quién está: de la serpiente…

Los góidel no respondieron. Seguían tensos, como si aún esperaran despertar de una pesadilla.

—Asha desea advertiros sobre los tebanos —se aventuró a decir al fin Nórax con voz medida, rompiendo el silencio—. Amenazan con asolar el reino kushita. Quieren protección.

Apofis asintió lentamente, con una sonrisa que parecía más bien una mueca.

—Así se hará —respondió con tono seguro y, tras una pausa, los miró con un brillo de interés en los ojos—. Y vosotros ¿qué deseáis de mí?

Nórax miró a sus compañeros. En cada rostro se leía el espanto, aún fresco, aún punzante. Pero su voz no tembló al responder.

—Solo queremos partir. Regresar a nuestra tierra natal.

El faraón abrió los brazos en un gesto magnánimo.

—Podéis proseguir vuestro viaje cuando lo deseéis. Daré órdenes para que se os facilite el camino hasta vuestra patria.

No lo dudaron. Nórax y sus compañeros abandonaron el salón del trono con el alma encogida.

No hubo palabras, solo miradas sombrías y pasos rápidos, cada vez más acelerados, huyendo de la atrocidad que habían presenciado.

Atravesaron de nuevo los callejones de Avaris, en los que parecía flotar el humo del sacrificio, y regresaron al puerto fluvial.

Allí se embarcaron en silencio, como si dejar Egipto fuera en sí mismo un acto de purificación.

Mientras cruzaban los ramales del delta, el recuerdo de lo vivido se hacía más intenso.

El rostro de la niña, los cantos, la serpiente que devoraba en nombre de un dios oscuro quedaban atrás…

, pero no en el olvido. Nórax, apoyado en el timón, sentía el peso de cada etapa del viaje: la larga travesía bordeando África, los intercambios con los pueblos costeros, la hospitalidad de Artaí en el reino nubio, donde había conocido los secretos de Akálide…

Y, al final de ese trayecto, la sombra de Apofis y la sangre invisible de Avaris.

Huían. Huían de la crueldad sin alma que habían contemplado, de la soberbia de un faraón que se creía inmortal, del monstruo reptil que encarnaba su poder. Buscaban algo más: la tierra de sus padres, la justicia del buen rey Gerión.

Las naves se deslizaron hacia el norte, cruzando el Mediterráneo.

Buenos vientos y suaves brisas los condujeron, desplazándose en una navegación de cabotaje, por las costas del norte del Mediterráneo.

En una travesía tranquila, bordearon islas y promontorios y pasaron por la Hélade y por Creta, tierras donde vibraban antiguos mitos.

Atravesaron el estrecho de Mesina y, después, viraron hacia el sur.

Volvieron a ver, en la distancia, la costa norte de África. Enfilaron ya las columnas de Melkart, las puertas del regreso. Más allá, al fin, les esperaba su tierra. Y la memoria, que no cesa.