Avaris
Los templos, dedicados a deidades tanto egipcias como extranjeras, presentaban estructuras rectangulares con patios abiertos y salas de columnas, aunque no alcanzaban la monumentalidad de los templos que habían divisado en Tebas desde el puerto.
Nórax sintió el timón vibrar bajo sus manos. No estaban solamente en una ciudad egipcia al uso, sino en el corazón del dominio de los hicsos, los reyes pastores, que procedían de las tierras de Canaán.
El palacio del faraón Apofis se alzaba sobre un promontorio artificial, en el centro de la ciudad, rodeado de muros con relieves de tormentas y toros. Más allá, hacia el norte, se veían los establos de caballos y los depósitos de grano que abastecían al ejército del faraón.
La mezcla era vertiginosa: estandartes egipcios ondeaban junto a pendones de Asia. Músicos tocaban liras semíticas, mientras jóvenes esclavas libias bailaban para los mercaderes cretenses. Se hablaban muchas lenguas, se adoraban muchos dioses, se comerciaba con todo.
Para Nórax y sus compañeros, Avaris no era solo una ciudad: era un cruce de caminos, el crisol del levante. Y, detrás de su esplendor húmedo y mediterráneo, había un temblor de hierro y poder.
La ciudad los envolvió como una marea viva en cuanto dejaron atrás el muelle.
Nórax lideraba al grupo, formado por los fieles, Feder, Sedric y Kendal, varios capitanes más y los porteadores de los regalos destinados al faraón.
Se dirigieron hacia el palacio de Apofis entre callejones laberínticos donde los aromas del pan recién cocido, el estiércol caliente y las resinas de incienso confluían en una nube sofocante.
Multitudes de gentes de rostro oscuro y narices aguileñas se cruzaban con ellos: egipcios del delta, pastores semitas, barbudos comerciantes cananeos, mujeres veladas con cestas de dátiles sobre la cabeza.
Se hablaba en idiomas que ninguno de ellos entendía del todo: gritos en egipcio, en acadio, en una lengua gutural y quebrada que quizá era la de Canaán.
El sol golpeaba las fachadas de adobe encalado.
En algunas casas flameaban estandartes con toros y discos solares; en otras colgaban tapices púrpura o pieles de cabra secándose.
Atravesaron un mercado donde las aceitunas se almacenaban en cántaros, los lingotes de cobre pesaban como ladrillos y los niños perseguían gallinas entre las patas de los burros.
Tras cruzar un canal por un puente de madera, llegaron por fin a una avenida procesional. Era más ancha, flanqueada por árboles de tamarisco y estatuas de leones tallados en basalto. Al fondo se alzaba el palacio del faraón Apofis, Señor de los Tronos de Egipto.
Nada en él tenía la sobriedad de Tebas ni la simetría monumental de Menfis.
Este era un palacio asiático en alma y egipcio en apariencia: un complejo de patios amurallados, portones con torres cuadradas y relieves de guerreros en carros.
Las paredes exteriores estaban cubiertas de estuco rojizo, pintadas con escenas de batallas donde el rey —de piel clara, ojos almendrados y barba trenzada— vencía a enemigos de rasgos egipcios. El mensaje era claro.
Los hicieron esperar en una antesala con columnas de madera pintadas de azul y oro.
En el interior, el aire estaba perfumado con mirra y loto.
Las paredes aparecían decoradas con frescos sorprendentes: toros saltando, delfines, olas del mar.
Nórax los miró extrañado. No eran egipcios.
Eran cretenses. Había oído hablar de ese pueblo del mar.
El palacio del rey Apofis era una encrucijada de culturas: Asia, Egipto, el Egeo.
Finalmente fueron conducidos a la sala del trono: un espacio rectangular, oscuro y solemne donde el incienso colgaba en volutas azuladas desde pebeteros de bronce.
El techo, alto y hundido en penumbra, descansaba sobre columnas de loto cuyas corolas pintadas de azul y oro se abrían hacia arriba como para sostener un cielo invisible.
La luz entraba a través de pequeñas aberturas altas y caía en haces que parecían deliberadamente dispuestos para iluminar el trono y oscurecer todo lo demás.
El estrado de piedra se alzaba al fondo, ligeramente elevado, y sobre él, entre nubes de mirra y sándalo, se sentaba el faraón Apofis, Señor de las Dos Tierras, elegido de los dioses, destructor de enemigos.
Vestía lino blanco como la sal del desierto, tan fino que parecía agua.
El tocado de guerra le cubría la cabeza: un casco de cuero reforzado, con un ureo de cobre enroscado en la frente y cuya mirada vacía parecía fijarse en los recién llegados con una amenaza silenciosa.
Sus ojos, delineados en negro con kohl, brillaban bajo las cejas como hojas de obsidiana.
No era joven, pero tampoco un anciano. Las mejillas, secas como papiro viejo, mostraban las marcas del tiempo y de la sospecha, pero su mirada tenía un filo de acero, como la de un halcón en espera del momento de atacar.
Detrás del faraón se alzaba una enorme estatua del dios Apofis, la gran serpiente del inframundo, patrono oscuro del monarca hicso que llevaba su nombre.
La figura colosal parecía emerger de las sombras, con ojos inmóviles que infundían un temor antiguo.
Nórax y sus compañeros se sintieron sobrecogidos ante aquella presencia silenciosa y ominosa, como si algo ancestral los estuviera observando desde el más allá.
A ambos lados del salón, soldados armados con hachas de bronce montaban guardia. El silencio pesaba como una losa.
Nórax no habló. Nadie lo hizo. El silencio era el umbral del juicio. Y entonces el rey, sin mover un solo músculo, pronunció unas palabras en una lengua similar al tartesio que los góidel lograron comprender:
—Hablad, hombres del mar. ¿Sois mercaderes o mensajeros de otros reinos?
Nórax alzó con orgullo la cabeza mientras decía:
—Somos góidel, procedemos de la lejana Tarsis.
A continuación Nórax le relató el prolongado camino que habían recorrido hasta llegar a la capital de los hicsos: la dilatada travesía por el mar, los desiertos, la ruta por el Nilo.
Las cejas de Apofis se elevaron y sus ojos se llenaron de asombro ante la epopeya realizada por aquellos hombres.
Finalmente, Nórax concluyó:
—Os traemos presentes del país de los nubios. Su rey Asha os entrega…
Nórax alzó las manos y dio una palmada. De inmediato entró un grupo de beduinos portando los presentes: el marfil, la vasija de oro, el incienso de Punt, las perlas de concha roja y las plumas azules del ave que solo canta al amanecer.
En último lugar, Sedric y Feder aparecieron cargando sobre unas angarillas la gran arca de caoba: el cofre que no debía ser abierto sino en presencia del faraón Apofis.
Al ver el arca imponente, el faraón esbozó una sonrisa torcida:
—Traéis ricos presentes —exclamó con voz grave—, pero el que más me complace sin duda es el que contiene ese cofre de caoba… Un presente que no es para mí, sino para el dios Apofis, Señor de la Sombra.
El faraón se levantó con gran dignidad y, en lengua cananea, dio una orden.
Su trono real se retiró lentamente, revelando detrás de él la figura del dios serpiente: un ofidio gigantesco tallado en basalto negro, enroscado en siete vueltas monstruosas y con la cabeza erguida hacia el cielo.
Solo entonces, al desaparecer el trono, quedó expuesta en toda su amenaza la colosal imagen del dios Apofis.
Medía más de diez codos desde la base hasta la punta de su mandíbula abierta.
Su piel estaba cubierta de escamas angulosas, talladas en relieve como hojas de obsidiana.
La boca se abría en un rictus de furia eterna, con colmillos del tamaño de lanzas.
La lengua bífida, sinuosa, se proyectaba como una curva de mármol rojo y los ojos —incrustaciones de lapislázuli y hematites— brillaban con luz propia, fijos en algo que parecía estar más allá del horizonte visible.
El cuerpo de la bestia se enroscaba sobre un pedestal decorado con escenas de una batalla celeste: el dios solar Atón Ra sobre su barca, lanzando rayos de fuego contra la criatura.
En los laterales, sacerdotes egipcios portaban cuchillos rituales y pronunciaban fórmulas mágicas mientras escupían sobre imágenes de serpientes más pequeñas.
Pero esta estatua no era una condena. Era una glorificación. La inscripción al pie, en jeroglíficos tallados profundamente, lo dejaba claro: «Apofis, Señor de la Sombra, aquel cuyo aliento desgarra el orden. El que derribará el ciclo del día. Aquel que no puede ser matado».
Nórax y los otros góidel se sintieron confusos porque para ellos, adoradores de Atón, aquella estatua era blasfema.
Los egipcios ortodoxos la habrían destruido.
Pero allí, en Avaris, ciudad de mezcla de culturas y en manos de un poder extranjero, Apofis era símbolo de soberanía oscura, de dominio a través del miedo.
El faraón hicso, Apofis, no solo tomaba su nombre de esa criatura: esculpía su imagen y la levantaba como un desafío al antiguo Egipto de dinastías pasadas.
Nórax sintió que el aire alrededor vibraba.
Aquella no era una estatua para adorar: era una advertencia.
Un talismán de terror convertido en emblema de poder.
Entonces el faraón se inclinó profundamente ante el dios.
Después se levantó y pronunció unas palabras semitas que no comprendieron, pero que sonaban de modo parecido a betulá .
Las puertas del salón se abrieron y dos guardias condujeron a una joven doncella ante el faraón.
Era casi una niña, posiblemente virgen. Su rostro, fino y ovalado, mostraba una expresión confiada.
No era muy alta, y su figura delgada, con el pecho apenas en flor, estaba cubierta por una túnica de un blanco inmaculado.
El cabello largo y castaño le caía suelto por la espalda.