El misterio de la sacerdotisa de la diosa serpiente #2
Tras el almuerzo, decidieron regresar al campamento para preparar los productos que Artaí les había recomendado intercambiar.
Sedric, Feder y Kendal caminaban algo más rezagados mientras que Nórax se adelantaba hablando con el intérprete, que los guiaba por los intrincados corredores del palacio.
Sentía curiosidad por saber quién era realmente Artaí, por qué tenía la extraña cicatriz y cómo un tartesio había llegado al país de los kushitas.
—Mi familia se dedicaba al comercio del aceite y la resina.
En los sótanos de nuestra casa había grandes ánforas con estos materiales inflamables.
No sé bien la causa, aunque lo sospecho, pero el caso es que un día la casa ardió como la yesca.
Todos, mis padres, mis hermanos, mi amada esposa, murieron.
Yo no estaba allí cuando comenzó el incendio.
Estaba en palacio; pertenecía a la guardia personal del rey Gerión, era uno de sus hombres de confianza.
Uno de los vecinos fue a buscarme desesperadamente.
No lo dejaron pasar, pero forcejeó hasta conseguir hacerme llegar el recado.
No fui relevado del puesto hasta que el mismo Gerión intervino.
Corrí como nunca lo había hecho hacia mi casa, pero, cuando llegué, todo estaba ya envuelto en llamas.
Entré gritando los nombres de mi esposa y mis padres.
Dentro, una enorme viga incendiada se desplomó sobre mí y me golpeó en la cabeza, dejándome esta cicatriz.
—Se la señaló—. Perdí el sentido y me sacaron a rastras.
Me curaron como pudieron. Pero la herida que llevo dentro es la peor.
La pérdida de mi familia…, eso nunca sanará.
Nórax le puso la mano en el hombro. Recordaba un terrible incendio del que se había hablado en la ciudad y que había sucedido poco antes de regresar de las Casitérides.
—Estaba recién casado. Todo fue muy duro, pero mi esposa…
—su voz se volvió aún más temblorosa—, su pérdida me causó un dolor inimaginable.
Todo se rompió dentro de mí. Quise irme de Tarsis, donde todo me recordaba a los míos.
Le pedí a Gerión que me enviase lejos, lo más lejos posible de Tarsis. No sé si hice bien.
Nórax, impresionado y conmovido por la terrible historia, no sabía qué decir y musitó:
—¡Lo comprendo! —confesó con calidez—. Creo que yo también me habría ido lejos.
—No. ¡No lo entiendes! Tendría que haberles vengado… He meditado mucho sobre el incendio, y creo que fue provocado. Alguien nos odiaba, nos odiaba mucho.
—¿Por qué?
—Éramos muy ricos, una competencia para los nuevos poderes que se estaban haciendo un hueco en la ciudad. Además, éramos parientes de Gerión; de hecho, mi familia —se detuvo hablando sin darse importancia—, si hubiera querido, podría haber aspirado al trono.
Artaí se calló; probablemente no había hablado de la tragedia de su vida desde hacía mucho tiempo. Empezó a caminar más rápido y después, tomando aire, retomó su relato:
—El rey Gerión, dándose cuenta de mi sufrimiento, me envió como emisario a oriente, al país de Khemett y al reino kushita, para acercar el imperio tartésico a estos territorios.
Recorrí el mar Mediterráneo, estuve en la corte de los faraones en Avaris y después navegué por el Nilo aguas arriba hasta llegar aquí.
¿Cómo están las cosas en Tarsis? ¿El rey Gerión está bien de salud?
A Nórax le vino a la mente lo ocurrido en el mercado de Ur; así que le respondió:
—Cuando salimos, hace más de un año, lo estaba.
—Yo hace aún más tiempo que estoy fuera. Cuando salisteis, ¿se escuchaban ruidos bajo la ciudad?
A Nórax le sorprendió que le preguntara aquello.
—Sí. Muy a menudo. Muchas veces temblaban las casas, sobre todo bajo la acrópolis.
Artaí meneó la cabeza, como confirmando que sabía que los ruidos habrían continuado; después, en tono confidencial, le reveló:
—El día que ardió mi casa, todo temblaba; no sé si esto tuvo relación con el incendio.
Artaí bajó el tono y, como revelándole algo que llevaba tiempo pensando, le explicó:
—Esos ruidos comenzaron cuando llegó a Tarsis una extraña mujer llamada Akálide, esposa de Krysaor, un hombre de la casa de Túbal. Ella fue la que fomentó el culto a la Diosa de las Fieras…
A Nórax le impactó escuchar en aquel lejano país los nombres de Akálide y de Krysaor, por lo que exclamó:
—Sé quién es.
—Gerión sentía que había algo oscuro en aquella mujer.
Los rumores la asociaban con la repentina riqueza de Krysaor.
Pero sobre todo se la vinculaba con los cambios inquietantes, incluso sacrificios humanos, que habían comenzado a detectarse en la ciudad.
Sospechaba que tras Akálide se ocultaba una figura siniestra, alguien que estaba urdiendo una rebelión.
La necesidad de descubrir su verdadera identidad lo atormentaba.
Por eso, aprovechando mi viaje, me encomendó la ardua tarea de investigar sobre ella.
Nórax, vivamente interesado en lo que Artaí decía, le preguntó:
—¿Qué has averiguado?
—Bastantes cosas… Akálide fue una concubina del anterior soberano del reino de Kush, un hombre llamado Jebel Barkal.
Pues bien, en tiempos de Jebel Barkal, había sacrificios humanos y se esclavizaba al pueblo.
Los sicarios de Barkal secuestraban jóvenes en las aldeas y los vendían a otras tribus.
Su símbolo era una serpiente. Como habréis notado al entrar, Kermah está rodeada de pirámides más pequeñas y estilizadas que las egipcias.
Jebel Barkal ordenó construir muchas, de tamaño variable; algunas son muy altas, otras más bajas.
Al llegar el equinoccio, poco antes de la crecida del Nilo, el rey realizaba una ceremonia de renacimiento en la cual entraba en una pirámide con una gran piedra negra sobre su pecho: un diamante negro.
A Nórax el concepto «diamante negro» le pareció contradictorio y se sintió interesado.
—¿Qué es el diamante negro?
—Los nubios descienden de Cam, el hijo de Noé, y como tal, al igual que a sus hermanos, le correspondió una piedra de luz. La de Cam era una piedra negra.
Nórax recordó Hesperia y la gema sagrada que le curó de la mordedura de la serpiente marina.
—He oído hablar de las piedras de luz, pero me extraña que una de ellas sea negra y tenga luz.
Artaí le observó con curiosidad, pero siguió hablando.
—No es exactamente negra. La civilización anterior al diluvio podía concentrar la luz solar en diamantes, que se confeccionaban de gran tamaño y brillo.
Noé donó a cada uno de sus hijos una piedra.
La de Cam era un gran diamante que brillaba con resplandores oscuros.
Se le llama «diamante negro». Dicen que este diamante, que es piramidal, introducido en una pirámide de forma adecuada, y de una determinada manera, conduce a la inmortalidad.
Convierte al que lo posee en una estrella. Pero es peligroso…
—¿Por qué?
—Te contaré lo que se sabe. Cada año el rey Jebel Barkal mandaba construir una nueva pirámide.
Decía que era parte de su transformación.
El día del equinoccio entraba en ella con el diamante negro entre las manos convencido de que, al alcanzar la proporción perfecta, se convertiría en estrella y viviría para siempre.
Durante la ceremonia del renacimiento sonaban trompetas.
Después el rey salía, como si hubiera cruzado el umbral de la muerte.
Pero, en su último intento, ordenó levantar una pirámide tan alta como la de Gizeh.
Tardaron años en terminarla. Finalmente, el día llegó.
Entró. No volvió a salir. Varios intentaron seguirlo.
Ninguno regresó. Se dice que hay una maldición, que algo maligno habita en el interior.
Desde entonces nadie se atreve a entrar.
Nórax alzó una mano hacia la cabeza, no para acomodarse el cabello, sino como quien intenta ordenar pensamientos dispersos. Su gesto fue leve, casi mecánico: los dedos se perdieron un instante entre el cabello mientras digería en silencio lo que acababa de escuchar. Artaí prosiguió:
—Tras la desaparición de Jebel Barkal, con apoyo de los faraones hicsos, estalló una revuelta.
Hubo un golpe de estado. La dinastía cambió.
Asha tomó el poder. Algunos hijos de Barkal huyeron al sur, donde implantaron un régimen de terror.
Siguen esclavizando a su propio pueblo. Las concubinas del harén fueron vendidas a los egipcios, quienes las vendieron a su vez a otros países.
Así, dicen, llegó Akálide a Tarsis. He indagado sobre ella.
Practicaba extraños ritos, sacrificios de animales…
; incluso se rumorea que mató a un niño.
Es peligrosa. Hay algo en ella que no alcanzo a comprender del todo.
—Ante el silencio de Nórax, Artaí siguió, con tono más grave—: No te lo cuento solo por desahogarme.
Quiero que, al regresar, le digáis al rey que esa mujer representa un peligro inimaginable.
Es capaz de perpetrar sacrificios humanos y, con toda probabilidad, actos atroces…
Como el incendio que destruyó a mi familia.
Estoy convencido de que domina las artes más oscuras de la magia negra.
—Vuelve con nosotros y díselo tú mismo.
Artaí negó con la cabeza. Su expresión se tornó opaca; la tensión en el aire era palpable.
—No, aún me quedan muchas cosas por averiguar aquí. He dado infinitas vueltas a lo que ocurrió el día del incendio. Durante la guardia, noté que todo temblaba más de lo normal.
Nórax recordó la intensidad de los temblores y los ruidos que parecían provenir de lo más profundo, bajo los cimientos de su casa. Pensó en voz alta:
—Creo que los temblores se originan bajo la casa de Krysaor…
Artaí movió la cabeza afirmativamente.