Las naves de Tarsis Ofir
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Ofir

Pasaron los días preparando las naves. Las bodegas se llenaron con los frutos de su travesía: especias, metales preciosos, marfiles y tejidos.

Todo estaba listo. Con el primer viento favorable, las velas se desplegaron y, dejando atrás las antiguas tierras de Ur, enfilaron el canal que unía los ríos con el mar.

Costearon la península arábiga. Los vientos, ahora contrarios, los obligaban a constantes cambios en el sentido de las velas.

Las manos de los marineros trabajaban sin descanso, izando y orientando las velas para aprovechar cada ráfaga; sin embargo, cuando el viento so­plaba de proa o reinaba la calma, solo podían avanzar utilizando los remos.

Tras días de lucha con el viento y el oleaje, llegaron al estrecho que separaba la península de África. Aquí el mar se estrechaba y los vientos parecían volverse aún más caprichosos, pero finalmente lograron cruzarlo.

Esa noche, bajo un cielo estrellado, los capitanes se reunieron en la playa alrededor de una hoguera.

La luz de las llamas iluminaba sus rostros marcados por el cansancio y la incertidumbre.

Hablaron del largo regreso que tenían por delante, cada vez era más desalentador al pensar en el temido cabo de las Tormentas, cuyos recuerdos aún les provocaban escalofríos.

En medio de la conversación, Kendal, que había conseguido un puñado de perlas de Ofir negociando con un mercader egipcio, hizo una propuesta.

—Me han hablado de una ruta diferente para regresar —dijo, mirando a los demás mientras jugueteaba con una perla en su mano.

Su voz era firme, pero denotaba un atisbo de duda—.

Me explicaron que no estamos tan lejos del país de las pirámides, Egipto.

Al parecer, hay caravanas que cruzan el desierto y las tierras de los kushitas hasta alcanzar el alto Nilo.

Desde allí podríamos seguir el río hasta su desembocadura en el Mediterráneo y luego tomar la ruta más directa hacia Tarsis.

El silencio se hizo alrededor de la hoguera. Los capitanes intercambiaron miradas de escepticismo, pero Kendal continuó:

—Tendríamos que desmontar los barcos aquí, en las costas de Punt. Sería necesario transportarlos en piezas a través del desierto y las tierras de Nubia hasta el Nilo, donde volveríamos a armarlos. Es un camino más complicado, pero menos peligroso que bordear otra vez África.

Feder, que había estado removiendo las brasas con un palo, dejó de hacerlo y levantó la vista. Por una vez estaba de acuerdo con Kendal: aún recordaba horrorizado el paso por el extremo sur del continente africano.

—¿Transportar los barcos por tierra? Suena a locura, pero —hizo una pausa, como si las palabras le costaran salir— es mejor que enfrentarnos de nuevo al cabo de las Tormentas. La última vez casi no lo contamos.

Sedric, que aún cargaba con el dolor por los marineros perdidos en la tempestad, asintió en silencio. Sus ojos reflejaban una mezcla de cansancio y resignación.

—Yo apoyo la propuesta —añadió Feder, su tono más decidido ahora—. Aún nos quedan provisiones suficientes para negociar con las caravanas, y esa ruta parece menos mortífera.

Nórax, que había permanecido pensativo hasta ese momento, observó los rostros de sus compañeros. Era evidente que el recuerdo del cabo de las Tormentas aún pesaba en todos ellos. Al final se inclinó hacia Kendal y dijo:

—Será un viaje diferente, pero, si todos estamos de acuerdo, lo intentaremos. A veces la ruta menos conocida es la única que lleva a puerto seguro.

Las llamas de la hoguera parpadearon mientras los capitanes asentían con solemnidad, conscientes del desafío que tenían por delante. La decisión estaba tomada: cruzarían el desierto y seguirían el curso del Nilo.