El misterio de la sacerdotisa de la diosa serpiente #3
—Hay algo ahí abajo, algo terrible, que hace temblar la ciudad entera.
Necesito saber qué es. Está afectando a sus cimientos, y eso es grave.
Creo que la clave está en esa mujer. Hay que descubrir quién es en realidad Akálide y cuál es su vínculo con el diamante negro y la diosa serpiente.
Además, el rey de Kush confía en mí. Aún no ha llegado el momento de marcharme.
Estaban ya ante los grandes portones de la guardia del palacio. Artaí se despidió de ellos y les entregó unas teselas que les servirían como salvoconducto para entrar y salir del palacio sin contratiempos.
Atravesaron las murallas interiores y entraron en el bullicioso mercado.
Feder se reía de Kendal, que había abusado del tej, el licor dorado de Kush elaborado con miel y hojas de gesh, y ahora caminaba en zigzag, riendo a destiempo.
El aire olía a especias, a sudor y a humo; las voces del mercado se alzaban en todas las lenguas.
Sedric iba y venía entre los tenderetes, haciendo preguntas, comparando precios, gesticulando con entusiasmo.
Nórax caminaba en silencio, ajeno a los otros tres, con las palabras de Artaí resonando aún en su cabeza.
Sedric se le acercó.
—¿Nórax?
Este parpadeó, como quien regresa de muy lejos, y asintió. Al comprender la pregunta, le explicó con calma qué mercancías debían intercambiar y cómo organizar la carga.
Durante los días siguientes comerciaron sin descanso.
Habían traído de Tarsis herramientas de bronce, espejos pulidos, ánforas vidriadas, cuentas de ámbar y tejidos teñidos con púrpura y bermellón.
A cambio obtuvieron diamantes en bruto, turquesas, lingotes de oro, marfil y frascos de resina aromática sellados con cera roja.
Artaí se acercaba a menudo al campamento, al mercado o a los aposentos del palacio donde estaban hospedados Nórax, Sedric, Feder y Kendal, invitados por el rey Asha. Le gustaba conversar con sus compatriotas y evocar Tarsis, que aún llevaba grabada en el corazón.
Por su parte, Nórax y los otros se sentían a gusto en su compañía.
La horrenda cicatriz de su cara, que al principio les había causado repulsión, se había vuelto casi invisible a sus ojos.
Artaí les ayudó, les proporcionó camellos para cruzar las tierras desérticas y madera para reconstruir los barcos cuando alcanzasen el país del gran río Nilo.
La noche antes de partir de Kermah, Artaí llamó a Nórax a sus aposentos.
Quería despedirse en privado. Sus estancias, cercanas a las del rey, eran habitaciones abiertas, con esteras y pieles tendidas a modo de alfombra.
Artaí lo recibió solo. Ambos se sentaron sobre una piel de antílope y se apoyaron en grandes cojines de plumas.
Al principio conversaron de asuntos triviales, hasta que Nórax preguntó:
—¿Has podido averiguar algo más de Akálide?
—Sí. Hace unos días hablé con un mercader egipcio.
Me dijo que en la corte de los hicsos no era una esclava, sino la amante del faraón Apofis.
Curioso, ¿no? Un faraón con nombre de serpiente…
¿Qué relación había entre ellos? Si era su amante, no había razón para que abandonara Avaris, la capital.
Y sin embargo la llevaron, o fue conducida, a Tarsis.
—Sí —apuntó Nórax, pensativo—. Puede que buscara algo allí…
Se quedó en silencio, sin terminar la frase. Trataba de adivinar qué podía querer aquella mujer en Tarsis.
—Akálide está enferma —añadió Artaí—. Tiene manchas en la piel.
Cuentan que, cuando vivía en Kermah, realizaba un rito con la piedra negra.
Colocaba el diamante en un altar expuesto al sol y, al contacto con la luz, su piel se volvía más clara, más brillante.
Pero el diamante desapareció y ya no pudo repetir el ritual.
Fue entonces cuando comenzaron a aparecerle esas manchas. Algunos dicen que es una enfermedad.
—Como la muestra ahora, aunque intenta cubrirse con afeites —r ecordó Nórax—.
Si el diamante negro es una piedra de luz, seguramente curará las heridas del interior de la gente…
—Calló de pronto. Su mente volvió a Hesperia.
Y, sin pensarlo demasiado, le confió a Artaí—: Hay otra piedra parecida.
No está en Tarsis, sino en la isla de Hesperia. Y no es negra.
—¿Cómo lo sabes?
El príncipe góidel dudó un instante. Se pasó una mano por la cabeza y, por primera vez en su vida, ante la mirada amable de Artaí, confesó:
—La he visto. Es un secreto del que no debes hablar. Estuve en Hesperia, el lugar prohibido. Vi esa gema maravillosa. Y Krysaor, el actual esposo de Akálide, también estuvo en la isla. Creo que ella lo buscó porque conoce los secretos de Hesperia.
Artaí se golpeó la frente con la palma de la mano, excitado, como si de pronto todo el misterio de Akálide encajara.
—¡Eso es lo que busca en Tarsis! ¡La piedra de luz! Hará lo que sea por conseguirla.
El silencio se abatió sobre ellos. Luego comenzaron a hacerse preguntas: ¿por qué deseaba tanto esa piedra?
¿Quién era en realidad Akálide? ¿Por qué buscaba el sufrimiento y los sacrificios?
¿Qué se ocultaba tras esa mujer? ¿Cómo detenerla?
Durante un rato intercambiaron preguntas sin respuesta.
Un velo oscuro se cernía sobre Akálide. Y cada vez resultaba más claro que tras ella se escondía algo profundamente peligroso.
Luego el silencio volvió a instalarse entre los dos. No era incómodo. Había algo compartido que los unía. Al fin, se despidieron dándose un fuerte abrazo y palmeándose las espaldas. Entre ellos se habían forjado fuertes lazos de fraternidad.
—Si alguna vez regresas a Tarsis, serás siempre bien recibido en mi casa… —le dijo Nórax.
Tras separarse, Nórax regresó a la estancia de adobe, al otro lado del palacio.
Al entrar, oyó los ronquidos de sus compañeros.
La tenue luz de una crátera con brasas dibujaba sombras suaves en las paredes.
Se tumbó sobre las pieles y apoyó la cabeza en un cojín que olía a cuero curtido.
No tardó en dormirse. En su sueño vio la gema de luz brillando sobre el altar de Atón, en Hesperia.
Se despertó poco antes del amanecer y, saliendo de la ciudad, se encaminó al lugar donde acampaban los suyos. Pronto se vio rodeado de los gritos de los camelleros y de los hombres que cargaban carromatos para la partida.
Quedaba poco para marchar cuando un nubio alto, armado con una lanza —uno de los hombres de la guardia del rey de Kush—, se acercó al campamento. Buscaba a Nórax: el rey deseaba hablar con el príncipe de los góidel .
Nórax se volvió hacia Kendal y le indicó que continuaran con los preparativos. Le aseguró que regresaría pronto. Kendal se despidió de él con una sombra de preocupación impresa en su rostro.
Cruzó las puertas de la ciudad, escoltado por el nubio.
Era media mañana cuando llegó a los grandes portones del salón del trono.
Al cabo, las hojas de bronce se abrieron.
Sobre la jamuga cubierta con pieles de leopardo estaba sentado el rey Asha.
Nórax se inclinó profundamente. A su lado distinguió el rostro deformado de Artaí, que le tradujo con solemnidad:
—Mi señor sabe que te diriges al norte, al gran reino de Egipto.
Quiere enviarte con presentes para Apofis, el faraón en la ciudad de Avaris.
Desea sellar un acuerdo y hacerle saber que el nomarca de Tebas, Infet, ha comenzado a atacar el país de Kush.
Queremos su protección. Para ganarnos su favor, le entregarás estos presentes…
Mientras hablaba, unos sirvientes fueron depositando los regalos en el suelo, entre Nórax y el rey: colmillos de tres elefantes blancos, una vasija de oro repujado con la imagen del río sagrado, incienso de Punt, perlas de concha roja y plumas azules del ave que solo canta al amanecer.
Después entraron otros con una gran caja de caoba, finamente labrada y decorada con jeroglíficos egipcios.
El rey nubio la señaló con gravedad y Artaí tradujo:
—No debéis abrir esa caja hasta que lo ordene el propio faraón Apofis. Es una muestra de la buena voluntad del rey hacia él. Cuando la abra, entenderá de quién es partidario Asha.
Unos beduinos, encargados de custodiar los presentes, cargaron los objetos con cuidado mientras la guardia real escoltaba al grupo hasta el campamento. Allí, todo estaba ya dispuesto para la partida.
Colocaron los presentes del rey nubio destinados a Apofis sobre uno de los camellos, bien asegurados con cuerdas. Los bultos colgaban equilibradamente a ambos lados de la joroba, preparados para soportar el largo viaje por el desierto.
Artaí los siguió de lejos, como si quisiera acercarse una última vez, como si algo importante le hubiera quedado por decirle a Nórax.
Pero no hubo ocasión. El tiempo apremiaba, y los hombres del rey no permitían que se quedaran a solas.
Nórax, montado ya, acertó a ver, entre la gente y el polvo, las manos de Artaí agitándose en el aire, despidiéndose en silencio.
Enseguida, la comitiva emprendió la marcha.
El sol estaba ya alto sobre el horizonte.
La caravana avanzaba a buen ritmo. El calor era abrasador en la estepa arenosa, salpicada de plantas ralas de poca altura e interrumpida de tanto en tanto por farallones de piedra.
Los góidel se cubrían con los finos tejidos de lana que habían adquirido en Kermah para intentar protegerse del sol inclemente.
Nórax observaba a los suyos: los marinos se habían convertido en beduinos del desierto. Escuchaba a Sedric quejarse del calor seco, riguroso, tan distinto del aire templado de las costas de Tarsis; y más atrás, a Feder y Kendal discutiendo.
—Ese dromedario cojea —refunfuñaba Feder—. Lo cambiaste por uno más fuerte y me dejaste el peor.
—¡El mío carga el doble que el tuyo! —respondía Kendal, tirando de las riendas—. Si se queja, que lo diga él.
Nórax sonrió apenas. Esa clase de riñas era señal de que el ánimo seguía entero.