El misterio de la sacerdotisa de la diosa serpiente #4
Al caer la noche, se detuvieron a descansar. Descargaron los bultos de caballos y dromedarios y dieron de beber a los animales con agua almacenada en grandes ánforas.
Encendieron fuegos, se agruparon en torno a las llamas y compartieron cantos, bebida y comida.
Así, un día y una noche, una vez tras otra.
Aquello les hacía estar unidos, y un espíritu de camaradería recorría el campamento, aunque a veces la añoranza de Tarsis se colaba en sus corazones.
Bajo un cielo límpido, titilaban miríadas de estrellas.
Dormían al raso, junto a las mercancías, hasta que la aurora comenzaba a teñir el horizonte de tonos rosados y lilas.
Aquella mañana volvieron a cargar las monturas.
Los dromedarios, con las patas dobladas bajo el cuerpo, se alzaban lentamente al ser azuzados por los beduinos.
Estaban a punto de partir cuando Nórax advirtió un bulto oscuro, rezagado en la arena.
Al acercarse, descubrieron que se trataba de la misteriosa caja del rey nubio.
Vociferó órdenes para que la cargaran de inmediato, pero los camelleros dudaban, visiblemente incómodos. Solo cuando los amenazó accedieron a levantarla y asegurarla sobre uno de los animales.
Intrigado, Nórax se dirigió al jefe de los beduinos y, con la ayuda de un intérprete, le preguntó por qué habían dejado atrás la caja y se negaban a obedecer.
—La caja… respira —respondió el jefe con seriedad, visiblemente asustado—. Hay un espíritu dentro.
Nórax, irritado, le gritó que aquello eran supersticiones absurdas.
Luego dio la orden de reemprender la marcha sin más demora.
Encargó a Sedric que vigilara la caja. Aquella noche Sedric durmió junto a ella, y en la oscuridad le pareció oír un sonido extraño, como si una lija o un cepillo frotara la madera desde dentro.
A Nórax le habría gustado abrir el gran cofre de caoba, pero la prohibición del rey nubio pesaba sobre él.
Caballos y dromedarios subían y bajaban las lomas arenosas, entre cactus, plantas espinosas y arbustos bajos.
Día tras día, el paisaje apenas variaba.
Pero, al llegar más al norte, una sábana de acacias se abrió ante ellos y, bajo la luz perenne del sol africano, alcanzaron al fin las verdes y fértiles riberas del Nilo.
Desde allí siguieron su curso hacia el norte, más allá de la primera catarata, donde el río se volvía navegable.
Permanecieron varios días en la orilla, reconstruyendo los barcos con la madera que habían desmontado antes de entrar en el país de Kush y la que Artaí les había suministrado.
Pronto, las airosas naves volvieron a balancearse sobre las aguas del Nilo, con sus mascarones en forma de cabeza de toro, los trisqueles en las velas y los remos de pala ancha.
Se embarcaron de nuevo y se dejaron llevar por la corriente.
La humedad del río les proporcionaba frescor y la navegación resultaba fácil tras las duras jornadas en alta mar y la extenuante travesía por el desierto.
De pie en la proa, Nórax contemplaba al frente la corriente fluvial, cortada por la proa y flanqueada por juncos y campos de cultivo, mientras más allá las doradas colinas del desierto brillaban bajo el sol.
Durante una de las jornadas, Sedric se acercó a Nórax y le comentó en voz baja:
—Durante todo el viaje por el Nilo, no ha salido ningún ruido de la gran caja de caoba.
—Si había algo vivo dentro —pensó Nórax en voz alta—, probablemente ha muerto por el calor y la sed del desierto.
Sin embargo, Sedric siguió observando la caja con prevención; aunque la luz clara del día disipaba todo misterio, no dejaba de mirarla con desconfianza.
Se detuvieron brevemente en Tebas. La ciudad, con sus altos pilonos y templos alineados junto al Nilo, dedicados al dios local Amón, se mostró esplendorosa ante ellos.
Reinaba allí el nomarca Infet, leal en apariencia al dominio hicso, aunque bajo la superficie se percibía cierta tensión.
Comerciantes y barqueros murmuraban su desagrado hacia el faraón Apofis, que rechazaba el culto a Amón e imponía el de dioses cananeos.
Además, tal y como el rey nubio Asha les había advertido, no había buenas relaciones con el país de Kush, del que provenían, y la guardia del puerto registró los barcos.
No permanecieron mucho tiempo: prefirieron evitar cualquier complicación en aquella ciudad donde las apariencias ocultaban fricciones latentes.
El curso del río los condujo a Abidos, la ciudad sagrada del dios Osiris, Señor de los Muertos, del Inframundo y de la Fertilidad.
Allí se alzaban antiguos templos y túmulos funerarios, con muros de piedra grabados con relieves que narraban el mito del dios descuartizado y resucitado.
Dejaron Menfis atrás, en la ribera occidental del río, y divisaron a lo lejos las majestuosas pirámides que dominaban la llanura desde lo alto de la meseta de Gizeh.
Por fin, descendieron hasta alcanzar el delta, donde se mostraba bajo el cielo intensamente azul la capital de los hicsos: Avaris. Solo sabían que allí reinaba Apofis, un faraón con nombre de serpiente.