Las naves de Tarsis El misterio de la sacerdotisa de la diosa serpiente
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El misterio de la sacerdotisa de la diosa serpiente

Por delante de las imponentes murallas de Kermah, capital del reino kushita, se alzaba un complejo de pirámides construidas con ladrillos de adobe y piedra arenisca, estrechas y de distinta altura.

Algunas de ellas estaban precedidas por un pilono ricamente decorado con relieves.

Las pirámides rodeaban el templo del dios Amón, al que se accedía por una avenida procesional flanqueada por estatuas de grandes carneros ­sagrados.

Los góidel habían cruzado las tierras semidesérticas que los separaban de la costa y acampado en un oasis, no muy lejos de las estilizadas pirámides, en tiendas de lana de oveja y pelo de camello; en una de ellas almacenaron la madera de los barcos.

Mientras construían las tiendas, gritaban y se animaban unos a otros, interrumpiendo durante unos días la larga marcha, que ya se hacía pesada.

Siendo marinos, sentían aún más la sequedad de aquel clima.

Nórax decidió aventurarse en la ciudad para explorarla y evaluar las posibilidades de intercambio en aquel remoto lugar, alejado de las principales rutas comerciales.

Lo acompañaron los incondicionales Feder, Sedric y Kendal, aunque, al poco de salir del campamento, Nórax se adelantó con Feder.

Había algo que deseaba discutir con él a solas.

Mientras caminaban por el árido sendero que conducía a la ciudad, Nórax observó de reojo a su compañero.

Sabía que las tensiones y rivalidades entre Feder y Kendal eran una constante desde que habían salido de Tarsis.

Kendal llevaba mucho tiempo navegando como capitán, ya desde el viaje a las Casitérides, mientras que Feder seguía siendo «solo» el piloto de la nao capitana.

Aquello debía de pesarle, y Nórax lo entendía.

Finalmente, Nórax rompió el silencio con un tono firme pero cargado de camaradería:

—¡Feder! Te necesito. Quizá no tengas el título de capitán, pero, créeme, no podría dirigir a todos si no contara con alguien como tú en la nave capitana.

Feder, que hasta entonces caminaba cabizbajo, levantó la vista, sorprendido por las palabras. Tragó saliva, como si procesara el inesperado reconocimiento.

—Eres un buen marino, ¡y lo sabes! —añadió Nórax, mirándolo con sinceridad.

Feder se detuvo un momento, visiblemente conmovido.

Su expresión, que había sido de desconcierto, se tornó más relajada, casi complacida, aunque permaneció en silencio.

A veces el orgullo pesa tanto que las palabras no alcanzan a ser pronunciadas.

Pero algo en su postura cambió: su espalda se enderezó ligeramente, como si lo que le había dicho Nórax le hubiera devuelto una confianza que creía perdida.

Estaban ya muy cerca de las puertas de la muralla. Feder, mirando la ciudad, dijo:

—No sé qué nos aguarda aquí… ¡Circulan extrañas historias sobre el país de los kushitas y sobre su capital, Kermah!

—¿Cuáles?

—No lo sé muy bien. En Zeila me contaron que adoraban a una extraña deidad que al parecer propiciaba los sacrificios humanos.

Los dos se detuvieron poco antes de las altas murallas de adobe y mampostería de la ciudad de Kermah.

Una trompa resonó en el aire, anunciando que pronto se cerrarían las puertas; su sonido era un lamento que se perdía en la luz del atardecer.

El sol descendía, iluminando el cielo del desierto amarillo con tonos malva y rojizos que envolvían la ciudad en una mística aura.

Los portones de la muralla estaban aún abiertos, y una fila de gente aguardaba su turno para pasar la aduana de acceso.

Cuando les tocó a ellos, los guardianes de las puertas de Kermah los detuvieron, exigiendo el tributo.

Al saber que procedían de la lejana Tarsis, se asombraron del enorme recorrido que habían realizado.

El capitán de la guardia les informó de que Asha, el soberano de Kush, obligaba a todos los visitantes llegados de tierras distantes a presentarse ante él.

Unos soldados de la guardia los escoltaron hacia el palacio del monarca.

Cruzaron las populosas calles de la ciudad, atravesando el mercado entre una barahúnda de gente, en su mayoría de piel oscura.

Avanzaban entre tenderetes y puestos de frutas, rodeados por los gritos de los niños y las voces de los vendedores ambulantes.

Los lugareños, admirados por su piel clara y su aspecto extranjero, los detenían y empujaban queriendo tocarles.

Les hablaban en un idioma desconocido, con rostros oscuros iluminados por sonrisas blancas y luminosas.

Una mujer obesa, con pliegues de grasa que pendían sobre una especie de tela cruzada a la cintura y dientes mellados, les gritó algo a los guardias mientras los señalaba a ellos con curiosidad.

Todos rieron. Los guardias respondieron en su extraño lenguaje, mencionando la palabra «Tarsis».

Un grito de asombro se oyó entre la multitud, que los observaba ahora con más curiosidad aún.

El gentío los siguió hasta que franquearon los grandes portalones de la segunda muralla que antecedía el palacio del rey.

En los portones, enhiestos y firmes, montaban guardia unos altos y oscuros guerreros nubios con cortos faldellines blancos y carcaj y arco a la espalda.

Ya en el palacio, recorrieron los largos corredores pintados con frescos y abiertos al exterior, de modo que la circulación del aire refrescaba la calima abrasadora.

Les hicieron esperar durante largas horas en una sala de paredes de adobe, oscura pero fresca.

Al fin entraron al salón del trono de Asha, el rey kushita.

Se sentaba este sobre una jamuga a modo de sitial, cubierta por un dosel de piel de leopardo sobre el cual había una cabeza de león disecada.

El rostro del monarca era de color oscuro, de rasgos rectos y labios sorprendentemente finos.

Los tartesios se inclinaron respetuosamente ante el rey, al tiempo que Nórax se adelantaba y, mostrando una actitud de deferencia, se presentaba.

—Mi nombre es Nórax, hijo de Argón, y procedo de la ciudad de Tarsis.

El rey de los nubios sonrió sin despegar los labios con aspecto de no haber comprendido.

Con una leve inclinación de cabeza, se dirigió con afabilidad a un sirviente para indicarle que llamara a alguien.

El criado se retiró en busca de esa persona y de la corte que rodeaba al rey salió un hombre de cabello castaño y piel clara, con una cicatriz que deformaba un lado de la cara.

Era el encargado de traducir las palabras de Nórax.

Una vez hubo entendido de dónde procedían los extranjeros que venían a Kush, el rey se mostró interesado e interrogó a Nórax sobre el viaje que los había llevado hasta su país.

Nórax le relató el largo periplo que habían realizado por mar, circunnavegando el gran continente africano hasta llegar al país de los dos ríos, donde habían obtenido mirra y especias que podrían interesarles.

El rey asintió y le ofreció oro y piedras preciosas a cambio de lo que traían.

Luego, con expresivos gestos de amistad, señaló el cielo para indicar que los dioses los unían, los felicitó por su pericia como marinos y declaró sentirse honrado de recibirlos.

El rey se levantó entonces, dando por finalizada la conversación, y pidió al intérprete que acomodara a los recién llegados.

Este los guio por los intrincados pasadizos y corredores de adobe y piedra, iluminados por pequeñas ventanas altas que dejaban pasar la luz, pero mantenían el calor a raya.

De cuando en cuando, cruzaban patios ajardinados con hibiscos, acacias y plantas silvestres, rodeados por columnas decoradas con motivos geométricos.

En medio de cada patio, pequeñas fuentes de piedra servían de bebedero para las aves.

Durante el trayecto, Nórax pudo fijarse más en la cicatriz del rostro del intérprete, un costurón extraño que le afeaba la mitad de la boca y parte de la mejilla derecha.

En la entrevista con el rey no la había apreciado enteramente porque la mayoría del tiempo los miraba de perfil.

A Nórax la deformidad le produjo una cierta repulsión, y se compadeció de él, un hombre, por lo demás, alto, bien parecido, atlético y de anchas espaldas, aunque cojeaba levemente.

Mientras avanzaban, se dirigió a ellos en la lengua de Tarsis y se presentó:

—Me llamo Artaí. Fui enviado hace algún tiempo por el rey Gerión. Pertenezco a la casa de Madai. Mi familia dirigía los destinos de uno de los diez linajes. Ahora soy intendente real y visir de esta corte.

Llegaron a una estancia de adobe aneja al palacio; sobre el suelo se extendían alfombras de piel de antílope y oryx blanco, y junto a las paredes, tinajas de barro y jarrones pintados.

La temperatura era fresca, en claro contraste con el calor exterior.

Divanes con mullidos cojines de plumas invitaban al descanso; se tumbaron en ellos para almorzar, alargando el brazo hacia unas mesas bajas.

Los criados les sirvieron carne de caza, fruta, así como leche de cabra e hidromiel.

Artaí comió con ellos, y durante el almuerzo los interrogó detenidamente y con gran interés sobre conocidos comunes.

Después les contó, escuetamente, que ya no tenía familia en Tarsis; al decirlo, el rostro se le deformó aún más por una larvada tristeza.

Cambiando de tema, se interesó por sus viajes.

Hablaron animadamente, interrumpiéndose unos a otros, y finalmente le pidieron consejo sobre los intercambios que podrían hacer en el mercado de Kermah y sobre cuáles serían los bienes que tendrían más aceptación.

Él les aconsejó llevar orfebrería y productos manufacturados, así como telas, pues con ellos podrían conseguir oro y piedras preciosas.